El taller de Gramsci a debate

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Número 38, junio 2017.

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El libro El Marxismo de Gramsci, de Juan Dal Maso –integrante del comité de redacción de esta revista–, viene siendo objeto de distintos debates. El 27 de abril, coincidiendo con los 80 años de la muerte de Antonio Gramsci, se presentó en Neuquén junto con Ariel Petruccelli, Fernando Lizárraga y José Luis Bonifacio, todos docentes de la Universidad Nacional del Comahue. El 4 de mayo se realizó la presentación en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA. El panel estuvo integrado por Eduardo Grüner, Horacio González y Christian Castillo. El 18 de mayo fue el turno de la UNLP, con la participación de Aníbal Viguera, decano de la Facultad de Humanidades, Marcelo Starcenbaum, docente de la carrera de Historia y Fernando Rosso (director de La Izquierda Diario y miembro del comité de redacción de IdZ). Reproducimos a continuación las intervenciones realizadas por Eduardo Grüner, Christian Castillo y Horacio González en la charla realizada en la Facultad de Ciencias Sociales, para continuar contribuyendo al debate.

 

CONCEPTOS QUE SON UN CAMPO DE BATALLA

EDUARDO GRÜNER

Agradezco la invitación a presentar este libro, que me parece por varias razones un libro realmente importante sobre la obra de Gramsci; no sé si decir una nueva interpretación, una lectura que busca abrir toda una serie de problemas no siempre bien discutidos entre nosotros, me parece. Desde luego no voy a tener la pretensión de dar cuenta en poquito tiempo de todo lo que contiene este libro, del cual recomiendo enfáticamente su lectura, pero voy a tratar de decir algunas cosas.

[…]

Una de las maneras de leer el libro de Juan es de atrás para adelante, quiero decir, empezando por el último capítulo, donde Juan hace el examen de lo que él, antes que “recepción”, prefiere llamar con buen tino “itinerario” de Gramsci, las lecturas que se han hecho de Gramsci en América latina y específicamente en la Argentina. Me parece que de alguna manera este último capítulo es una condensación, es una conclusión y es una puesta en escena explícitamente política, aunque haya un cierto grado de implicitud en esto, de los debates y las discusiones que tenemos hoy mismo, donde la figura de Gramsci sin duda entra en juego.

[…]

Juan le devuelve –es uno de sus objetivos en el libro– toda su dimensión plenamente política a conceptos como los de traducibilidad y nueva inmanencia, que son conceptos muy vinculados a este “costado culturalista” de Gramsci.

Es muy interesante por ejemplo cómo uno podría utilizar –según la lógica que trabaja Juan– estos dos conceptos –él lo hace de hecho–, para pensar las famosas “tres fuentes y partes constitutivas del marxismo” en la célebre postulación engelsiana, y donde entonces esas tres grandes fuentes originarias y constitutivas aparecen en el eje traducibilidad como la filosofía de la praxis, que daría cuenta del lugar que ocupa la filosofía idealista clásica alemana, la crítica de la economía política, para dar cuenta del lugar que ocuparía la teoría económica clásica, escocesa, y la estrategia política revolucionaria para dar cuenta del lugar que ocuparía la práctica revolucionaria francesa a partir de la Gran Revolución.

¿Y cuál es la paradoja interesante que aparece acá? Estos tres ejes o estos registros son inmanentes a la teoría marxista misma, pero solo porque sobre ellos se ha operado esta traducibilidad de la que habla Gramsci y con la que Juan trabaja también. Entonces estos conceptos de traducibilidad y nueva inmanencia podrían servir, un poco como hilo rojo, para ir viendo todas las problemáticas, los debates y las diferencias al interior de cómo se ha pensado, el pensamiento político con que se ha intentado traducir a Gramsci desde diferentes perspectivas. Por ejemplo en las estrategias políticas de la izquierda tanto europea como latinoamericana e inclusivo argentina, entre otras cosas –también es un tema sobre el cual Juan abunda en el texto– alrededor de conceptos como el de Estado ampliado o el de Estado integral. Ahí Juan señala los dos grandes polos de un debate, en uno de cuyos polos ubica Juan en Europa, los nombres de Christine Buci-Glucksmann y Nicos Poulantzas, y en el otro los nombres de Althusser y Perry Anderson. Del lado de Buci-Glucksmann y Poulantzas tenemos la traducibilidad eurocomunista, para empezar, porque de ese lado se ubicarían también lectores argentinos de Gramsci como Aricó y Portantiero, y los distintos momentos que esa traducibilidad dan en las estrategias, en el pensamiento sobre las estrategias políticas en la Argentina según las coyunturas históricas: el momento de simpatía con el alfonsinismo cuando la problemática dominante –no solamente argentina– es la cuestión de la transición a la democracia, el momento del peronismo progresista, el momento de la izquierda de los llamados gobiernos posneoliberales, y así sucesivamente; haciendo pivote sobre nociones como la de la oposición entre coerción y consenso por ejemplo.

