Entre la feminización del trabajo y la precarización

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LUCÍA ORTEGA

Economía, docente UBA.

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Número 20, junio 2015.

Un hecho notable dentro de las transformaciones del capitalismo mundial en el último siglo es el incremento de la feminización de la fuerza laboral. Esto ha sido particularmente así a partir de la restauración burguesa en los años ‘80 y la ofensiva capitalista, que en el marco del neoliberalismo elevó al máximo la fragmentación de la clase trabajadora. Hoy, más del 40 % del empleo global está compuesto por mujeres.

Argentina no estuvo exenta de este proceso. La participación femenina en la población ocupada alcanzó un promedio de 41,5 % en la última década y entre la población económicamente activa un 42,5 % [1]. Sin embargo, esta incorporación de la mujer al ámbito del trabajo no doméstico no significa una creciente igualdad de derechos sino que, por el contrario, expresa una nueva forma de explotación sobre la clase obrera, basada en la desigualdad de las mujeres en el trabajo (salarios más bajos, peores condiciones laborales). En este sentido, el fenómeno extendido de la precarización laboral se impuso con más fuerza sobre las mujeres y ha sido una de las patas sobre las que se posó la valorización capitalista en Argentina durante los años de gobierno kirchneristas.

 

La mayoría de las mujeres trabaja fuera del hogar

La incidencia del empleo femenino en nuestro país ha crecido en los últimos 20 años. Mientras que el promedio de varones de 14 años que estaba en actividad (ocupado o buscando trabajo) durante los ‘90 se mantuvo prácticamente igual en los años 2000, la participación de las mujeres tuvo un salto espectacular, pasando del 40,7 % en la década de 1990 a 47,7 % entre 2002 y 2013. Esto es, casi la mitad de las mujeres trabaja o busca trabajo fuera de su hogar, dato que supera el 55 % si se considera a las mujeres entre 14 y 65 años.

La crisis de 2001 y el brutal ataque a la clase trabajadora argentina por medio de la desocupación cercana al 20 %, el empleo informal que afectaba a grandes capas de trabajadores y finalmente el salario real corroído severamente por la devaluación de 2002, va a dar lugar a un período de crecimiento de la actividad económica a partir del año 2003. En ese contexto expansivo del ciclo de acumulación de capital en Argentina, el 42 % de los nuevos puestos laborales fueron ocupados por mujeres. Esto se expresó también en la tasa de empleo en las mujeres [2], que promediaba el 34,7 % en los años 1990 y trepó al 42,8 % en la última década.

Como resultado, a partir de 2005 más de la mitad de las mujeres en edad de trabajar estaba empleada. Sin embargo, como veremos, esta inserción está atravesada por una fuerte precariedad laboral, superior a la de los hombres.

 

Participación femenina en la producción

Dentro del conjunto de trabajadores asalariados registrados, la tasa de feminización entre 2002 y 2013 ha crecido un 16,3 %, con un impulso más importante en el ámbito del empleo público. No obstante, en el caso del empleo registrado privado también ha crecido la tasa de feminidad. Este fenómeno es extendido no solo en las ramas productivas con mayor incidencia del empleo femenino como en los servicios de salud y educación en donde superan el 71 % y 73 % respectivamente, sino también en sectores de la industria que fueron estratégicos para el crecimiento económico como en la alimentación, los textiles y la confección, así como otras ramas no tradicionales para el empleo de mujeres en donde la incidencia es menor pero igualmente importante.

A pesar de que la participación de las mujeres en el sector industrial es más baja que en servicios y comercio, existen ramas donde la presencia es elevada y sostenida en el tiempo. La industria en la última década mantuvo en forma estable un 18,6 % de mujeres en la planta de asalariados registrados. Dentro de esta, en el año 2013 el 29 % de las mujeres trabajaban en la producción de alimentos; en productos textiles participaba el 8 % de las mujeres; y en confecciones, la rama con mayor presencia femenina en industria (57,3 %), participaba el 12 %. Asimismo, un 5 % de las mujeres de la industria se inserta en la producción de cueros, el 6 % en edición, el 14 % en la producción química, en caucho y plástico el 4 %, y en la producción de metales el 5 % de las mujeres, entre los más destacados.

Por fuera de la industria, en la última década en el comercio creció la participación femenina de 31 % a 35 % de los registrados y el sector servicios se mantuvo en torno al 43 %[3].

