El impacto de la Revolución rusa en la Argentina

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ENTREVISTA A HERNÁN CAMARERO

Número 41, noviembre 2017.

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Nos encontramos con el historiador Hernán Camarero en la sede del Centro de Estudios Históricos de los Trabajadores y la Izquierda (CEHTI), que dirige, para conversar sobre la reciente publicación de su libro Tiempos Rojos. El impacto de la Revolución rusa en la Argentina (1). Una historia de emigrados, de obreros socialistas, anarquistas y comunistas, pero también de poetas, de pogromos xenófobos y de represiones reaccionarias.

 

IdZ: Hace 100 años la llegada de las noticias sobre la Revolución en Rusia impactaron en los diarios argentinos, ¿por qué la Revolución rusa es recepcionada positivamente primero y luego no?

El libro tiene el propósito de estudiar cómo un proceso histórico tan significativo e importante en la historia de la humanidad como fue la Revolución rusa, que literalmente parió el siglo XX, impactó en la Argentina. Es un diálogo de ida y vuelta entre la realidad que ocurría en Rusia, durante la revolución, y el modo como influenció y fue leído ese proceso en el terreno local. De algún modo la foto doble de la tapa reconstruye esas dos preocupaciones: una refiere al eje fundamental del libro que es la Argentina, es decir, qué pasó aquí con la revolución, y la otra a qué pasó en Rusia. Me sitúo en la ciudad de Buenos Aires de marzo de 1917 (según nuestro calendario gregoriano, y febrero en el calendario juniano que regía en Rusia) con un gobierno de Hipólito Yrigoyen recién iniciado y en una Argentina donde existía un mundo obrero y de las izquierdas muy fuerte. No era la noticia de la revolución en Rusia un fenómeno exógeno que creó una realidad desde afuera en el territorio local, sino que conectó con un fenómeno propio. Las primeras respuestas a la revolución, del gobierno o la gran prensa, inicialmente saludaron la Revolución de Febrero, porque el régimen de los zares era considerado oprobioso, autoritario y represivo. Los grandes diarios, como La Nación, La Prensa o los diarios de las comunidades, como la francesa, o el diario La Vanguardia del Partido Socialista, saludaron la revolución y festejaron la caída del Zar. Pero, con el paso de las semanas y de los meses, comenzaron a mostrar primero confusión, luego inquietud, y mucha dificultad para interpretar lo que estaba ocurriendo. ¿Qué era ese fenómeno llamado soviets? ¿Qué eran? Y también empezaron a registrar la situación de poder dual, o doble poder, o sea de confrontación entre el gobierno formal, el gobierno provisional en el que se empieza a destacar la figura de Kerenski. En el libro repongo cómo La Nación hace apologías de él, y también el diario La Vanguardia, porque la decisión era apoyar al gobierno para que Rusia continúe participando en la guerra. Pero también se observa con preocupación la formación de ese poder alternativo de los soviets y las movilizaciones que ellos describen como anarquía y caos que no hacen más que profundizarse, hasta comenzar a descubrir a un sujeto tremendamente peligroso que son los “maximalistas”. La crisis que se desata en el seno del Partido Socialista ya empieza con el tema de la guerra (y se continúa con la Revolución rusa), e incluso antes de la crisis con el tema de la guerra hay una crisis en el partido porque ha surgido una corriente interna de izquierda, que empiezo a reconstruirla desde el año 1911, que está cuestionando los pilares del proyecto reformista dirigido por Juan B. Justo. Esta corriente juvenil y con base obrera comienza a señalar, desde el año 19121913, críticas al partido por estar demasiado distanciado de las luchas obreras. Estos jóvenes fundan el llamado Comité de Propaganda Gremial que busca ubicar al PS en el seno de la clase obrera. Y empiezan a decir, ya con el periódico Palabra Socialista, que sale en 1912, que el partido está inspirado en las ideas de Eduard Bernstein y está inficionado de ideas revisionistas (retomando los términos del debate ocurrido en 1899-1900). Cuando viene la guerra encuentra ahí un gran motivo: el Partido Socialista no puede quedar imbricado en una movida de las clases dominantes como romper relaciones o eventualmente declararle la guerra a Alemania. La