El movimiento estudiantil en el Mayo Francés

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LUCIO PRIETO. Historia, Universidad Nacional de Rosario.

BRUNO LEVY. Universidad Nacional de Rosario.

Número 42, abril-mayo 2018.

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Se cumplen 50 años del Mayo Francés. La importancia de volver a estudiar los acontecimientos no se limita a un objetivo de análisis histórico, sino que la lucha de los estudiantes franceses muestra un camino para el movimiento estudiantil actual, diferente al que nos quiere imponer el sentido común de la academia, centrada en la idea del progreso individual.

En mayo del 68 la unidad de los estudiantes en lucha y la insubordinación obrera pusieron en cuestión los cimientos del Estado francés. Se levantaron barricadas que enfrentaban abiertamente a las fuerzas represivas y cuestionaban una legalidad que en tiempos de paz se considera intocable. Las manifestaciones de obreros y estudiantes, las batallas contra las fuerzas represivas parecían revivir los sucesos que casi un siglo antes habían sacudido París y señalado un horizonte distinto para la humanidad. El espíritu de los heroicos comuneros retomaba las calles y Francia se sacudía con los ecos de la Comuna de París.

Un contexto convulsionado

Luego de la Segunda Guerra Mundial, el capitalismo en Occidente se mostraba como un sistema próspero, capaz de superar las contradicciones que hasta el momento habían perturbado su equilibrio. La masiva destrucción de fuerzas productivas durante la guerra permitió el llamado boom de posguerra y la aparición de los “Estados de bienestar” en los países centrales.

A mediados de la década del ‘60 este proceso comenzó a agotarse, socavándose las bases de la estabilidad capitalista, al tiempo que se sucedían embates revolucionarios en las colonias y semicolonias. La generación que protagonizaría el ‘68 francés se fue forjando al calor de acontecimientos que sacudieron al mundo; primero la Revolución cubana, y más tarde las guerras de Argelia y Vietnam.

La guerra por la independencia argelina, finalmente conquistada en 1962, generó en las universidades un amplio rechazo a la política imperialista francesa, con un fuerte desprestigio del Partido Comunista Francés (PCF), debido a su política de “apoyo crítico” al imperialismo durante la guerra. Los principales activistas que, por entonces, enfrentaban la brutalidad del Estado francés, se nucleaban en organizaciones clandestinas por fuera del PCF.

Otro gran hecho que fue formando el clima político del Mayo Francés fue la guerra de Vietnam. La ofensiva del Têt en 1968 significó un punto de quiebre para la guerra. Producto de derrotas militares estadounidenses, la posibilidad de vencer al imperialismo comenzaba a hacerse más real.

En la posguerra el “eje de la revolución” se había corrido a la periferia, había pasado a las colonias y semicolonias. La revolución parecía un sueño imposible en los países centrales. Pero el Mayo Francés apareció para romper esta ilusión.

El camino a Mayo

La relativa calma del movimiento estudiantil luego de 1964 era, para el gobierno de Charles De Gaulle, la señal de que había llegado el momento de avanzar. La “reforma Fouchet” significaba un violento ataque a la universidad de masas. Su ideario se resumía en una “universidad productiva”, que pusiera límites al ingreso y permanencia de estudiantes, orientando la educación hacia profesionales “útiles” a la producción capitalista, y reduciendo la cantidad de alumnos.

Al anunciarse la reforma, en 1967, las principales organizaciones del movimiento estudiantil se encontraban atravesando una profunda crisis. La Unión de Estudiantes Comunistas (UEC), organización del PCF en el movimiento estudiantil, estaba reducida a su mínima expresión, producto de la línea derechista y burocrática de su dirección, que mientras oscilaba entre el stalinismo abierto y el “poststalinismo”, expulsaba y perseguía a su ala izquierda. Sin embargo, a pesar de su retroceso en el movimiento estudiantil, el PCF mantuvo la dirección de la principal central obrera, la CGT [1].

Por su parte, la Unión Nacional de Estudiantes de Francia (UNEF), uno de los principales agrupamientos estudiantiles que había jugado un rol destacado en la pelea contra la guerra de Argelia, buscaba reconvertirse en un “sindicato estudiantil”, orientándose hacia reivindicaciones sectoriales del estudiantado. Pero el estudiantado no representa a una fuerza social homogénea, sino que, como sector sensible a las problemáticas que atraviesa la sociedad, en él se reflejan las principales contradicciones de la sociedad capitalista. En este sentido, la escisión entre lo sindical y lo político contrastaba con la realidad del movimiento estudiantil, que actuaba como caja de resonancia del conjunto de la sociedad. Este intento de despolitizar y sindicalizar la organización estudiantil llevaría a que la UNEF llegue a 1967 como una organización en descomposición [2].

