El mapa de la guerra civil en Siria

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CLAUDIA CINATTI

Número 33, septiembre 2016.

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La guerra civil en Siria, que ya cursa su sexto año, se ha transformado en uno de los centros de gravitación de la geopolítica mundial, un campo magnético para diversas potencias imperialistas y regionales que a través del apoyo a distintas fracciones de los bandos en pugna dirimen sus rivalidades y pujan por sus intereses. Esta internacionalización del conflicto significa que tanto su dinámica como su eventual resolución en alguna negociación diplomática exceden con creces las relaciones de fuerzas internas y dependen del accionar de los múltiples actores que intervienen, en particular de Estados Unidos y Rusia.

La dimensión internacional no solo está presente en las batallas de Alepo o Kobane. Como suele suceder es un camino de doble vía. La crisis de refugiados que sacude a la UE y la instalación en la escena mundial de un nuevo tipo de terrorismo, reaccionario e imprevisible, que ha extendido su radio de acción desde los suburbios del mundo árabe y musulmán hacia las capitales de Occidente, guardan estrecha relación con la situación creada en el Medio Oriente a partir de las guerras de Irak y Afganistán y, en particular, con la situación en Siria. Francia hasta ahora se ha mostrado como el país más vulnerable a esta nueva oleada de ataques inorgánicos, perpetrados por individuos “autorradicalizados” más inspirados que dirigidos por el Estado Islámico u otras organizaciones terroristas. En menos de dos años sufrió tres atentados de gran repercusión por la cantidad de víctimas y el alto valor simbólico de los blancos elegidos. Las consecuencias polí- ticas, securitarias e incluso militares de estos fenómenos probablemente se harán sentir en los próximos años. En lo inmediato, el efecto que tienen es aumentar el guerrerismo imperialista, como hemos visto en las repetidas escaladas militares de Francia en Siria, y las políticas de persecución y criminalización de las comunidades musulmanas [1] en Occidente. También alimentan el ascenso de la extrema derecha xenófoba.

 

El teatro de operaciones

La guerra civil siria evolucionó hacia un conflicto prolongado, para el que no se vislumbra una salida sencilla ni militar ni diplomática. Está claro que ninguno de los contendientes puede ganar pero tampoco ser derrotado. En esta situación dramática de “empate infinito”, el país quedó dividido en esferas de influencia que periódicamente caen bajo sitio enemigo, con un costo terriblemente oneroso para la población civil.

Aunque es imposible trazar con detalle la cartografía de esta guerra multifacética, grosso modo, hay cuatro actores fundamentales.

El régimen de Assad con apoyo de Rusia, Irán, Hezbollah y milicias chiitas de Irak, se atalonó en Damasco y la zona costera, un territorio de importancia estratégica, donde vive la mitad de la población que aún permanece en el país. Está claro que no puede recuperar el control total de Siria pero desde sus bastiones lanza incursiones sobre zonas opositoras para hacer retroceder a sus rivales, cortarles las vías de abastecimiento o recuperar posiciones de importancia vital.

Hemos visto esto en el brutal “sitio gemelo” (opositor y oficialista) de Alepo, con cientos de miles de civiles atrapados en ambos lados. Y más recientemente en la ciudad de Daraya. Este suburbio rebelde de Damasco, que fue un símbolo del levantamiento contra Assad y un caso testigo de la brutal represión del ré- gimen, soportó un sitio de cuatro años hasta que a fines de agosto, las milicias del Ejército Libre Sirio acordaron su rendición frente al Ejército sirio y aceptaron ser trasladadas a la provincia de Idlib, mientras que los pocos miles de civiles que aún permanecían en la ciudad fueron evacuados con destino incierto probablemente muchos de ellos acabarán en prisiones del régimen. A pesar de ser una ciudad en ruinas y vacía, su valor militar surge de eliminar un foco de insurgencia a escasos kilómetros del palacio presidencial.