Es un gran debate donde poner el acento. Por supuesto es una oposición donde Gramsci había retomado de la famosa idea de Maquiavelo de que el príncipe no puede gobernar por la fuerza pura nunca, o en todo caso puede hacerlo de manera efímera durante un cierto tiempo, sino que necesita crear también consenso. Maquiavelo lo decía de una manera muy gráfica, como solía hacerlo. Él decía: el príncipe debe ser tan temido como amado. Conviene recordar que agregaba que, si por alguna circunstancia había que elegir, por ejemplo en una situación de crisis donde claramente el príncipe debe elegir, era preferible que fuera temido.

O el concepto de hegemonía, concepto que utilizamos con bastante alegría cotidianamente pero que es mucho más problemático de lo que pueda parecer a primera vista, y por cierto Juan intenta dar cuenta de esa problematicidad alrededor de cuestiones tales como de qué manera opera ese concepto en las mayores o menores elasticidades de un frente de clase, por ejemplo; o cómo funciona, que es una cuestión vinculada, en la idea de bloque histórico y a través de ello, en la cuestión también del Estado ampliado, y del Estado ampliado en cierto tipo de formaciones subordinadas.

La gran discusión ahí es también alrededor de la famosa definición del Estado, esa fórmula célebre que hace Gramsci, del Estado como dictadura+hegemonía, una fórmula que mucho tiene que ver con la distinción analítica también célebre de Althusser entre aparatos represivos y aparatos ideológicos del Estado, pero esa para mi gusto siempre fue una distinción un tanto rígida, y Juan puede, a través de Gramsci, aunque no la cite directamente, ablandarla para intentar dar cuenta de algo que, me da la impresión, está implícito en Gramsci que es el Estado como el ejercicio de un triple control simultáneo en registros o niveles: control de la fuerza de trabajo en el nivel estrictamente económico; control de la espontaneidad, dice Juan, y de las iniciativas populares, uno diría en el nivel político; y control y construcción, producción incluso, de eso que Gramsci llama el sentido común en el nivel ideológico cultural. Si uno hace esta distinción demasiado rígida o demasiado tajante entre, por ejemplo, la parte de dictadura y la parte de hegemonía, o la parte de aparatos represivos y aparatos ideológicos, aparece algo ahí que está en Gramsci y que Juan hace muy bien en subrayar en estas formaciones sociales, que es el rol de la burocracia sindical, que de alguna manera uno podría decir que está ahí como a caballo entre la función ideológica y la función represiva.

A partir de aquí están todas las consideraciones que quieran, no voy a tener tiempo de hacerlas largamente aquí, podemos tal vez discutirlas después sobre el concepto de cesarismo, sobre su relación con el concepto de bonapartismo, e incluso dice Juan de bonapartismo sui generis, lo cual conduce a otro gran problemático concepto que es el de la revolución pasiva, que Juan usa entre otros, pero muy centralmente para la discusión sobre otro de los problemáticos conceptos y seguramente es uno de los que más ha dado lugar tanto a equívocos y malentendidos como abusos, que es el de “voluntad colectiva nacional-popular”. Hace un recorrido bastante largo Juan por los problemas que plantea en el propio Gramsci, ni hablemos en los intentos de traducibilidad de este concepto a nuestras propias situaciones, incluso actuales. Y ahí aparece otra de las cosas que me interesó muchísimo, no sé si para estar cien por ciento de acuerdo, que es el vínculo entre este concepto de voluntad colectiva nacional y popular, tal como aparece en Gramsci vinculado a la cuestión del jacobinismo y, dice Juan, vía el jacobinismo, la cuestión de la revolución permanente en el sentido general de un movimiento general que va más allá de sus intenciones originarias, de las intenciones originarias de aquellos sectores sociales que habían iniciado el movimiento y que hubieran querido detenerlo en esto que se llama sus intereses corporativos, en el sentido de los intereses particulares de su clase o fracción de clase, y que se vuelve nacional-popular (como lo escribe Gramsci) cuando es llevado más allá de los límites de esos intereses y transformado en la causa de todo un pueblo a nivel nacional y, si seguimos la vía de la revolución permanente que toma Juan, a nivel también internacional.

Acá hay una cosa muy subjetiva que dice Juan cuando está hablando del análisis gramsciano del jacobinismo en el contexto del estudio de Gramsci sobre el Risorgimento, y el jacobinismo le sirve a Gramsci justamente para hacer el contraste con aquello, dice Juan, que faltó en el Risorgimento para llevar hasta las últimas consecuencias la famosa voluntad nacional y popular. Entonces uno podría pensar, también en paralelo con muchas de nuestras discusiones actuales, esta idea de una falta antes que de un movimiento completado. Me pareció sugestiva la posibilidad de pensar un concepto que Juan no usa, pero que yo me tomo la absoluta libertad de deducirlo de lo que él dice, que es el de jacobinismo pasivo.

