Elecciones en Brasil: nuevos discursos, vieja política

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IURI TONELO Y LEANDRO LANFREDI

La coyuntura electoral después de las movilizaciones de 2013 apunta a una situación más inestable y con más conflictividad.

 

Las elecciones de octubre serán las más disputadas y difíciles de prever en toda historia brasileña reciente. Es la primera vez en mucho tiempo que las encuestas de segunda vuelta dan tanta incertidumbre entre dos candidatas, Dilma y Marina. La única elección donde había tanta incertidumbre fue la de ‘89, ganada por Collor, que expresaba un importante fraccionamiento entre los sectores dominantes, producto de un régimen que aún se componía con el país recién salido de la dictadura. Hay determinaciones del azar en esta incertidumbre como la muerte de Eduardo Campos, que recolocó a Marina como candidata. Pero, más que esto, hay elementos estructurales pre y pos junio que se desarrollaron y marcan la coyuntura, partiendo de que la “suerte” hizo que Marina se reubicase y con esto sacudió todo el panorama electoral.

Ese cambio en la coyuntura electoral fue realmente enorme: partimos de una elección en que se preveía que la candidata Dilma Rousseff, que es la actual presidente del país, ganaría con cierta tranquilidad sobre sus adversarios, quizás en primera vuelta. Más allá de que el lulismo como proyecto de país viene encontrando sus límites, la oposición a Dilma era, sin embargo, débil, con el candidato Aécio Neves del PSDB (de la derecha que hegemoniza parte del sudeste del país) sin poder ofrecer un alternativa nacional (por la dificultad de dialogar con los trabajadores precarios y los más pobres a nivel nacional) y el candidato Eduardo Campos, gobernador del Estado de Pernambuco, en el nordeste del Brasil, pero sin fuerza para constituir una alternativa al PT o PSDB. Tras la muerte de Eduardo Campos el 23 de agosto (a menos de dos meses de la elección) se abrió una crisis y una conmoción, y aquí aparece la figura de Marina Silva, que repentinamente ascendió y se hizo un “fenómeno”. Las encuestas electorales llegan a darle la victoria en contra de Dilma Rousseff en la segunda vuelta de las elecciones, entrando, por lo tanto, a la disputa por la presidencia. Pero, ¿qué significó ese cambio? ¿Qué simboliza el “fenómeno Marina Silva”? ¿Qué está pasando que hasta Dilma, candidata de la continuidad, tiene que hablar mucho de “cambio”?

Analizar la coyuntura electoral y estas elecciones en particular, nos permite pensar más allá de los fenómenos del azar (la muerte de Eduardo Campos): el desafío es comprender, tras el fenómeno, lo que expresa sobre la situación estructural del país y de la situación. Y al limpiar la ventana empañada, la imagen que se va formando tiene trazos de los efectos de junio de 2013 como factores importantes para entender la coyuntura actual y los principales fenómenos en particular.

 

No se juega el partido sin decir la palabra “cambio”

El que mire TV, lea los periódicos y siga la campaña electoral en Brasil, aunque no haga un gran análisis, llegaría a la conclusión de que todo lo que esperan los brasileños para las elecciones, su principal espectativa, es un “cambio”. Hasta ese punto podría parecer no muy distinto a otras elecciones, ya que la estructura electoral moderna combina justamente una estructura burguesa dominante con la promesa de cambio como parte fundamental de su estructura. Pero lo “trágico” en estas elecciones es que muchas veces el “cambio” no aparece junto al contenido: lo importante es “pronunciar” el cambio, es señalar que se expresa “lo nuevo”. Así, la misma Dilma pasó de ser la “candidata de la continuidad” de ayer, a la “candidata de la profundización del cambio”. Aécio Neves del PSDB se muestra como la verdadera oposición, diciendo que Marina Silva fue ministra del PT y están juntos, y que solo el PSDB puede significar una “verdadera transformación”. Por su parte, el fenómeno de Marina Silva comenzó como un “gran cambio”: la clave era mostrar una gran polarización entre el PT y PSDB, y aparecer como alternativa, aunque en su contenido se iba adaptando a los acuerdos y alianzas por abajo, de modo que el programa de gobierno de Marina, se rehízo algunas veces (y la burla de los opositores a Marina es decir que su programa se escribe con lápiz, para borrarlo rápido). Acá la forma (el rostro de transformación) supera al contenido (o lo determina).

