“El mito del país de la clase media se desmoronó”

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El destacado sociólogo brasileño Ricardo Antunes analiza las masivas movilizaciones que recorren Brasil y reflexiona sobre la relación entre los jóvenes que invaden las calles y el mito del Brasil de “clase media”. En el rastreo de las causas más profundas de la rebelión, describe la situación de los trabajadores bajo los gobiernos de Lula y Dilma, y retoma los debates sobre la explotación del trabajo en América Latina, la precarización laboral y la crisis de las teorías sobre el “fin del trabajo”.

IdZ: ¿Cómo podemos interpretar las movilizaciones que están teniendo lugar en Brasil?

El mito que se desenvolvió durante los gobiernos de Lula y de Dilma, de que Brasil es el país de la clase media, que Brasil se transformó en un país avanzado, se desmoronó. Márcio Pochmann, el economista que fue dirigente del IPT (Instituto de Pesquisa Tecnológica), mostró dónde se ensanchó la clase trabajadora: ¡en el medio! En aquel proletariado de servicios que gana hasta un salario mínimo y medio. Entonces, si antes la forma de la pirámide de los trabajadores era la tradicional, ancha en la base y estrecha en la cúpula, hoy parece un barril de cerveza. Es más ancha en el medio, los de arriba disminuyeron el salario y los de abajo subieron un poco. Esto generó un nuevo proletariado de servicios con alta rotatividad y salarios bajos, que no tiene nada que ver con la clase media.  Pero además de esto, lo que fue lo más visible, lo que vimos las últimas semanas en Brasil, es que la salud pública es una tragedia y el transporte público es uno de los más caros del mundo. Folha de Sao Paulo hizo una investigación, utilizando datos básicos: si tomamos el precio nominal de las tarifas de transporte de Brasil, parecen mucho más baratas que las de Europa. Pero si las comparamos con nuestro salario mínimo, estamos en una de las más altas del mundo. El proletariado precarizado de Europa gana de 800 a 1.000 euros, lo que equivale a unos 3.500 reales, mucho más de lo que gana el trabajador en Brasil. Hubo una conjugación de tres o cuatro elementos vitales que explican estas revueltas. Primero, el efecto de la decepción con el proyecto de Lula en el poder, que fue un proyecto mistificado. En este sentido, las manifestaciones ya han dejado una lección, o varias. Una, que solo las masas en las calles y en las plazas producen los cambios. Dos, que hay una brecha muy grande entre la representación político syndical de los partidos tradicionales y el movimiento de masas. Esto se combina con otros dos elementos. El carácter vital de la reivindicación del “pase libre”, vital en el sentido de que toca un elemento de la vida cotidiana. Este movimiento que comenzó en 2005, y tiene por lo tanto 8 años, no es una novedad. Ya hubo manifestaciones en Florianópolis, en Vitoria, en Porto Alegre, en capitales del nordeste, y todas estas manifestaciones que sucedieron estos últimos años tuvieron fuerte presencia popular. Porque aunque son impulsadas por la clase media, por la juventud estudiantil o por la población estudiantil pobre que necesita tomar un colectivo para ir a la universidad; es evidente que en las grandes capitales como San Pablo, el trabajador o la trabajadora de la periferia adhirió al movimiento. Esto es así porque los trabajadores de la periferia toman 4 colectivos y están 3 horas para ir y otras 3 para volver; y, encima, pagan una fortuna y son tratados como animales, como un buey dentro de un vagón de tren, y como resultado es apercibido por llegar tarde. El trabajador o trabajadora de la periferia se tiene que levantar a las 4 de la mañana para tartar de llegar a las 7 al trabajo, y muchas veces llega a las 10.