 

Las precarizadas

De lo que poco se habla es de la situación que atraviesan millones de mujeres que se encuentran en el escalón más bajo de la clase trabajadora. No solo la enorme proporción que al no estar registrada no cuenta con derechos laborales y de seguridad social (jubilaciones, pensiones, obra social, seguro frente a riegos del trabajo), sino el conjunto de las explotadas que sufren la flexibilización laboral, los contratos de corto plazo, las tercerizadas de todo tipo de servicios (de limpieza, en los call-center, etc.), la inestabilidad laboral, la falta de regulación de las condiciones de trabajo, hasta incluso los abusos y el maltrato por parte de los supervisores y jefes.

Las posibilidades que se presentan para este conjunto de trabajadoras usualmente se limitan a la informalidad, la subocupación o la desocupación. En los períodos de crisis recae muchas veces sobre las mujeres la responsabilidad del sustento material del hogar a costa de aceptar trabajos mal pagos y generalmente condiciones de precarización laboral. Es en estos momentos en donde tienden a igualarse las tasas de desempleo para hombres y mujeres en niveles muy elevados, lo que va acompañado sin embargo de una brecha mayor tanto en las tasas de empleo no registrado como en los niveles salariales para ambos géneros. Así, en el año 2003 el 54,1 % de las mujeres tenía empleos “en negro” mientras que para los hombres la tasa llegaba al 43,5 %.

Pero en los períodos de recuperación (como sucedió desde 2003 en Argentina) la brecha de desocupación entre hombres y mujeres se agranda [4], mientras que las brechas de trabajo no registrado y de salario se mantienen estructuralmente en el tiempo. Basta ver que el desempleo entre los hombres es de 6,2 % mientras que para las mujeres llega casi al 8 %, diferencia que se profundiza en el caso del desempleo juvenil. En el caso de las diferencias salariales, en la actualidad todavía las mujeres perciben ingresos un 25,3 % más bajos que los de los hombres, pero para las trabajadoras no registradas esta brecha alcanza el 39,4 %. Así, el crecimiento económico de los últimos años no se “derramó” hacia el sector más postergado de las mujeres, sino más bien fue en gran parte sobre ellas en quienes se posó la explotación capitalista que dio lugar al crecimiento.

Un ejemplo gráfico de ello lo constituye el hecho de que la tasa de empleo no registrado en mujeres es notablemente superior a la de los hombres. Si bien esta relación disminuyó desde la crisis de 2001, permaneció de forma estructural en la última década superando el 36 % en 2013 (ver gráficos).

A grandes rasgos, puede concluirse que las ramas con fuerte composición de la fuerza laboral femenina es donde se observan mayores índices de empleo no registrado. En el servicio doméstico casi la totalidad de las ocupadas son mujeres, sin embargo, el 77 % de las trabajadoras no registran aportes jubilatorios [5]. En otra rama de fuerte participación de las mujeres como el comercio, la tasa de empleo femenino no registrado llega al 46 % y en la industria manufacturera se registran tasas del 40 % [6] (en las que el sector textil y confecciones tienen los mayores índices de informalidad, especialmente en los denominados “talleres clandestinos”).

En particular, el servicio doméstico explica casi la mitad del empleo femenino urbano y un cuarto del trabajo no registrado total. Se trata, según estimaciones oficiales, de un millón de trabajadoras en ese rubro. En el período 2003-2007 en donde se verificó un crecimiento del producto y del empleo total más acelerado, sólo el 7,8 % de las trabajadoras precarizadas domésticas transitaron hacia un empleo registrado. En el año 2006 la resolución 2.055 de la Agencia Federal de Ingresos Públicos (AFIP) estableció los aportes y contribuciones de asalariados y empleadores de servicio doméstico, que en 2008 y 2009 se modificaron para ser descontadas del impuesto a las ganancias como una forma de “incentivo” a los empleadores para la registración. Sin embargo, entre 2007 y 2011 esa tasa de formalización se elevó apenas al 11,2%, mientras que en ese período la gran mayoría de trabajadoras domésticas que iniciaron su trabajo en forma precaria continuaron en un 80,5% en iguales condiciones. Asimismo, existe una mayor vulnerablidad y exposición de los asalariados precarizados a la desocupación laboral. Anualmente, el 5% de las asalariadas precarias de servicio doméstico quedaba desocupada.

