¿Elige tu propia aventura? Los programas económicos en pugna el 22N

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PABLO ANINO

Editor de La Izquierda Diario.

ESTEBAN MERCATANTE

Comité de redacción.

Número 25, noviembre 2015.

 

“Con Macri se viene el ajuste”. Esa sentencia se oye prácticamente desde que Macri se lanzó a la presidencia, y desde el 25 de octubre a la medianoche se viene transformando en fundamento para apoyar a Scioli como supuesto mal menor. Y es cierta: los lineamientos que pueden entreverse en la plataforma de Cambiemos apuntan a privilegiar el restablecimiento de las condiciones de negocios en la Argentina, con algún tipo de shock para “corregir” (sic) los “desequilibrios” (sic). Pero, ¿y con Scioli? ¿No se viene también el ajuste? Yendo más allá de las medidas coyunturales inmediatas para “corregir” –término naturalizador y despolitizador si los hay– las variables económicas, en las cuales desde los grandes medios y entidades empresarias se logró instalar un fuerte consenso, ¿qué dice una mirada sobre los proyectos más estratégicos que se ofrecen desde ambos lados del frente de batalla del 22N?

 

Simetrías

Ya desde los nombres de los think tanks donde se vienen cocinando las políticas de los dos aspirantes a futuro presidente de la Argentina, muestra un juego de espejos. La Fundación Pensar, nominalmente existente desde 2005 pero desde 2010 abocada a operar como “usina de ideas” del Pro, encuentra su equivalente en Desarrollo Argentino (DAR), comandada por José Scioli, hermano del candidato. Pensar, Dar, la simpleza verbal ante todo. Aunque, a juzgar por el nombre, sería el centro naranja el de mayor proactividad, esta sería una conclusión equivocada. La inclinación ingenieril del Jefe de Gobierno porteño parece insuflar la filosofía de la organización encargada de proyectar el futuro amarillo: “Planes, equipos técnicos, planes, equipos técnicos, planes, equipos técnicos. Son como mantras en el primer piso de Balcarce 412, sede de la Fundación Pensar”, cuenta Tali Goldman en Crisis 21. Esta misma vocación tecnocrática por las carpetas de proyectos, equipos y cronogramas campea en el cuarto piso de San Martín 140, sede de DAR, donde se enorgullecen por haber realizado “un análisis detallado de 14 cadenas de valor y 36 sectores productivos”, así como de “38 economías regionales”. En la argentina poskirchnerista, es decir aquella en la que la restauración del poder burgués encarada por el kirchnerismo mediante la pasivización y contención venía orientada a concluir en esta “gran moderación” que marcó el tono de la campaña electoral hasta que los resultados del domingo 25 alteraron la ecuación, mostrar powerpoints y papers que denoten vocación de gestión, proyectos y lineamientos para lo humano y lo divino, es casi tan importante como la campaña diseñada al dedillo por expertos publicitarios en la que la discusión de esas ideas y proyectos brilla por su ausencia.

Es llamativa la repetición de conceptos que puede encontrarse ojeando los documentos. La vocación desarrollista (convertida hoy en un significante vacío si los hay), es algo que también se disputan unos y otros. El Pro tiene a su favor contar entre sus filas nada menos que con Rogelio Frigerio, nieto de quien fundara con Arturo Frondizi el Movimiento de Integración y Desarrollo (MID). En las filas de la usina sciolista dan vía libre a heterodoxos varios para imaginar ambiciosos proyectos que se proponen superar lo que el estructuralismo criollo define como la “heterogeneidad estructural” del aparato productivo, dando lugar a los planes más inverosímilmente transformadores, aunque de concretarse la aspiración de Daniel Osvaldo estos deberán pasar por el filtro de una Silvina Batakis para concretarse. Y de los límites estructurales del atraso y la dependencia.

El trasfondo de coincidencias está impuesto por una realidad que impone límites a las aspiraciones más liberales del equipo de Mauricio Macri. Como decíamos en el número 19 de esta revista:

Roma no se hizo en un día; tampoco los rasgos de mayor intervención estatal se van a desmantelar de la noche a la mañana. La “nueva derecha” tiene por delante todavía una larga “batalla cultural” para poder desplegar de forma plena políticas liberales. Mientras tanto, convivirá con una fórmula de compromiso: “El mercado hasta donde sea posible; el Estado hasta donde sea necesario”, como reza el documento programático “La vía PRO. Una aproximación a lo que somos”.