guerra es una guerra interimperialista y la posición del movimiento obrero y el socialismo debe ser luchar contra la guerra. Los mismos jóvenes que cuestionan a Justo son los más receptivos con la Revolución rusa. Una corriente bastante precoz si la miramos globalmente, porque en América Latina no había muchos grupos así. En agosto de 1917 comienzan a sacar un periódico propio que se llama La Internacional, que luego va a ser el diario del Partido Socialista Internacional y del Partido Comunista después, en donde se puede leer claramente “estamos con Lenin y no con Kerenski”, que es una cosa bastante notable para la época. Abusando un poco del concepto de “afinidad electiva” de Weber podemos decir que este grupo tiene esta afinidad con el universo que abre la Revolución rusa. Claramente no tienen todo elaborado; incluso muchos de los que forman esa corriente, y que en enero de 1918 fundan el PSI, no continúan en el comunismo, abandonan el camino y no adoptan la identidad bolchevique. Algunos querían crear un partido socialista de izquierda, revolucionario mas no bolchevique. Como Juan Ferlini, una figura de la que se conoce poco, era un luchador honesto, cuadro del CPG y gran héroe del Congreso de Verdi; junto con Penelón, que es elegido concejal; podría decirse que es la primera representación parlamentaria del protocomunismo en América Latina. Sin embargo luego abandona porque se le cuestionan ciertas posiciones en el campo parlamentario, como que votara algunas medidas junto con el partido de la burguesía. La construcción de una identidad comunista en Argentina fue un proceso complejo, que llevó años, fue azaroso, y es producto de ese realineamiento de fuerzas que provocó en el movimiento obrero y el campo de la izquierda de la revolución. Impacta en las tres culturas del movimiento obrero: el socialismo, el anarquismo y el sindicalismo revolucionario. A partir de 1917 hay un ascenso en las luchas impresionante, que coincide con lo que abre la Revolución rusa en el mundo, son los tiempos rojos a los que quise homenajear en el título del libro. Una ola extraordinaria que impacta en Europa oriental, en Europa occidental: Revolución alemana, Revolución húngara, Bulgaria, Bienio Rojo en Italia, la huelga general en Francia, y llega hasta Estados Unidos y también a América Latina. Tiempos rojos a nivel internacional, pero también tiempos rojos en el escenario local. Se desata una ola de huelgas que dura todo el primer gobierno de Yrigoyen del ‘17 al ‘22 y termina con la derrota de la huelga general de junio del ‘21: las huelgas ferroviarias, las huelgas marítimas, industriales, como la de Taller Vasena, que termina en la conocida Semana Trágica, y las huelgas de Santa Cruz y la Forestal en el norte santafesino. El enemigo, es decir la patronal, la derecha, la Iglesia, el Estado o La Nación, dicen que detrás de cada una de esas huelgas está el peligro maximalista, ahí está el eco de la Revolución rusa: ven lo que pasó en Rusia… “si no frenamos o aplastamos esto corremos el mismo peligro”. Era una exageración porque la relación de fuerzas no daba para eso, pero se agita un fantasma, se denuncia una conspiración judeo-bolchevique: antirrevolución rusa, pero además antisemita. Entre 1902 y 1917 llegan 80.000 rusos, que es una cifra muy grande, que hace que la comunidad de la Iglesia Ortodoxa Rusa en Argentina sea una de las más importantes del mundo. La tercera parte de esos rusos eran judíos, y buena parte de ellos eran obreros con alta calificación, y con una subjetividad militante, en el socialismo, en el anarquismo y en el PC. Muchos tienen participación en la Semana Trágica. Ahí va a surgir la homologación “judío proviene de Rusia, judío que es ruso igual maximalista”. Es ese combo explosivo el que produce cosas tremendas que han ocurrido en Argentina. El diario La Nación debería dar cuenta de sus titulares y notas con contenidos xenofóbicos, antiobreros y con connotaciones antisemitas. La Liga Patriótica Argentina atacaba sedes socialistas, anarquistas y aquellas vinculadas a la comunidad judía.

 

IdZ: Más allá del fantasma, esto tenía que ver con que efectivamente había rusos bolcheviques en Argentina, una vía concreta y material de contacto entre Rusia y Argentina, de los que reconstruís su trayectoria, ¿podrías contarnos?

