El vértigo, lo absurdo y la tensión en la vida cotidiana

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BREVE RECORRIDO POR LA LITERATURA DE SAMANTA SCHWEBLIN

LETIZIA VALEIRAS

 

“El cuentista (…) descubre que para volver a crear en el lector esa conmoción que lo llevó a él a escribir el cuento, es necesario un oficio de escritor, y que ese oficio consiste, entre otras cosas, en lograr ese clima propio de todo gran cuento, que obliga a seguir leyendo, que atrapa la atención, que aísla al lector de todo lo que lo rodea para después, terminado el cuento, volver a conectarlo con su circunstancia de una manera nueva, enriquecida, más honda o más hermosa. Y la única forma en que puede conseguirse ese secuestro momentáneo del lector es mediante un estilo basado en la intensidad y en la tensión” [1].

Julio Cortázar

 

 

Empezar a leer un libro siempre trae consigo cierto clima de aventura, de anhelo. Como la puerta de entrada a un mundo desconocido que imaginamos deslumbrante. Algo parecido a lo que pasa cuando viajamos y damos un primer vistazo al nuevo lugar. Empezar a leer un libro de cuentos multiplica eso para cada historia, promete muchos mundos, muchos viajes posibles. Tener ante nuestra mirada la primer hoja del primer cuento de Siete casas vacías, de Samanta Schweblin, nos introduce en un trance hipnótico, del que no podemos salir más que con la promesa de pasar al cuento siguiente.

Desde las primeras historias que leemos de niños, la aventura y la vorágine de adentrarnos en ella nos viene asociada a la literatura. Y esa vorágine de sucesos que se encadenan prometiéndonos un descubrimiento final, una nueva mirada sobre el mundo, se vuelve más interesante cuando se construye desde lo cotidiano, cuando aparenta correrse de lo extraordinario, aunque en realidad lo deja latente en cada palabra. Samanta Schweblin logra en su escritura crear a partir de situaciones habituales una atmósfera siniestra, cargada de tensión y de vértigo, que no sólo se lee “de una sola sentada”, como aconsejaba Poe, sino que además nos tiene al borde de la silla durante toda la lectura. Cada uno de los cuentos de Siete casas vacías, editado en 2015 por Páginas de Espuma, y ganador del importante premio internacional de narrativa breve Rivera del Duero, logra transformar un escenario de la vida cotidiana, en una situación desesperante y repleta de incertidumbres sobre su desenlace, manteniendo en vilo al lector hasta la última línea.

Algo similar, aunque el trance se alarga 124 páginas, sucede con su nouvelle, publicada por Random House en 2014: Distancia de rescate perturba de principio a fin, al punto de casi enloquecer, en una empatía desesperante con su protagonista, Amanda, en la misma ansiedad que provoca no encontrar “lo importante”. Aunque dentro de su género, la única novela breve de Samanta –que comenzó como cuento y tomó vida propia– está a la altura de las mejores, sin perder un momento la tensión a lo largo de toda su extensión, luego de publicarla pocos meses antes, la joven escritora argentina volvió a elegir el cuento con Siete casas…, volviendo –mejor cada vez– a lo que había logrado con sus primeros libros, El núcleo del disturbio (2002) y Pájaros en la boca (2009), que ya la proponían como una de las mejores cuentistas argentinas.

 

La familia, ese lugar extraño

“–¿Dónde está la ropa de tus padres? –pregunta Marga.

Cruza los brazos y espera mi respuesta. Sabe que no lo sé, y que necesito que ella haga una nueva pregunta. Del otro lado del ventanal, mis padres corren desnudos por el jardín trasero” [2].

 

En sus últimos cuentos y su nouvelle, a diferencia de Pájaros en la boca y El núcleo del disturbio, sus primeros libros de cuentos, lo siniestro y lo oscuro –una constante de Schweblin– ya no se encuentra tan centrado en los objetos o en los golpes de efecto, sino en los vínculos familiares, en las relaciones construidas entre padres e hijos, nueras y suegras, marido y mujer, cada una de ellas en diferentes momentos de la vida, cada una de ellas cuestionando sentidos comunes, roles, normas sociales.

Siete casas vacías inquieta desde su primer página. Empieza con un poema del chileno Juan Luis Martínez llamado “La desaparición de una familia” y con un diálogo con Andy Warhol sobre los vínculos como encabezado. Es una declaración de intenciones, palabras que empiezan a resonar y nos preparan para la lectura: desesperanza, pérdida, familia, espacio, lejanía.

Si bien los objetos siguen teniendo importancia, esta vez lo hacen mediando esas relaciones familiares: ocupan el lugar vacío en las casas, y se convierten en el portador de sentido para los protagonistas. Las cajas, entre ellos, reaparecen una y otra vez, como sin en ellas se vaciaran también las casas, de la misma forma que con las mudanzas. Son objetos en movimiento, simbolizando el ir y venir de sentimientos que se le aparecen a los personajes siempre en forma distorsionada, sentimientos que el propio lector tiene que reconstruir en una lectura que también lo tiene como protagonista, y lo incomoda porque es hijo, madre, esposo, abuela; porque lo que le pasa a cada uno de ellos, si bien poco probable, se aleja también de lo imposible, y nos obliga a mirar a la cara nuestras miserias, el costado siniestro de las relaciones, de la vida cotidiana.

