El salto de papá, de Martín Sivak (Buenos Aires, Seix Barral, 2017)

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JULIÁN TYLBOR

Politólogo, UBA, comité de redacción.

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“Antes de tirarse de palito de un piso dieci­séis, papá se despidió de la clase obrera argentina”. Así comienza El salto de papá, de Martín Sivak. La frase no es del todo una me­táfora: a pocos metros de allí, unos trabajado­res de la construcción levantaban un edificio. A los gritos, intentaron detener el suicidio de Jorge Sivak, el 5 de diciembre de 1990. El “empresario comunista”, desde la venta­na del departamento de su padre, los saludó con la mano y les devolvió media sonrisa, despidiéndose así de una clase por la que cre­yó luchar toda su vida. Lo hizo desde los pi­sos altos. Desde los despachos lujosos. Desde esos a los que jamás accede la clase obrera (solo los construye). Trabajó siempre desde arriba, mirando hacia abajo. Y saltó.

 

Toda una época

 

Jorge Sivak nació en 1942, el mismo día en el que su padre, Samuel, fundaba un peque­ño imperio con fondos del Partido Comunis­ta. El PC llevaba ya dos décadas de simbiosis con la burocracia stalinista, cuya estrategia pasaba por asegurar su supervivencia y sus privilegios, a costa del desarrollo de la revo­lución mundial. Esto nos da una clave para comprender la figura oximorónica recurrente en el libro: la del banquero comunista. Jorge se convertiría en militante del PC, relación que durará hasta fines de los ‘60.

 

Se quitó la vida luego de que el banco Bue­nos Aires Building, el último bastión empre­sarial de la familia, se fuera a la quiebra. Jorge jugó cierto papel en el conglomerado familiar, pero no solo se dedicó a los negocios, sino que tuvo una vida ajetreada. Fue, entre otras cosas, abogado de presos políticos, empresario, mili­tante de izquierda, guerrillero urbano, amigo del poder y un largo etcétera. Contar la his­toria de su vida es, por lo tanto, tocar ciertas cuerdas sensibles de la historia argentina.

 

La palabra del hijo

 

Martín Sivak es sociólogo, doctor en Histo­ria, periodista y editor. Sin embargo, empezó a escribir este libro sin echar mano a sus profe­siones y oficios: en la primera parte, habla desde su lugar de hijo, mezclando las dosis justas de un relato del pasado con anécdotas del pre­sente. La escritura, sobria y emotiva, va reve­lando ciertas fibras del autor, como si estuviera diciendo: “de esta madera estoy hecho”.

 

El secuestro y posterior asesinato de su tío Osvaldo, a quien dedica el libro, ocupa un lu­gar crucial no solo del texto, sino de su propia vida y de la vida de su padre. Fue acaso uno de los crímenes más conocidos que produjo la llamada “industria del secuestro” en la que militares y policías retirados o activos busca­ban un ingreso extra realizando raptos extorsivos y que tuvo un boom terminada la última dictadura. El “Caso Sivak” duró más de dos años y fue un escándalo nacional que se lle­vó puestos tanto a ministros de Raúl Alfonsín, como a los recursos dinerarios de Buenos Aires Building por el pago de los rescates y al propio Jorge Sivak, que nunca supo lidiar del todo con la muerte de su hermano.

 

Martín Sivak también habla sobre su familia y saca algunos trapos al sol. Los más golpeados son su tía, Marta Oyhanarte, en primer lugar, y su abuelo paterno, en segundo. Allí las palabras se engendran desde el enojo. Pe­ro no es un libro rábico. Poner el énfasis en ello sería pecar de amarillista. El autor teje su texto con distintos hilos: sí, con la bronca, la impotencia y el dolor; pero también con cier­ta alegría de volver sobre tantos recuerdos, con la curiosidad infinita sobre ese misterio que es su papá, o con el dulzor que genera re­cordar una infancia feliz.

 

Complejo y contradictorio

 

Sivak padre no fue un banquero tradicional. Al contrario, del libro se desprende que se trató de un hombre altamente contradictorio. En una entrevista con Cristian Alarcón y Pa­tricia Chaina, Martín Sivak cuenta que Jorge creía realmente que desde el banco estaba lu­chando contra el capitalismo. No lo conside­raba problemático, sino que veía allí enormes posibilidades para cambiar el mundo. “Sue­na disparatado; lo es. Pero él creía en eso”, afirma.

 

Su padre estudió a Karl Marx con León Ro­zitchner y luego con Raúl Sciarretta. Militó en “la Fede”, la Federación Argentina Comunis­ta, desde donde ganó el Centro de Estudian­tes de la Facultad de Derecho de la UBA. A fines de los años ‘60 se pasó al Partido Comu­nista Revolucionario. Luego rompió y se mu­dó a las Fuerzas Argentinas de Liberación. Fue preso político durante el gobierno de Alejan­dro Agustín Lanusse (con quien luego come­ría asados y charlaría de política). Se exilió en Uruguay durante la última dictadura militar.

 

Ideológicamente, siempre se consideró co­munista. En los cuartos oscuros, sin embargo, era ecléctico: votó por Cámpora y también por Menem; celebró a Alfonsín. Fue un acé­rrimo defensor de la Unión Soviética y de Cu­ba. En sus ratos libres, leía febrilmente sobre la Segunda Guerra Mundial. Su hijo relata que debe haber visto La batalla de Moscú unas sesenta veces.

 

Aquel verano de 1989 la Unión Soviética se desintegraba allá en Europa y Asia, pero papá la sostenía en la bonaerense Vicente López con ese VHS que había alquilado en el videoclub del supermercado Carrefour. Pagaba multas diarias con tal de no devolverlo. (p. 103)

 

La palabra de los otros

 

El autor constata que los hijos no tienen el mo­nopolio del drama de sus padres. Por ello, hacia la mitad del recorrido del libro y en el límite de los recuerdos propios, empieza a buscar en los ajenos. Realiza decenas de entrevistas a amigos de su papá, socios, compañeros de militancia, historiadores, psicoanalistas. Arranca oraciones de aquí y de allá. Todo cuenta cuando se trata de una vida que ya terminó.

 

Aunque cubriría los huecos de la línea de tiempo de la historia, también generaría un absurdo: eran los pasos a dar para hacer un reportaje sobre mi propio padre. Me entregué a ese absurdo. (p. 186)

 

El libro, naturalmente, es difícil de cerrar. ¿Cuándo parar con las entrevistas? ¿Cuántos recuerdos y detalles son necesarios? ¿Con cuánta información se da una idea aceptablemente acabada de una persona? El autor no esconde estas dificultades. Es una licencia que se puede tomar. Al fin y al cabo, está ha­blando de su padre.

 

***

 

En El salto de papá accedemos a algunos fragmentos de esta biografía que habita en la frontera entre lo personal y lo público. Mar­tín Sivak tiene éxito en cartografiar ese difícil terreno. Ello da como resultado un muy buen libro que, al fin y al cabo, trata sobre la relación de un hijo con su padre, pero también en el que el lector logra impregnarse de cierto espíritu de aquellos años. Donde el lector, finalmente, puede transitar por esos pisos al­tos de la sociedad argentina y estar cara a ca­ra con una tragedia personal que nos habla desde las alturas.

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