“De la crítica de la universidad de clases al cuestionamiento de la sociedad capitalista”

La reaccionaria “reforma Fouchet” revivió al alicaído movimiento estudiantil francés, que había sufrido un fuerte retroceso en su actividad entre los años 1964 a 1967. Pero, a pesar de este período de reflujo, los estudiantes franceses llegaban a esta pelea con la experiencia acumulada en luchas antiimperialistas en los años previos. La disputa ahora partía de la defensa de la educación, pero a su vez cuestionaba a la sociedad capitalista, a la barbarie imperialista y, en particular, a la misma universidad de clase.

Miles de estudiantes tomaron las calles y se enfrentaron a las fuerzas policiales. Las consignas contra la reforma educativa se mezclaron con la lucha antiimperialista y el cuestionamiento del Estado capitalista francés. El PCF, transformado ya en un “respetable” partido político completamente adaptado al régimen parlamentario, se declaraba hostil al movimiento estudiantil. Ante la bancarrota de las mayores organizaciones políticas (UEC y UNEF), se puso en pie el Movimiento 22 de Marzo –fecha en que 150 estudiantes ocuparon la sede de la universidad de Nanterre–, compuesto por estudiantes independientes, anarquistas, trotskistas y, en un comienzo, maoístas, que centralizará las demandas del movimiento estudiantil.

Los estudiantes se organizaban en asambleas. Discutían las medidas inmediatas, pero también las perspectivas de su movimiento y sus objetivos. La crítica de la universidad de clases salía de los estrechos límites de la institución y empezaba a ser un cuestionamiento de la sociedad capitalista en su conjunto. A los ataques de grupos fascistas, los estudiantes respondieron con una Jornada de Lucha Antiimperialista en la Sorbona; centenares de estudiantes de Nanterre se vieron las caras con sus colegas parisinos, y la prestigiosa universidad se transformó en un hervidero de discusión política y organización.

Ante esto, el régimen recurrió a la represión, con la invasión de la Sorbona por las fuerzas policiales. La brutal represión y la detención de centenares de militantes desataron el odio de decenas de miles de estudiantes universitarios y obreros, que tomaron las calles del Barrio Latino y se enfrentaron a la policía.

Se trataba de manifestaciones “espontáneas”. Pero esa espontaneidad no surgía de la nada. Según escribía en 1968 Daniel Bensaïd, militante de la Juventud Comunista Revolucionaria (JCR):

Las actitudes “espontáneas” de todo medio social están condicionadas por la naturaleza y el poder de las estructuras que lo organizan. […] Lo que los marxistas llaman “espontaneidad de las masas” no es otra cosa que la manifestación espontánea del grado de conciencia y de experiencia a que han llegado. […] Años de propaganda revolucionaria, años de movilización y de luchas asumidas por los “grupúsculos”, han llevado la “espontaneidad” del movimiento estudiantil a un nivel de madurez política perfectamente apreciable. Esa madurez política es la que se manifestó “espontáneamente” el 3 de mayo en la noche y las semanas siguientes[3].

La espontaneidad estaba jalonada, también, por luchas políticas. Durante los años previos, los pequeños grupos ubicados a la izquierda del PCF (principalmente trotskistas y maoístas) cuestionaban a la dirección burocrática del comunismo francés. La JCR en particular había tenido una intensa intervención en la lucha antiimperialista, a pesar del límite que imponía su debilidad numérica. Su acción destacada durante las jornadas de lucha estudiantil le valió un lugar en la dirección del Movimiento 22 de Marzo.

Los estudiantes muestran su combatividad. El Movimiento 22 de Marzo llama a una huelga general universitaria en todas las casas de estudio de Francia. Se toman facultades y colegios secundarios, en los que los activistas se organizan en asambleas y comités de base. Mientras tanto, el PCF recrudece su línea y ataca a las movilizaciones estudiantiles calificándolas como acciones de “grupúsculos izquierdistas”. A pesar de ello, la huelga general estudiantil tiene un enorme acatamiento.

El 7 de mayo una movilización avanza hacia los Campos Elíseos. Cincuenta mil manifestantes, entre estudiantes universitarios, secundarios y miles de jóvenes obreros cometen el “sacrilegio” de abrirse paso en el aristocrático barrio parisino con una hilera de banderas rojas y entonando “La Internacional”. Una bandera rememora el París de 1871: “Viva la Comuna”.

