El posibilismo miserable de la intelectualidad “Nac&Pop”

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FERNANDO ROSSO Y JUAN DAL MASO

Número 10, junio 2014.

 

En el artículo “Progresismo K: la historia (repetida) de una impotencia”, que publicamos en el primer número de IdZ, hicimos una reflexión que anticipaba la actual situación de la intelectualidad Nac&Pop y su cruelmente decepcionada aspiración de que el kirchnerismo trascendiera al pejotismo.

 

Contrastamos el realismo político del cineasta Nicolás Prividera, que sostenía que el kirchnerismo se encaminaba trágicamente a ser un “muerto vivo dentro del peronismo”, contra el lirismo del sociólogo y director de la Biblioteca Nacional, Horacio González, quien finalmente terminó jugando el rol de “ampliar el discurso” del oficialismo, teniendo que justificar de un modo u otro todos sus giros a la derecha1.

En este artículo queremos polemizar con los posicionamientos de los intelectuales kirchneristas, pero desde un ángulo distinto al habitual, tomando algunos elementos del balance, no solo respecto de la última década, sino de los últimos 30 años de historia política de la Argentina, rescatando en especial su ubicación y elaboraciones durante los ‘80. Período poco visitado, por cierto, en detrimento de los posicionamientos de los ‘70 o los ‘90, mucho más conocidos. Los intelectuales kirchneristas han vendido bien su imagen de “setentistas radicalizados” que saltaron a “pensadores resistentes al neoliberalismo”, cuando en realidad su entusiasmo o expectativa, primero por la llamada “renovación” del peronismo y luego, como “mal menor”, por el mismísimo menemismo de los orígenes, explica mucho de sus actuales posicionamientos. Después de haber exigido a Menem la realización de la “hegemonía” gramsciana (con varias gárgaras althusserianas) y de hacer primar la “revolución” por sobre la “restauración”2, nada puede ser peor.

 

Peronismo “utópico” y peronismo “científico”

Haciendo un uso sui generis y metafórico de la clasificación que marca la diferencia entre el marxismo y las corrientes socialistas premarxistas, podemos ubicar a la intelectualidad peronista en la categoría de “peronismo utópico”, ya que contra toda evidencia histórica, sigue insistiendo con que el peronismo es el movimiento de liberación nacional y social del pueblo argentino. Contra este peronismo utópico, el peronismo “científico” (cuya “ciencia” se reduce al pragmatismo duro) es el que se encarga de ir adaptándose a los tiempos de la política y la economía internacional, y la situación interna del país, para sostenerse en el poder y crear discursos que luego son reproducidos y embellecidos por el peronismo utópico.

El peronismo “científico” pivotea entre los polos de “partido del orden” y “partido de la contención” que siempre lo caracterizaron, a través de la burocracia sindical, los intendentes, gobernadores y policías. Hace de “sociedad civil” de los pobres para defender la “sociedad política” de los ricos. Se ubica estratégicamente como una freikorps3, con o sin uniforme, en los lugares claves de la sociedad argentina (aparato estatal, sindicatos, barrios) a través de los cuales garantiza el orden y obstruye las iniciativas de lucha de los trabajadores y el pueblo de forma tal que no puedan trascender al peronismo, conquistando la independencia política de clase y la hegemonía sobre todos los sectores oprimidos. Y recurre a la represión cuando no es suficiente con la disuasión de su sola presencia. El peronismo utópico se contenta con presentar este rol ultraconservador del peronismo como la experiencia más progresista de la historia mundial, de la que no tiene ninguna visión propia, más allá de la que le puede dar el discurso que genera el peronismo “científico”. Mientras este último utiliza su doble faz de partido del orden y de la contención para que prime el orden de conjunto, el peronismo utópico ve solamente el polo de la contención como la última barrera contra los males mayores –entre ellos la “lógica de guerra de las izquierdas”4– y de paso, aprovecha para no asumir su propio conservadurismo.

