El ” reformismo conservador” de una clase

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PAULA VARELA

Número 41, noviembre 2017.

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Como diría el sociólogo John Kelly, el sentimiento de injusticia se construye. La situación objetiva es una base necesaria (contra toda fantasía del puro relato), pero no es suficiente. Sobre una determinada situación injusta (como es sin duda el hecho de que una minoría de CEOs que representa a una minoría de burgueses dirija un país de una mayoría de trabajadores que cada vez tienen que trabajar más para vivir mal), la percepción que de ella se tiene, el odio que ella genere, la disposición a su resistencia activa, la fantasía de que esa realidad puede ser cambiada, es una construcción en la que los dirigentes políticos (podríamos decir, los partidos) juegan un rol relevante. Veamos, entonces, los pilares de una construcción en la que el crédito parece haberle ganado a la bronca (aunque la oposición al gobierno haya sacado la mayoría de los votos).

El 42 % ha logrado, para felicidad de propios y pasividad de ajenos, que algunos analistas transformen a Cambiemos en una suerte de dream team de la estrategia política. En espejo invertido de la idea de que duraban 6 meses y se iban en helicóptero, algunos colocan al macrismo como hacedores de una especie de laclaunismo empresarial cuyo significante vacío es “la herencia recibida”. Discúlpenme la desconfianza, pero aun ante la evidencia del acierto de la polarización entre pasado y futuro, la economía explica buena parte de la invisibilidad del presente. A nivel del empleo (uno de los temores más sentidos porque remiten a la crisis de 2001, es decir a la herencia recibida sobre la que se construyó el kirchnerismo) la caída se contuvo (incluso en el sector privado) y hubo cierto repunte traccionado por el sector público. La inflación se estabilizó alta, pero no más alta que en el último kirchnerismo y mucho más baja que en 2016. La política de créditos segmentados metió liquidez en los bolsillos: créditos de la banca privada para las clases medias (hipotecarios UVA + préstamos personales) y créditos ANSES para los sectores populares (chori financiero como lo llamó Bercovich). Las medidas hacia el agro endulzaron la zona núcleo y sus ramificaciones en los centros urbanos. En síntesis, el endeudamiento permitió, guste o no, un gradualismo que bombeó los miedos y consolidó las expectativas de un futuro mejor en un tipo de elecciones (las de medio término de los gobiernos de recambio) que suele ser favorable a las expectativas (Alfonsín, Menem y Kirchner obtuvieron guarismos semejantes). Afirmar esto significa que el futuro no llegó, sino que buena parte de él fue anunciado el 30 de octubre en el paquete de reformas permanentes (por eso, hablar de hegemonías es prematuro, cuando el futuro llegue, veremos).

Cualquiera podría señalar que 2016 anticipó grageas de ese futuro pero, aun así, el gobierno logró consolidar la base propia y ampliarla un poco. Es cierto. Volvamos a la idea de que el sentimiento de injusticia y la perspectiva de resistencia se construyen: ¿qué construyó el kirchnerismo en 2016 y los primeros meses de 2017? Una especie de inevitabilidad del presente, matizada con espera para una “contraofensiva” en el futuro (léase, en las elecciones de 2017). Y lo hizo a contracorriente de la disposición de miles a la resistencia activa, como lo mostraron las manifestaciones masivas, uno de cuyos puntos más álgidos fue la secuencia de marzo-abril de este año y el “poné la fecha” coreado a la cúpula de la CGT. La política de pasividad que adoptó el kirchnerismo no fue cara solo a sí mismo, sino también a la configuración de un estado de ánimo a nivel de masas, estado que fue de espera y no de resistencia. A eso se suma el hecho de ser una fracción de un peronismo que apostó abiertamente a la gobernabilidad, eufemismo con el que legitimó la política de ajuste del 2016 a través de dos columnas: el Congreso y los sindicatos. Ni los gremios afines al kirchnerismo hicieron la diferencia, sino más bien se colocaron como ala verbalmente disconforme de una burocracia que se volvió colaboracionista en apenas meses. Ni los gobernadores del kirchnerismo (como Santa Cruz) se pararon de manos contra el ajuste, sino que fueron sus aplicadores en los territorios controlados por ellos. Mientras los diputados hablaban de los senadores traidores, en varios distritos del país se armaron listas comunes entre los leales y los “otros”. ¿Por qué los votantes deberían enfrentar al macrismo más enérgicamente, si el principal partido de la oposición jugaba como engranaje fundamental para la aprobación de las leyes que necesitaba el oficialismo?