Los “rebeldes” que luchan contra Assad se hicieron fuertes en las provincias de Idlib y Alepo. En este bando milita un amplio arco de organizaciones y milicias laicas, islamistas moderadas y salafistas, apoyados por los Estados árabes del Golfo, principalmente Arabia Saudita y Qatar, Turquía, Estados Unidos y otras potencias occidentales. La fragmentación interna y los intereses divergentes de sus patrocinadores externos hacen que prime el enfrentamiento y la rivalidad por el control del territorio y la disputa por cuotas de poder en una eventual negociación de posguerra. Las organizaciones más importantes son el Ejército Libre Sirio, formado por desertores del Ejército de Assad e islamistas “moderados” con apoyo de Turquía y Estados Unidos. Y por fuera del sostén de Occidente –aunque no necesariamente de otros Estados– Al Nusra, la filial siria de Al Qaeda que rompió públicamente su adhesión a esta red y se cambió el nombre por Frente de la Conquista de Siria para eludir el estigma de terrorismo [2]. Este cambio estético no está exento de consecuencias tácticas. A diferencia del Estado Islámico, Al Qaeda parece haber comprendido que es necesario al menos ser tolerado por la población civil. Esto se vio en la batalla de Alepo donde sus milicias buscan capitalizar políticamente la popularidad lograda por el rol que jugaron para quebrar el sitio oficialista.

El Estado Islámico, excluido sin ambigüedades del bando rebelde, perdió según analistas militares, un 20 % del territorio sirio incorporado al califato (y un 40 % en Irak) entre ellas la ciudad de Palmyra, aunque conserva aún su capital en la ciudad de Raqqa. El modus operandi del ISIS fue mayormente conquistar zonas bajo dominio opositor y evitar el enfrentamiento directo con el Ejército sirio.

El ISIS y el ex Al Nusra son consideradas blancos legítimos tanto de la coalición anti ISIS dirigida por Estados Unidos como del bando que comanda Rusia. Aunque, como es conocido, Turquía mantuvo una política doble, o como mínimo de cierta tolerancia hacia el ISIS, ya que era funcional a su objetivo primordial en la guerra que es evitar que surja una entidad autónoma kurda en su frontera.

El cuarto actor local de peso son los kurdos, dirigidos por el radicalizado Partido de la Unión Democrática (PYD) y su ala armada las Unidades de Protección Popular que controlan el noreste del país. La región conocida como Rojava comprende tres cantones autó- nomos (Cizre, Kobane y Afrin) gobernados bajo el sistema del “confederalismo democrático” [3]. El PYD se benefició de una alianza militar ad hoc con Estados Unidos en su combate contra el ISIS, que le dio una cuasi legitimación internacional, y también de una cierta tolerancia tácita del régimen de Assad. Sin embargo, sería impresionismo otorgarles una fortaleza propia que en principio parecen no tener. Un solo hecho muestra que en el sistema de alianzas norteamericano, los kurdos (y sobre todo sus alas más radicales) siguen siendo moneda de cambio y que Estados Unidos no está por rifar un aliado estratégico como Turquía, que es miembro de la OTAN desde 1952. A fines de agosto Turquía lanzó su primera intervención militar directa en la ciudad de Jarablus, al norte de Siria, con el doble objetivo de combatir al ISIS y a las milicias del PYD, que en el revuelo creado por la batalla de Alepo, aprovechando para avanzar en la extensión del territorio bajo su control. Estados Unidos no dudó en avalar la ofensiva turca. Internamente, su posición también es endeble y la gobernabilidad de las zonas autónomas depende en última instancia de mantener alianzas con otros sectores principalmente árabes sunitas con quienes conforman las Fuerzas Democráticas Sirias, el paraguas bajo el cual reciben la asistencia de Estados Unidos.

Está claro que sus alianzas tanto internacionales como locales tienen un carácter táctico y circunstancial, relacionadas con las necesidades surgidas del combate contra el ISIS más que de convergencia de intereses de largo plazo. Menos aún podría tomarse como un apoyo político para establecer un Kurdistán autónomo.