A esto se agrega el segundo elemento: el Mundial. Si hay un deporte profundamente popular en Brasil es el fútbol. Como me gusta el fútbol, miro todos los partidos de los Mundiales. Y vos ves los partidos de fútbol en Brasil y parece que estuvieras viendo los partidos en Suecia. No hay más negros asistiendo al fútbol. Jugando hay, pero viendo no. No hay más negros y pobres en las canchas. Es la clase media rica, es la clase media más o menos exitosa y sus hijos, o la clase burguesa que tiene palcos o butacas privadas. El precio del ingreso para el Mundial hoy es imposible para un trabajador, y más que eso, no puede circular ni a dos kilómetros de la cancha porque la policía lo para. La población se dio cuenta que quien ponía aquí el Mundial es la FIFA, tanto es así que vi dos o tres consignas en las manifestaciones, “FIFA pagá mis tarifas (pasaje)”, “¿Quién manda en Brasil? La FIFA es el presidente de Brasil”.

En síntesis, es la rebelión del trabajador que vive en la periferia (conurbano), de salario precarizado, tercerizado, informal, sin transporte colectivo, sin salud y viendo que el Mundial tiene canchas que son maravillosas adonde ellos no pueden llegar. Mi querido amigo Chico de Oliveira escribió hace años atrás un artículo cuyo título es muy sugestivo: “Momento Lenin”. Chico nunca fue leninista, pero decía que hay momentos en que varios movimientos terminan por interconectarse, en que las rectas y las curvas que son asimétricas se juntan. Y yo creo que tiene que ver con que en nuestra coyuntura se juntaron dos elementos vitales: el “pase libre” y el Mundial. La combinación de todo esto llevó a la explosión. Entonces es natural que esta explosion haya sido empujada por un movimiento de “pase libre” que empezó por jóvenes de clase media, estudiantes, y ahora la rebelión alcanzó el conurbano (o periferia). Y la violencia de la policía militar brasileña también hizo que se expandiera. En primer lugar, pocos países del mundo tienen policía militar, aquí tenemos, policía, ejército y policía militar, es decir, más represión. Y la virulencia de la represión en aquella manifestación del jueves [20/06] fue tan brutal que hubo un grito generalizado. Los padres de los manifestantes adhirieron, la población no aceptó, y a partir de ahí las manifestaciones están en disputa. Aquí también hay una cuestión importante. ¿Quién comenzó este movimiento? Movimientos populares y estudiantiles a la izquierda, más ligados a los partidos o menos, pero de izquierda. Como el propio movimiento “Pase libre” dice: “nosotros no somos partidarios pero no somos antipartidos”. Y todos esos levantamientos tuvieron participación de los partidos, todos ellos partidos de izquierda, desde el inicio. Pero es evidente que en el momento en que se transformaron en grandes manifestaciones de masas la derecha comenzó también a tener peso e introdujo consignas muy peligrosas. La primera de ellas, que es una especie de consenso con el que nadie se opone, es luchar contra la corrupción. Y frecuentemente la bandera de la corrupción es una bandera de la derecha. Porque aunque estamos contra la corrupción, los de izquierda sabemos que no hay sistema capitalista en el mundo que no tenga corrupción, incluso el más limpito de todos. El capitalismo es una economía fundada en el crimen, crimen y capitalismo son hermanos gemelos. La segunda, directamente relacionada con la corrupción y la crisis de los partidos políticos, es la de que “los partidos políticos no participen de las manifestaciones”. Esto merece una reflexión. Los partidos de izquierda consiguen, o a veces tienen, cuando son un poco más fuertes, importantes vínculos con la clase obrera o algunos sectores de la juventud. Pero ningún partido de izquierda hoy en Brasil tiene fuerza de masas, al punto de producir alteraciones. Por esto, sectores de derecha protofascistas actuaron para impedir que los partidos de izquierda que participan de esas manifestaciones desde el inicio, marchen con sus banderas. Hay núcleos de derecha que van desde un fascismo oculto hasta movimientos ligados a los bolsones más marginales, a la criminalidad. Esos grupos van a la manifestación cuando termina la marcha pacífica de masas, y comienzan, por un lado, los disturbios y, por el otro, la agresión a los socialistas, los comunistas o marxistas que están en los partidos. Y, en el medio de ellos, una gran masa estudiantil que participa por primera vez de una manifestación queda sensibilizada por el movimiento antipolítico y antipartido. Porque una cosa es ser antipolítico en el sentido de ser contrario al parlamento (Marx hablaba de la degradación del poder parlamentario, y el parlamento brasileño es uno de los más degradados del mundo, en todas sus dimensiones, por el volumen de dinero que usa para financiarse, hasta el nivel de corrupción y de servilismo con el capital, el latifundio, el agronegocios, los bancos, etc.) y algo diferente es el antipartido, que se vuelve contra los partidos inclusive los que son de oposición y de izquierda. Eso es a lo que me refiero cuando digo que es un movimiento de masas en disputa, y que va a obligar y a exigir de las izquierdas, en primer lugar, que tenga cohesión y fuerza para repeler todo tipo de violencia de derecha. Este es el escenario brasileño hoy. Por eso hablaba antes de un “Momento Lenin”, como metáfora de la confluencia de tres o cuatro movimientos; esto creó un movimiento en la calle, de masas, espectacular, complejo, difícil y en disputa.