Ya antes del giro “amigable” encarado por Macri después de las PASO, había indicios de ciertos preparativos para autoimponerse un gradualismo de la reorientación aperturista y liberalizadora que pregonan. Como observaba en julio Alejandro Rebossio:

Los equipos de la Fundación Pensar anhelan una economía más abierta, pero calculan en qué medida una devaluación y ‘protecciones inteligentes’ pueden resguardar industrias poco competitivas. “Este país es peronista y proteccionista y no se puede cambiar de un día para el otro”, dicen en el Pro.

 

Encuentre las diferencias

La economía que deja el kirchnerismo, asediada por la restricción externa, que es consecuencia directa de la preservación de una estructura económica dependiente y de las cuantiosas transferencias de riqueza al exterior que tuvieron lugar durante esta década por parte del Estado y los empresarios, pagando deuda, girando utilidades y fugando capitales, crearon un consenso sobre una serie de frentes donde deben tomarse medidas inmediatas. Rótulos como “cerrar la cuestión de los holdouts”, devolver “competitividad” a la economía, “sincerar las tarifas”, “estímulos” para la producción agraria, un esquema “sustentable” para el gasto público, podemos encontrarlos en palabras de los asesores de los dos candidatos. Tenemos acá un núcleo duro de importantes coincidencias, que implican volver a hacer lo que ya había sido hecho en gran medida cuando el kirchnerismo llegó al gobierno allá en 2003 (el trabajo sucio de Eduardo Duhalde), y sin lo cual la economía de la década no habría sido lo que fue: un fuerte reordenamiento macroeconómico para restablecer las condiciones de valorización capitalista en el país. El “ajuste”, que le dicen.

Pero hay, dentro de esta orientación compartida, distintos énfasis, que exponen la prioridad que dan unos y otros a los beneficios que puede obtener cada sector capitalista. Que ganen todos, pero algunos antes (y quizás más) que otros.

En el caso del Pro, no sorprende que la City haya festejado de manera tan entusiasta el resultado del 25 de octubre. Con su propuesta de levantar el “cepo” ya, y de que sea “el mercado” el que fije el tipo de cambio, sumado al anticipo de que “los primeros 90 días de gobierno se pueden generar reglas claras para que comiencen a entrar dólares a la Argentina”, es música para sus oídos. “Reglas claras”, lo sabemos por experiencia de décadas, significa condicionamientos mínimos para que quienes entren capitales puedan sacarlos cuando quieran, maximizando sus posibilidades de negocios.

En un momento de exagerada excitación sobre la cantidad de dólares que podrían venir gracias a un cambio en la política, Macri llegó a afirmar días después de las PASO: “Temo incluso que el ingreso fuerte de divisas no tire para abajo la moneda, (sino que) la revalúe”. No parece la hipótesis más probable que se vaya a producir próximamente, por obra de algunos mínimos giros en las reglas del juego, una entrada de capitales tan grande como para revalorizar fuertemente el peso, y por el momento es una posibilidad condicionada por fuertes cambios en la política económica y por la ocurrencia de un cierre en el capítulo de los buitres de Griesa que resulta más fácil de enunciar que de cumplir. Pero la sola idea de que esto deba aceptarse si llegara a ser lo que determina “el flujo del mercado sobre un dólar de equilibrio”, da cuenta de sus prioridades, entre las que las implicancias de un tipo de cambio u otro sobre el costo de vida no ocupan un lugar destacado, como sí ocurre con asegurar el valor monetario de los que atesorar y valorizan grandes sumas de dinero. Se confirma esto si consideramos el mayor énfasis sobre un plan “antiinflacionario” por parte del elenco de economistas del Pro. La defensa en la estabilidad del valor de la moneda, e incluso una “moneda fuerte” en relación a la moneda internacional, es un reaseguro fundamental para quienes lucran con el dinero y con los cambios de divisas. Es decir, en primer lugar los banqueros, así como los potenciales inversores internacionales, para quienes una “moneda fuerte” significa que lo que ganen acá en pesos se traducirá en mayor cantidad de dólares.

