El retorno de la clase trabajadora

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EDUARDO MOLINA

N.2, agosto 2013

 

Mientras se invitaba a centrar la mirada en las capas medias, según el mito de una América Latina en vías de ser un “continente de clase media”; entra en escena la clase trabajadora de Brasil y el Cono Sur, protagonizando las mayores movilizaciones desde hace largos años y yendo al encuentro de masivas protestas con fuerte participación juvenil y estudiantil como las que conmovieron las calles de Santiago o de São Paulo y Río.

Signos locales de la crisis histórica en su sexto año. La misma que empuja a la rebelión de la juventud de El Cairo a Estambul, a la insurgencia de los trabajadores, desde Grecia y Portugal, a esa clase obrera explotada en China, India o Bangladesh. En este extremo del mundo, esos vientos erosionan como a un castillo de arena la construcción ideológica de unas clases medias proliferando en el corazón del espacio social para sostener el edificio de la democracia burguesa donde los conflictos sean metabolizables. El propósito de estas líneas es llamar la atención sobre la irrupción de este actor, por lo común invisibilizado, no ya en su indiscutible presencia en la lucha social, pero sí como sujeto potencialmente revolucionario: la clase trabajadora sudamericana.

 

Los comienzos de un ascenso obrero

Desde el paro del 20N en Argentina a las grandes acciones que conmovieron a Bolivia en mayo, y a Chile, Brasil y Uruguay en junio-julio, ha dado un salto la irrupción de la clase trabajadora con paros y movilizaciones de alcance nacional, en una suerte de “ensayos de huelga general” que si bien no alcanzaron a paralizar completamente los distintos países, instalan al movimiento obrero como un actor de peso.

La irrupción obrera se produce en situaciones nacionales diferentes cuando luego de una década de crecimiento, la desaceleración económica empieza a afectar las condiciones de vida y de trabajo; mientras comienzan a declinar los gobiernos que se proclamaron “portadores del cambio”, pero no resolvieron ninguno de los problemas estructurales. Según crece la distancia entre las aspiraciones promovidas por el crecimiento de los últimos años y la dura realidad del salario, las condiciones laborales y de vida de la mayoría de los trabajadores, aumenta el descontento, lo que en los últimos tiempos provocó cientos de luchas parciales como en Brasil y Argentina. Así se fue gestando el retorno a escena de la clase trabajadora.

 

Un gigante social se pone en movimiento

La clase trabajadora sudamericana representa una colosal fuerza social, que en los últimos años se ha ampliado y reconfigurado bajo las duras condiciones de explotación impuestas por el capital. Un mapa de la disposición objetiva de sus fuerzas mostraría los polos de la acumulación capitalista concentrando a millones de trabajadores industriales, del transporte, la construcción y los servicios en las áreas metropolitanas de Santiago, Buenos Aires, São Paulo-Campinas o Río. También en el gran triángulo mineralizado del Pacífico, compartido entre Perú, Bolivia y Chile donde labora un cuarto de millón de mineros.

La tercerización y la precarización abarcan, variando en cada país, unos dos tercios de la masa laboral, además de la desocupación que afecta a millones. La mujer trabajadora y los jóvenes obreros, junto a los inmigrantes, son mayoría en los estratos más precarizados y explotados. En el otro extremo del espectro, hay una minoría donde el oficio calificado o el ilusorio status alimentan el conformismo y las ilusiones clasemedieras.

Las condiciones de fragmentación y precarización no son un dato sociológico insalvable. De hecho, los movimientos de recomposición de la clase trabajadora a nivel internacional vienen debilitando las ideologías del “fin del proletariado” o de su disolución en los “movimientos sociales”. En los levantamientos de comienzos de siglo en Bolivia y Argentina la clase obrera, que venía de sufrir duras derrotas, no pudo jugar un rol central; ahora, el retorno de los proletariados sudamericanos al centro de la lucha de clases replantea la posibilidad de la unificación de la clase trabajadora como sujeto social y políticamente diferenciado, capaz de intervenir revolucionariamente y agrupar a otros sectores.

