Enzo Maqueira: “Perseguimos un sueño de hedonismo que no nos lleva a nada”

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DAVID VOLOJ

Escritor, docente.

Número 24, octubre 2015.

 

Enzo Maqueira integra esa generación heterogénea y versátil de escritores que irrumpe en el campo literario tras la crisis de 2001. Es autor del libro de relatos Historias de putas (2008), y de las novelas Ruda macho (2010), El impostor (2011) y Electrónica (2014). Además, ha publicado crónicas y textos de opinión en distintos medios gráficos, como Clarín y Anfibia, y hasta hace pocos meses condujo Guardia con la joven (FM La Boca), un programa de radio dedicado a explorar las orientaciones de la literatura argentina contemporánea.

En el marco de la Feria del Libro Córdoba 2015, Maqueira visitó la ciudad. Al comenzar la charla de presentación de su última novela explicó que la decisión de vivir exclusivamente de la literatura lo llevó a escribir ficción y, al mismo tiempo, a trabajar de editor, corrector de estilo, ghost writer, coordinador de talleres literarios. “Entiendo que para gran parte de los lectores de los suplementos culturales parezca alguien nuevo” expresó. “Sin embargo, hace quince años que estoy dando vueltas en el mundo editorial, trabajando por completo con la literatura. Ojalá no hubiera tenido que remarla tanto, transpirar tanto, equivocarme tanto”.

En Electrónica, Maqueira interpela a quienes transitaron su juventud entre la última etapa del menemismo y el auge del kirchnerismo. La trama gira en torno a una profesora de treinta años que se enamora de un alumno de la universidad privada donde dicta clases. Los avatares de la relación y un sentimiento de insatisfacción constante llevan a la protagonista a revivir aquellos días en los que era la reina de la noche porteña, donde la consigna era escapar de la realidad y buscar la felicidad en el submundo de las fiestas de música electrónica, las drogas y el alcohol.

Reproducimos a continuación, para Ideas de Izquierda, parte de la charla de presentación de Electrónica.

 

DV: Electrónica exhibe las contradicciones de una generación que quiere estirar al máximo su juventud. Pero también capta cierto espíritu de época al reflexionar sobre lo que significó crecer bajo las coordenadas ideológicas de los ‘90 y la resaca neoliberal. ¿Cómo surgió la novela?

Al principio, la novela no tenía esa cosa de época ni esa mirada sociológica o política. Surgió como una catarsis personal, como la necesidad de poner en el papel algo que no había terminado de procesar en la vida. Tuve una historia parecida a la que vive la profesora en la novela, lo que me obligó a hacer la primera parte del libro. Una vez que tuve esa primera versión, me di cuenta de que había que convertirlo en literatura. No estaba conforme con escribir Lolita otra vez, que era básicamente lo que había hecho, ¿no? No estaba conforme por la falta de originalidad literaria y por una cuestión ideológica. En los últimos años yo había hecho una transición hacia cierta ideología feminista y eso de volver a escribir sobre un profesor que estaba con una alumna, la cosa de tipo grande con la chica más chica, era como poner un ladrillo más en el muro del machismo. Y estaba con muchas ganas de ponerme en el otro lado, de empezar a accionar desde el feminismo, como un varón que abraza la causa de la igualdad entre hombres y mujeres con todas las falencias y carencias e ignorancias e ingenuidades que puede tener alguien que lo hace desde el sentimiento y no desde lo intelectual, la lectura. Con esa idea reescribí Electrónica.

 

DV: Los personajes de la novela están disconformes, atravesados por la angustia: no les gusta dónde están, cómo están, cómo han llegado ahí.

