El PC y su política con la base obrera

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DIEGO CERUSO

Historiador, docente UBA.

Número 25, noviembre 2015.

Este artículo es el último de una serie de cuatro entregas en la que pretendimos presentar un panorama de los primeros pasos del sindicalismo de base en la historia Argentina [1]. Con ello buscamos un triple propósito: aportar elementos para una mejor comprensión de la centralidad de la organización en el lugar de trabajo en la estructura gremial; aportar a la reconstrucción de la rica historia del movimiento obrero en su vínculo con la izquierda en los treinta años que preceden a la aparición del peronismo [2]; por último, narrar una experiencia que permite desacoplar la noción extendida que elaboraron muchas interpretaciones, académicas y políticas, acerca de la relación directa y causal entre el surgimiento del peronismo y el origen de las estructuras fabriles, como las comisiones internas.

 

Durante el período de entreguerras el Partido Comunista (PC) tuvo una influencia creciente en el movimiento obrero argentino. Durante ese lapso de unos veinte años la militancia del PC se expandió en los talleres y fábricas, en los sindicatos y las confederaciones gremiales (en especial, las del sector industrial) y en un heterogéneo campo de entidades socio-culturales (bibliotecas, escuelas, clubes deportivos, agrupaciones femeninas, infantiles y juveniles, agrupaciones de extranjeros). Buena parte de la conflictividad obrera, de las características del sindicalismo industrial y de los rasgos de la cultura proletaria del país en estos años resulta difícilmente comprensible sin analizar el papel desempeñado por los afiliados y cuadros dirigentes del comunismo.

 

Las células como método de implantación

Tras su constitución formal en 1920, luego de dos años de funcionamiento con el nombre de Partido Socialista Internacional, el PC inició su camino con una limitada incidencia en la clase obrera. Ya en 1921, y bajo la impronta de la Internacional Comunista (IC), adoptó la estrategia del “frente único” que habilitaba los acuerdos con las restantes fuerzas de izquierda con el objetivo último que las bases abandonaran a sus dirigencias, que eran caracterizadas como reformistas, y así acercarlas a los preceptos revolucionarios. En un marco de fricciones internas, la IC daba señales inequívocas de su avance en la imposición de políticas de acción y organización. A mediados de 1924, la IC selló la definitiva dirección hacia la “bolchevización” y la “proletarización”. La primera implicaba un PC cada vez más sometido a la deriva de Moscú y la adopción de un “centralismo democrático”, reinterpretado como una pérdida de autonomía de las instancias inferiores partidarias. Además, significó modificaciones en la estructura interna, la aplicación de las células y un mayor compromiso militante, entre diversas cuestiones. Por su parte, la “proletarización” buscaba definir un mayor perfil obrero al partido mediante el fomento y adopción de la estructura de células sobre las cuales se debía basar la reorganización [3]. Así, el PC daba pasos inequívocos a transformar su estructura partidaria en clave jerárquica, centralizada, monolítica y mayormente burocratizada, en sintonía con los postulados de una IC cada vez más dominada por el estalinismo. Lo cierto es que desde ese entonces, y hasta 1943, se trató de una organización política integrada mayoritariamente por obreros industriales y con interés específico por el trabajo en la base.

En lo referente a las organizaciones de base, el PC tuvo una firme voluntad de implementar una política entre los trabajadores y el “repertorio” que utilizaron con la intención de obtener presencia duradera fue la célula. Principalmente fabril, aunque también las había “de bloqueo” y “de calle”, era una estructura exclusivamente partidaria integrada por entre tres a veinte militantes, formaba parte orgánica del PC y, generalmente, permanecía en la clandestinidad. El trabajo de los comunistas constituyó un paso adelante por lo metódico y tenaz de su implementación que, aunque fue gradual, resultó exitosa. Esto principalmente ocurrió en los ámbitos industriales (construcción, frigoríficos, textiles, metalúrgicos, por ejemplo) en donde la débil presencia de las otras corrientes políticas y las pésimas condiciones de trabajo coadyuvaron para componer un terreno fértil para la experiencia celular. Así, el PC logró presencia en importantes fábricas de la época como SIAM y TAMET (metalúrgicas), Alpargatas y Campomar (textiles), Swift, Wilson y La Negra (frigoríficos), por mencionar algunas de las células más importantes. Más infrecuentes y dispersos fueron los éxitos en las áreas de transportes y servicios como los ferrocarriles y tranviarios. No debe olvidarse que una de las herramientas principales que utilizaban los militantes comunistas para entrar en las empresas y fábricas eran los periódicos que editaban las células que buscaban extender la propaganda y la agitación, coordinar el trabajo cotidiano, entre otros objetivos.