 

Sindicatos, burocracia y nueva clase trabajadora

Los sindicatos tienen cierto fortalecimiento en estas etapas iniciales, canalizando la emergencia obrera y convirtiéndose en actores políticos de peso. Mientras que “por abajo” hay militancia de base, “por arriba”, aunque algunas figuras se prestigien al reubicarse como “combativas”, las cúpulas sindicales sufren crisis y fracturas –como en Argentina, con la CGT y la CTA partidas en cinco según sus alianzas con políticos patronales–, lo que refleja el abismo entre la situación de los trabajadores y la burocracia como capa privilegiada. Al ponerse en marcha el movimiento obrero, se activan las contradicciones resultantes de la estatización y corrupción de las capas dirigentes, que avanzó viento en popa con los gobiernos progresistas. La refracción en los sindicatos de la “crisis de representación” que cuestiona a la corrupta “clase política” patronal (como en Brasil y Argentina) puede alimentar mayores rebeliones antiburocráticas. La lucha por la recuperación de los sindicatos expulsando a la burocracia sindical, una cuestión vital, no debe obviar que éstos agrupan a sólo una parte de la clase obrera, “en blanco”, con empleo estable, pero no a millones de precarizados. Según la OIT y CEPAL, en Argentina sólo un 32% de los asalariados está sindicalizado.

En Bolivia, un 27%, en Uruguay, un 25%, en Brasil, apenas el 18%, al igual que en Venezuela. En el resto del continente, la situación es peor. Contra el corporativismo de la burocracia sindical que “naturaliza” la división entre afiliados y no afiliados, contra el discurso gubernamental progresista de que ellos “están con los pobres”

mientras los sindicatos defienden a los “privilegiados”, deben inscribirse en el programa de la vanguardia las tareas de la unificación de los trabajadores y las masas pobres. Los sindicatos deberían impulsar la lucha por la sindicalización masiva de estas capas, pero eso, que supone una movilización gigantesca, no es suficiente. Las necesidades de la lucha exigirán formas de coordinación y organismos cada vez más amplios y democráticos, que engloben a los sindicatos, pero que incorporen a las masas obreras excluidas de los mismos en “tiempos normales” para centralizar las fuerzas obreras y agrupar a las masas pobres del campo y la ciudad.

 

Un nuevo escenario…

El resurgimiento del movimiento obrero en Brasil y el Cono Sur induce cambios profundos en el proceso regional. No es casual la hostilidad con que los “progresistas de Estado” lo han recibido, puesto que cuestiona abiertamente las medidas de ajuste y el rumbo a la derecha adoptado por sus gobiernos.

De visita en Buenos Aires, el vicepresidente de Bolivia, Álvaro García Linera declaró que las recientes movilizaciones, como las de la COB, no serían más que “pujas redistributivas” guiadas por intereses “corporativos” y por tanto, funcionales a la derecha y a sus planes “destituyentes”. Pero quien favorece a la reacción es la política progresista al frente del Estado burgués, no la movilización obrera y juvenil que reclama por las condiciones de vida populares e indica la única vía para que el descontento social se abra un camino independiente y no sea capitalizado por la derecha.

Se pretende amalgamar la intervención obrera con la de sectores medios que son base de la derecha o están influidos por ella. Esto es funcional al cálculo político de ambos campos –progresistas y derechistas–, pues ninguno quisiera que emerja un tercer campo estratégico: el del movimiento obrero y las masas pobres, terciando según sus propios intereses. En esta perspectiva, cobra valor la tendencia a converger entre los fenómenos juveniles y los sectores obreros combativos. En Chile (y también en Brasil), podría decirse que la movilización juvenil y estudiantil preparó el terreno, actuando como “caja de resonancia” y anticipando la intervención obrera. En Bolivia y Argentina, la puesta en marcha de los trabajadores puede preceder un despertar juvenil. Queda planteada la tarea de la unidad de obreros y estudiantes en la movilización, como factor de politización y eslabón de la alianza obrera y popular, tomando en sus manos las causas antiimperialistas y democráticas, incorporando las demandas populares, de los campesinos pobres, de los pueblos originarios.