 

IdZ: Acerca del “país de clase media”, ¿qué conclusiones se pueden plantear, a partir de sus investigaciones, sobre la situación de la clase trabajadora bajo los gobiernos del PT?

Acabamos de publicar nuestro trabajo colectivo Riqueza y miseria del trabajo en el Brasil II. Todas las investigaciones que estamos haciendo tanto en el volumen I como en el volumen II nos muestran lo siguiente: primero, el desmantelamiento brutal de los años ‘90 en Brasil (privatización, financierización del capital, desregulación del trabajo, tercerización, precarización, informalidad), no fueron frenados en los años de Lula. Al contrario, en los pilares fundamentales, no hay ruptura. Eso no es lo mismo que decir que el gobierno de Lula, especialmente el segundo, es idéntico al gobierno de Fernando Henrique Cardoso; claro que no lo es. El gobierno de Lula, aprovechando una situación internacional favorable a Brasil, estableció un nivel de crecimiento económico, y por lo tanto de acumulación de capital mayor que el de Fernando Henrique. Por eso Lula se transformó –retomando a Marx, Engels, Gramsci o Trotsky–, en una especie de semiBonaparte adorado por los capitales. Porque (y no soy yo el que lo está diciendo sino que él lo dijo), la burguesía nunca ganó tanto dinero como en el gobierno de Lula. Nunca los bancos ganaron tanto dinero como con su gobierno. Paralelamente al crecimiento de este capital, Lula tuvo un papel decisivo en la transnacionalización del capital de Brasil y en la transnacionalización de la burguesía brasileña. Pero, por otro lado es innegable que mientras Fernando Henrique tenía una “Bolsa Escuela” que llegaba a 2 millones de personas, la “Bolsa Familia” llega hoy a 70 millones de personas. Solo que en los estratos más pauperizados, más empobrecidos, bolsones de pobres que el capitalismo pasó a ganar 60, 70, 80, 100 reales por mes en términos familiares. Esto cambia la calidad de vida de una población que, de más miserable pasa a ser menos miserable. Puro asistencialismo, porque esto no fue combinado con ninguna reforma.

Esto explica, por un lado, la enorme popularidad de gobierno de Lula (que terminó su mandato con un 70% de aprobación y logró convertir a su criatura en una criatura política victoriosa –Dilma–), y por otro lado, que Lula fue un gendarme espectacular del capital en América Latina. Porque el capitalismo no busca solamente alguien que solo defienda la burguesía y que viva en crisis constante. ¿Por qué no hubo un empeachment contra Lula en 2005? Para mí es muy obvio, el PT no sufrió un empeachment como sufrió Collor en 1992 porque Brasil tenía un crecimiento económico de tal amplitud, que ninguna burguesía depone a un gobierno que garantiza su riqueza.

