Entre tinieblas

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EL GIGANTE ENTERRADO, DE KAZUO ISHIGURO (BARCELONA, ANAGRAMA, 2016)

 

ESTEBAN MERCATANTE

Número 36, marzo 2017.

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Kazuo Ishiguro, escritor nacido en Nagasaki en 1954 y que reside en Londres desde 1960, está acostumbrado a sorprender con cada uno de sus libros, incursionando en los más variados géneros y apelando siempre a nuevos recursos. Entre sus obras se encuentran Lo que queda del día (que tuvo una famosa adaptación cinematográfica dirigida por James Ivory y protagonizada por Emma Thompson y Anthony Hopkins), y Nunca me abandones, una novela de ciencia ficción distópica donde los protagonistas son clones creados solo con el fin de utilizar sus órganos, y lo saben. En esta oportunidad, nos presenta una historia con ogros y dragones.

El gigante enterrado se sitúa en las comarcas de lo que hoy es Gran Bretaña, en los tiempos que siguieron a la muerte del rey Arturo. Axel y Beatrice, aldeanos británicos, se lanzan a una travesía en busca de su hijo, al que no ven hace largo tiempo. Cuándo se fue exactamente, y a dónde, no lo recuerdan exactamente, ya que al igual que al resto de los habitantes

de esta región, en la que conviven británicos y sajones en paz a pesar de las matanzas perpetradas por Arturo sobre los segundos, los afecta una severa falta de memoria. Una “niebla”, así la llaman, se traga de manera implacable el recuerdo de los sucesos vividos incluso unos pocos días atrás. Los hechos que conmueven a las aldeas, como la pérdida de una niña, que hace que en un primer momento todos los pobladores abandonen sus tareas para buscarla con desesperación, llegan a ser olvidados antes de que esta reaparezca sana y salva. Cuando lo hace, nadie recuerda que se haya ido.

Axel y Beatrice ven cómo forzosamente sus memorias se pierden en la bruma, mientras buscan desesperadamente aferrarse a los retazos que conservan para armar con ellos el rompecabezas de su vida. Es Axel quien, luego de una madrugada en la que logró la precaria reconstrucción de algunos episodios recientes de su aldea, comprueba que nadie más que él recuerda, y decide que llegó el momento de partir.

El camino que inician los ancianos estará plagado de peligros como ogros y otras bestias. Ishiguro se detiene con sumo interés en describirnos cómo se vivía en esa época (distinguiendo los detalles de las aldeas sajonas y británicas), así como todas las dificultades que entrañaba una travesía como aquella para dos ancianos, cuando todavía no había ni el menor atisbo de los caminos que siglos después irían surcando el territorio. Axel y Beatrice también deberán afrontar el riesgo no menor de adentrarse como desconocidos –y extranjeros– en una aldea britana en el medio de la noche. Allí conocerán a Winstan, un guerrero sajón que pasó un largo tiempo entre britanos. Más adelante también se toparán con el anciano Sir Gawain, el último caballero de Arturo vivo, y su sobrino, quien lleva largos años recorriendo estas tierras con la misión, encargada por Arturo, de matar al último dragón hembra vivo, la temible Querig.

La niebla, como nos enteraremos, será nada menos que un hechizo destinado a borrar del recuerdo de los pobladores las salvajadas cometidas por las tropas de Arturo contra los sajones. En la novela se enfrentarán quienes buscan perpetuar dicho encantamiento con quienes se proponen romperlo para devolver la memoria a los pobladores, pero más que nada para revelar las vejaciones producidas por Arturo y sus hombres. Con el triunfo de este último bando, el retorno de la memoria no puede ser otra cosa que el regreso de la guerra. La recuperación de los recuerdos perdidos solo puede venir con un alto costo. Esto vale para la memoria colectiva tanto como para la historia de vida compartida por Axel y Beatrice, con heridas cicatrizadas del pasado pero que no dejan de producir dolor.

Incursionando por primera vez en el género fantástico, Ishiguro se aposenta allí para explorar el tema de la memoria colectiva y cómo los pueblos se “recuperan” de atrocidades pasadas olvidando. Recuperación inevitablemente precaria, tanto como la paz impuesta mediante ejércitos sobre otros pueblos, como nos dice la novela. Aunque sugiere el interrogante de si es mejor recordar u olvidar, también deja claro que la respuesta es irrelevante: recordar es finalmente inevitable.

La decisión de situar la novela en las comarcas inglesas de Arturo fue resultado de una larga cavilación, según señaló el autor en una entrevista en el New York Times, luego de haber descartado Francia después de la ocupación nazi, Bosnia después del desmembramiento de Yugoslavia, y Japón, entre otros destinos posibles. Pero estas alternativas fueron descartadas por el autor para poder presentar la alegoría en su forma más pura, en esta tónica de “érase una vez”.

En El gigante enterrado, Ishiguro tiene una escritura prosaica que le resulta muy característica. Como en Nunca me abandones tiende a producir un cierto extrañamiento; las emociones parecen ausentes, pero están allí por debajo de la superficie. Al contrario de lo que podría esperarse, el final de la novela resulta, con este estilo distanciado, mucho más conmovedor.

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