Todo esto se podría pensar, a partir del texto de Juan, sobre la base de estos conceptos de traducibilidad e inmanencia. Obviamente que una pregunta que atraviesa implícitamente todo el libro de Juan es: ¿se puede hacer, pensar una traducibilidad inmanente de todos estos conceptos gramscianos? Han sido leídos, dice él, predominantemente en una matriz frentepopulista. ¿Se puede pensar esa traducibilidad a una matriz más decididamente revolucionaria y, en el caso de Juan, esperablemente de orientación trotskista? No hay en el libro una respuesta definitiva para esta pregunta puesto que Juan mismo dice que las respuestas que vayamos encontrando dependerán del desarrollo del conflicto social, de la lucha de clases, etc.

Pero la gran virtud que tiene hacerse esta pregunta, siempre pensando en estos conceptos, es que no se trata –y esto es lo que uno todo el tiempo uno desprende de la lectura de Juan– de conceptos estables, no se trata de conceptos ya definidos, no se trata de conceptos estabilizados definitivamente que podamos usar como herramientas en una caja, sino que son verdaderos campos de batalla. Estos conceptos dependen no solamente de una definición inmediata. Es por esto que me parece que es un libro que tenemos que darle la bienvenida, a partir del cual hay muchísimo para discutir pero que justamente se trata de escribir libros lo más discutibles posible.

 

UN LIBRO CONTRA LAS VULGATAS GRAMSCIANAS

CHRISTIAN CASTILLO

El libro de Juan interviene en una elaboración que venimos haciendo en el PTS, desde fines de los ‘90, tratando de hacer una comparación entre el pensamiento de Gramsci y el pensamiento de Trotsky. Que es algo que, raramente, no había tenido un desarrollo importante en la Argentina, y digo raramente primero porque efectivamente Gramsci tiene un peso muy relevante en su apropiación local –mucho mayor que en otros países; este debe ser uno de los 4 o 5 países donde más se lee, se difunde, etc., y no solo en el último tiempo donde tuvo un peso muy relevante–, y donde el trotskismo también tiene un peso en la izquierda local muy muy relevante.

Pero prácticamente no hay intentos de analizar críticamente las apropiaciones mutuas o los debates, más allá de, en el caso de los gramscianos, la lectura que se va a transformar en una suerte de vulgarización respecto de cuál era la posición de Trotsky de la revolución permanente –una lectura hasta superficial, diría, de las apreciaciones de Gramsci en los Cuadernos de la cárcel, que por otro lado eran apreciaciones hechas en un contexto de incomprensión del debate y de la propia posición de Trotsky–. Son los puntos más oscuros de las reflexiones de Gramsci; en particular, transformar a Trotsky en un teórico de la ofensiva permanente. Cualquiera que trate de hacer ese trabajo de comparación va a ver que por esa vía no se llega a ningún lado, porque era debatir con un interlocutor que no era el real.

Gramsci no llega a tener de primera mano los debates que va a dar la Oposición Conjunta –cuando Trotsky hace el bloque con Zinoviev y Kamenev para enfrentar a Stalin–, y menos que menos las posiciones de la Oposición de Izquierda internacional, ni la crítica al programa de la Internacional Comunista redactado por Bujarin que hace Trotsky en 1928/29 ni, después, las críticas y la oposición de Trotsky a la política ultraizquierdista del llamado “Tercer Período”, que Gramsci va a criticar también pero sin referirse a esa crítica de Trotsky, entre otras cuestiones porque muy probablemente la desconocía.

Uno no puede encontrar tampoco esa referencia en las elaboraciones de los teóricos del trotskismo argentino más relevantes. En nuestro caso publicamos una serie de artículos de Manolo Romano, Emilio Albamonte, Matías Maiello y Juan, que haciendo una elaboración propia más acabada donde la comparación con Trotsky es un elemento lateral del libro, centralmente es una disputa por la interpretación de la obra de Gramsci, partiendo de que –porque no es cualquier parte con la que se mete Juan, sino con los Cuadernos de la cárcel– como ya señaló Perry Anderson, son una suerte de jeroglífico egipcio: está el debate sobre las distintas ediciones, las lecturas a las cuales llevaba el agrupamiento de la obra de Gramsci de determinada forma, que orientaba en una cierta interpretación, donde está el problema de en qué momento fue escrito cada artículo para tratar de ver la conexión de un pensamiento con otro. Eso transforma la interpretación de una obra inconclusa, de una obra no realizada para su publicación; y por lo tanto sobre la cual las sobreinterpretaciones y disputas son permanentes. Si muchos autores han tenido usos y abusos, como escribiera Portantiero, los usos de Gramsci han sido variables; esto está reflejado, no podía ser de otra forma, en el libro.