En una entrevista en Infobae [3], Samanta se sincera sobre el tema común en sus últimas historias: “La familia es la primera gran tragedia con la que todos aprendemos a crecer y a empezar a entender el mundo”. Y en sus cuentos y su nouvelle sus vínculos y relaciones son objeto de una búsqueda que se vuelve más descarnada en la medida en que nada parece encontrarse, o en la que todo parece dislocar nuestra forma de ver el mundo: madres que miden permanentemente la distancia de sus hijos en caso de tener que rescatarlos si algo les pasa –de ahí el título de la nouvelle–, nietos y abuelos desnudos en el jardín, madres que irrumpen en casas ajenas e hijas avergonzadas, hombres desconocidos y niñas en situaciones límite, padres en un extraño proceso de duelo que no termina, mujeres mayores que no pueden morir, salidas en medio de la noche y de las discusiones de pareja, suegras que cuentan historias que perturban, que se repiten. A cada página, somos testigos de una locura agazapada, de la línea delgada en la que se mueven la locura y la cordura, al punto de ser también perseguidos por la incertidumbre que recorre el relato.

 

La punta del iceberg: un ambiente perturbador

“–¿Qué es lo que estás haciendo, mamá?

–¿Cómo que qué estoy haciendo? –su estupor parece sincero.

Sé exactamente lo que estamos haciendo, pero acabo de darme cuenta lo extraño que es. Mi madre no parece entender, pero responde, así que sabe a qué me refiero” [4].

 

Cuando leemos cada una de sus historias da la sensación, desde el primer párrafo, que algo anda mal. Y esa sensación no nos abandona. Es probable que la carrera de diseño de imagen y sonido que estudió en la UBA haya ayudado a construir ese ambiente perturbador, que nos atrapa y nos hechiza, que logra crear Samanta en sus historias. Los golpes y el impacto aparecen desde el comienzo. En Siete casas vacías incluso la tapa del libro “habla”: la mirada de esa joven en un auto del que uno no sabe si quiere salir o si sólo no puede más que quedarse, adelanta el sentimiento que nos va a provocar su lectura, una especie de congoja resignada y desesperada a la vez provocada por lo cotidiano y lo extraño que se mezclan. En Distancia de rescate se impone una denuncia en la propia construcción del ambiente, lo perverso acá no está puesto como recurso literario sino que es parte de la realidad: toda la trama trascurre en el campo, donde el uso de agrotóxicos no sólo destruye y contamina el suelo y todo el ambiente, sino que también acarrea el horror de cientos de chicos con malformaciones y enfermedades genéticas. Como si fuera un cuento fantástico. Pero no.

La pérdida, la búsqueda de algo que falta (se pierde la memoria, se pierden hijos, se pierden objetos, se pierden los propios protagonistas en la calle), los diálogos llenos de tensión, lo descarnado, el narrador, casi siempre en primera persona [5], son centrales en la fortaleza del relato. Ese ambiente perturbador que construye la autora y en el que nos sumergimos ante la promesa de la fatalidad o del descubrimiento, provoca la angustia de una lectura de la que no se puede escapar, incluso cuando cerramos el libro. En las historias de Samanta Schweblin el lector es también protagonista, le queda algo que está ahí, dando vueltas en el aire, latente, que tiene que completar para cerrar el círculo.

La presencia constante del absurdo, incluso de lo fantástico, en sus primeros cuentos, con muchos puntos de contacto, entre ellos el modo en que cada historia se resuelve y se cierra sobre sí misma, con los cuentos de Salinger, se va trastocando en historias de algún modo más realistas, en la narración de lo cotidiano que se vuelve extraordinario por el sólo golpe de efecto que produce, por ese suceso improbable, pero posible, que sucede. Al lector no sólo le queda adentrarse en el desesperante mundo de la espera, sino construir una parte de la historia que lo hace también protagonista en un sitio donde lo no dicho también es parte de lo cotidiano. Hemingway se refería a las buenas historias como un iceberg: lo que se dice, lo que está escrito en realidad, es sólo una pequeña parte visible de algo mucho más enorme y profundo. Samanta Schweblin, en toda su literatura, le rinde un homenaje a esta idea.

 

[1] Cortázar, Julio, “Sobre el cuento”, en www.ciudadseva.com.

[2] “Mis padres y mis hijos”, en Siete casas vacías, Madrid, Páginas de Espuma, 2015.

[3] Schweblin, Samanta, “La familia es la primera gran tragedia con la que crecemos”, Infobae, 30/08/2015.

[4] “Nada de todo esto”, en Siete casas vacías, ob. cit.

[5] El narrador sólo aparece con fuerza en el único relato de Siete casas vacías que rompe un poco la línea del libro, no sólo por su extensión, sino por su complejidad: “La respiración cavernaria”.

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