 

La dimensión geopolítica

A partir de 2014, con la aparición en escena del Estado Islámico y su autoproclamado califato, se profundizó el carácter reaccionario de la guerra con la intervención de Rusia y Estados Unidos. El solapamiento entre una guerra civil a varias bandas con una guerra internacional “contra el terrorismo” pone a prueba las teorías militares tradicionales [4]. No es para menos: un entramado de alianzas cruzadas, contradictorias y cambiantes hace que los mismos actores se enfrenten en un campo de batalla y colaboren tácticamente en otro. Pero como en toda locura, en este rompecabezas también hay un método. Y este se explica por los tres conflictos fundamentales, dos regionales y una internacional, que sobredeterminan la guerra en Siria.

El primero es la “guerra fría” regional entre Arabia Saudita e Irán, que luego del acuerdo nuclear firmado con Estados Unidos fue readmitida como una potencia regional de derecho con aspiraciones hegemónicas. Este enfrentamiento, que remite en última instancia al conflicto intraislámico entre chiitas y sunitas [5], no es de carácter religioso, aunque puede revestir estas formas, sino sobre todo político y de poder, y se extiende desde Siria e Irak hasta la guerra civil en Yemen.

El segundo es la guerra de Turquía contra la minoría kurda, tanto al interior de sus fronteras como en Siria. Esto llevó a un agudo enfrentamiento con Rusia, que derivó en el derribo de un avión ruso en noviembre del año pasado. Sus opciones en política exterior y el fracaso de capitalizar los procesos de la “Primavera árabe” dejaron a Turquía en una situación de aislamiento internacional. El reacercamiento a Rusia e Irán y la recomposición de la relación con Estados Unidos luego del intento fallido de golpe contra el presidente Erdogan en julio pasado es parte de una estrategia más amplia de recuperar terreno como potencia regional.

El tercer elemento determinante es el conflicto estratégico entre Estados Unidos (y “Occidente”) con Rusia que con su intervención en Siria se ha ubicado como el artífice de cualquier salida negociada. La administración Obama [6] enfrenta un dilema porque, por un lado, necesita de la colaboración de Rusia para cualquier acuerdo de paz en Siria, y es esto lo que intenta hasta ahora infructuosamente en las sucesivas cumbres en Ginebra, pero quiere hacer esto sin otorgarle a Putin una victoria, lo que parece casi inevitable. Las próximas elecciones en Estados Unidos agregan más incertidumbre ya que Hillary Clinton, que milita en el ala de los halcones del establishment norteamericano, ya ha anunciado una política más intervencionista que esté más acorde con la política de hostigamiento hacia Rusia.

 

La guerra civil y el debate en la izquierda

La situación en Siria ha dividido a la izquierda internacional, que ha tendido a apoyar a uno de los dos campos: un sector minoritario aún defiende al régimen dictatorial de Assad (e incluso a la intervención de Rusia), al que ven como una resistencia a la ofensiva norteamericana y al avance de fuerzas reaccionarias del islamismo salafistas; mientras que el sector mayoritario, ya sea con argumentos democráticos o humanitarios, ha optado por apoyar al campo “rebelde” o a sus versiones “laicas” como el Ejército Libre Sirio, independientemente de su carácter de clase y su estrategia. En ambos casos los “campos” han reemplazado a las clases. La tragedia de Siria fue que las tendencias que apuntaban al desarrollo de un proceso revolucionario a partir de la lucha contra Assad, como las movilizaciones democráticas de masas o el establecimiento de concejos populares locales, fueron estranguladas en una operación de pinzas entre la brutal represión del régimen y la emergencia de fracciones armadas con objetivos abiertamente reaccionarios, a excepción de las milicias kurdas, que responden más a sus patrocinadores externos que a alguna base de apoyo popular en la población. Esta definición de la guerra civil en curso no niega la necesidad de luchar contra la dictadura de Assad, ni tampoco el carácter genuino del levantamiento popular contra este régimen despótico que estalló en 2011 como parte de la oleada de la “Primavera árabe”. Sin embargo, el problema es que lo que podía ser correcto a los inicios del conflicto resulta completamente insuficiente a la hora de dar cuenta de una situación actual que tiene todas las características de una guerra por procuración más que de una lucha popular, aunque pueden persistir bolsones de resistencia. Y que es producto de la derrota más general de esos levantamientos.

