El psicoanálisis en cuestión

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CLAUDIA CINATTI

N.5, noviembre de 2013.

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Es innegable que Buenos Aires aún continúa siendo una de las principales “capitales del psicoanálisis”. Términos como “lapsus”, “inconsciente”, “histeria” o “represión” han salido del diván y devenido patrimonio de los significantes culturales de uso extendido en la vida cotidiana. Sin embargo, también es un hecho que el psicoanálisis viene resignando su hegemonía teórico-clínica, desplazado por un abanico de terapias breves y otras escuelas psicológicas1, como la terapia cognitiva y la neuropsicología, que acompañan la creciente medicalización del sufrimiento psíquico y el malestar subjetivo.

Esta tendencia a medicar la queja, la angustia e incluso la “hiperactividad” de niños desobedientes, no ha hecho más que profundizarse. La publicación de la quinta edición del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-V) encendió las luces de alarma en diversas asociaciones de psiquiatras y psicólogos (empezando por el exeditor del DSM-IV, Allen Frances)2 por la ampliación del uso de la etiqueta de enfermedad mental a un arco cada vez mayor de comportamientos, aumentando exponencialmente las posibilidades de tratamiento farmacológico, de dudoso éxito terapéutico pero muy redituable para la industria farmacéutica3. El imaginario del diván está siendo sustituido por la fantasía de la “pastilla salvadora”.

Los psicoanalistas han respondido de diversas maneras ante esta crisis. Para algunos solo alcanza con reclamar la herencia autorizada de Freud y Lacan para seguir ocupando el lugar tradicional que históricamente ha tenido entre las clases medias ilustradas de las grandes ciudades. Otros consideran necesaria una revisión autocrítica que permita estar a tono con los nuevos tiempos y evitar caer en posiciones abiertamente reaccionarias4. Desde una perspectiva marxista, sigue estando planteado un examen crítico de los fundamentos teóricos del psicoanálisis como condición para rescatar el núcleo de verdad sobre la constitución subjetiva de su envoltura mistificadora.

 

¿De “método peligroso” a “gendarme edípico” de las buenas costumbres?

En sus inicios, el psicoanálisis fue portador de una crítica a la doble moral de la sociedad burguesa y a la desigual distribución social de la carga de la represión: sobre los niños y las mujeres y, posteriormente, sobre las clases populares.

Indudablemente, más allá de que Freud nunca pretendió elaborar una teoría (ni una práctica) crítica de la sociedad capitalista, sus hallazgos científicos –notablemente el inconsciente y el estatuto de la sexualidad (infantil)– desnudaron el enorme costo subjetivo de la represión sexual, la que, a pesar de las oscilaciones teóricas del propio Freud, es lícito interpretar como proveniente del “afuera” (o de su subrogado psíquico, el superyó), sobre todo si tomamos las formulaciones de los textos “sociológicos”, esto es, El porvenir de una ilusión (1927) y El malestar en la cultura (1930), cuyas principales tesis están ya anticipadas en La moral sexual “cultural” y la nerviosidad moderna (1908). Esto le valió a Freud, a pesar de ser un “conservador ilustrado” (Roudinesco), la condena de muchos de sus colegas de la Sociedad Médica y de las diversas iglesias. Y también atrajo la atención de muchos marxistas, empezando por Trotsky que, como es conocido, reflexionó en varias oportunidades sobre la teoría freudiana y era uno de los defensores del derecho a ejercer la práctica analítica, que efectivamente se desarrolló durante los primeros años del Estado obrero revolucionario ruso5, y que luego fue prohibida por el estalinismo. Hoy, a más de un siglo de su fundación, nadie diría que la terapia creada por Freud sigue siendo un “método peligroso”, parafraseando el título de la muy buena película de Cronenberg. Sin dudas ha sido metabolizado y, desde hace tiempo, es parte del “mainstream” cultural e ideológico, lejos de toda pretensión contestataria. Si vemos el rol social actual del psicoanálisis, podemos afirmar sin temor a equivocarnos que nada queda de esta exposición de la hipocresía moral de la sociedad burguesa, aunque más no sea en el síntoma neurótico, que fue su sello de origen a fines del siglo XIX. Es evidente que a la luz de la nueva explosión de subjetividades diversas que reclaman sus derechos y su reconocimiento, una teoría que sostiene como clave de la constitución subjetiva una lógica binaria de diferenciación sexual –incluso por detrás de la definición de bisexualidad constitucional freudiana– no puede considerarse subversiva ni provocadora. Todavía hay instituciones que mantienen a la homosexualidad dentro del  estatuto marginal de las perversiones a la que ha sido condenada, después de que Freud la rescatara del universo de las “enfermedades” y que la presión de los movimientos por los derechos civiles obligara a principios de la década de 1970 a sacarla de la lista de enfermedades mentales de los manuales de psiquiatría. Aunque resulte increíble, hubo que esperar hasta 2003 para que la IPA desistiera de discriminar a los psicoanalistas homosexuales6.