El problema de nuestra generación es el peterpanismo. La adolescencia extendida que sufrimos y disfrutamos, acabó. Pero sentís que todavía sos joven, más aún si lo aparentás. Está también el no querer pertenecer al mundo de los adultos aunque ya pertenezcamos hace rato. Ese dolor de ya no ser y sentir que la juventud pasó sucede en todas las generaciones. Pero la nuestra tiene algo que yo vengo repitiendo hace un montón y es que nosotros no tuvimos muchos condicionamientos. Crecimos en democracia. No fuimos jóvenes perseguidos ni jóvenes censurados, no tuvimos el mandato que tuvieron, por ejemplo, mis abuelos, que venían de la guerra y tuvieron que volver a empezar, salir adelante. Tampoco el mandato de nuestros padres, que fue hacer plata, formar un hogar o estudiar. El único mandato que tuve yo fue o estudiar o trabajar, que es lo mínimo que te pueden exigir. Y, después, ser feliz. Y no solo yo sino muchos de mis contemporáneos: vos tenés que ser feliz era la consigna. Mi viejo me decía: “No te cases nunca, Enzo, la convivencia no sirve, no, vos hacé lo que te gusta”. Bueno, hice lo que me gustaba. Y suponía que haciendo lo que me gustaba iba a encontrar la felicidad. Estudiaba lo que me gustaba en vez de estudiar Derecho o Medicina, cosas más serias. También escribía lo que me gustaba y trabajaba en cosas que me gustaban porque no me iba a bancar estar ocho horas encerrado en una oficina… El desencanto que tienen los personajes de Electrónica tiene que ver con eso: la pasamos bien, estuvo buenísimo, pero en algún momento las fiestas dejan de ser la respuesta, las drogas no te pegan como antes, el sexo te aburre y se vuelve una cuestión mecánica. Ese es el gran desencanto ante toda la libertad, ante toda la venia que tuvimos los hijos del menemismo. Porque somos hijos de la clase media acomodada del menemismo, no de la clase media que se sepultó en la pobreza. Después nos dimos cuenta de lo que fueron los ‘90 y nos terminamos golpeando la cara contra el espejo. A eso lo igualo con la era en la que vivimos: la era de la selfie, la era de mostrarse a través de Facebook, a través de Twitter. Perseguimos un sueño de hedonismo que no nos lleva a nada.

 

DV: Quizás la generación anterior no solo estuvo ocupada en “hacer plata” o “formar una familia”. Pienso en esa generación que tuvo, en dictadura y con la vuelta de la democracia, otro horizonte ideológico, búsquedas colectivas.

Pero nosotros tampoco vivimos la primavera democrática, nos lo perdimos y quedamos medio en el aire. Nos formamos en la era neoliberal, con Estados Unidos como faro, con McDonald’s y Burger King como todo aquello a lo que podíamos aspirar. La primera parte de nuestra juventud, de nuestra formación, fue esa. Y de golpe, aparece a fines del 2001 un discurso completamente contrario. Podemos hilar fino y ver en las políticas cuánto nos queda de menemismo, de neoliberales, que pienso que es un montón… Pero desde la retórica ya no es lo mismo. Ahora hay otros valores en cuestiones básicas, como por ejemplo en lo que tiene que ver con el machismo. En los ‘80 se reivindicaba a Olmedo y Porcel burlándose de las mujeres. Y en los ‘90, a Del Sel haciendo lo mismo. Ahora no, ahora alguien aparece haciendo eso y uno lo condena. Por suerte, porque sería horrible que todavía eso nos hiciera gracia. Pero no deja de ser perturbador. Yo estudié, el secundario y la facultad, entre el menemismo y el delarruismo, que es más o menos lo mismo. Y de golpe, ese sueño en el 2001 se desmorona. Para nosotros fue así. Éramos demasiado chicos, éramos demasiado boludos y demasiado protagonistas de ese tiempo, de la desideologización y de la política falsa. Yo realmente me comí todo el discurso de lo apolítico y desideologizado de esa época. Yo y un montón de gente de ese lugar, que tuvieron esa experiencia. Creo que lo que les pasa a los personajes de Electrónica es que se dan cuenta de que compraron los espejitos de colores de los ‘90.