 

Liderazgo y sujeto

Ahora bien, suponer que los sentimientos de injusticia se construyen solo en el corto plazo (que es el tiempo de lo electoral), es darle demasiada inmediatez a la política y a los cambios de conciencia. Las construcciones que tanto el gobierno como el principal partido de la oposición hicieron para el triunfo de Cambiemos están cruzadas por una variable de más largo plazo: la crisis de los partidos políticos gestada en los ‘90 y que estalló en 2001. El histórico campo de representación radical viene recomponiéndose parcialmente a través de Cambiemos, aunque expulsando su sector de centroizquierda (que fue regalado al kirchnerismo o completamente desorientado, como el caso de Donda y Stolbizer, que acompañaron la caída de Massa). Allí se observa el clásico pensamiento gorila con pinceladas de republicanismo. Pero en Cambiemos también se expresa otra vertiente del pensamiento conservador que comparten con gran parte del aparato peronista, el que históricamente representaron los gobernadores y los sindicalistas: antizurdo, antidemocrático, antijuventud (y sus raros peinados nuevos), y ni hablar de la liberación de la mujer o de las minorías sexuales (parte del voto que Cambiemos le arrebató a Massa). En síntesis, Cambiemos se alimenta de una combinación del pensamiento conservador gorila y, en menor medida, peronista. Para el radicalismo, que venía herido de muerte con el helicóptero, eso ofrece la posibilidad de reinventarse como partenaire muchas veces despreciado de la coalición gobernante. Para el peronismo, que no se enfrentó a una “crisis catastrófica” pero venía perdiendo progresivamente parte de la base social debido al sin salida del proyecto kirchnerista, implicó una dispersión que hizo perder la madre de todas las batallas (si se sumaran los votos de Cristina con los de Massa y Randazzo, el “peronismo” ganaba la Provincia de Buenos Aires) y profundizó el problema del liderazgo del movimiento. Pareciera que ese problema es difícil de saldar en el corto plazo (2019) debido a que el ala cristinista, a pesar del 37 % de los votos en Provincia de Buenos Aires, se encuentra muy golpeada y no puede sino llamar discursivamente a una “oposición en serio”, a riesgo de desaparecer; y el ala de gobernadores-intendentes se debate entre seguir la fórmula de la derrota de ser un “peronismo macrista” (que hundió a Schiaretti, a Urtubey y al propio Massa) y hacer algún tipo de oposición para no ser fagocitado por la “ola amarilla”. La burocracia sindical no hace más que reafirmar su apuesta por mantener los recursos propios a costa de la pérdida de derechos de los trabajadores, mostrando que eso nunca fue progresivo aunque en momentos de vacas gordas quiso hacerse pasar así. O sea, el cristinismo no tiene fuerza material para hegemonizar el peronismo, sino como mucho para quedar como una minoría de centroizquierda con apoyo en la CTA y algunos movimientos sociales. Y la no oposición que han venido sosteniendo los gobernadores-intendentes les enajena el 35 % de los votos en Buenos Aires (además de carecer de figuras atractivas).

Pero esta crisis de liderazgo sería ingenuo pensarla por fuera de la crisis de sujeto que tiene el peronismo. Eso que Levistky analiza como el pasaje del partido sindical al clientelar, produce una identidad entre “partido de los sectores populares” y “partido del Estado”. ¿Por qué sería mejor un puntero peronista gestado en la Unidad Básica que un puntero macrista gestado en una ONG a la hora de repartir asignaciones o gestionar créditos Argenta? La política de los pobres, como política de desclasamiento de los trabajadores pauperizados y precarizados, no tiene patria. Su criterio de validez es la eficacia (criterio del que el macrismo abusa discursivamente pero que quizás también sabe ejercer en esos meandros). Algunos lo llaman “peronización” del macrismo. También podría mirarse como una ONGuización del peronismo. Como analizaban Morresi y Vommaro en Mundo Pro, el PRO no solo cuenta con CEOs, sino también gestores de la pobreza formados en las ONG y la iglesia.