Tomé cuatro, pero podría haber tomado más, como por ejemplo Simón Radowitzky, que recién llegado mata al jefe de la policía Ramón Falcón, y encima era judío y anarquista. No alguien que se conmueve frente a la Semana Roja de 1909 y por eso hace el atentado, sino un cuadro revolucionario. Yo me detengo en cuatro casos muy interesantes: Mayor Mashevich, Mijail KominAlexandrovsky, Ida Bondareff y Efimovich Yarochevsky. Reconstruyo sus perfiles y puntos en común: todos de origen ruso, judíos, con militancia previa, que escapan de la represión antizarista. Son todos cuadros experimentados que habían participado en la Revolución de 1905 y vinculados al Partido Obrero Socialdemócrata Ruso y militan en la colectividad, sacan periódicos y están ligados a todo un mundo asociativo muy rico. Por supuesto en 1917 se vuelcan al apoyo a la revolución y realizan actos públicos; el primer acto lo hacen en la Plaza Once. Es muy interesante la relación que estos cuadros van a tener con el PSI, luego PC. Es una relación complicada, porque hay desconfianza, son rusos que tienen la mirada más puesta en Petrogrado y Moscú que en lo que pasaba acá, y quieren forzar un poco el proceso. Se terminan llevando en general mal con la dirección argentina de Penelón, Ghioldi, Codovilla y otros. Pero fueron importantes porque eran lo más parecido a un delegado de la Tercera Internacional (que se funda en 1919). En el caso de Mashevich va a estar presente en el II Congreso de la IC. El problema es que además está Alexandrovsky, y entre ellos no se llevaban bien. Este último tenía desconfianza del PSI (PC) porque aspiraba a vincularse con una corriente que es el llamado “anarco-bolchevismo”, proveniente del anarquismo, con simpatía por la Revolución rusa. Penelón, Ghioldi y la Comintern de ningún modo aceptaban a esa corriente, que al final mantuvo sus posicionamientos ácratas. Además de ellos está el caso tan interesante de Félix Weil, hijo de Hermman Weil, uno de los 3 o 4 empresarios más ricos de la Argentina, inmigrante alemán que funda una empresa de comercialización de granos. Nace acá, lo mandan a estudiar a Alemania, donde se radicaliza, se hace marxista y se impacta por la Revolución rusa y el comunismo alemán. Allí conoce a Zinoviev y este lo manda como representante de la III Internacional, le firma una credencial y lo manda a ver qué ve él, ya que entre Mashevich y Alexandrovsky hay informaciones cruzadas. Weil en Argentina va a participar en las reuniones de la dirección argentina, y va a tener  una muy buena relación con ellos. Es un hombre muy rico que ayudó en el proceso de organización del partido, militó durante un poco más de un año, asistió a asambleas obreras, se embebió del clima y escribió un libro, recientemente traducido del alemán, que se llama El movimiento obrero en Argentina. En sus informes a Zinoviev le dice que no confíen en Mashevich y especialmente en Alexandrovsky, que se creen los “Lenin argentinos”. Weil termina finalmente volviendo a Alemania y siendo el impulsor del Instituto de Investigación Social de Frankfurt. Él tenía muy buena relación con teóricos marxistas como Karl Korsch.

 

IdZ: En este rastreo de la identidad comunista en Argentina a partir del impacto de la Revolución rusa hay una discusión de estrategia a la luz de 1917. El caso del Partido Socialista seguía lo que Aricó llamó la ¨hipótesis de Justo¨, ¿qué capacidad de lectura tuvo el socialismo argentino?