 

DV: Esos espejitos de colores llevan a la falta de compromiso, al rechazo a cualquier posibilidad de echar raíces. Todo lo que te pueda atar, sea un hijo, sea una pareja, genera rechazo. Y todo lo que te puede liberar, también te provoca angustia. Es en ese punto en que noto que la novela está teñida de cierto escepticismo.

Más que escepticismo yo lo veo como una especie de resignación. Esa fiesta que nos habían prometido no está en ningún lado. La fiesta no existe, no está, lo aceptamos y, ahora, vamos a ver qué hacemos con la realidad. Si bien es un lugar común plantear que la fiesta y las drogas sirven un poco escaparse de la realidad, tampoco está mal eso de escaparse de la realidad. Es rara la realidad… pero también es un signo de inmadurez tratar de huir de la sociedad. Los personajes se dan cuenta de eso. Y tienen que entrar en el mundo de la adultez con una mochila atrás, sabiendo que no hay mucho más que esto.

 

DV: Electrónica también hace referencia a un tipo de música que trajo aparejado un cambio en la mentalidad, en la forma de relacionarse.

Cuando escribo la novela me doy cuenta de que en torno a esa música hay todo un sistema de valores diferente al de las generaciones anteriores, un sistema de valores que giraba alrededor del rock. El rock tiene una serie de cuestionamientos contra el sistema, de ruptura, de enojo con el sistema, como el punk, de no querer formar parte, de enfrentarlo para destruir. La electrónica no tiene nada de eso sino que propone un mundo más pacífico y de convivencia con las diferentes sexualidades, ideas, un constante devaneo entre la realidad y la ficción construida a través de la educación de la conciencia, de la tensión entre lo analógico y lo digital. Todo eso hace que tengamos otras ideas, aunque uno no quiera. Y eso a veces genera enfrentamientos. Yo, cuando digo que me caben las travestis, los gays, los bisexuales o pansexuales, me encuentro con mucha gente a la que no le cierra, porque tiene otra estructura mental.

 

DV: Electrónica viene acompañada de un fuerte trabajo de marketing y promoción para ubicarla en el mercado.

Uno tiene un montón de preconceptos cuando empieza es escribir. Como, por ejemplo, el prejuicio de creer que si algo vende es malo y que, si no vende, es bueno. Esas cosas circulan por ahí y uno va aprendiendo con el tiempo. Yo creo que Electrónica llega en un momento en el que tenía cierta experiencia como para que todos los engranajes estuvieran funcionando. Tuvo que ver con el trabajo, tanto en lo literario en sí como con todo lo que rodea a la literatura, es decir, con “cómo vender”, con comillas o sin comillas. Porque parece que está mal visto que alguien venda un libro. Y la literatura es arte, necesita de otro que la reciba; si no, no hay arte. Necesitás del lector, del lector que está en las librerías y que compra el libro.

 

DV: ¿Pero no te condiciona pensar en la instancia final donde hay que enfocarse en la venta?

No, porque todo eso sucede después. Fueron cinco años de escribirlo, de tenerlo en la cabeza. Cuando llegué a una última versión, empecé a pensar esas cosas. Si hubiese sido joven probablemente habría cometido un montón de errores, como dejar todo en manos de la editorial, para que venda mi libro, me promocione. Y algo que aprendí en estos últimos años es que nadie va a hacer mucho por vos, como tampoco lo hacen las productoras por las bandas de rock … En esta época en que vivimos la autogestión es la gran clave para todo artista. Se trata de ponerte la mochila al hombro y salir a recorrer el camino.

 

DV: ¿Cuáles serían entonces las etapas de creación artística como para que el momento de venta no condicione las instancias anteriores?