 

Vino para quedarse

En este panorama las elecciones del FIT resultan particularmente interesantes. Veamos primero los números y luego las razones (o algunas de ellas). La coalición trotskista sacó casi 1.200.000 votos y tuvo una presencia en 22 distritos electorales, es decir, es una fuerza nacional. En Provincia de Buenos Aires (40 % del padrón electoral) superó por 50.000 la mejor elección hecha por el FIT, allá en 2013; y logró, por primera vez para un frente de la izquierda extrema, el ingreso de dos diputados nacionales con la lista encabezada por Nicolás Del Caño. En una elección sumamente polarizada, en la que las avenidas del medio quedaron reducidas a callejones sin salida, los números del FIT muestran la perspectiva de consolidación de una minoría de izquierda en un territorio históricamente peronista, hoy disputado por el partido del Estado. De hecho, en la categoría de diputados el FIT se impone a la lista de Randazzo en casi toda la provincia, y en la categoría de senadores le gana en todo el territorio del conurbano. En la CABA, distrito en el que Carrió sacó más del 50 % pese a las aberraciones dichas sobre Santiago Maldonado, el FIT hizo también la mejor elección de su historia, Para la Legislatura porteña, la lista encabezada por Myriam Bregman obtuvo casi el 7 % de los votos, mientras que Marcelo Ramal estuvo muy cerca de ingresar como diputado nacional con casi el 6 % de los votos. La gran «sorpresa» de esta elección para la izquierda fue Jujuy, donde Alejandro Vilca se constituyó en verdadero fenómeno de masas, logrando sacar más del 25 % en la capital y superando el peronismo, y un 18 % en toda la provincia, a muy pocos votos de obtener un diputado nacional. En Ledesma, tierra de Blaquier y sus apagones, tras denunciar fraude y lograr una movilización en defensa de los votos del FIT, la fórmula de izquierda obtuvo casi el 20 % posicionándose como primera fuerza por arriba de la UCR y Unidad Ciudadana. Pero más allá de los porcentajes, en una provincia dominada por los contrastes de clase y de piel, el fenómeno reside en que Vilca es un trabajador recolector de basura de origen kolla que concita la adhesión de múltiples sectores de la Jujuy explotada y oprimida.

En Mendoza, pese a no haber logrado mantener la banca nacional, el FIT se consolidó como una fuerza sólida cercana al 12 %, incluso compitiendo con el surgimiento abrupto de una lista populista de derecha como es «Protectora», que sacó cerca del 18 % de los votos. Los 125.000 votos obtenidos en la provincia consolidaron el espacio abierto por Del Caño hace cuatro años, y posibilitaron la conquista de un senador y un diputado provincial, más cuatro concejales. Para cualquier escéptico, esto rebate la idea de la anomalía mendocina como un fenómeno pasajero. En Salta, el FIT obtuvo cerca del 8 % y, aunque esto significa un retroceso respecto de la elección de 2013, permitió obtener un diputado provincial y dos concejales. En Neuquén, por primera vez el FIT conquistó una concejalía en la capital que se suma a las bancas que ya había conquistado en 2015 y que culminan en el 2019. Y en Santa Cruz, pese a la muy buena elección del 10 %, no se logró ninguna banca. En resumen, el FIT se configura como fuerza política nacional persistente y relativamente dinámica en Jujuy, Provincia de Buenos Aires y CABA, distritos en los que aumentó su caudal de votos; manteniendo una fuerte influencia en Mendoza y Neuquén, y en menor medida en Salta y Santa Cruz.

Lo primero que hay que destacar de estos resultados es que, en sentido contrario a la mayoría de las otras fuerzas por fuera de la polarización, el FIT sumó votos entre las PASO y las generales. Un 30 % a nivel nacional, y un llamativo 46 % en Provincia de Buenos Aires. Ese dato muestra una doble dinámica: por una parte, una persistencia del FIT como opción “que tiene que estar” para un sector de los votantes (tanto aquellos que lo votan como primera opción como para quienes lo eligen en segundo lugar), pero también habla del posicionamiento político del FIT, a través de sus principales candidatos, en la coyuntura que se desarrolló entre las PASO y las generales, signada por la desaparición forzada de Santiago Maldonado, la lucha en las calles contra el encubrimiento del gobierno y la lucha política contra su utilización oportunista. Como dijo Myriam Bregman en el programa de la mejor conductora radial del país, “nosotros denunciamos la desaparición de Jorge Julio López ante un Aníbal Fernández que decía que podía estar en la casa de su tía”. Lo mismo podría decirse de Luciano Arruga, pero también de las luchas obreras, de las mujeres, etc. La coyuntura política de los últimos meses puso de manifiesto un lugar que el FIT viene construyendo hace varios años: el de su independencia política que le permitió, durante los 12 años de kirchnerismo, ser la izquierda que perforó la pared a fuerza de denunciar el Proyecto X, los gendarmes caranchos, el matonazgo de la burocracia sindical aliada estratégica de Cristina, la consolidación de un “capitalismo de amigos” de la mano de los que hoy son denunciados por corrupción pero cuya conducta está en el ADN de la inefable burguesía que acumula, no por mérito, sino por sus negocios con el Estado (así sea que lo guarde en bolsos o en cuentas off shore que luego tu hermano te permite blanquear). Ese lugar de independencia es una de las primeras razones que explican el desempeño electoral del FIT. A eso se agrega las crisis de la centroizquierda y del peronismo que mencionamos más arriba, que arman coyunturas en las que la competencia electoral (modo clásico en el que el sistema de partidos ventila la relación entre casta política y sectores de poder) se ve obstruida. Si uno mira provincias tan disímiles como Jujuy y Mendoza, encuentra que en ambos casos se destaca la crisis del peronismo a nivel provincial, que ya había comenzado en 2013 pero que pegó un salto en el último año. Sobre esa crisis se construye el crecimiento en Jujuy y la consolidación en Mendoza.