Por fuera del ámbito de las instituciones analíticas, las consecuencias sociales de estas posiciones conservadoras son francamente reaccionarias, como se pudo ver en la oposición activa de psicoanalistas franceses a la ley de matrimonio igualitario y de adopción de hijos para parejas homoparentales, que de hecho los ubicó en el campo de lo más rancio de la derecha católica. En un documento escandaloso, firmado por varios psicoanalistas, se sostiene que si bien la legislación sobre el matrimonio igualitario responde a una demanda legítima de igualdad de derechos sociales, “desconoce la diferencia existente entre la unión heterosexual y la unión homosexual en cuanto a la procreación, la filiación biológica heterosexual y el derecho del niño a conocer ese origen”. Y más adelante afirma que:

 

La diferencia de sexos no es un asunto ideológico sino de la realidad y de la estructuración: Ella proviene a la vez de la anatomía (código genético), y de un proceso psico-afectivo (importancia de la función paterna en el complejo de Edipo) que estructura al niño, le permite tornarse hombre o mujer y desear al sexo opuesto en un encuentro que volverá posible la procreación. Para la posición homosexual, el deseo no está anudado a la diferencia sino al mismo sexo, lo que torna imposible la procreación7.

 

En una entrevista, la historiadora y psicoanalista E. Roudinesco, que desde hace tiempo viene alertando sobre esta domesticación del psicoanálisis, hace un diagnóstico lapidario de esta situación. Según ella, los psicoanalistas:

 

…no producen trabajo teórico. Sus sociedades funcionan como las corporaciones profesionales. Condenan la homoparentalidad; la procreación asistida o la omnipotencia materna contra la función paterna, esto es grave: los psicoanalistas no deben erigirse en gendarmes de la buena conducta en nombre del Complejo de Edipo. Hacen los diagnósticos en los medios y han abandonado la cuestión política: mayoritariamente son estetas escépticos desvinculados de la sociedad8.

A la derecha y a la izquierda de Freud

No hay un cuestionamiento ni una explicación unidireccional de en qué consistiría esta crisis, aunque las publicaciones de los últimos años, como El libro negro del psicoanálisis (2004, AA.VV.) o Freud. El crepúsculo de un ídolo (2010, M. Onfray) parecen seguir el movimiento a derecha del péndulo en el terreno de la interpretación y el tratamiento de las enfermedades psíquicas. Este tipo de crítica reproduce muchos de los viejos prejuicios y dogmas biologicistas que, con pretendido lenguaje “científico”, son el complemento ideal de las terapias psicofarmacológicas. Como contrapartida de esta ofensiva, han surgido corrientes críticas que tardíamente intentan poner el psicoanálisis a tono con la enorme reversión ideológica de derecha a izquierda que, con todos sus límites, notablemente su falta de punto de vista de clase, se viene operando desde el surgimiento del movimiento altermundialista y que, sobre todo a partir del estallido de la crisis capitalista, ha restablecido el lugar del marxismo como crítica a la sociedad de explotación. Algunos ejemplos de esta tendencia (minoritaria) son los Estados Generales del Psicoanálisis9 o las elaboraciones de S. Zizek tratando de sintetizar –sin éxito– el marxismo y la teoría lacaniana en una ontología del sujeto revolucionario10. Sin embargo, todo indicaría que no han podido sacudir el conservadurismo teórico e institucional que imponen quienes se autorizan para administrar la herencia de Freud y Lacan.

