El reformismo estudiantil en la “Revolución Argentina”

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PABLO AUGUSTO BONAVENA

Profesor a cargo de Sociología de la guerra, UBA y UNLP.

Número 42, abril-mayo 2017.

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La influencia del legado que dejó la Reforma Universitaria de 1918 es ampliamente reconocida y trasciende los límites de la Argentina. Su orientación programática fue siempre motivo de disputa tanto a nivel local como internacional. En términos muy generales, en nuestro país se ha localizado, por ejemplo, una pugna entre una corriente “reformista liberal” y un ala “reformista revolucionaria” [1]. Más allá de este criterio para diferenciar fracciones, en los sesenta, el reformismo abarcaba un gran número de agrupamientos estudiantiles en todo el país. Entre los más importantes resaltaban aquellas ligados a los partidos políticos: los socialistas con sus diferentes variantes, el Partido Comunista (PC), las líneas estudiantiles del radicalismo, los partidos trotskistas y el Partido Socialista de la Izquierda Nacional. Existían, incluso, muchos grupos que congregaban estudiantes con visiones ideológicas distintas pero que, no obstante, reivindicaban la identidad reformista. Incluía, asimismo, a casi la totalidad de los centros de estudiantes y federaciones universitarias, núcleos conformados por un mosaico muy heterogéneo, con fuertes disputas en su interior, tanto en lo que hacía a la política hacia el movimiento estudiantil como en política nacional e internacional. En el momento en que llegó el golpe de Estado que abrió la “Revolución Argentina”, en junio de 1966, el movimiento estudiantil reformista se encontraba movilizado y con una larga tradición de lucha que exhibía una creciente radicalidad, tanto en sus aspectos programáticos como en sus formas de acción. Ponía de manifiesto, al mismo tiempo, una buena capacidad para componer fuerzas con otros sectores sociales, especialmente con el movimiento obrero. Su involucramiento con los problemas candentes de la realidad nacional e internacional eran evidentes, como lo atestiguó, por ejemplo, su participación junto a los asalariados en la crisis del sector azucarero en 1965 y comienzos del ‘66. Corresponde señalar, igualmente, las movilizaciones en contra del envío de tropas argentinas a la República Dominicana como apoyo a la invasión norteamericana. En los prolegómenos de la caída de Illia, los detractores estudiantiles del reformismo también se encontraban activados, pero su interés se dirigía a la conformación de las huestes golpistas. La base universitaria de la dictadura se asentaba en sectores católicos, nacionalistas, desarrollistas y peronistas.

Entre la prudencia y la determinación

La fuerza que colocó a Onganía en el gobierno el 28 de junio de 1966 tenía en su “mira” la universidad estatal, a partir de un diagnóstico que se venía acuñando desde varios meses atrás: consideraba que ese era el ámbito principal donde se expandía la “infiltración comunista”.

Aquellos que compartían esta certeza aseveraban que el reformismo facilitaba esa “intromisión”. Este factor, según su parecer, tornaba menester una intervención de todo el sistema universitario para romper la confluencia entre comunismo y reformismo, que como dijo un legislador peronista un tanto exagerado, había generado un “Estado dentro del Estado” [2]

No obstante esta valoración, la dictadura exhibió mucha prudencia para manejar el tema universitario. Inició sus primeras horas en el gobierno apostando fuerzas represivas en varios predios universitarios con el objetivo de evitar todo atisbo de resistencia, que únicamente tuvo como protagonista a los estudiantes afines al PC, que caracterizaron a la naciente dictadura en ciernes como una avanzada de los monopolios y el imperialismo. También hubo escaramuzas motivadas por la protesta de los estudiantes ligados al gobierno depuesto. Más allá de estos sucesos menores, el gobierno retiró inmediatamente al personal armado de los predios universitarios y no generó ninguna novedad efectiva. Se abrió, entonces, un período de una “tensa calma” a la espera de las políticas de la dictadura para el sector, que llegarían el 29 de julio de ese año, con la intervención a las universidades nacionales. En esta breve etapa, un poco más de un mes, la discusión sobre reforma ocupó un lugar central. Todos los agrupamientos universitarios de los diferentes claustros se fueron alineando a favor, la mayoría, o en contra, la minoría, de los postulados reformistas. Algunos de los que cuestionaban su vigencia argumentaban que el reformismo estaba alejado del “pueblo”, disfrutando de una “isla democrática” en un sistema político que proscribía al peronismo, mientras suponían que el ejército era el actor privilegiado para encarar una transformación nacional.