Así, en realidad, este fenómeno (la clave en el “cambio”) dice mucho de la situación más a largo plazo en Brasil: uno de los principales carteles que encontrábamos en las movilizaciones en junio de 2013 es el “no me representan”, y eso apuntaba contra “todos los partidos”. Se expresaba con fuerza la crisis de representatividad, el desgaste de la democracia brasileña. Pero tampoco faltaban los carteles “vote mejor”, “mi venganza será en octubre”; una contradicción que expresaría algo como: “Ese juego es malo, pero no tengo ninguno mejor”.

Así es que hay un sentido desarrollado de “cambio” en la coyuntura electoral que emana del “junio” (las movilizaciones de 2013), pero que está expresando la desconfianza en el régimen de conjunto antes que una opción viable que exprese ese cambio. Eso nos hace también mirar con nuevos ojos las jornadas de junio: tras el descontento, el sentimiento de cambio tenía mucho de “limpieza de régimen” en contraposición a un cambio estructural. En la realidad aparecía todo junto, pero a falta de una alternativa política real a la izquierda, quedan las elecciones (como intento de cambio) y la resignación frente al realpolitik.

 

El fenómeno Marina Silva

Es en ese contexto que pudo emerger un fenómeno tan particular como el de Marina Silva. La propia figura es una expresión del carácter desigual y combinado de la formación brasilera: por un lado, es una candidata que consigue crear una identificación en la población trabajadora, por haber nacido en el norte, haber tenido una vida difícil y enfrentado la pobreza, lo que la hace más próxima a la mayoría de la población nacional. Pero esa identificación con Marina, contradictoriamente, viene desligada de su contenido, ya que contrariamente a ser una candidata del pueblo trabajador, su programa defiende aspectos neoliberales1: empezando por la economía, en la cual defiende la autonomía del Banco Central2 (lo que podría hacer que el Banco Central junto con los inversores y monopolios extranjeros, y grandes bancos privados nacionales, tener una orientación distinta de la del gobierno brasileño que se consumaría en una mayor entrega de la economía al capital extranjero y a la burguesía financiera aliada al mismo del país), pasando por no tener ninguna referencia a las demandas de junio (salud, educación, transporte –aunque juegue con lo del pase libre como una “concesión” en el marco general del programa–), y manteniendo una política reaccionaria en contra de los homosexuales (sin legalizar su matrimonio) y criminalizando el aborto, manteniendo una relación estrecha con las bancadas evangélicas del país. Ese aspecto es fundamental, porque la hace mucho menos que una alternativa. Esas posiciones solo pueden significar la continuidad (de las contradicciones del gobierno de Dilma) con un gobierno que tuvo 10.000 mujeres muertas por abortos clandestinos y un muy alto nivel de violencia homofóbica.

El que da una mirada rápida al panorama ante las elecciones podría decir que “no hay más junio en el país”; pero yendo más al fondo, habrá que pensar que no será en “primera instancia” que se va a expresar junio, pues sería incoherente que fuera igual la energía de la juventud en actos callejeros de millones que en el espacio de las elecciones, que desde ese punto de vista es mucho más “frío” que los actos, sobre todo cuando no existe una fuerte izquierda clasista basada en la clase obrera que exprese política y organizativamente a los amplios sectores juveniles de junio y a la ola de huelgas que le siguió. En realidad, esa candidatura expresa mucho más la crisis del régimen que viene afectando los tres principales partidos (PT, PSDB y en menor medida el PMDB), y no el azar. En esta elección hay trazos de similitud con las elecciones de Collor (de una figura carismática y un fenómeno político), una elección donde empezaba todavía muy débil el “régimen democrático” en Brasil.