¿Y a qué sector empresario privilegia en primer lugar el sciolismo? Si tomamos nota de algunas declaraciones pos elecciones, podemos llegar a algunas conclusiones. Al mismo tiempo que el Merval trepaba por las nubes, José Ignacio de Mendiguren diputado nacional del Frente Renovador y miembro de la Unión Industrial Argentina, opinaba que hay que reconocer “las cosas que estuvieron bien y no cambiar para volver a los ‘90”. Es lo más parecido a un apoyo a Scioli que podía esperarse por parte de un sector empresarial en días de velorio en el campamento del candidato del FPV. De Mendiguren no hablaba en nombre de Adrián Kaufmann Brea, el recién asumido presidente de la UIA, que es director ejecutivo de Arcor, una de las escasas multinacionales argentinas que está entre los que más festejaron el buen resultado de Macri. Expresaba la postura de los industriales cuya recuperación en la última década estuvo asociada primero a la megadevaluación de 2002, que restableció el mercado interno para los productores locales al volver carísima la competencia importada, y a partir de entonces al crecimiento de los subsidios y la protección. Alejandro Bercovich grafica bien la preocupación de este sector por el resultado electoral: “¿Qué pasará con las barreras comerciales que mantuvieron en standby los despidos en la industria pese a su estancamiento de los últimos años?”. Pero aunque estos sectores puedan sentirse más cómodos con el peronismo en el poder, como ya observamos arriba sobre la discusión de la apertura, los funcionarios macristas son conscientes de que cualquier cambio que limite las políticas de protección a estos sectores sólo podrán hacerlo avanzando con pie de plomo.

En el esquema sciolista de continuidad con cambios, el énfasis está puesto en el restablecimiento de las condiciones de competitividad. Días antes de las elecciones, Miguel Bein dio a conocer un documento donde plantea “una estrategia de partida donde, sin soltar los controles de capitales, es el BCRA el que define el valor del dólar en un esquema de flotación administrada, mientras se avanza en la recapitalización de la entidad monetaria”. Es decir, mantener el “cepo” mientras la emisión de deuda no alcance, y probablemente después también. Su mayor inclinación hacia la producción manufacturera se traduce sobre todo en que su esquema incluye con más énfasis un acuerdo de precios y salarios, el famoso “pacto social”, que como muestra la historia argentina no significa otra cosa que transformar a los trabajadores en la variable de ajuste. Ya había dicho que el ritmo de aumento de salarios debía ser menor al ritmo devaluatorio. A buen entendedor, pocas palabras.

En relación al agropower, la posibilidad de que sea designado el ex gerente de Monsanto Leonardo Sarquís como ministro de Asuntos Agrarios, ilustra lo que se viene con el Pro como política hacia el campo: un gobierno del agropower para el agropower. Reducción de impuestos, continuidad del monopolio privado del comercio exterior, y resurgimiento de la maltrecha penetración financiera que floreció con el boom iniciado en 2002 y empezó a decaer desde 2010 hasta esta parte. ¿Y Scioli? Sus gestos anticipan una política mucho más amistosa hacia el sector. Una especie de retorno al duhaldismo de 2002, con preservación de las retenciones pero en niveles más bajos, eliminación del odiado Registro de Operación de Exportación (ROE) y una política de impuestos a la tierra tan generosa como la que mostró durante sus ocho años al frente de la provincia, una de las provincias más importantes para la producción agraria. Incluso, ahora que está “recalculando” su campaña promete sacar retenciones a algunas producciones regionales. El agropower festeja gane quien gane, pero más lo hará si el país se pinta de amarillo.

 

Los nombres

Como parte del giro para mostrarse más “al centro” después de las PASO, Mauricio Macri desplazó de la escena a sus históricos asesores económicos, Carlos Melconián y Rogelio Frigerio, para destacar en primer plano a Alfonso Prat Gay, economista de la Coalición Cívica. El contraste con estos ultraliberales, especialmente con el inoxidable Melconián (que en 2003 fue parte del equipo económico con el que Menem encaró las elecciones), obró el milagro de que aparezca casi como un socialdemócrata (así llegaron a llamar los medios a Prat Gay) quien fuera asesor de la princesa Máxima Zorreguieta, albacea de la fortuna (y de su fuga a Suiza) de Amalia Lacroze de Fortabat, director de la J.P. Morgan e impulsor de manejar la política monetaria con metas de inflación, postura ortodoxa y favorable a las finanzas si las hay. El equipo de Macri también cuenta con Federico Sturzenegger, que asumió como Secretario de Política Económica en 2001 con el gobierno de la Alianza. Alcanzó amplia difusión un vídeo donde confiesa las recomendaciones de Durán Barba: “Cuando seas gobierno hacé lo que vos creas, pero no lo digas ahora”, le aconsejó el asesor de la campaña electoral. Por último, el hombre sin cartera que tiene un rol protagónico en la gestión porteña, y lo tendrá a nivel nacional, es Nicolás Caputo, el amigo supermillonario del supermillonario Macri.