En las calles del Barrio Latino, los estudiantes preparan barricadas para enfrentar a las fuerzas del Estado. Daniel Bensaïd y Henry Weber, sobre la “noche de las barricadas” del 9 de mayo, explicaban que:

La idea de las barricadas fue una de esas ocurrencias geniales que abundan en las masas en tiempos de revolución. Repitamos que militarmente no valían gran cosa. (…) Eran unas barricadas sin pies ni cabeza. (…) Pero políticamente era una idea magnífica. Para el proletariado francés, la barricada es un símbolo lleno de reminiscencias, y resucita todo un pasado de pelea sin desfallecimiento, que llena de nostalgia a los obreros. Evoca los espectros de 1848 y de la Comuna, el mito de la huelga general insurreccional y de la acción directa, todas las hazañas de la clase obrera francesa, hondamente afincadas en su conciencia colectiva, y extrañamente vivas en su recuerdo [4].

La clase obrera entra en escena

La pelea de los estudiantes comenzaba a despertar la solidaridad del movimiento obrero.

La década del 60 había visto ya una seguidilla de luchas obreras. La dura huelga minera de 1963, los paros generales de 1964 y 1965, y las tomas de fábricas y enfrentamientos con la policía a partir de ese año[5] mostraban a una clase obrera que llegaba a mayo de 1968 habiéndose fogueado en intensas luchas, con un fuerte descontento contra un gobierno que descargaba ataques sobre los trabajadores para hacerles pagar el fin del bienestar de la posguerra. Aunque la clase obrera no se encontraba en la primera línea de combate al comienzo, la crisis política abierta por la lucha estudiantil le otorgaba a los trabajadores la oportunidad para ajustar cuentas con el gobierno gaullista.

Esta irrupción imponía de hecho la unidad de acción en las calles entre obreros y estudiantes, en contradicción con la política del PCF. El stalinismo francés se vió obligado, por su propia base, a cambiar su línea y llamar a una huelga general en toda Francia. La clase obrera francesa entraba masivamente en escena: entre 5 y 7 millones de huelguistas paralizaron completamente al país[6]. Mientras se sucedían las ocupaciones de fábricas y los enfrentamientos, se desarrolló una intensa crisis política al interior del gobierno de De Gaulle.

La huelga general y la lucha obrera dieron, a su vez, un nuevo impulso a la lucha de los estudiantes. La cuestión de la unidad obrero estudiantil comenzó a plantearse con mayor intensidad, porque sin una dirección obrera su combate contra el régimen gaullista y contra el sistema capitalista de opresión y explotación que cuestionaban, no podía triunfar. No era suficiente la simple solidaridad, ni aisladas demostraciones de fuerza. La huelga general había paralizado el país, cortado las líneas de transporte y suministros e incluso generado incertidumbre y resquemor en las fuerzas represivas.

Luego del 13 de mayo las tomas de fábrica se generalizaron. Los obreros ocuparon las plantas y se hicieron más radicales los métodos de lucha. Mayo estaba demostrando que la intervención de la clase obrera con sus propios métodos, era la clave no sólo de la victoria, sino también de la perspectiva de terminar con el Estado capitalista.

Cuando los obreros tomaron la emblemática planta de Renault-Billancourt, un cortejo de más de dos mil estudiantes partió desde la Sorbona hacia la planta para unir fuerzas con los obreros. El PCF, que era aún la principal dirección de las centrales obreras, se erigía como un muro para dividir a estudiantes y trabajadores. La dirección de la CGT contestaba a la solidaridad de los estudiantes con comunicados acusándolos de “grupos ultraizquierdistas provocadores”, “infiltrados” y “peligrosos elementos ajenos al movimiento obrero”. Pero en Renault-Billancourt los estudiantes fueron recibidos con camaradería.

Tratando de descomprimir el descontento obrero y propiciar una vuelta a la normalidad, el PCF abrió negociaciones con el gobierno para buscar una salida a la crisis. Al mismo tiempo que buscaba sembrar dudas entre los trabajadores contra los estudiantes en lucha, intentaba desviar el descontento obrero y canalizarlo hacia la vía electoral. La CGT anunció los “acuerdos de Grenelle”, que incluían aumentos salariales para los trabajadores. Pero fueron repudiados por la base obrera, que se negó a abandonar la lucha por un simple porcentaje de aumento salarial.

El poder temblaba. De Gaulle partió sin anuncios rumbo a Alemania, para asegurarse el apoyo de las fuerzas militares francesas en tierra germánica, mientras se desataba el pánico en el gobierno. El poder estaba desnudo. El movimiento había avanzado tanto que se encontraba frente a una disyuntiva: seguir avanzando y hacer caer al gobierno, o detenerse y, por lo tanto, rendirse.