 

La consolidación en el lugar de trabajo: los comités de fábricas

Desde fines de 1927, con la definitiva supremacía de Stalin en las estructuras del comunismo soviético y de la IC, se propició la caracterización sobre un cambio de etapa de la situación mundial. Superado el período de estabilidad, se iniciaba, según la IC, un “tercer período” de crisis final del capitalismo. En este marco, la colaboración del comunismo con las fuerzas socialdemócratas era inviable y se impuso la estrategia de “clase contra clase” que repudiaba todo acuerdo con las fuerzas políticas “burguesas” y “reformistas”. Esta orientación inhibió el trabajo con otras corrientes de izquierda, y de allí su sectarismo. En consecuencia, la única posibilidad de construir el frente único era por la base y con los obreros que desconocieran a sus dirigencias ajenas a los preceptos revolucionarios. Estos eventos, además de cristalizar el tándem Codovilla-Ghioldi en la conducción partidaria y asegurar la definitiva homogeneización ideológica, política y organizativa, motivaron modificaciones en los peldaños directivos en los cuales se incorporaron numerosos cuadros obreros, entre ellos Miguel Contreras (tapicero cordobés), Pedro Chiarante (albañil), José Peter (trabajó en el frigorífico Anglo de Avellaneda), Gerónimo Arnedo Álvarez (obrero de la carne y portuario en Zárate) y Guido Fioravanti (trabajó en la construcción tras exiliarse de Italia en 1925).

Como dijimos, las células le permitieron al PC insertarse y expandirse en el campo gremial. Pero el trabajo de base en este nuevo momento debía ser a través del comité de fábrica. Éstos debían desarrollarse prioritariamente en las grandes empresas, su relación era con el sindicato y los integrantes, entre siete y once, eran elegidos por la asamblea de todos los obreros y tenían una representación proporcional de las secciones internas. Existía una división de tareas para priorizar áreas como propaganda, actividad cultural, publicación del periódico, organización de biblioteca, etc. Otro de los consejos era que se debía luchar por el reconocimiento de los comités. Estas instancias de representación comenzaron a debilitar su vinculación directa con el PC y se denominaron de diversas maneras (comités de fábrica, comités de empresa, grupos sindicales, secciones sindicales, entre otros), aunque la mayoría de ellas cumplían la misma función y tenían similares características.

En rigor, la creación de los comités de fábrica había sido planteada como estrategia sindical por la IC desde su II Congreso en 1920 pero en la Argentina su implementación se impulsó a partir de 1928 y permitió la construcción del frente único por la base, consecuencia de la línea estratégica de “clase contra clase”, provocando la apertura a la participación al conjunto de los trabajadores. Entendemos que los comités de fábrica pudieron funcionar como el relevo organizativo de las células (capitalizando su éxito) y abrir un paradójico surco hacia el trabajo con obreros de otras corrientes políticas o independientes. Aunque esto no implicó el abandono total del trabajo en células. En un período estratégico signado por el sectarismo, allí su aspecto paradojal, el PC priorizó gradualmente el trabajo de base en estructuras que incluyeron al conjunto de los obreros de la fábrica y con vinculación con el sindicato y, en concreto, fue casi el único ámbito en el cual los militantes comunistas encontraron chances de evitar el aislamiento.

 

El PC y el impulso a las comisiones internas fabriles

El PC abandonó durante 1935 la estrategia de “clase contra clase” y materializó las resoluciones de la IC en referencia a la adopción del “frente popular” que habilitó acuerdos con las fuerzas obreras “reformistas”, e incluso con los sectores “progresistas” de la burguesía, que posibilitaron alianzas bajo preceptos antiimperialistas y antifascistas. El impacto de este abrupto viraje no demoró en percibirse entre los trabajadores: se planteó la posibilidad de incorporarse a la Confederación General del Trabajo (CGT) y se comenzó a discutir acuerdos con las otras corrientes con la intención de desandar el camino de los sindicatos exclusivamente comunistas y sumar fuerzas en estructuras gremiales.

Este proceso fue impactado por los cambios cualitativos y cuantitativos en la década de 1930. Por un lado, el fenómeno de la presencia proletaria en los sitios de producción se potenció con la consolidación del desarrollo industrial. Además, y en relación a ello, los sindicatos por rama cobraron fuerza, situación que les permitió aumentar los niveles de organización del movimiento obrero. Los elementos que colaboraron para vigorizar este panorama fueron la condensación de los esfuerzos tras la unificación de varias estructuras gremiales tras la incorporación de los comunistas y la coyuntura abierta por la huelga de la construcción de fines de 1935 y la general de enero de 1936, que dotó de un fuerte impulso a la organización proletaria [4]. Durante este período, los comunistas generalizaron (y en algunos casos, introdujeron), una serie de características novedosas en la organización de un sindicalismo único por rama industrial. Las comisiones internas y los comités de obra y empresa ocuparon un lugar central en este proyecto pues fortalecieron este nuevo modelo sindical irradiando los tentáculos del sindicato hasta los sitios de trabajo y canalizando las demandas obreras.