Ahora, algunos de los usos de Gramsci llaman la atención. Como pretender un Gramsci separado de la revolución violenta y la conquista del Estado, cuando justamente algunos

pasajes meridianamente claros de los cuadernos, como es el análisis de relación de fuerzas, queda claro que el momento políticomilitar de la conquista del poder del Estado es un momento de la lucha de clases, de enfrentamiento político inescindible. Juan cita ahí el racconto que hace Athos Lisa de la entrevista con Gramsci, ya en los últimos años de su estadía carcelaria, donde la preocupación por el momento político militar no está claramente trasladada. O sea que Gramsci está todo el tiempo pensando una revolución socialista en Italia, no solamente la caída del fascismo, y llama la atención por eso la idea que va a hacer tanto el Partido Comunista bajo Togliatti, luego el eurocomunismo –del cual el Partido Comunista va a ser parte– y después en la transición argentina, de que Gramsci pensaba en una radicalización de la democracia burguesa. Entre otras cuestiones porque la democracia burguesa era algo que más bien escaseaba en el momento en que Gramsci analiza, sino que más bien lo que predominaba eran dictaduras totalitarias como formas de expresión del poder de la burguesía: nazismo, fascismo, Franco, etc., formas bonapartistas del ejercicio del poder del Estado. De ahí que Anderson en su conocido trabajo nos va a decir que nos queda abierto el camino a pensar lo que ha sido una de las formas fundamentales de dominación burguesa, como ha sido la utilización del sufragio universal para tratar de legitimar el poder del Estado capitalista. Pero este no es el tema de Gramsci, analiza otra forma de la dominación; no está analizando el sufragio, entre otras cosas porque no era el gran problema político social que había en la entreguerras. Y sus reflexiones, además de este carácter fragmentario, difíciles por su forma de publicación y también por el enorme bagaje cultural político de las referencias y los interlocutores que toma Gramsci en toda su obra, es en ese sentido algo relativamente inagotable: cuando uno conoce una polémica que no conocía, vuelve a la lectura y la vuelve a pensar de vuelta, la comprende en un nivel superior. Eso crea esta posibilidad de usos y abusos, en los cuales, como señalaba, hay algunos llaman la atención.

Así como la idea de un Gramsci pacifista se contradice directamente con la aspiración teórica que tenía un autor que se consideraba un leninista –uno a veces llega a ciertas lecturas donde dice “Gramsci a diferencia de Marx pensaba…”, “Gramsci a diferencia de Lenin, pensaba…”, pero Gramsci no consideraba que pensaba a diferencia de Marx o de Lenin, sino en continuidad con Marx y en continuidad con Lenin–, otra idea que también llama la atención es la idea de un “Gramsci autonomista”; un Gramsci sin partido, cuando Gramsci ha sido un hombre de partido durante toda su militancia. Más allá de que otra discusión que es el tipo de partido en el que pensaba, más allá de la relación entre partido y organismos de las masas como en el momento consejista, qué papel jugaba el partido y las discusiones que se podrían tenerse sobre el concepto de partido educador, si abre a una visión de que se puede construir –y ese es el aspecto más problemático que puede llevar la lectura de su obra– un sentido común alternativo al de la dominación burguesa previamente a la revolución, que es una lectura que se ha forzado en parte respecto de ciertos elementos que en Gramsci son insinuaciones, pero no son una teoría desarrollada.

Creo que es relevante presentar el libro en este medio, porque en esos itinerarios de Gramsci en América latina –no en toda América latina, pero sí muy fuertemente en nuestro país–, cualquiera de nuestros lectores se va a topar con muchas herramientas para discutir la vulgata gramsciana. Si algo está presente en estas aulas que nos rodean es la vulgata gramsciana que, creo yo, vino de la mano de dos grandes fuentes. Una tiene que ver con lo que mencionaba Eduardo y está en el libro, la idea del giro a la socialdemocratización –y más a la derecha que la socialdemocratización, el apoyo al alfonsinismo– de algunos de los gramscianos argentinos centrales, el giro que hacen en el exilio, y su papel en la reconstitución en el aparato de las Ciencias Sociales a la caída de la dictadura militar. Es una llegada que está presente en los programas de casi todas las disciplinas de las Ciencias Sociales: un Gramsci al servicio del abandono de la perspectiva de la revolución. Entonces la vulgata gramsciana incluye el par consenso/hegemonía, consenso/guerra de posición, abandono de toda perspectiva de asalto de poder; se inscribe esa lectura. Pudo ser Gramsci pero pudo ser cualquier otro, pudo haber sido forzar una lectura de Kautsky –del Kautsky antes de su pasaje abierto a la crítica de la revolución y la insurrección, en el momento del debate con Rosa Luxemburgo sobre la estrategia de desgaste y la estrategia de derrocamiento–. Pudo ser cualquiera; Gramsci fue el medio para tratar de crear un sentido común, una ideología muy fuerte de que la perspectiva por la que hay que luchar, la perspectiva por la que hay que militar, por la que hay combatir, no es la revolución social sino la democracia a secas, abandonando su carácter de mecanismo de dominación de clase. Y eso alimentó una suerte de “vulgata”, en el sentido de que Gramsci no se hubiera reconocido ahí, como Juan muestra en algunos de los pasajes que cita, pero como también han señalado otros.