Mi literatura empieza como arte, como un texto cargado de catarsis, de la necesidad de contar lo que te pica por dentro. Luego sigue como artesanía: una vez que tenés ese texto arrebatado, vomitado o lo que sea, tenés tu piedra, y hay que agarrar el cincel y comenzar a armar la figura. Por último, en el mejor de los casos, termina como negocio: difusión, promoción, conseguir una editorial acorde, que tenga buena distribución… Cuando terminé Electrónica tenía en claro que, como era tan de época en cierto sentido, no podía ir a promocionarlo con una nota en el suplemento Ñ o de La Nación y nada más. Debía atravesar y pasar por otro circuito. Y ahí pensé que las redes sociales iban a tener mucho que ver con este libro. A mí me gusta bastante pensar en eso porque, como dije antes, laburo mucho en editoriales hace quince años, y parte de ese trabajo es ver cómo vas a vender ese libro. Así que para mí eso no fue una tortura o una contradicción porque hace años que vendo libros de otros. Fue simplemente aplicar lo que sabía.

 

DV: La repercusión de la novela hizo que aparecieras en los medios dando tu opinión sobre diversos temas, en ocasiones desvinculados de lo estrictamente literario. ¿Creés en el compromiso social del artista?

Sí, a mí me nace naturalmente. Soy medio cortazariano en ese sentido. Para mí, el escritor y el compromiso social y político van de la mano. No quiere decir que vas a andar escribiendo panfletos políticos; pero tenés que participar, comprometerte, signifique eso lo que signifique. Para entretenimiento está la PlayStation, la cancha. Creo a partir de los ‘90 la sociedad argentina se empezó a divorciar de sus artistas en general. En parte porque la dictadura se encargó de asesinar a los artistas más comprometidos, en parte porque el neoliberalismo se encargó de silenciar, acallar y despreciar a esas voces. Por eso me parece necesario que empecemos los escritores a opinar, a ocupar ese espacio. Cuando yo salgo en Clarín pidiendo perdón por ser hombre, recibo un montón de críticas de un sector y apoyo de otro, y me parece fenómeno que me critiquen porque es así. El periodismo no está para molestar, la publicidad no está para molestar. Nada de lo que nos llega de discurso a través de los medios está para molestar, ni las revistas ni los noticieros: eso está para ser complaciente con el sistema, para mantener el status quo, para que los prejuicios y la sabiduría popular se quede donde está. Entonces, si no vamos los artistas a decir algo, no sirve de nada nuestro trabajo, y además nos estamos perdiendo de algo importante. La sociedad necesita que sus artistas, cualquiera, vayamos a mojarle la oreja al sistema. Si no estamos en la banalidad y la conformidad imperante. Por eso, cuando me piden una opinión, yo la doy; si la gente después se enoja, cree que soy un pelotudo, no me importa. Mi función es molestar, y cumplo.

 

DV: El compromiso de algunos escritores a lo largo de la historia argentina a veces excedió lo previsto por el sistema. Entonces, lo contracultural ya compromete el cuerpo, la vida, como en el caso de Walsh.

Por supuesto. Yo no soy Walsh ni pretendo serlo. Tampoco sé si hoy es necesario un Walsh, quizás sí. Hay tan poca contracultura, tan poca voluntad de cambio, y estamos tan absorbidos todos por el sistema que basta con que uno salga a decir “Disculpen, estamos todos absorbidos por el sistema” para que ya sirva. Yo no pretendo hacer la revolución ni nada más que aportar mi granito de arena. Yo escribo, y escribir no le sirve al sistema, salvo que escribas best-sellers. Entonces, para lo único que puede servir escribir es para esto, para molestar un poco, para convocar a otros también. Para mí esto es un poco como una carrera de postas y yo elijo el camino del compromiso.

 

ENLACES

Primer capítulo de Electrónica

“Pido perdón por ser parte del monstruo” (artículo de opinión con motivo del #Niunamenos”)

Maqueira

1 comment

  1. Maurisio 8 octubre, 2015 at 13:03 Responder

    “Perseguimos un sueño de hedonismo que no nos lleva a nada”: que no nos lleva a nada quiere decir que nos lleva a algo…

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