Este tipo de postura encontraba, como contrapartida, una profusa cantidad de pronunciamientos que demostraban exactamente lo contrario y vaticinaban una férrea resistencia a cualquier intromisión estatal. Algunas opiniones, de igual modo, sostenían la necesidad de defender la universidad concebida en los términos de los principios reformistas, pero con un argumento muy diferente a la mayoría del movimiento estudiantil: aseguraban que el reformismo no favorecía al comunismo, sino que, en realidad, lo frenaba. El debate sobre los alcances del reformismo, como vemos, también era discutido en los parámetros que ofrecía la Guerra Fría.

Cuando Onganía intervino a las universidades con el decreto-ley 16912 hubo una sorpresa. Si bien colocaba a todas las unidades académicas bajo el control directo del Ministerio de Educación, designaba como interventores a las mismas autoridades electas que estaban en ejercicio de la dirección universitaria. Esta medida de apariencia insólita, procuraba ganar apoyos dentro del sistema universitario para cercar a los sectores más radicalizados. En los casos en que las autoridades no aceptaron esta situación, la prudencia cedió paso a la represión. El gobierno demostró que su determinación era muy firme y no dudó en generar hechos como “la noche de los bastones largos”, para dejar claro que no toleraba ninguna desobediencia. Varias casas de estudio perdieron sus autoridades, aunque no faltaron los cómplices, y hubo renuncias y cesantías masivas de docentes. Los estudiantes padecieron la prohibición del funcionamiento de los centros y federaciones y perdieron sus locales y bienes. La proscripción trasladó la resistencia a un escenario de combate donde los estudiantes reformistas ya habían acumulado mucha destreza.

La reforma a las calles

El estudiantado, en defensa de la autonomía, el cogobierno tripartito y otros principios reformistas, se transformó rápidamente en la primera fuerza opositora al gobierno de facto. Desarrolló un variado repertorio de acción, que alcanzaba el grado de lucha nacional con las huelgas declaradas por la Federación Universitaria Argentina (FUA), cuya conducción era comunista. Se sucedieron actos de distintos tipos, piquetes, marchas, ocupación de edificios, cortes de calle, actos relámpagos, volanteadas en la vía pública, ollas populares, clases públicas y muchas otras medidas de lucha. El desafío a la represión fue constante. Los bastonazos, las cargas de la policía montada y los gases lacrimógenos fueron enfrentados con barricadas, bombas molotov y pedradas. La movilidad y la sorpresa fue la táctica estudiantil más eficaz para eludir a las fuerzas represivas. Este tipo de situaciones se propagaban en la vía pública de varias ciudades. Córdoba, Buenos Aires y Rosario sumaron la gran mayoría de estas acciones, pero también debemos destacar lo ocurrido en San Miguel de Tucumán y La Plata.