El gobierno de Lula creó un mito de que nos a encaminábamos a Suecia cuando de hecho nos encaminamos a Haití, sin ningún sentido peyorativo. Primero porque Haití fue la primera revolución negra, popular y socialista en cierto sentido amplio de América Latina. Fue la primera manifestación espectacular latinoamericana contra la expoliación colonial, típica del capitalismo mercantil. Pero aquí Haití adquiere un sentido del nivel de brutalidad, de empobrecimiento, de tragedia, al que el capitalismo y su imperialismo pueden llevar al pueblo haitiano. Y en términos de condiciones de trabajo, nosotros tenemos hoy más o menos de 8 a 12 millones de tercerizados en Brasil. Los índices reales de desempleo en las capitales, elaborados por el DIEESE (Departamento Intersindical de Estadísticas y Estudios Socieconómicos), son muy distintos de los índices del gobierno, del IBGE (Instituto Brasileño de Geografía y Estadística). Si se devela el desempleo oculto, el desempleo aumenta en el Brasil.

 

IdZ: Sobre América Latina, en su último usted libro utiliza la expresión “continente do labor”. ¿Podría explicar la idea motora de esta definición, cuál es la particularidad del trabajo en América Latina y si existe un patrón común en toda la región?

El “continente del trabajo” es para hablar de un continente de la superexplotación del trabajo. No es continente solamente de la explotación del trabajo, sino que es de una explotación intensificada, de una simbiosis entre llevar al límite la plusvalía absoluta, e incrementar, al mismo tiempo, la plusvalía relativa. Nuestro continente hoy no es más el dominante en este sentido porque China y la India pasaron al frente. Son trágicos ejemplos de que la superexplotación puede ser más intensa que la nuestra. Entonces, ¿por qué “continente del trabajo”? Porque de México a la Argentina, nacemos como un continente de la expoliación y la explotación. Sea por la explotación del trabajo indígena en la América hispánica o sea por la explotación del trabajo africano en la América portuguesa. Aquí, como decía Caio Prado, con gran agudeza, nosotros nacemos en un contexto de una prolongación de una economía capitalista primitiva que se estaba gestando en las metrópolis, cuyo papel en América era bombear un excedente de la superexplotación para la acumulación mercantil y capitalista primitiva, que se realizaba en los siglos XV, XVI y XVII hasta llegar a la revolución industrial y a partir de ahí un capitalismo pleno. Por eso uso la metáfora de “continente del trabajo”, un continente donde “nacemos”, entre comillas, porque en realidad nuestro nacimiento es anterior a la llegada de los portugueses y los españoles aquí, nacemos con los indígenas pero ellos fueron diezmados. Pero es también un “continente del trabajo” en el sentido de que las revueltas, la rebeliones y la revoluciones también son “del trabajo”. Por eso digo en la presentación del libro que nuestro mundo combina explotación y rebelión, expoliación y revuelta, intensificación del trabajo, superexplotación y revolución. Porque el trabajo es, como señalaba Marx, al mismo tiempo sujeción, servidumbre, esclavización, asalariamiento, cosificación, cuantificación, extrañamiento, alienación, pero también revuelta, rebelión y revolución. Esta es la idea del “Continente do Labor”.

 

IdZ: Relacionado con lo anterior y la problemática de la superexplotación, ¿Cuáles son los principales mecanismos de precarización del trabajo que puede desarrollar en la actualidad el capitalismo en crisis?

La primera idea es que el trabajo nace en condiciones de precariedad. Pero como la precarización es un proceso, es un modo de ser, puede ser más intensa o menos intensa. El segundo trazo decisivo es que en el capitalismo actual, desde el ’73 (y esto se agudizó a partir de 2008), la precarización no es más la excepción sino la regla. Yo planteé que desde 2008 entramos en una nueva era de precarización estructural del trabajo en escala global. Y eso nos obliga a pensar que tercerización, informalidad y precarización son tres conceptos muy emparentados. Si usted terceriza a la clase trabajadora, o partes significativas de ella, eso significa que arrojó ese sector de la clase trabajadora a la informalidad. Los inmigrantes en escala global son el ejemplo más virulento de esta precarización. Si vemos la trayectoria de los inmigrantes en Europa hoy vemos albaneses, rumanos, ex yugoslavos, ex rusos, que están en Italia, Alemania, Francia o Inglaterra. Lo mismo pasa con los trabajadores que vienen de Oriente Medio o de la India, o los africanos. Todos son imprescindibles en Europa para que haya una baja en el valor de la fuerza de trabajo del proletariado europeo en general. Pero aunque son imprescindibles, son superfluos, los usan y los descartan. Entonces son tratados como ciudadanos de tercera clase, no de segunda, de tercera o de cuarta. De allí que autores como Pietro Basso o Fabio Perocco en Italia (que son dos críticos marxistas de la ciudad de Milán), dicen que en Europa hoy sus gobiernos están dominados por un “racismo de Estado”, hay una política racista de Estado hoy que domina prácticamente varios de los Estados europeos. Esta es la tragedia más visible de esta condición de precarización.