Pero más allá de eso, el fenómeno Marina da una nueva luz al proceso de junio: la concentración de votos no hace que Marina exprese lo que ella desea, una “tercera vía”, o sea, una forma de intentar interponerse entre el PT y el PSDB y ganar los contornos de una novedad (aunque su contenido tenga menos de cambio y más de continuidad de la vieja receta neoliberal). Se trata en realidad, jugando con las palabras, de una centroderecha poslulista, que para intentar ganar las elecciones debe mantener algunos programas sociales y hablar del pase libre (y dramáticamente, consigue quedarse con los votos de la centroizquierda y de un sector amplio de trabajadores que la ven como alternativa). El rasgo propio más acentuado de la “personalidad de Marina” como candidata, según las encuestas, que era el discurso ambientalista, viene retrocediendo frente a sus acuerdos con el agronegocio.

La oposición, por supuesto, va a intentar descifrar esa fórmula para las masas y contraponer la “otra política” de Marina con el debate de contenido; la disputa va a determinar si gana fuerza la campaña de Marina o si prevalece “el contenido” (como aspira el lulismo) de Dilma –lo que parece que tenderá a ocurrir–. O sea, la “fórmula de Marina” se asienta en la “confusión”; es un intento de tomar lo contradictorio de junio y, de esa forma, promover en el país una derecha renovada; como dijo el bufón de Goethe, tiene “poca claridad con mucho color, mucho yerro y una sombra de verdad; así fermenta la mejor bebida, que a todo el mundo refresca y reconstituye”.

 

Un retorno al lulismo “de los avances sociales” es imposible

El fenómeno electoral en curso también permite repensar elementos del “fin de ciclo” del lulismo, que se expresan cuando reflexionamos sobre la candidatura de la actual presidenta Dilma Rousseff, que se presenta de un modo muy distinto que en las elecciones anteriores: cuando disputaba la presidencia en 2010, el discurso de Dilma para vencer era decir que representaba la continuidad. Habían pasado ocho años de gobierno nacional del PT, y la combinación entre estabilidad económica –los mecanismos de crédito que permitieron al proletariado consumir como nunca–, y social –con la posibilidad de paritarias por encima de la inflación en los principales sectores obreros, junto a programas sociales como Bolsa Familia, Mi Casa mi Vida, y los programas de financiamiento de la educación superior–, hicieron que la victoria de Dilma estuviese solamente basada en algo muy sencillo: “soy la candidata de Lula”. Pero las condiciones sociales y económicas se fueron desgastando: el proletariado quedó asfixiado con las deudas, pagando los estudios, con el caos de la salud pública (y las cuasi mafias privadas) y, conforme estalló en junio, la cuestión del transporte público y el crecimiento de los centros urbanos.

Todo lo que era estable y sólido se desvanece en el aire (y se está desvaneciendo el lulismo): la continuidad se transformó en profundizar un cambio; en palabras de Dilma, con una “reforma política”, su propuesta para enfrentar la crisis de representatividad. Por supuesto, Dilma y el PT siguen gozando de una importante fuerza entre el proletariado y los pobres urbanos. Todas las encuestas dan más votos a Dilma cuanto más pobres son los electores. Pero cualitativamente hay algo que está cambiando aunque el voto se mantenga. Es notable cómo muchos trabajadores votan a Dilma como “mal menor”: en primer lugar, porque ella no es Lula (la ven a la derecha de éste), y porque sus luchas o su apoyo pasivo a las huelgas y sobre todo a junio, les hacen querer “más” y no solamente la reproducción de lo actual. Pero hasta la reproducción de lo actual se muestra difícil en las nuevas condiciones económicas y de la lucha de clases.

Un retorno a un lulismo de “avances sociales” nos parece doblemente imposible. Imposible por el modo en que cambiaron las condiciones económicas, e imposible por lo que está empezando a cambiar en la subjetividad entre los de “abajo”. No hay condiciones para acomodar las crecientes demandas de los trabajadores y del pueblo en una economía que está en una recesión técnica, donde todos los candidatos, incluyendo a Dilma, preparan ajustes para después de las elecciones. Y socialmente, por “abajo”, porque el 2014, el “pos-junio”, vio la ola de huelgas que ya se desarrollaba hace años ganar nuevas proporciones y aspectos que ponen (y pondrán) a la burocracia sindical en jaque. La propia intelectualidad periodística de los grandes medios dice que hay crisis en “el régimen sindical”. La CUT sigue fuerte pero ya no es suficiente para garantizar “paz social”.