 

Alfonsinistas sin comillas y hasta (casi) menemistas

En este contexto, el auténtico “eslabón perdido” en la trayectoria de la intelectualidad peronista es la revista Unidos. No tanto porque no sea conocida, sino porque incluso en las polémicas más “fogosas” entre los autodenominados republicanos y populistas, nunca se le otorga mayor relevancia, quizás por un mutuo pacto de “viudas de la primavera alfonsinista”, carácter que ambos bandos ostentan cada uno a su manera. Un repaso sobre algunos de sus posicionamientos ayudará a entender que la lógica del “mal menor”5 no es privativa de este momento de fin de ciclo frustrado del kirchnerismo, sino una práctica común, aplicada con resultados trágicos en los ‘70 y verdaderamente decadentes en las tres décadas de la historia nacional posterior a la dictadura. Horacio González, con bastante honestidad intelectual, la definió de la siguiente manera:

 

Unidos apostaba a la línea renovadora con un respaldo de la “teoría democrática” –con diversos estilos la afirmaban varios autores como Mario Wainfeld, Arturo Armada, Tito Palermo, Ernesto López, Víctor Pesce, Ariel Colombo (…). Unidos fue alfonsinista, y no voy a poner comillas en esta afirmación. No lo fue por acción partidaria ni por convicción moral, no lo fue por actuación electoral ni lo fue por admirado doctrinarismo. Mucho menos por portar esa identidad, pues tenía otra. Pero tomaba el armazón conceptual alfonsinista para recrear la cultura social peronista bajo una democracia como filosofía primera, y no como resultado comunitario –como era en el peronismo clásico– de las medidas emergentes de “los principios sociales” que Perón ha establecido6.

 

Fue una publicación que sistematizó la lógica de un “progresismo peronista” más o menos derrotado e institucionalizado, que se rindió a la “democracia formal” como filosofía primera y al alfonsinismo como visión política. En su primera etapa apostó a la llamada “renovación” que encabezaban Antonio Cafiero y, entre otros, el inefable José Manuel de la Sota. En este caso cabe preguntarse contrafácticamente si el actual gobernador de Córdoba, si triunfaba la renovación, hubiese hecho algo distinto que el actual “modelo cordobés” (neoliberal y sojero por excelencia), por la sola compañía de los “críticos”. Pero en la interna de 1988 el ala de la renovación encabezada por Cafiero perdió, y con la lógica del “mal menor” exacerbada ante el ascenso de Menem, Mario Wainfeld, Artemio López y el propio Horacio González (a su modo), ensayaron distintas formas de conciliación con el “nuevo fenómeno”.

En un artículo titulado “Entre el riesgo y la esperanza”, de poco más de un mes antes del triunfo de Menem en las presidenciales, Mario Wainfeld escribía:

 

Sin opciones, ante la estolidez del radicalismo, parece deseable y posible que el peronismo gane las elecciones (…) Con contradicciones, con una pobre campaña, este peronismo que ungió limpiamente a un candidato democrático y popular es más que sus reales alternativas existentes, básicamente por ser el opositor dentro del bipartidismo (…) El actual peronismo no es (ni de lejos) el que muchos soñamos y empujamos para conseguir. Pero lo que es le basta para ser mejor propuesta que la UCR7.

 

Un año después, en mayo de 1990, en un artículo titulado “Ni vergüenza de haber sido ni el dolor de ya no ser”, el mismo Wainfeld cambiaba el tono y la forma de su resignación:

 

No se trata ya que se acometió el ajuste. Se acometió con el programa (y la sensibilidad) de los otros. Por eso se pudo concebir y aprobar en días las leyes de Emergencia económica y de Reforma del Estado y no se pudo aún hoy diseñar algún razonable plan de ayuda social (…) Reformar el Estado es adecuarlo a nuevas funciones, a cuyo efecto despedir a los empleados cercanos a jubilarse y congelar las respectivas vacantes es tan funcional como despedir a los pelirrojos o a los hinchas de San Lorenzo (aunque en ambos casos serían menos). Ese criterio es ominosamente economicista: sólo pondera el costo salarial y omite todo análisis funcional8.

 

El aval a un ajuste que se presenta como “necesario”, pero se exige despidos criteriosos y “sensibilidad”. Justamente el ajuste presuntamente “sensible” que ahora está llevando adelante el gobierno kirchnerista. Un simpático e ¿inocente? Artemio López, hoy uno de los encuestadores oficiales, junto a Claudio Lozano, escribieron un artículo con un título de antología: “Turco que me hiciste mal y sin embargo te quiero”; luego de que Menem ganara la interna, exigían utópicamente:

 

El compañero Carlos Menem, quien para el imaginario político de una indiscutible mayoría del pueblo peronista, pudo colocarse POR FUERA de esa política evidente, tiene ahora abierta la posibilidad de transformarse en referencia central de una nueva práctica política, capaz de construir otro poder en nuestra sociedad. El poder hoy ausente de quienes en medio de esta ilusión política, cada día más evidente, no han sido ni son sino un detalle9.