El equipo naranja no se queda atrás. El economista estrella de Daniel Scioli es Miguel Bein, quien mantiene una vieja querella con Domingo Cavallo. No porque se haya opuesto a las políticas noventistas del Mingo, sino porque se culpan mutuamente por la debacle del 2001. En honor a la verdad cada uno aportó su granito de arena. Bein accedió a la Secretaria de Programación Económica cuando José Luis Machinea llegó a ministro de Economía de la Alianza. Cerraron la consultora Machinea, Bein y Asociados para asumir la “defensa” de los intereses de la patria. Machinea y Bein fueron los artífices del acuerdo con el FMI que concluyó en el “blindaje” y en un ajuste fenomenal contra los trabajadores: recortaron jubilaciones, bajaron los sueldos de los estatales más del 10 %, comenzaron a extender el impuesto a las ganancias sobre los salarios y acordaron un congelamiento de gastos por varios años. De ese ataque unilateral contra los trabajadores que fue hundiendo al gobierno de de la Rúa tal vez haya sacado una lección. Ahora quiere hacer lo mismo, pero bajo la cobertura de un “acuerdo social”. Bein acompañó a Daniel Scioli al programa Animales Sueltos que conduce Alejandro Fantino: “No hay que tener falsas modestias en esto. Me cansé en los últimos años de hacer millonaria a gente por recomendar bonos argentinos, y lo sigo haciendo, porque están los papanatas que tienen miedo y están los que miran los números y dicen ‘a 9 % y ¡me tiro de cabeza!’”, se explayó sin sonrojarse. Él sabe cómo satisfacer a los especuladores. Justamente para satisfacer a especuladores es que Daniel Scioli habría enviado a Mario Blejer a entablar negociaciones con el buitre Paul Singer. Blejer conoce bien el mundo financiero. Fue funcionario del FMI, del Banco Mundial y del Banco de Inglaterra. Se dice que cosechó relaciones con Alan Greenspan, Paul O’Neill y John B. Taylor, los funcionarios estadounidenses que orquestaron el sistema financiero que se hundió con la crisis que comenzó en 2007. Asumió la vicepresidencia del Banco Central durante el gobierno de Fernando de la Rúa por la promoción de Domingo Cavallo. Cuando de la Rúa se retiró en helicóptero, Blejer se quedó con la presidencia del organismo monetario gracias a la renuncia de Roque Maccarone. Y allí continuó unos meses durante el gobierno de Eduardo Duhalde. Daniel Scioli no se cansa de acusar al macrismo que quiere erigir una nueva Alianza conservadora para volver a los ‘90 sin percatarse que está rodeado por algunos de los principales responsables de la hecatombe de la convertibilidad.

 

Ni PENSAR ni DAR nada en favor de los trabajadores

Los “mercados” creyeron leer en el voto a Macri un apoyo a sus aspiraciones de “normalización”: regenerar mediante un “shock” condiciones noventistas respetando la relación de fuerzas entre las clases sociales emergida del 2001. Y por qué no, tratar de cambiarla.

Por su parte, Scioli se postula como la continuidad con cambio gradual: un ajuste en cuotas (cuyo devengamiento podría acelerarse en función de los desequilibrios acumulados), realizado con la responsabilidad que supone contar a su favor, aun con la crisis que carga por el resultado electoral, con el apoyo del Partido Justicialista (a excepción de la fracción massista que se inclinaría hacia Macri).

Ese gradualismo no significa un menor ajuste. En todo caso Scioli y Macri no representan uno más ajuste que el otro, sino que podrían delinear distintas estrategias de ataque a los trabajadores orientadas a privilegiar un poco más los beneficios de algún sector empresario, distinto en cada caso, pero siempre tratando de que todos ganen lo más posible.

Lo cierto es que todavía no hay bandos nítidamente definidos en la burguesía. Los límites son difusos. Los hombres de negocios van tanteando cómo se desenvuelve la situación. Especulan sobre quién podría ser el mejor “gerente” para sus negocios. Y festejan un resultado que, más allá de quién gane el 22, empuja los términos de la discusión hacia un terreno más favorable a su aspiración de un rápido golpe de timón para que se cumplan sus reclamos.

El final del juego es abierto. La gravosa situación de la economía mundial está como mar de fondo. Y ambos candidatos deberían anotar en sus “cuentas” la predisposición de la clase obrera para enfrentar los ataques.

Y vos, ¿qué tipo de ajuste preferís? Nosotros, #VotoEnblanco.

MacriScioli

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