La necesidad de una posición independiente está planteada de forma actual en la lucha contra la guerra imperialista, contra la dictadura de Assad y la intervención de Rusia y contra la reacción islamista y su “neoterrorismo”, que no tiene nada que ver con el terrorismo individual de anarquistas o populistas contra el que discutía el marxismo clásico, sino que emula en sus métodos contra la población civil al imperialismo y sus guerras.

 

[1] La causa de los atentados terroristas en Francia desató una durísima polémica académica entre los especialistas en islamismo que suelen informar algunas políticas de Estado. Por un lado, Gilles Kepel sostiene que la clave es la introducción del salafismo en las banlieues francesas, un fenómeno de las últimas dos décadas. Con una tesis enfrentada, Olivier Roy plantea que se trata de una islamización de la radicalización y no de una radicalización del islamismo, aunque pone el eje en cuestiones generacionales e individuales antes que sociales. Ante estas dos tendencias, parece ser más acertada la explicación de F. Burgat y otros intelectuales, a los que con cierto desprecio se los llama “tercemundistas”, que ponen el foco en el pasado colonial de Francia en el mundo árabe y musulmán y en su actual política exterior. Ver por ejemplo, C. Daumas, “Olivier Roy et Gilles Kepel, Querelle française sur le jihadisme”, Liberation, 16/04/2016.

[2] La ruptura acordada entre ambas organizaciones se anunció el 28 de julio. Lo primero que se conoció fue un video con declaraciones del segundo líder de Al Qaeda y luego del líder público del actual Frente para la Conquista de Siria, donde precisaba que la ruptura estaba en función de proteger la “jihad” en Siria. Según varios analistas el artífice de este movimiento táctico es Qatar.

[3] Esta es la nueva base ideológica del Partido de Trabajadores del Kurdistán de Turquía y sus organizaciones afines, proclamada por A. Ocälan en 2005. Este nuevo programa inspirado en una suerte de municipalismo libertario ya no busca la constitución de un Estado kurdo sino la realización parcial de la autonomía dentro de las fronteras de los Estados existentes.

[4] M. Fisher, “Syria’s paradox: Why the war only ever seems to get worse”, New York Times, 26/08/2016. En este extenso trabajo, el periodista y exeditor de vox.com analiza diversos estudios académicos y discusiones sobre el carácter y las perspectivas de la guerra civil en Siria; su objetivo es encontrar las razones que hacen de la guerra civil en Siria un conflicto prolongado, extremadamente violento y difícil de resolver.

[5] La amplia mayoría de los más de 1.600 millones de musulmanes son sunitas. Los chiitas son alrededor de 225 millones pero están más concentrados desde el punto de vista geográfico en lo que se conoce como la medialuna chiita que abarca: Irán y sus vecinos próximos: Irak, Afganistán, Pakistán, Azerbaiján y Turquía, donde se concentra el 70% de los chiitas.

[6] El gabinete de Obama ha tenido sucesivas divisiones en torno a la política hacia Siria. En una extensa nota publicada en London Review of Books, el periodista de investigación Seymour Hersh, que tiene la credibilidad de haber denunciado la masacre de My Lai en 1968 y las torturas de la cárcel de Abu Ghraib en Irak, dice que el Pentágono propició un acuerdo militar con Rusia y Assad, llevando adelante de hecho una orientación opuesta a la del gobierno y la CIA, que era armar a los grupos rebeldes, y que eso llevó a la caída del jefe del Estado mayor, el general Martin Dempsey. Ver S. Hersh, “Military to Military”, London Review of Books 1, vol. 38, enero de 2016

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