 

Posiciones avanzadas

La emergencia promueve el surgimiento de fenómenos de vanguardia, que con sus conquistas en la organización, los métodos de acción y el programa, desafían el control burocrático de los sindicatos. Si bien minoritarios, pueden estar anticipando rasgos de un nuevo movimiento obrero, preparándose para las grandes luchas por venir en la escuela de los combates actuales. En Argentina el sindicalismo de base, en un sentido amplio de activismo obrero a nivel de empresa, se fortaleció en decenas de comisiones internas y cuerpos de delegados, con importante influencia de la izquierda clasista, como la ya histórica Zanon o en Kraft y otras fábricas del norte del Gran Buenos Aires. El cuestionamiento a la burocracia se viene ampliando con la recuperación de seccionales como ATEN en Neuquén o la decena de seccionales de SUTEBA en que fue derrotada la burocracia kirchnerista en Buenos Aires, la seccional Haedo del FFCC Sarmiento y otras, fenómenos de los cuales forma parte la izquierda clasista. En Bolivia, el histórico centro minero de Huanuni fue una de las vanguardias en el levantamiento de octubre de 2003, impuso la nacionalización y conquistó el “control social” (que tiende a actuar como un control obrero colectivo). Con sus 4.600 trabajadores fue puntal de la huelga de mayo y es el principal impulsor del Partido de Trabajadores votado en los Congresos de la COB, tenazmente boicoteado por la burocracia sindical por las tendencias a la organización políticamente independiente que expresaría. En Brasil, actúan nucleamientos sindicales como CONLUTAS y la Intersindical influenciados por corrientes de izquierda -PSTU, PSOL- si bien con una política limitada de “sindicalismo combativo”; y un importante activismo obrero salió a los bloqueos e impulsó los paros del 11/07, como los obreros de la General Motors. Mientras que en Chile, la unidad obrera estudiantil expresada en las calles así como las barricadas del 11/07 mostraron el sesgo de la vanguardia a izquierda de la burocracia de la CUT y del PCCh.

Se trata de fenómenos intermedios, inmaduros, pero progresivos, que proveen puntos de apoyo para la formación de una izquierda de los trabajadores, hacia la construcción de partidos que agrupen a la vanguardia con conciencia de clase en la perspectiva revolucionaria y socialista.

 

Unidad de la clase obrera continental

Las movilizaciones de julio en el Cono Sur, con la simbólica coincidencia de los paros de Chile y Brasil el 11, abre la posibilidad de dar pasos hacia la unidad continental de las movilizaciones obreras y de masas. Hoy los países sudamericanos, que comparten el peso de la opresión imperialista y los avatares de la crisis capitalista mundial, están ligados por lazos económicos y políticos más densos que en el pasado, lo que da mayor sustento a la unificación de los movimientos obreros locales. Hace años, Liborio Justo escribía: “No se equivocan quienes creen que la liberación e integración de la América Latina depende, ante todo, de la conjunción y entendimiento argentino-brasileña … porque los dos países están destinados, mediante la alianza de su proletariado, a ser la vanguardia en la lucha por el socialismo en el continente”. Cuando el sudamericanismo diplomático de UNASUR se subordina al “retorno de EE.UU. a su patio trasero”, concilia con sus aliados como el régimen colombiano o chileno, y demuestra su impotencia ante golpes “blancos” como los de Paraguay y Honduras; cuando el MERCOSUR subordinado a las transnacionales absorbe al ALBA y Nicolás Maduro reitera el abrazo de Chávez con Santos, esa alianza obrera por sobre las fronteras pondría en manos de la clase trabajadora latinoamericana la lucha continental contra el imperialismo. Hace años, durante su exilio final en México, León Trotsky había formulado así una previsión estratégica: “Nuestro proletariado debe entrar firmemente en la escena histórica para tomar en sus manos el destino de Latinoamérica y asegurar su futuro. El proletariado unificado atraerá a decenas de millones de campesinos indoamericanos, eliminará las fronteras hostiles que nos dividen y nucleará a las veinticuatro repúblicas y posesiones coloniales bajo las banderas de los estados unidos obreros y campesinos de Latinoamérica”. Las luchas obreras y juveniles que hoy recorren el Cono Sur, entroncando con el clima de rebelión internacional, ya plantean el surgimiento de un nuevo internacionalismo, bandera que la vanguardia debe tomar en sus propias manos.