El ciclo va llegando al final: todavía la oposición “frontal” al viejo ciclo parece no tener condiciones de emerger ni por izquierda (lo que desarrollaremos abajo) ni por una derecha abierta. Por este lado, el candidato del PSDB, Aécio Neves, puede salir como principal derrotado en las elecciones, quedando el partido solo con su concentración en São Paulo, con el propio Aécio perdiendo su bastión de Minas Gerais (el segundo estado en población y economía). La tentativa de Marina es, en ese sentido, la de una “derecha renovada”, en un país en el que cambió profundamente la subjetividad de la juventud y del movimiento obrero, mientras que para amplios sectores obreros Dilma y el PT aún aparecen como mal menor. La disputa va a exasperarse entre los discursos de lo viejo y lo nuevo por ausencia de una alternativa atrayente de la izquierda.

 

Entre la calma y la posibilidad de una nueva tormenta

Por lo expuesto, hay que pensar que la dinámica de las elecciones, que se dan en un contexto de trazos de crisis en el régimen, y que hicieran emerger a Marina Silva, no está en realidad apuntando a una salida burguesa “sustentable”. Hay una inmensa crisis de “gobernabilidad” que se viene desarrollando, gane quien gane, sea quien sea.

La verdad es que esa “resaca” podría tener otros contornos si hubiera en las elecciones una alternativa como la del Frente de Izquierda y de los Trabajadores (FIT) en Argentina: hay que dejar en claro que el espacio para una propuesta de izquierda todavía se mantiene en la situación, pudiendo ser desarrollado en la coyuntura electoral. Pero la izquierda como el PSOL y mismo el PSTU en Brasil, al contrario de aprovechar las debilidades del régimen para hacer una denuncia más incisiva de la casta política y de la total ausencia (por imposibilidad) de una respuesta concreta para las principales demandas de junio (como salud, educación, transporte), quiere parecer una izquierda más “light” e integrada al régimen, desvinculada de las luchas que surgen, sin ningún brillo y ningún impacto, con un discurso de “cambio” que llega a ser más tímido que el de algunos partidos del orden. Es decir, más allá de la situación objetiva, hay una inmensa debilidad subjetiva de la izquierda que puede disputar las elecciones en Brasil, que impide el desarrollo de una tendencia más “protrabajadora” en la realidad, que incluso hace que votos que podrían ir a la izquierda, se canalicen en el fenómeno Marina. Pero la coyuntura electoral se va cerrando y la situación más a la izquierda generada por junio, todavía se mantiene en el país. Tras la victoria de los recolectores de basura, el “mayo obrero” (una de las principales olas de luchas obreras en el país), la huelga nacional del subte y, más recientemente, la victoria de los trabajadores de la USP y universidades estaduales paulistas después de cuatro meses de una huelga masiva, se puede decir que el movimiento obrero llegará a 2015 mejor preparado y con una vanguardia ya moldeada en las últimas luchas, mientras todo apunta a que se profundice una crisis en el régimen y se desarrolle una mayor crisis de gobernabilidad, sin espacio para que ni Dilma ni mucho menos Marina intenten una salida “bonapartista”, puesto que tienen menos fuerza para eso. Todo apunta para que la “resaca” de junio, que expresan estas elecciones, en realidad sea la antesala para una “nueva tormenta”.

Queda planteado en Brasil la conformación de una nueva respuesta política que pueda hacer frente a las necesidades de los trabajadores y que, más de fondo, pueda dar respuesta a las demandas de junio más allá de este régimen democrático degradado, recomponiendo la perspectiva de la revolución social en el país.

 

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1. Y en ese sentido está aún más a derecha que el gobierno del PT, cuyo posicionamiento tiene una demostración gráfica en la expresión de Lula de que “nunca antes en la historia del país los bancos ganaron tanto”.

2. Para entender mejor el carácter neoliberal de esta política, ver el artículo de Flávia Ferreira, “A falsa ‘alternativa’ neoliberal de Marina Silva e as ilusões reformistas do Petismo ‘keynesiano”, Luta de classes, 1 de septiembre de 2014.

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