 

Efectivamente Menem inauguró una “nueva práctica política” en el peronismo, adaptándolo a las condiciones y políticas impuestas por la ofensiva reaganiano-tatcherista y el neoliberalismo. Fenómeno del cual los progres peronistas no tomaban en cuenta en modo alguno, suponiendo que el riojano sería el artífice de una restauración populista, por ese curioso mecanismo de confundir los discursos que el peronismo construye sobre sí mismo con su realidad efectiva.

Después vinieron los años de “resistencia cultural” y crítica del progresismo aliancista, posiciones más o menos conservadoras frente a la crisis del 2001, exigencias de ampliación del discurso del presidente Kirchner hasta la posterior y total identificación con el gobierno y algunos (cuantos) cargos públicos.

 

Discursos progres para una casta conservadora

Que los intelectuales kirchneristas hayan encontrado en su momento su modo de ser (casi) menemistas permite comprender su actual ubicación desde dos ángulos complementarios. Desde la lógica del “mal menor”, habiendo depositado expectativa hasta en Menem, para estos intelectuales el kirchnerismo resulta el mejor de los mundos posibles. A su vez, no es un cambio significativo respecto de lo que podríamos denominar su ubicación histórica: apuntalar la trayectoria pragmática del peronismo con algún tipo de elaboración discursiva que lo justifique (con excepción del menemismo, una vez que se asentó en el gobierno, frente al que fueron opositores desde una postura más afín al Frepaso de Chacho Álvarez). De hecho, la revista publicó la introducción del documento presentado por el Grupo de los 8al Partido Justicialista (“Hay otro camino”) y que termina en la ruptura. Allí depositaron las esperanzas “frentistas” que Horacio González siempre reivindicó como original del peronismo. Pero incluso si se observa la trayectoria del “chachismo” (del Frente Grande a la Alianza), terminó llevando adelante la misma orientación, pero por medios “radicales” (los de la Unión Cívica). El Frepaso culminó siendo la pata peronista que llevó al gobierno a Fernando de la Rúa, uno de los representantes más conservadores del radicalismo, una especie de Scioli pero boina blanca, además de promover a Cavallo para el Ministerio de Economía en vísperas del triste y solitario final.

Muy cómodos en sus despachos gubernamentales, gabinetes universitarios, encuestadoras bien financiadas o redacciones de pasquines oficialistas, cumplen en realidad el rol de una casta puramente conservadora: producir y reproducir discursos tendientes a justificar “lo que hay”. En este momento de transición y de fin de ciclo, sin la posibilidad de reelección de Cristina Fernández, con el “modelo” en crisis y un ajuste en curso, los intelectuales “nac&pop” se encuentran nuevamente ante una encrucijada histórica. Y retornan a la misma ubicación de los últimos 30 años.

En una intervención en la asamblea de Carta Abierta10 y en un artículo para la revista digital La Tecla Eñe, Horacio González critica varios de los últimos “hitos” del giro a la derecha del kirchnerismo, como la presentación por parte de legisladores kirchneristas de un proyecto de ley represivo para regimentar la protesta social; el discurso de “seguridad” con tono represivo que se adopta desde amplios sectores del gobierno; lo que avizora como el estancamiento de la Ley de Medios (donde el grupo Clarín adecua contable y legalmente su monopolio, pero mantiene su poder); los generosos beneficios a las empresas mineras y los acuerdos con las petroleras como Chevron para explotar el yacimiento de Vaca Muerta. Sin embargo, lejos de configurar un programa de ruptura con el gobierno, se parte de la reafirmación de la identidad kirchnerista. Especialmente en el artículo de la revista, pone especial énfasis en denostar el paro general del 10 de abril, identificando la medida, que expresó un extendido descontento obrero, con la burocracia sindical que la convocó (Moyano y Barrionuevo) o hasta con los cacerolazos de la clase media de derecha, adoptando, sin pruritos la lectura del principal editorialista del diario Clarín:

 

El paro estaba enclavado, sin duda, en un descontento social bastante amplio, al que sin que se debiese dejar de añadir las consecuencias notoriamente incómodas de la devaluación, expresaba también las acechos de opinión de una borrosa acción cacerolera siempre latente. Así lo reconoce Van der Kooy en el editorial de Clarín del domingo 13 de abril: ‘Fue una huelga pero pudo ser también un cacerolazo, si se repara en el entramado social que acompañó’. Nunca tan exactas las palabras de este articulista en el reconocimiento de la conexión entre huelgacacerolazo11.