El segundo aspecto por el que viene la vulgata gramsciana tiene que ver con una introducción de una historia del marxismo que es bastante insostenible, pero que sin embargo también se repite una y otra vez y se instala. Interviene un autor muy importante que es Nicos Poulantzas en esta segunda parte de la vulgata gramsciana, que sería un poco la siguiente: Marx era un autor interesante que pensaba muchos problemas que estaban bien, era creativo, no era dogmático, etc., pero después vino el malo de Engels que se hizo dogmático con la dialéctica de la naturaleza, que codificó, que habló del materialismo dialéctico, etc.; después vinieron los marxistas ortodoxos hasta que vino un hombre llamado Gramsci que se le ocurrió volver a tomar los temas de la cultura; ese sería más o menos el derrotero. Si ustedes miran los programas en las carreras de Historia, de Sociología, en el CBC –para tomar la UBA–, u otros, empiezan así; esa historia del marxismo se vuelve un sentido común: salta de Marx a Gramsci, y los grandes marxistas clásicos, continuadores de Marx y Engels –a Engels también lo sacan, raramente se lo lee– Lenin, Trotsky, Rosa Luxemburgo y otros que forman parte de esa gran intelectualidad revolucionaria, la “tercera generación de marxistas”, al decir de Perry Anderson, prácticamente son excluidos de los medios universitarios a partir de esa lectura. Alrededor tanto de la interpretación y el debate sobre los conceptos gramscianos, como del sentido común de un cierto Gramsci que predomina en estos medios, creo que el libro da una serie de herramientas muy importantes; para todos los que estudian y pisan estas aulas les van a ser muy útiles, por lo menos para poner en discusión esa interpretación.

En ese sentido, el aporte de Juan es la apropiación de esos conceptos para pensar la revolución hoy. No es un libro académico, aunque es un libro con rigor y muy informado, una característica que tiene el trabajo que hoy estamos presentado. Se puede concordar con la apreciación general, pero nadie puede negar que tiene un rigor muy marcado. Donde el libro tiene otro mérito es en que no elude las contradicciones o complejidades que tiene el pensamiento de Gramsci. Juan no quiere hacer un Gramsci-Trotsky, no dice que Gramsci pensaba todo igual que Trotsky. En el libro están marcadas algunas de las cuestiones en que había una diferencia de apreciación, desde la teoría marxista hasta el punto de vista en el cual se pensaba la política y sobre todo, los debates al interior de la Unión Soviética. Pero a la vez Juan problematiza esa lectura que traza la oposición de un Trotsky caricaturesco a un Gramsci caricaturescamente transformado en un demócrata pacifista, o en un autonomista, como su contrapartida.

Hay una hipótesis audaz teóricamente en el libro, en el trabajo, que es la idea de reformular la relación hegemonía-revolución permanente. Por audaz no quiero decir no fundamentada; tomada en parte de otro autor vinculado a la tradición trotskista, en este caso un uruguayo, que vive en Brasil, que es Álvaro Bianchi. En la cita que pone Juan –aunque las reinterpreta– aparece la hegemonía no como lo otro de la revolución permanente, o aparece esto como una posibilidad de lectura pero más bien yendo a la idea de que no es que Gramsci no piensa que la revolución democrática se pueda transformar en socialista o que la dinámica de la revolución no pueda empezar por fines democráticos y tomar esa dirección, sino que vía la interpretación de que Lenin materializó esto, en Gramsci se puede pensar la hegemonía como la reflexión sobre la revolución permanente en su tiempo, como quien estaba pensando la hegemonía en ese problema, y en el mismo sentido la puesta en discusión de la concepción dura y mecánica de oposición entre la idea de estrategia de guerra de posición y la idea de guerra de maniobra, que está muy desarrollada en el libro y muy fundamentada, cómo esa oposición binaria no está presente en una lectura del conjunto de los Cuadernos.[…]

 

UNA NUEVA ETAPA EN LA DISCUSIÓN SOBRE GRAMSCI EN ARGENTINA

HORACIO GONZÁLEZ

Saludo la publicación del libro por la editorial del PTS, y me parece que el libro va a tener una fuerte responsabilidad en inaugurar una nueva etapa de la discusión sobre Gramsci en Argentina. Las menciones que se hicieron a los momentos anteriores en que esta discusión tuvo un horizonte o un trazo absolutamente vivaz, me parece que hay que mencionarlas aunque sea brevemente porque esta es una continuidad y al mismo tiempo se quiere crítica de los anteriores desarrollos gramscianos en la Argentina.