Las organizaciones revolucionarias, y principalmente la JCR, se encontraban atrapadas en esa contradicción. Peleaban por el avance hasta las últimas consecuencias, pero su debilidad (el hecho de ser una organización muy joven, mayormente estudiantil, sin inserción en la clase obrera) les impidió disputarle la dirección del movimiento a la poderosa burocracia que controlaba las centrales obreras francesas. Así, a costa del PCF, se impuso la indecisión, y el movimiento perdió su dinamismo.

De Gaulle, consciente del problema de dirección del movimiento y del rol del PCF, aprovechó la situación para tomar la iniciativa. Anunció la disolución de la Asamblea Nacional y el llamado a elecciones. El PCF usufructuó también este cambio: abandonó la consigna de “gobierno popular” y la cambió por la de “justas reivindicaciones”, mientras hacía todo lo posible por convencer a los trabajadores de abandonar la lucha y dedicarse a esperar las elecciones anticipadas.

Durante las semanas siguientes, el gobierno hizo uso de la oportunidad dada por el PCF. Mientras la burocracia negociaba pequeños aumentos por rama, se descargó una brutal represión sobre aquellos trabajadores que aún continuaban en lucha. Las fábricas fueron desalojadas por la policía y en los enfrentamientos perdieron la vida varios obreros y estudiantes. El 12 de junio el gobierno decretó la disolución de las organizaciones políticas de extrema izquierda, deteniendo a sus principales dirigentes.

En las elecciones del 23 y 30 de junio, De Gaulle obtuvo una resonante victoria. La política electoralista del PCF, que había hecho los mayores esfuerzos para dar por cerrada la lucha y volcar todas las expectativas en la contienda electoral, mostraba su impotencia.

Lecciones para el presente

La pelea contra la “reforma Fouchet” y contra la universidad de clase al servicio de la ganancia capitalista, no podía resolverse en los estrechos marcos de la misma universidad. El movimiento estudiantil comprendió que la universidad, tal cual existe, es funcional al sistema capitalista y, por lo tanto, nunca podrá lograrse una completa transformación de la misma sin una transformación de la sociedad en la que está inserta.

Esta pelea requiere que el movimiento estudiantil lleve adelante medidas políticas que excedan los límites de la universidad y se vinculen a las luchas contra la clase dominante. Es decir, que se asocie con el movimiento obrero, que durante las jornadas de mayo volcó su odio acumulado contra un régimen político represivo y contra la explotación capitalista.

El cierre del proceso con el llamado a elecciones y la victoria de De Gaulle no se debieron a que estudiantes y trabajadores no estuvieran dispuestos a seguir luchando, ni a que se contentaran con pequeñas reformas. La caída del gobierno se encontraba a la orden del día. La huelga general, con la parálisis de los servicios estratégicos había planteado la pregunta, ¿quién detenta realmente el poder? Los enfrentamientos de obreros y estudiantes contra la policía habían roto el monopolio de la violencia ejercido por el Estado.

El desenlace favorable al gobierno no se debió, por consiguiente, a una “madurez insuficiente” del movimiento. Más bien, obedeció a la existencia de una dirección burocrática y entreguista, que centró todos sus esfuerzos en desviar y contener la lucha, y en la falta de una alternativa a la misma, por la debilidad de las organizaciones revolucionarias.

El movimiento estudiantil francés, organizado democráticamente en asambleas y comités de bases, con métodos como las tomas de escuelas y facultades, mostró la potencialidad revolucionaria de la unidad entre obreros y estudiantes. Este enorme ensayo revolucionario que hizo temblar al régimen francés, deja importantes lecciones para el movimiento estudiantil sobre cuál es la perspectiva que tenemos que levantar hoy quienes nos organizamos alrededor de la necesidad de derrocar a un sistema social basado en la opresión y la explotación.

  1. Bensaïd, D. y Weber, H., Mayo del 68: un ensayo general, Ediciones Era, México, 1969, pp. 19-21.
  2. Bensaïd, D. y Scalabrino, C. El segundo aliento: problemas del movimiento estudiantil, Cuadernos de formación comunista 2, pp. 8-9.
  3. Bensaïd, D. y Weber, H., ibidem, p. 70.
  4. Bensaïd, D. y Weber, H., ibidem, p. 86.
  5. Jacques Kergoat, “Bajo la playa, la huelga” en Cuando obreros y estudiantes desafiaron al poder, Ediciones CEIP-IPS, Buenos Aires, Argentina, 2008, pp. 162-171
  6. Thomas, J. B., “Ce n ́est qu ́un debut, continuons le combat!” en Cuando obreros y estudiantes desafiaron al poder, Ediciones CEIP-IPS, Buenos Aires, Argentina, 2008, p. 57

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