El aislamiento estudiantil fue significativo durante las primeras jornadas pero, poco a poco, el movimiento opositor fue sumando adhesiones. Especialmente, las primeras provinieron de los sectores directamente afectados por las políticas de la dictadura y por el rechazo que generaba la brutal represión. Ante la prohibición del funcionamiento de las organizaciones tradicionales de los estudiantes, éstos recurrieron a la conformación de organismos de coordinación de las luchas. A estos instrumentos de enlace se fueron acercando sectores que hacía poco tiempo habían apostado por la dictadura y la intervención. Las alianzas del movimiento estudiantil reformista se fueron ampliando, especialmente a partir del asesinato de Santiago Pampillón, el 5 de septiembre de 1966, alcanzado por las balas policiales en Córdoba, en el marco de una de las huelgas de la FUA. La muerte de Pampillón generó apoyos del movimiento obrero y de muchos otros sectores sociales y políticos. Los estudiantes respondieron con huelgas y diversas manifestaciones de repudio. El barrio Clínicas de Córdoba fue el espacio de mayor confrontación y estuvo durante muchas horas bajo control estudiantil.

Hacia finales del año la dictadura consiguió controlar la situación y las universidades prosiguieron intervenidas. El receso de verano colaboró para desactivar la militancia estudiantil. El año 1966 se cerró para el activismo con el apoyo de la FUA al paro nacional convocado por la CGT el 14 de diciembre. En esta coyuntura, algunas voces auguraron la muerte del reformismo. Otros análisis veían en todo este proceso un crecimiento de la politización del alumnado, cuya movilización, en gran parte, se fundamentó en los argumentos reformistas que habían abandonado las aulas para ganar las calles, tal como lo marcaba su historia. El debate se polarizaba entre los que suponían que el reformismo había dado su último combate y los que consideraban que proseguía firme en su camino más radical.

Retroceso y resurrección

El verano de 1967 tuvo al movimiento estudiantil tucumano, con la dirección de la reformista Federación Universitaria del Norte (FUN), en la primera línea de combate junto a los trabajadores del sector azucarero. Cuando se apagó este conflicto, tanto en Tucumán como en el resto del país, la dictadura fue consolidando su posición en la universidad a poco del inicio de las clases, con cesantías docentes y miles de sanciones a estudiantes. En abril presentó la “Ley Orgánica de las Universidades”, que barrió definitivamente con todo vestigio institucional de reformismo. La FUA intentó movilizar al estudiantado, pero no hubo procesos de lucha significativos. Los reclamos estudiantiles se ciñeron a cuestiones inmediatas y de perfil corporativo, aunque logró cierta activación en los homenajes brindados a Pampillón al cumplirse un año de su asesinato, donde nuevamente las medidas más sonadas fueron dos huelgas de la FUA. En este año de poca movilización hubo importantes novedades dentro del reformismo estudiantil. Por un lado, se creó la agrupación Franja Morada, sumando radicales, socialistas y anarquistas. Por otro, se dividió la rama juvenil del PC. La mayoría de la juventud universitaria abandonó esa organización y promovió la Federación de Agrupaciones Universitarias de Izquierda (FAUDI), que retuvo la presidencia de la FUA. El PC, entonces, impulsó nuevas agrupaciones universitarias que lentamente comenzaron a crecer.

La situación cambió sustantivamente en 1968. A comienzos de año adquirió un lugar relevante el problema del ingreso a las universidades y la privatización de los comedores universitarios. Estos temas provocaron movilizaciones, aunque continuaban siendo restringidas. El lanzamiento de la CGT de los Argentinos fue auspicioso para el movimiento estudiantil reformista, pues encontró en esta organización un importante aliado. La confluencia con la flamante central obrera fue fundamental para romper el aislamiento y ganar protagonismo social y político en las calles. No fue casual que la CGT “A” también haya buscado esa convergencia, pues veía en el reformismo estudiantil tanto disposición como capacidad para la lucha. En este marco, la FUA lanzó un plan de acción para rememorar la gesta reformista a los 50 años de su concreción. Promediando en mes de junio, la conmemoración del cincuentenario de la Reforma revitalizó al movimiento estudiantil con una potencia tal que cambió la tendencia del año anterior. Las acciones estudiantiles fueron muy importantes en distintos lugares del país. La defensa del ideario reformista volvió al centro de la movilización estudiantil y no pudo ser neutralizada por la represión. La FUA impulsó la creación de los llamados “Comités de Homenaje al Cincuenta Aniversario de la Reforma de 1918” que reunieron a muchos sectores políticos, ideológicos y sociales. También sumó el aval de la CGT “A”, que realizó medidas de fuerza para apoyar el recordatorio a pesar de algunas quejas del peronismo estudiantil, quien mantenía posturas adversas a la reforma. Un dato para destacar en estas circunstancias fue el lanzamiento del Movimiento de Orientación Reformista (MOR) que impulsó el PC. Inmediatamente su engrosamiento fue significativo y en poco tiempo esta iniciativa le devolvería el puesto de primera minoría dentro del movimiento estudiantil, con la característica de ganar peso electoral en la base de los estudiantes, especialmente en las facultades menos politizadas, en función de su trabajo gremial, mientras tenía un fuerte descrédito en una gran porción del activismo.