[…]

No se puede no pensar el debate gramsciano en Argentina como un debate fundamental. Así que festejo que se abra de esta manera, en el seno de un partido trotskista la indagación fundamental que es la relación de Gramsci con Trotsky, y de ninguna manera esto se toma del modo en que en esta Facultad se dice “esto es muy reduccionista” o se lo quiere resolver de tres plumadas. Por el contrario yo diría que se lo presenta como un gran tema y no se lo resuelve; se proyectan insinuantes posibilidades de revisión del tema. Eso es lo que me parece una gran fuerza de este libro porque evidentemente la propia idea de Gramsci de traducibilidad, a la que se refirió Eduardo, que es otro de los centros de este libro, permite adentrarse en la obra de Gramsci de una manera muy creativa, como lo hace este libro.

Porque es un concepto fundamental, y de algún modo, pienso yo, contradictorio con la idea de inmanencia, porque si el mundo estuviera regido solo por la inmanencia, es decir, por una suerte de sujeto en sí o ente en sí, con la fuerza que eso le da a cualquier ente, la traducibilidad tendría menos posibilidades, y Gramsci es solo traducibilidad, muchas de las cuales las explora Juan y me gustaría decir acá cuáles me parece que deberían seguir siendo exploradas, y que Juan las menciona, porque no hay nada que Juan no mencione de lo que es importante en la obra de Gramsci.

Había que conocer a Gramsci, y a eso me voy a referir antes de entrar más directamente al libro de Juan. El conocimiento de Gramsci fue a través de las ediciones del Partido Comunista Argentino. Hoy se lo puede conocer a través de esas ediciones, de las ediciones mexicanas, de las incontables antologías que hay sobre Gramsci, pero haberlo conocido a través del Partido Comunista Argentino, significa conocerlo a través del Partido Comunista Italiano y del modo en que lo da a conocer Palmiro Togliatti, que fue el gran adversario de Gramsci y el encargado de editarlo con, lo que Juan describe muy bien, que es un agrupamiento temático de los temas. Y Juan se inspira en un estudioso, yo creo que también vinculado al Partido Comunista Italiano, Gerratana, que bastante después que las ediciones de Editorial Lautaro, publica las obras cronológicas de Gramsci, es decir el modo en que los cuadernos se fueron escribiendo cronológicamente. ¿Cuánto cambia la lectura de Gramsci si la hiciéramos de un modo temático? Notas sobre Maquiavelo, la política y el Estado moderno, así Togliatti agrupó una gran cantidad de títulos sobre la teoría del Estado; El materialismo histórico y la filosofía de Benedetto Croce, ahí estaban agrupadas todas las observaciones filosóficas, sobre la sociedad civil y sobre la literatura, creo que el manual de Bujarin se estudiaba en ese libro; Pasado y presente, que es una colección infinita de notas dispersas; Los intelectuales y la organización de la cultura, ese era un volumen muy leído precisamente por el debate de la cuestión intelectual; Literatura y vida nacional, que son grandes artículos de crítica literaria de Gramsci, que era un crítico teatral. Gramsci no escucha radio –en 1927 es encarcelado e ignoro si en la cárcel donde estaba Gramsci se escuchaba radio–, pero el único medio artístico que analiza es el teatro, y eso se nota en la obra; hay una fuerte teatralidad. Yo diría que la obra de Gramsci es un teatro de las ideas, es el gran crítico de Pirandello Gramsci en el diario socialista Avanti, que dirigía Mussolini, por eso la complejidad de toda esta historia. Todo esto en un momento muy anterior a la creación del Partido Comunista, obviamente, en el cual Gramsci tiene una gran responsabilidad.

Hay un libro acá que no leí, que lo cita varias veces Juan, de Francioni que tiene un título muy interesante, L’officina gramsciana, que sería El taller de Gramsci. Para los universitarios argentinos que están interesados en todo lo que implica el nombre de Gramsci tiene que ser fundamental el estudio de estas dos variantes del estudio de Gramsci, y tal como fue reagrupada y como constituyó a sus lectores del agrupamiento de temas que hizo Togliatti, del cual surgió el gramscismo argentino y que fue el grupo Pasado y Presente, que toma su nombre de uno de esos libros, y cómo se lee más académicamente hoy a través de la cronología.