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Del 20N en Argentina al “julio caliente” del Cono Sur

El paro del 20 de noviembre en Argentina, convocado por Hugo Moyano, fue acompañado por diversos sectores en la industria y los servicios, incluso no encuadrados en las organizaciones adherentes, con la paralización parcial de actividades con piquetes y bloqueos, en el que jugó un rol importante el sindicalismo de base orientado por la izquierda clasista. Si los “cacerolazos” previos habían mostrado el malestar de los sectores medios influenciados por la derecha, el 20N les contrapuso las demandas obreras, la intervención de los sindicatos y los métodos de clase. Más allá de la política de Moyano de acordar con un sector opositor del peronismo, se siguieron desarrollando los procesos de lucha y organización por abajo en los que crece el cuestionamiento a la burocracia sindical.

Bolivia fue conmovida por las jornadas obreras de mayo. La negativa del gobierno de Evo Morales a modificar su proyecto de Ley de Pensiones (de molde neoliberal), obligó a la COB a convocar a la huelga general indefinida. Por dos semanas, con paros, bloqueos y movilizaciones, los mineros, fabriles, trabajadores de la salud y maestros, conmovieron al país. El gobierno recurrió a la represión y a una feroz campaña de calumnias contra los trabajadores y la izquierda trotskista, utilizando a la burocracia campesina para enfrentar a los trabajadores. La huelga no logró sus demandas y la burocracia cobista la levantó inconsultamente, pero el gobierno paga un alto costo político y afronta la ruptura de sectores obreros, lo que puede terminar alentando la formación del Partido de los Trabajadores.

En Chile, el 11 de julio el llamado de la CUT a la huelga general derivó en una gran jornada de lucha, con paros, barricadas y movilizaciones que reunieron a unas 100.000 personas en Santiago, desarrollando en las calles la unidad obrero-estudiantil. Vienen convergiendo el movimiento de los estudiantes, que ya lleva tres años contra el sistema educativo pago y el proceso de movilizaciones obreras con importantes luchas en la minería y otros sectores, como la huelga portuaria de 22 días en abril. La clase trabajadora está llamada a pesar en un panorama político caracterizado por la crisis de la derecha y el previsible retorno de la centroizquierda al gobierno con Bachelet.

En junio masivas movilizaciones en Brasil lanzaron a las calles a cientos de miles de manifestantes, chocando con la represión. El protagonismo de los jóvenes y estudiantes, que les dio un tono de clase media, no puede ocultar que el reclamo contra el aumento del boleto es una demanda muy sentida en un país donde el transporte cotidiano es una alta proporción del salario. La simpatía de amplios sectores obreros y populares con el movimiento en el que se expresaban el rechazo a la corrupción política, a la represión, las malas condiciones del transporte, la educación y la salud. El gobierno petista y los gobernadores, sorprendidos, retiraron el aumento y Dilma prometió una reforma política. La burocracia oficialista de la CUT, en un intento por canalizar el descontento, convocó en acuerdo con otras centrales menores a una “paralización nacional” el 11 de julio. Decenas de miles de metalúrgicos, petroleros, constructores, estatales, docentes y otros, paralizaron labores, hubo concentraciones y decenas de bloqueos. Brasil ya no volverá a ser el mismo modelo de estabilidad “progresista”.

En Uruguay, en julio finaliza la histórica huelga de 32 días de los docentes en reclamo de más presupuesto educativo y aumento salarial, que llegó a movilizar 20.000 personas en Montevideo. El gobierno de Mujica contestó difamando a los maestros y rechazando sus reclamos. Sin embargo, el clima sindical está cambiando con el descontento de las bases ante la política económica del Frente Amplio que garantiza los beneficios de los capitalistas a costa de los bajos salarios. En varios sectores avanza una oposición sindical impulsada por la izquierda no frenteamplista, y el PIT-CNT, oficialista, realizó un paro parcial de 4 horas el día 25 en el marco de negociaciones salariales.

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