 

Y sin embargo, podríamos decir que incluso desde el punto de vista social, estos intelectuales pueden resultar, en un sentido, más parasitarios aún que la propia burocracia sindical, que es el sostén por excelencia –junto con la policía– del aparato estatal, ya que la burocracia –mitad Estado, mitad sociedad civil– por lo menos se ve obligada por momentos a negociar algunos aumentos de salario para justificar su existencia. Los intelectuales kirchneristas están liberados de esa imposición y siguen escribiendo textos ajenos a la clase trabajadora, que cada vez más están dirigidos únicamente a ellos mismos. Que ahora salgan a desmarcarse tardíamente de Scioli, como lo hicieron en la última Carta Abierta 16, no modifica en nada este rol ultraconservador, sino que lo confirma. Para el famoso tango, 20 años no es nada; pero 30 años para una trayectoria intelectual que repite eternamente los mismos “errores”; y ahora desde el funcionariado del Estado, es demasiado. Y más que errores ya configuran una función consciente de intelectuales tradicionales al servicio de un nuevo orden conservador. La pampa “es un conjunto de escritos argentinos”, afirma Horacio González en Restos pampeanos, mientras que en una reseña de Unidos afirma que “La patria es un texto”. Mientras la intelectualidad construye patria y peronismo “textual”; el peronismo realmente existente construye y destruye a “nuestra patria vasalla”.

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Blog de los autores: elviolentooficio.blogspot.com.ar y losgalosdeasterix.blogspot.com.ar.

 

1. Juan Dal Maso y Fernando Rosso, IdZ 1, julio 2013.

2. Horacio Ricardo González, “Un voto en movimiento”, Unidos 19, octubre 1988. Todos los números de la revista están disponibles en croquetadigital.com.ar (aclaramos que este Horacio González no es el actual director de la Biblioteca, cuyo segundo nombre es Luis).

3. Freikorps (del alemán “cuerpos libres” o “cuerpos francos”): ejércitos voluntarios formados en pequeños Estados alemanes entre los siglos XVII y XVIII. Originalmente se trató de un cuerpo de soldados irregulares, pero tras la Primera Guerra Mundial se les dio el mismo nombre a las tropas improvisadas donde se integraban veteranos alemanes del Reichsheer. A partir de la Revolución de Noviembre de 1918, el término fue empleado por las organizaciones paramilitares protofascistas y ultranacionalistas que se formaron por toda Alemania.

4. “Según declara en la revista Confines, González se siente ‘muy incómodo’ frente al progresismo y la izquierda: ‘a mí esa izquierda no me satisface pues detrás de ella hay, en última instancia, un modelo de guerra. Pero quienes han hecho las cuentas claras y desarrollado hasta las últimas consecuencias este pensamiento y se atemorizan por cualquier despunte de una crítica en la que ya parecen querer ver todas las formas de la guerra, tampoco me gustan. O sea que a los viejos críticos del progresismo que fuimos nosotros creo que nos falta ahora una parte importante de la crítica para un próximo capítulo sobre lo que no fue analizado, a riesgo de, si no, quedar sin voz’”. Juan Dal Maso, “El populismo castrado. Tragedia y farsa de la intelectualidad peronista”, Lucha de Clases 4, noviembre 2004.

5. “Hay siempre un mal menor respecto de aquel precedentemente menor y frente a un peligro mayor respecto de aquel precedentemente mayor. Cada mal mayor deviene menor frente a otro mayor y así al infinito. No se trata por tanto de otra cosa que de la forma que asume el proceso de adaptación a un movimiento regresivo, cuyo desarrollo es conducido por una fuerza eficiente, mientras la fuerza antitética está decidida a capitular progresivamente, en pequeñas etapas, y no de un sólo golpe, lo que llevaría, por el efecto psicológico condensado, a hacer nacer una fuerza competidora activa o a reforzar la ya existente”. Gramsci, Antonio, “Argomenti di cultura. Il male minore”, Quaderni del carcere, Torino, Einaudi Tascabili, 2001.

6. Horacio González, “El peronismo fuera de las fuentes”, Bs. As., UNGS/BN, 2008.

7. Unidos 20, abril 1989.

8. Unidos 21, mayo 1990.

9. Unidos 19, octubre 1988.

10. Asamblea del 26 de abril del 2014, disponible en Youtube.

11. Horacio González, “El gobierno que sobra”, La Tecla Eñe, disponible en lateclaene6.wix.com/revistalateclaene.

12. Ver Fernando Rosso, “El futuro llegó, hace rato (a propósito de Carta Abierta)”, en el blog El violento oficio de la crítica.

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