Desde el punto de vista de quienes nos reivindicamos marxistas, la delimitación con respecto a la crítica “por derecha”, aunque necesaria, no es suficiente por sí misma para fundamentar una toma de posición. ¿Es posible y deseable hacer una crítica “por izquierda” –marxista– al psicoanálisis actual? Tras el notorio fracaso del llamado “freudomarxismo” y el divorcio cada vez más profundo de las instituciones analíticas con respecto a los procesos sociales y políticos en nombre de la “neutralidad”, ¿sigue planteado intentar si no una síntesis, al menos un diálogo entre psicoanálisis y marxismo? ¿O el conservadurismo heteronormativo, como plantea D. Eribon11, determina el carácter reaccionario del psicoanálisis (principalmente lacaniano) y lo hace irrecuperable para el cuestionamiento de las represiones impuestas? Indudablemente, este sigue siendo un terreno abierto a la polémica, empezando por el hecho de que es tan poco lícito hablar de un campo unificado del psicoanálisis como del propio marxismo.

 

Freud vs. Marx. Una introducción a la polémica

Sería ilusorio pretender dar en unas pocas páginas una respuesta acabada a controversias que datan de más de un siglo de antigüedad. Pero toda crítica debe comenzar por un examen de los supuestos teóricos que han llevado al psicoanálisis, no ya como clínica sino como teoría explicativa de la subjetivación, a ver la realidad desde la óptica estrecha del conflicto interno del psiquismo, con una suerte de naturalización del predominio masculino expresada en un concepción falocéntrica de la sexualidad, y a elevar a naturaleza humana genérica las características psíquicas que, sin lugar a dudas, tienen profundos determinantes históricosociales. Esto implica, en primer lugar, poner a discusión la pretensión del psicoanálisis como teoría construida sobre la “clínica de lo particular” y su consiguiente neutralidad, explicitando concepciones filosóficas, históricas y políticas que informan la teoría.

A modo de adelanto de futuras discusiones, dejaremos planteada la principal divergencia teórica entre la concepción anímica de lo social en Freud versus la concepción materialista en Marx. Para Freud, por sobre las condiciones materiales, que indudamente reconoce mucho más que sus seguidores, priman las determinaciones psíquicas. En síntesis la tesis “materialista” de Freud es que efectivamente los hombres, a lo largo de la evolución, descubrieron que podían mejorar su situación frente a las fuerzas hostiles de la naturaleza por medio del trabajo, para el que es necesaria la cooperación y, por lo tanto, la vida social, que requiere a cambio limitar la vida sexual al amor genital, heterosexual y monogámico, lo que produce neuróticos. Este sacrificio es mayor para las grandes masas que para la minoría dominante.

Pero el nudo en cierto sentido materialista de esta tesis es negado por la postulación de una hostilidad primaria, una cuota de agresión, que encuentra su expresión en pasiones más fuertes que cualquier interés racional. Esto lleva a Freud a polemizar con la versión vulgar del marxismo y el “comunismo” que adopta como propia: la abolición de la propiedad privada destruiría un instrumento de la agresión pero no eliminaría el “mal” porque la hostilidad en que se sustenta es previa a la instauración de la propiedad privada. Si desapareciera la desigualdad social, todavía quedaría la desigualdad sexual. Y si fuera liberada la sexualidad de sus represiones y se disolviera uno de los agentes de esta represión, la familia, persistiría el rasgo agresivo indestructible, característico de la naturaleza humana.

Este núcleo idealista de la explicación freudiana sobre la constitución de la sociedad y las diferencias de clase, sirve para justificar lo existente en nombre de un pesimismo ilustrado, y limitar el campo de acción a la clínica individual alumbrada por estas concepciones. La explicitación de estos fundamentos, por medio de un ejercicio en cierto sentido “deconstructivo”, está ausente de la formación académica y de la reflexión actual, lo que impide no solo la comprensión de las diversas teorías psicoanalíticas, sino sobre todo, el debate intelectual honesto.

Desarrollar esta crítica teórica (y práctica) fue uno de los propósitos de la llamada “izquierda freudiana” surgida en la década de 1920, cuyos principales exponentes fueron O. Fenichel, W. Reich y S. Bernfeld. Este objetivo fallido fue retomado posteriormente por J. Bleger y el movimiento Plataforma Internacional. Quizás ha llegado el momento de retomar este camino.