Por su dimensión y el grado de concreción, la construcción fue el sector emblemático en donde los comunistas hicieron eje. El proceso de mayor envergadura en el sindicalismo industrial fue el de la Federación Obrera Nacional de la Construcción, que configuró una experiencia cabal y eficaz en varias áreas y que muy destacadamente cimentó parte de su poderío en la capacidad de transmitir su influencia hasta los sitios de trabajo. En un lugar destacado se encuentra también el caso de la Unión Obrera Textil, de menor dimensión que la construcción pero de mayor reglamentación y definición del trabajo de base. También entre los metalúrgicos, obreros de frigorífico, madera y del vestido existió un crecimiento de sus estructuras de planta.

Los comités de obra y empresa, para el caso de la construcción, y las comisiones internas tenían diversas funciones. Ejercieron la representación de los obreros frente a las empresas y patrones, ante un conflicto interactuaban con la patronal y con el sindicato, eran designadas por la asamblea del personal y ejecutaban su mandato, el control y la vigilancia de las condiciones laborales y de los convenios colectivos eran otras de sus funciones, elevaron demandas por incumplimiento de condiciones o por nuevos reclamos, recurrieron al pedido de legalización por parte de la patronal y, en algunas ocasiones, vimos la intención de reconocer su existencia y regular sus tareas en los convenios colectivos. Los pedidos obreros también fueron recurrentes en solicitar al Estado el reconocimiento legal para las comisiones internas aunque las políticas represivas e intimidatorias, estatales y empresariales, no cesaron [5].

 

Reflexiones finales

El comunismo fue la corriente que definió la experiencia más profunda de inserción en las plantas industriales a lo largo del período. Pero esta no fue la característica desde sus inicios, pues como fracción de izquierda del socialismo, luego como Partido Socialista Internacional y en los primeros años como PC, no alcanzó una presencia tan gravitante, al menos en las unidades de producción. Fue con posterioridad a la adopción del tándem constituido por la “proletarización” y la “bolchevización” que comenzó a cimentar posiciones en el movimiento obrero. Allí, en torno a 1925, orientó sus esfuerzos a la creación de las células, principalmente aquellas de fábrica o taller.

Es decir, se identifican tres momentos en la política de base del PC: el primero, desde mediados de los años veinte se impulsó la creación de células partidarias y clandestinas; el segundo, a finales de la década de 1920 el frente único por la base habilitó la constitución de comités de fábricas que atenuaron tendencialmente la vinculación entre la organización de base en el lugar de trabajo y el Partido (táctica para la que estuvieron bien posicionados justamente por la adopción previa de la política de las células); finalmente, desde mediados de los treinta, bajo la política de frente popular, se consolidó lo construido por la base con la definitiva instalación de las comisiones internas y se dio el “salto” hacia la dirección o co-dirección de relevantes sindicatos (mientras se abrió también la puerta a la conciliación de clases que luego el peronismo llevaría a su máxima expresión).

Este proceso exitoso de incidencia sobre el proletariado industrial y organización de la base se produjo en paralelo a la homogeneización, centralización y burocratización de la estructura partidaria nacional y de las instancias internacionales del PC. Las estrategias cambiaban e imponían nuevas prioridades y caracterizaciones políticas, así como cambios en el marco de alianzas del partido, y ello indefectiblemente incidió en el desempeño del PC y en su construcción. En lo que respecta al trabajo con la base obrera, ello impactó, en sólo uno de los sentidos, en las tácticas impulsadas y en las formas seleccionadas. Allí, en el seguimiento de la trayectoria de tantas células, comités y comisiones internas es donde puede verificarse el sentido de esta experiencia.



[2] Para un repaso más global de esta experiencia pueden consultarse las notas sobre la experiencia del anarquismo, socialismo, sindicalismo revolucionario y comunismo en el movimiento obrero entre 1880 y 1945 que publicó Hernán Camarero en Ideas de Izquierda.

[3] Un completo estudio sobre las células y su funcionamiento en: Hernán Camarero, A la conquista de la clase obrera. Los comunistas y el mundo del trabajo en la Argentina, 1920-1935, Buenos Aires, Siglo XXI Editora Iberoamericana, 2007.

[4] Nicolás Iñigo Carrera, La estrategia de la clase obrera, 1936, Buenos Aires, La Rosa Blindada-PIMSA, 2000.

[5] Un estudio de conjunto sobre el trabajo de base del comunismo y del resto de las corrientes políticas en: Diego Ceruso, La izquierda en la fábrica. La militancia obrera industrial en el lugar de trabajo, 1916-1943, Colección Archivos, Buenos Aires, Imago Mundi, 2015.

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