[…]

Yo diría para diferenciar las dos formas de leer el taller de Gramsci, porque el taller de Gramsci es una gran alucinación, es una escritura de la cárcel, en donde se escribe en la cárcel en condiciones de coacción, quizás en forma diferente de la que se escribe en la universidad. […] Yo diría que mantendría las dos ediciones como un tema histórico de interés respecto a cómo se constituye la propia escritura de Gramsci, qué significa Gramsci como escritor de la cultura italiana. Eso me parece un capítulo fundamental. Este libro de Juan está hecho sobre la variante de la escritura cronológica que permite un estudio en relación a cómo sugestivamente Gramsci va corrigiendo, a veces en forma casi imperceptible, ciertos temas que tienen un grado de obsesividad muy permanente en esa escritura, que es una escritura arácnida, y con un conjunto de temas que tienen infinitos desdoblamientos y versiones, no en vano su tema fundamental es lo que se llama traducibilidad, es decir, la capacidad de cada concepto inmanente de enlazarse con otro de igual categoría o de similar categoría, o con un eco que se le parece, con una mímesis. Ese carácter casi siempre lo esgrime a través de conceptos que no tienen un valor conceptual enorme: “esto puede tener que ver con…”, “esto me lleva a…” y “quizás esta situación se parezca o tenga un parangón con esta otra”, es decir, el repertorio que tiene Gramsci para aludir a su teoría de la traducibilidad es un repertorio del lenguaje común, con lo que estamos frente a un pensamiento de profunda originalidad porque se propone hacer la escritura de una época de la revolución a través de un artificio investigativo que supone leer las entrelíneas de todas las publicaciones de Italia en relación a cómo se traducen entre ellas y cómo forjan una época donde se tendrían que reconstruir enteramente los basamentos de la cultura católica en Italia –eso es lo que hace Gramsci continuamente leyendo diario Civilitá cattolica, que cita permanentemente–, cómo se construye el ideario de la cultura socialista y comunista en Europa, y ese será su tema principal con los conceptos que aquí se aludieron: hegemonía, sociedad civil, Estado, y todos los demás que están relacionados con esto, revolución pasiva, guerra de posiciones, guerra de movimiento. No hay ningún concepto que no tenga un borde que enlaza y se yuxtapone con otro, de modo que es una maraña no ininteligible sino en estado candente permanentemente, y eso hace al atractivo de la lectura y al modo en que en cada generación se lanza nuevamente a un nuevo horizonte de lectores. Esta calidad que tiene Gramsci de sobreponerse al modo en que ciertos autores caen en la lectura universitaria argentina es absolutamente una originalidad de la Universidad argentina y de la vida política argentina; por eso considero esto un nuevo ciclo de la reposición de Gramsci.

[…]

Por otro lado hay una fuerte propensión en el libro a tomar la noción de Estado integral o de Estado de policía, ahí también tendría una observación que hacer. No estoy seguro que pueda profundizar en ella, que es el momento en que Gramsci se apartaría de la clásica distinción entre Estado y sociedad civil, y el Estado policial, el Estado de la hegemonía burguesa […] Esta es una cuestión de profunda importancia y me parece que Juan tiene la tentación de dejarle menos libertades a la sociedad civil y convertirla en un ámbito donde juega con muchas más libertades y a su piacere el Estado con su coacción, definiendo dictadura como una parte hegemonía/una parte coacción. Digo una parte porque nunca se sabe, ese es un macizo de cosas que está siempre en ebullición, hegemonía como dictadura y como coacción, y está el sentido común en el medio. Y el tema de la policía es fundamental, en este momento en Argentina no hay nadie que diga que no es fundamental como se rearma la policía. Entonces me parece que hay una originalidad en este libro al tratar la cuestión de la policía. Eso me parece que hay que tratarlo con el cuidado que permitiría saber en qué lugar del Estado se pone la Policía; si lo ponemos en un lugar del Estado en condiciones de absorber muchas de las funciones de la sociedad civil, sobre todo los sindicatos, que eso es otro tema urgente para el tratamiento y urgente en este libro, y como se sabe es una fuerte discusión en la Unión Soviética entre Trotsky y Lenin, o entre Trotsky y otros funcionarios del gobierno de la Revolución. Es decir, los sindicatos ¿qué tipo de relación tienen que tener con el Estado? En el libro de Juan se examina la noción de estatización de los sindicatos. Eso tiene fuerte resonancia en la Argentina, pero sabemos que la idea de estatización de los sindicatos en Argentina tiene muchas escalas, graduaciones; basta considerar todo el ejemplo vandorista en Argentina que compone un largo ciclo, Roberto Carri escribió un libro, a mi gusto muy problemático y discutible sobre el asunto, pero interesante para leer qué se decía en los años ‘60 sobre el vandorismo, y qué decía Nahuel Moreno desde el trotskismo del vandorismo. No eran las mismas cosas y no eran cosas que hoy podrían agradar y ser una lectura satisfactoria como la que hace Juan o como la que podríamos hacer muchos de nosotros. Sin embargo está planteado desde Trotsky, desde Gramsci, qué situación tienen los sindicatos respecto del Estado. Ahí, también me parece que es necesario recurrir a la larga tradición que tiene la cuestión de la Policía en el lugar donde se origina esta cuestión que me parece que es en la Filosofía del derecho de Hegel. Creo que Gramsci no lo cita, pero Hegel avanza mucho en la cuestión de la Policía, avanza tanto que se parece mucho a Gramsci. En el capítulo sobre la policía en la Filosofía del derecho coloca la cuestión de la pobreza o la cuestión del apremio, el surgimiento del capitalismo y el imperialismo, y eso está en el capítulo sobre la función de la Policía en Hegel. Pero a su vez la policía está dentro de la sociedad civil, que es el gran tema de Gramsci, está absolutamente dentro de la sociedad civil. En Hegel es evidente que hay una libertad en la sociedad civil antes de que predomine en ella el Estado que es la finalidad, el modo en que Hegel piensa la sociedad civil, para que finalmente sirva al Estado y no viceversa; esa es una crítica que le hizo mucha gente a Hegel, pero aún siendo así, su idea de la sociedad civil es donde se produce la economía. Hegel pone la sociedad civil ahí, y Marx también pone la economía en la sociedad civil. Y Hegel además pone la Policía, no solo la que va por la calle con el palito o la pistola thaser, sino la que organiza la biopolítica. Juan no emplea esa expresión, que es un abuso foucaultiano en este momento, pero quiere decir eso, la policía organiza funciones laborales, organiza formas de vida, juzga violaciones, juzga asesinatos, juzga femicidios, es la primera instancia de juicio en un sentido común reaccionario, hay que pensar la policía así. Así la piensa Gramsci también. La cuestión es, le pregunto también a Juan, si estamos dispuestos a ese grado de absorción de la sociedad civil, en el capitalismo, por el Estado, y si esto sería así en un cambio de situación donde el Estado esté dirigido por consignas totalmente diferente o esté en vías de extinción. Digo esto también porque Gramsci hace algo con la sociedad civil, que es poner enteramente la cultura ahí, y no la economía. Es difícil decir dónde pone la economía Marx, esta es una idea de Norberto Bobbio que fue un gramsciano y después fue un marxista liberal, si se quiere un liberal, pero que había pasado por el marxismo.