 

 

1. Sobre este tema ver, por ejemplo, E. Roudinesco, Por qué el psicoanálisis, Madrid, Paidós Ibérica, 2000.

2. Las discusiones en torno al DSM-V datan de los inicios del trabajo de la quinta revisión del DSM, en 1999 y abarcan desde la validez de los diagnósticos estandarizados basados en criterios biomédicos hasta la modificación en la pauta de conflicto de intereses, que ha permitido que el proyecto estuviera dirigido por psiquiatras que se han desempeñado como consultores de grandes laboratorios como Eli Lilly. Poco antes de su publicación, el National Institute of Mental Health de Estados Unidos anunció que va a dejar de usar las categorías diagnósticas del DSM, aunque la crítica está enfocada desde un punto de vista reduccionista. Entre las innumerables notas aparecidas en la prensa no especializada sobre este debate se encuentran: “Lost in the forest”, I. Hacking, London Review of Books, Vol. 35, Nro. 15, 8-15 de agosto de 2013; “The Illusions of Psychiatry”, M. Angell, New York Review of Books, 14 de julio de 2011; “Psychiatric diagnosis. Thesis antithesis and synthesis”, The Economist, 14 de octubre de 2010.

3 Según un estudio del INDEC, en el último trimestre de 2012 la facturación de psicofármacos en Argentina creció un 37,5% comparado con el mismo trimestre del año anterior, lo que representó una suma de $913 millones, encabezando la lista de ventas de medicamentos. Un minucioso estudio del Observatorio Argentino de Drogas, realizado en 2010, indica que 3.303.629 personas de entre 12 y 65 años de edad habían consumido tranquilizantes o ansiolíticos. Una mirada específica sobre el consumo de psicofármacos en Argentina 2012, disponible en http://www.observatorio.gov.ar/.

4. Ver por ejemplo, A. Badiou y E. Roudinesco, Jacques Lacan. Pasado-Presente, Bs. As., Edhasa, 2012.

5. Sobre la relación de Trotsky y otros dirigentes del bolchevismo ruso con el psicoanálisis y su desarrollo en los primeros años de la Unión Soviética, ver por ejemplo: Trotsky y el psicoanálisis, J. Chemouni, Bs. As., Nueva Visión, 2007 (aunque no compartimos las posiciones del autor sobre el régimen soviético revolucionario) y Freud y los bolcheviques, M. Miller, Bs. As., Nueva Visión, 2005.

6. En una entrevista a propósito de la publicación de su libro La familia en desorden, E. Roudinesco recuerda la posición homofóbica asumida por al menos dos tercios de los psicoanalistas en el debate sobre el matrimonio igualitario y la ley de adopción en el período 1997-99 en Francia. Ver: “La homosexualidad va a banalizarse”, Actualidad Psicológica, junio de 2004.

7. “Matrimonio homosexual, derecho del niño y función paterna”, documento publicado en Lacan Quotidien 281, enero de 2013, a pedido de Jean-Pierre Winter. Disponible en: www.eol.org.ar. La amplia circulación de estas posiciones hizo que Jacques Allen Miller se diferenciara públicamente firmando un manifiesto aparecido en Le Nouvel Observateur y rechazara la oposición al matrimonio igualitario en nombre del psicoanálisis. Ver: “Entrevista acerca del matrimonio para todos con Jacques Allen Miller”, 10 de enero de 2013, disponible en: www.eol.org.ar.

8. “Fuat-il brûler la psychoanalyse?”, Le Nouvel Observateur, 19 de abril de 2012.

9. Convocatoria lanzada por René Major para debatir ampliamente la situación del psicoanáilsis. La primera reunión se realizó en París entre el 8 y el 11 de julio de 2000.

10. Oportunamente, hemos criticado la posición de Zizek que tratando de sintetizar teorías contrapuestas en los fundamentos, termina en un eclecticismo con predominio del lacanismo sobre el marxismo. Ver: “A propósito de una lectura de El espinoso sujeto. El centro ausente de la ontología política de Slavoj Zizek”; C. Cinatti, Estrategia Internacional 19, enero 2003.

11. D. Eribon, Escapar del psicoanálisis, Barcelona, Ed. Bellaterra, 2009.

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