En abril de 2013 se promulgó la Ley 26.844 denominada “Régimen Especial de Contrato de Trabajo de Casas Particulares” cuyo objetivo principal es declarar que los empleados domésticos tendrán los mismos derechos laborales que el restos asalariados (vacaciones pagas, licencia por maternidad y enfermedad, indemnización por despido, etc.), así como establecer condiciones específicas de la relación laboral en el ámbito doméstico. No obstante, para la gran mayoría de las trabajadoras del sector predomina el empleo sin registro, la profunda precariedad e inestabilidad en sus puestos y el prácticamente nulo goce de todos los derechos mínimos del trabajador. Incluso, un informe de la OIT reconoce que persisten fuertes mecanismos de discriminación étnica (en especial al referirse peyorativamente a sus lugares de origen) y social (señalando la condición de pobreza) por parte de muchos de los empleadores que se niegan a otorgar derechos laborales a las trabajadoras domésticas. En Argentina, el 25 % de las trabajadoras domésticas son migrantes [7].

 

Mujeres, trabajadoras y luchadoras

La desigualdad de género y su manifestación en el ámbito laboral es un problema para las mujeres pero también para los trabajadores hombres. La discriminación y los abusos, dentro y fuera del mercado laboral, es utilizada por los capitalistas para dividir las filas obreras. Utiliza de modo similar la xenofobia y el racismo, la discriminación de personas homosexuales y otros prejuicios. La discriminación de mujeres es notable por su extensión (son la mitad de la población) y además la desigualdad en el trabajo (condiciones, salarios) se combina con la desigualdad en el hogar.

La creciente participación de las mujeres en el mundo del trabajo (no doméstico) se da en condiciones específicas: alta precariedad laboral, inestabilidad y desigualdad. En el modelo kirchnerista de valorización de capital, en el que un pilar fundamental lo constituyó la precarización del trabajo, la incorporación de las mujeres no ha sido la excepción a dichas condiciones. Históricamente el capitalismo ha utilizado la discriminación hacia las mujeres como un disciplinamiento del conjunto de la clase obrera. Y a su vez, ha utilizado y sigue utilizando el trabajo doméstico no remunerado como una forma de “ahorro” y sostén de sus ganancias.

Sin embargo, las condiciones de desigualdad en el que se desarrolla el trabajo femenino, lejos de constituir a las mujeres en meras “víctimas”, ha generado un amplio protagonismo de las mujeres trabajadora en conflictos y procesos en los últimos años, en especial en ramas con importante participación y mayor estabilidad como en la industria alimenticia. Dos ejemplos recientes permiten exponer cómo la presencia femenina puede motorizar diferentes luchas, algunas ligadas a las condiciones laborales y otras relacionadas directamente con la vida de las mujeres. En julio de 2009, en medio de la epidemia de la gripe A, se realizó un paro de actividades en la planta de Kraft (hoy Mondelez) exigiendo que se cierre la guardería y se otorgue asueto para todas las mujeres con hijos en edad escolar. En la planta argentina de Kraft más del 60 % del personal son mujeres, una gran parte de ellas con hijos. La empresa ignoró las demandas y, frente a esa desidia y prepotencia, la asamblea de fábrica resolvió parar la producción y movilizarse dentro de la planta, junto a congresales del Sindicato, la Comisión Interna (CI) y diferentes delegados.

Pero el caso quizás “más paradigmático” es el paro realizado en 2011, cuando el conjunto de la misma planta de Kraft Foods se paralizó en solidaridad con una trabajadora acosada por un supervisor. La trabajadora había denunciado el abuso, pero la empresa la sancionó a ella durante tres días. La respuesta fue un paro que comenzó por el turno noche (de tradición combativa, con peso del sindicalismo de base) y se extendió al conjunto de la planta (varones y mujeres).

En los últimos años, en el marco de conflictos y luchas del sindicalismo de base y la izquierda, el protagonismo de las mujeres ha sido una constante. Las luchas de las mujeres de Kraft, las mujeres de Pepsico, o “las valientes obreras de lila” de Kromberg; las comisiones de mujeres como en Lear y la ex Donnelley (hoy Madygraf bajo gestión de sus trabajadores) son sólo algunos de los ejemplos del rol fundamental de las mujeres trabajadoras.


[1] EPH-INDEC.

[2] La proporción de mujeres de más de 14 años que están empleadas.

[3] Boletín de estadísticas de género y mercado de trabajo, MTEySS

[4] Marta Novick, Sofía Rojo y Victoria Castillo (Compiladoras), El trabajo femenino en la posconvertibilidad. Argentina 2003-2007. CEPAL, 2008.

[5] Cuarto trimestre 2014, EPH-INDEC.

[6] Cuarto trimestre 2014, EPH-INDEC.

[7] Un 19,7 % proviene de otra provincia, mientras que un 7,3 % lo es de otro país. Ver C. Paz y D. Schteingart, “Mercado de trabajo y género. El caso de las empleadas domésticas”. 10º Congreso Nacional de Estudios del Trabajo, ASET, 2011.

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