 

IdZ: Para terminar, en el sexto año de la crisis económica mundial ¿es posible afirmar que vemos un gran debilitamiento de las tesis sobre el “fin del proletariado”? ¿Cómo impactan estos cambios que usted menciona en la clase obrera actual?

Esas tesis que hacían furor en los años ‘70, ’80, hasta los mismos ‘90, se han debilitado, porque, como vengo diciendo desde el libro ¿Adiós al trabajo? y Los sentidos del trabajo, lo primero que había que comprender era quién conformaba esa nueva clase trabajadora, quién era esa clase-que-vive-del-trabajo. Y había dos o tres movimientos contrarios a las evidencias empíricas del fin del trabajo. El primero es que esta nueva morfología implicaba una ampliación de la nueva clase trabajadora, un monumental proletariado de servicios, podríamos hasta decir un proletariado no industrial de servicios. La feminización de la fuerza de trabajo, la ampliación de los inmigrantes de Europa y Estados Unidos, y más recientemente los inmigrantes trabajadores del flujo Sur-Sur (haitianos en Brasil, peruanos y bolivianos en Argentina), son muestra de esta ampliación. Y hay una consecuencia más importante que todas esas: que la teoría del valor trabajo de Marx, al contrario de lo que decían sus críticos, no perdió su eficacia. Estamos presenciando una ampliación de la teoría del valor-trabajo, una ampliación de las formas de extracción de plusvalía, especialmente la plusvalía relativa, pero también la plusvalía absoluta, en una combinación; una simbiosis clara entre ellas, donde amplios sectores de servicios son hoy generadores de plusvalía. De tal modo que hoy, los críticos de la centralidad del trabajo no están diciendo absolutamente nada. Y hasta donde yo sé, algunos de ellos volvieron a estudiar economía política, lo que es una buena señal; es lo que se debe hacer para entender donde se cometió el error.

Por último, un comentario de este punto que es más actual: yo considero risible la teoría de la sociedad del conocimiento, según la cual no estaríamos en una sociedad sino en una sociedad del conocimiento. Lo que esos críticos contemporáneos, de Manuel Castells para acá no han conseguido imaginar, por lo menos con la profundidad que ese tema merece, es que el conocimiento también es parte de la forma mercancía. El conocimiento es parte de la agregación de valor. Marx dice en El Capital que el trabajo se tornaba un proceso social, colectivo y combinado. Marx dice en el capítulo inédito [sexto del libro El Capital, no publicado en la versión final, N.de E.] que unos trabajan más con las manos, otros trabajan más con la cabeza, pero todos son parte de ese complejo. El conocimiento es parte de la mercancía. Entonces no existe sociedad del conocimiento, sino que existe un trabajo que va desde un trabajo altamente calificado y dotado del conocimiento hasta un trabajo altamente descalificado y estrictamente manual y entre esos extremos, gamas variadísimas. Como por ejemplo el caso de la Foxconn en China; se ven dentro de esa fábrica a aquellos que, en un extremo de la línea de producción, participan de la industria del software; y en el otro, están en la línea de montaje de la Foxconn, un trabajo intensamente manual aunque todavía supone cierta destreza. Esta es la clase trabajadora que muestra el mundo hoy y de la cual hay muchas expresiones de rebelión.

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Entrevistó: Iuri Tonelo

Traducción: Alicia Pizarro y Elizabeth Yang

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