Avanzado el ´68 el centro de la escena lo acaparó el movimiento estudiantil de La Plata, que acompañó a las luchas obreras de la región en una serie de enfrentamientos callejeros conocidos como el “platazo”, que presagiaron lo que vendría. Uno de los puntos más altos fue la lucha en Arquitectura, cuyo centro de estudiantes estaba dirigido por la agrupación Movimiento de Avanzada Universitaria (PRT-La Verdad). Como ocurrió en muchos lugares del mundo, el año 1968 también resultó clave para el movimiento estudiantil argentino, especialmente el de cuño reformista.

El incremento en las luchas estudiantiles registrado en 1968 vivió un salto cuantitativo y cualitativo durante 1969. Las movilizaciones contra el sistema de ingreso y la privatización de los comedores volvieron a la agenda estudiantil, pero en esa oportunidad lograron una gran presencia de masas y varios triunfos parciales. El conflicto escaló en la Universidad Nacional del Nordeste y desde allí se propagó por varias provincias. El mes de mayo estuvo cargado de luchas obreras y estudiantiles. El movimiento estudiantil ganó las calles en Chaco, Rosario, Tucumán y en muchas ciudades del país, incluso en algunas que no tenían antecedentes de movilizaciones. En Córdoba, hacia finales de mes, los estudiantes acompañaron la resistencia obrera con un destacado papel en las batallas callejeras, volviendo a ocupar el barrio Clínicas y reeditando de manera ampliada las formas de combate puesta en acto en el año ‘66, en una serie de confrontaciones conocidas como el Cordobazo. En efecto, los estudiantes perfeccionaron el “arte” de la lucha callejera y se hicieron fuertes en las barricadas.

De allí en más se profundizó un ascenso en las luchas que afloró en 1968 y tuvo su punto culminante en el año 1971. En este lapso, la movilización se concentró, fundamentalmente, alrededor del problema del ingreso a las casas de altos estudios. En todo este proceso el reformismo ocupó el lugar más relevante en medio de fuertes polémicas para brindarle su contenido revolucionario. Los enfrentamientos alimentaban al reformismo y el reformismo, a su vez, reforzaba esas luchas, situación que evidenciaba el fracaso de la política que se había empecinado en borrarlo definitivamente de la cultura estudiantil. Si bien se sometían a crítica sus basamentos y se buscaron reemplazos para sus principios organizativos, una y otra vez el movimiento estudiantil volvía a recrear sus tradiciones. Las victorias obtenidas contra las restricciones al ingreso en 1970 y 1971 fueron una prueba contundente de su vigencia, ya que el reformismo fue clave en la organización de las protestas, aún en una etapa signada por la represión y aires revolucionarios que no le fueron ajenos.

  1. Véase al respecto, Hurtado, Gustavo, Estudiantes: reforma y revolución. Proyección y límites del movimiento estudiantil reformista 1918/1966. Bue- nos Aires, Cartago,
  2. Diario Córdoba del 24 de febrero de 1966.

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