[…]

Sobre la cuestión del moderno Príncipe. Gramsci mismo lo dijo y eso se le pasó a Aricó que hace la nota al pie de página a la edición Togliatti: cada vez que Gramsci pone “el moderno príncipe” Aricó pone “el lector debe entender acá que se refiere al partido político revolucionario”, y Gramsci dice continuamente “el moderno príncipe tendrá que contar este capítulo”, en este otro lugar “tenemos que escribir o desarrollar esta idea”… Es también un libro; el moderno príncipe, dice Gramsci, es una fuerza mítica que por ser mítica recoge todas las fuerzas revolucionarias de la sociedad que están dispersas, y genera un pueblo revolucionario. Y dice “no deberá ser libresco”. Entonces ¿cómo el partido va a ser un libro si Gramsci dice que no debe ser libresco? Gramsci es un vitalista, tiene influencia de Sorel, que Gramsci no la toma tan mal creo yo como Juan dice que la toma, la toma más o menos, toma una parte del mito, otra la rechaza. Como Lenin; Lenin toma a Sorel, lo rechazó más que Gramsci pero cuando muere Sorel se conmemora la memoria de Sorel en Roma y en Moscú. Aún no habían tomado el poder ni bolcheviques ni fascistas; Sorel había influido sobre ambos, es una clave traumática en la obra de Sorel y Gramsci lo toma en gran medida.

¿Por qué dice que el partido no debe ser libresco y al mismo tiempo dice también que tiene que ser un libro que alguien tiene que escribir? –lo que él escribe es un infinito borrador–. Porque también dice que el moderno príncipe no ha de ser libresco pero sí va a ser un libro, y califica ese libro y lo llama “un libro viviente”. Ahí cambia la cosa. […] El moderno príncipe es la reforma moral intelectual, es un partido, es un libro pero, ¿qué libro si no tiene que ser libresco? Un libro viviente, es decir un libro educativo, la paideia, todos los lectores, los lectores forjan un pueblo de lectores, y al mismo tiempo por eso son un pueblo. Podemos cambiar la palabra pueblo por clase y funciona exactamente la idea de que el libro genera un campo de atracción mutua, de confraternidad y de acción en común. Por lo tanto la idea de praxis, de libro, de partido, de mito, de catarsis, están todas relacionadas. Esa es la inmanencia, si la inmanencia no fuera ese gran concepto, la inmanencia de la traducibilidad de esta obra, y es un modo de lectura que funda una universidad, que puede llegar a refundar esta universidad, y puede llegar a que las vocaciones políticas que surjan en esta facultad, que son muchas, puedan ganar para sí la idea de cómo leer un libro y cómo hacer un libro viviente, y saber estremecerse porque se está leyendo algo que pertenecerá a la vida de quienes comprenden la política y su sociedad al modo de una transformación radical. Bueno en ese sentido me parece que debemos festejar la salida de este libro.

 

La charla completa puede verse en www.laizquierdadiario.com/Video-Mira-entera-la-presentacion-del-libro-El-marxismo-de-Gramsci.

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