En segundo lugar, hay que mirar la contradicción del exceso de relato del kirchnerismo durante los dos años de gobierno de Macri. Como ya había pasado en el gobierno del Estado (pero allí los recursos son muchos y billetera mata galán), la verborragia cristinista produce excesos que, en ciertas coyunturas, se vuelven evidentes. El brutal desalojo de las obreras y obreros de PepsiCo antes de las PASO, y la propia desaparición de Santiago Maldonado, pusieron sobre la mesa la relación entre el discurso y la acción de dirigentes como Nicolás Del Caño y Myriam Bregman, cuyo slogan de campaña no es el principio y fin de una táctica electoral sino la encarnación de una práctica. Aunque la idea de resistencia intentó ser apropiada por el kirchnerismo al grito de “vamos a volver”, la práctica de esa resistencia tuvo el cuerpo y la cara de los zurdos. Práctica para la cual, las luchas durante el período kirchnerista, forjaron no solo un carácter sino una moral ante el doble discurso que hoy ejerce impúdicamente el macrismo.

Por último, y en la misma escala de la crisis del peronismo como crisis de sujeto, el FIT se configuró como la coalición por la independencia de clase que expresa, en el terreno electoral, a una fracción de los distintos movimientos de lucha que han surgido en Argentina. Dentro del movimiento obrero, al sindicalismo de base y de izquierda que no se amoldó a la precarización laboral como saldo ineluctable de los ‘90 sino que luchó contra ella y por ello, contra la burocracia sindical. Dentro del movimiento de los DD. HH., al ala que enfrentó la estatización y encarnó la lucha contra Milani y las actuales violaciones a los Derechos Humanos como parte del legado del Estado que desapareció a los 30.000. Dentro del movimiento de mujeres, al sector que luchó por los derechos democráticos como la decisión sobre el propio cuerpo, pero también por la visibilización de las mujeres obreras y su doble opresión de clase y de género. Eso se combina con un voto que proviene de fracciones de trabajadores asalariados signadas por su carácter de víctimas de los peores trabajos y la frecuente imposibilidad de terminar con sus estudios. La fracción del voto peronista (y kirchnerista en particular) que está compuesta por trabajadores asalariados, muchos de ellos sindicalizados, está hoy atacada por la reforma laboral anunciada por el macrismo y es un terreno clave que disputamos desde la izquierda, donde una minoría ya viene apoyando al FIT.

Estos sectores son parte de la base social que el FIT representa a nivel electoral, y que tienen como característica primordial (aunque no excluyente) una composición generacional joven. Y puede hacerlo por su inserción militante. He allí una clave del FIT y también lo que es necesario profundizar. Esto es así por dos motivos: a nivel electoral, porque buena parte de su capital está construido sobre la base del “estar donde hay que estar”, pero no en modelo foto de campaña, sino en el de la militancia cotidiana que abre las puertas de las construcciones colectivas, de la confianza polí- tica y de la lucha ideológica por configurar (en las fábricas, las rutas, las escuelas, las universidades) un horizonte socialista; a nivel político-estratégico, porque un horizonte socialista como alternativa radical a la miseria, también radical, que las obscenidades políticas, sociales y también morales en esta campaña expresaron, no es siquiera pensable sin una fuerza política de decenas de miles, con capacidad de dirección en fracciones del movimiento de masas, capaz de transformar ese malestar con la política “tradicional” en sentimiento de injusticia, en necesidad de militancia y en voluntad de jugar un papel de liderazgo en la lucha de los trabajadores por terminar con la explotación y toda forma de opresión.

  1. Véase “Lo que esconden las calles”, IdZ 37.

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