Ellos trataron de decodificar lo que estaba ocurriendo con un instrumental inadecuado. Lo que yo encontré leyendo muy detenidamente el diario La Vanguardia y otras publicaciones es que el PS no necesariamente rechaza la idea de revolución, incluso le da legitimidad, dicen que la revolución que empieza en febrero es un movimiento de emancipación, inclusive no se detiene en los hechos de violencia, sino que sabe lo que implica un proceso de transformación radical. Como casi todo el mundo, dicen, ya al otro día de la caída del zar, que esto va a tener la misma envergadura que la Revolución francesa de 1789 y va a abrir una nueva época histórica. A los dos días el PS dice que esto abre una nueva era de la lucha de los pueblos, la lucha democrática y la revolución socialista, a la que entienden como una era de transformaciones graduales. Es interesante porque en un partido que es fundamentalmente reformista no está anulada completamente la dimensión de la revolución, solo que es una revolución que está muy lejos de ser vista como un golpe de mano, sino que es un movimiento en el que participa toda la sociedad, están muy lejos de pensar una revolución hecha por una vanguardia (este concepto está completamente ausente). Y con esa lectura acometen el desafío de entender quién es Lenin y los maximalistas. A “Lenine”, al que escriben como los franceses, se lo presenta como un agitador, ya para el mes de agosto, luego de haber dejado correr la idea de que es un agente alemán, dicen que Lenin ha abandonado el programa socialista y sigue las ideas de Bakunin. O sea que para ellos Lenin está sosteniendo un programa anarquista porque quiere instalar la Comuna revolucionaria y propiciando el derrocamiento de un gobierno al que los socialistas apoyan. Kerenski representa la etapa que debe desenvolver Rusia de consolidación de una república democrática. Aunque muestran impaciencia por la falta de logros que esta etapa tiene, no hay Asamblea Constituyente, no se distribuye la tierra, no se atiende a los reclamos obreros. Inclusive no combaten necesariamente a los soviets, al contrario dicen que los soviets son muy buenos porque son como un parlamento que canaliza los intereses y los deseos de la clase obrera y los trabajadores, pero que su rol debe ser respaldar al gobierno provisional y complementarlo. Lo que sí está muy claro es que están en contra de la idea de poder dual o doble poder como una contraposición de dos poderes. Y la Revolución de Octubre los sorprende, como sorprende a todo el mundo, y su lectura es azorada, diciendo que llegan noticias increíbles de que los agitadores Lenin y Trotsky han hecho un golpe de estado. Un golpe protagonizado por una secta que se ha separado del campo de la izquierda y que ha tomado el poder a nombre y cuenta de su propia fracción, en contra de los deseos de la clase trabajadora y de los propios soviets. Ese golpe de estado es una aventura y no va a durar. Por eso incluso dan informaciones falsas; desde La Vanguardia a La Nación dan información completamente erróneas como que Kerenski ya logró entrar a Petrogrado y logró desfilar por la avenida Nevski, que es algo que nunca ocurrió.  La Vanguardia llegó a decir que los bolcheviques se habían recluido en el Smolny y que en cuestión de horas caería el gobierno. Recién a los 15 días empiezan a reconocer que el gobierno se había consolidado. A la distancia, en 1919, ellos dirán que ahora podemos afirmar que en Rusia se está ensayando una dictadura, que los bolcheviques llaman “dictadura del proletariado”, pero que no es más que una dictadura y nosotros estamos por la causa de la democracia. Uno lee prístinamente los mismos argumentos que pueden encontrar en la historiografía liberal actual, como puede ser Robert Service, Richard Pipes u Orlando Figes: la idea de que se trató de un mero golpe de mano de una minoría sin ningún tipo de vinculación con el movimiento social. Es una lectura muy superficial, porque si hubieran sido una minoría no se entendería lo que ocurre después, que es una revolución que trastoca todo, y que puede sostener la destrucción de un orden y la construcción de un orden social nuevo, y en el contexto de una guerra. Que afecta al orden social, político, cultural, intelectual, familiar, de la relación entre los sexos, demográfico, entre otros. Un proceso con una gran potencia emancipatoria que queda totalmente vedado y olvidado en esta historiografía liberal. La Revolución rusa genera un mundo de simpatía entre los trabajadores y en parte de la intelectualidad. El joven Borges hasta 1921 tenía poemas de su periodo ultraísta, tanto en España, como ya en Buenos Aires, donde publica en la revista Quasimodo, que es libertaria una serie de poemas como “Rusia”, “Guardia Roja”, “Gesta maximalista”, que él pensaba incluir en un libro que iba a titular Los Salmos Rojos, que finalmente nunca publicó. Pro-revolución, pero no necesariamente pro-bolchevique, va a ser una identificación muy común en la época. Algunos confiaban que la revolución iba a ordenarse de manera afín a sus planteos, como los anarquistas que la apoyaban, aun estando en contra de la dictadura del proletariado. Los “anarco-bolcheviques”, que estudió bien Andreas Doeswijk, van a sostener el apoyo al proceso en Rusia, a pesar de las posiciones que toman los bolcheviques. El libro intenta ofrecer un panorama global de los tiempos rojos que se dan en el primer lustro del ‘17 al ‘22, porque en la Argentina hay un cambio de época, hay una derrota y estabilización capitalista. Y a la vez en Rusia el momento emancipatorio inicial se detiene y triunfa una burocracia en el partido, en el Estado y el ejército, que conforma el Thermidor contrarrevolucionario que acaba en estos tiempos rojos.

 

Entrevistó: Gastón Gutiérrez.

 

  1. Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 2017. Publicamos extractos de la entrevista; la publicación del video completo está disponible en La Izquierda Diario.

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