El golpe dentro del golpe

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CRISIS POLÍTICA EN BRASIL

 

DANIEL MATOS

Número 38, junio 2017.

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Cuando el crecimiento económico del gobierno de Lula estaba en auge, la revista The Economist puso en su tapa la icónica estatua del Cristo Redentor de Río de Janeiro como un cohete que despegaba rumbo al cielo, mostrando la proyección internacional que ganaban las “translatinas” o “global players” brasileños: las grandes multinacionales, cuyo control mayoritario sigue en manos del capital nativo a pesar de la asociación con el extranjero y que compiten en condiciones de igualdad con las empresas imperialistas en el mercado mundial. Algunos de estos denominados “campeones nacionales” tienen hoy a sus dueños o ejecutivos encarcelados por la operación “anticorrupción” denominada “Lava Jato”1.

La función estratégica de la operación “Lava Jato” es abrir el camino para que los monopolios imperialistas puedan avanzar sobre sus competidoras translatinas, reconfigurando la relación entre el Estado brasileño y las empresas privadas y, a la vez, crear un nuevo régimen político con legitimidad suficiente para implementar reformas estructurales que transfieran una mayor cantidad de renta de la población trabajadora al capital.

Para recomponer las inversiones extranjeras y llenar las arcas públicas a repartir entre los capitalistas, el gobierno golpista de Temer ha intentado implementar un ajuste fiscal draconiano que desfinancia programas públicos esenciales, así como reformas neoliberales más reaccionarias que aquellas implementadas en los años 1990. En el marco de una crisis económica que ya acumula una caída de 8 % del PIB, y un aumento rápido y masivo de la desocupación con más de 15 millones de desempleados (15 % de la población económicamente activa), el accionar del gobierno golpista ha forzado una creciente polarización política y social.

Por un lado, fortaleció a una extrema derecha representada por el diputado Jair Bolsonaro2, que cuenta con un 16 % de intención de voto en ascenso y múltiples lazos con la Policía y las Fuerzas Armadas; una derecha fascistizante que defiende abiertamente la dictadura militar. Por otro lado, ha fortalecido a los sindicatos y los movimientos sociales que se opusieron al golpe, y ahora se oponen a las reformas neoliberales en curso, lo que es capitalizado políticamente por el expresidente Lula, quien cuenta con más del 30 % de intención de voto y crece.

La manifestación en Brasilia contra la aprobación de la ley que imponía un techo de gastos presupuestarios en noviembre del año pasado, los paros nacionales del 15 de marzo y el 28 de abril, y la marcha que transformó Brasilia en una “zona de guerra” el último 24 de mayo expresan la continuidad de un movimiento de masas que resiste las reformas neoliberales que intentan implementar en el Congreso, con la entrada de la clase trabajadora y los sindicatos en la escena política con sus propios métodos de lucha, como no se veía desde los años 1980.

El golpe dentro del golpe tiene como objetivo evitar la escalada de la polarización política y social para seguir avanzando en términos pacíficos en el intento de imponer una relación de fuerzas sociales más a la derecha y moldear un nuevo patrón de acumulación capitalista más subordinado al imperialismo.

 

El enésimo intento fallido de crear una “burguesía nacional” con mayor autonomía

El neoliberalismo de Fernando Henrique Cardoso en los años 1990, a pesar de haber provocado una relativa desindustrialización, sentó las bases para la formación de los “campeones nacionales”, con la ayuda de los bancos públicos, las ventajas otorgadas en las privatizaciones y la prestación de servicios a las empresas que siguieron en manos del Estado.

El PT, que surgió como expresión política del gran ascenso de huelgas contra la dictadura a fines de los años ‘70 y a lo largo de los ‘80, en lugar de luchar para derribar la dictadura y resistir las reformas neoliberales con los métodos de la lucha de clases, se constituyó como “pata izquierda” del régimen democrático burgués, usando su peso en la clase obrera para emerger como negociador de un neoliberalismo con rostro más humano3.

Apoyándose en el excepcional ciclo de crecimiento económico mundial asociado a la burbuja inmobiliaria norteamericana y en el boom de las commodities ligado a la expansión china, el gobierno de Lula (en sociedad con el Partido de Movimiento Democrático Brasileño, PMDB, del que es miembro Temer), se desplegó el proyecto de país basado en los global players emergentes brasileños sobre las bases creadas por el Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB). Lo logró mediante la expansión del trabajo precario, el consumo basado en el crédito barato y el clientelismo estatal motorizado por el plan social conocido como Bolsa Familia, estableciendo una sinergia entre el acenso exportador y la dinamización del mercado interno.

Sobre esas bases se da la paradoja en la que sectores monopólicos de la burguesía brasilera emergían con cierto grado de “autonomía” relativa para regatear mejores condiciones de asociación con el capital extranjero, al mismo tiempo en que Brasil atravesaba la mayor penetración de capital imperialista de toda su historia.

Todo ese castillo de naipes empieza a desmoronarse con la mayor crisis económica mundial desde la segunda posguerra. La abundancia de crédito se transforma en abundancia de deuda, las promesas de mejoría gradual y a largo plazo de las condiciones de vida dan lugar a ajustes y reformas reaccionarias.

El trabajo precario cede espacio al desempleo, los representados no se identifican con los representantes. Los sectores medios de la sociedad expresan su descontento en forma más o menos activa. Todo esto genera el caldo de cultivo para una larga “crisis orgánica” (tomando el concepto de Antonio Gramsci, también entendido como “crisis de hegemonía”), en la cual las clases dominantes fracasan en la “gran empresa” que se habían propuesto (y que les había permitido conquistar “consenso” social) luego de la dictadura militar y la ofensiva neoliberal, sin que todavía haya surgido un nuevo proyecto de país que pueda reemplazarla. Perspectiva que se hace aún más difícil con la continuidad de la crisis económica mundial y las incertidumbres de la nueva administración estadounidense de Donald Trump.

 

Un momento de vacío de gobierno y la apertura de una coyuntura prerrevolucionaria

La principal contradicción del “Partido Judicial” es que tiene poder suficiente para destruir el “viejo orden”, pero aún no para construir uno nuevo. Para eso necesita la subordinación del personal político de los partidos existentes o la constitución de un nuevo sistema de partidos.

La pugna entre un Poder Judicial con rasgos cada vez más autoritarios (bonapartistas) y el instinto de autopreservación de las fuerzas del “antiguo régimen” experimenta una nueva escalada con la crisis actual. Los aspectos aventureros del golpe dentro del golpe residen sobre todo en la ausencia de un acuerdo previo al “Lava Jato”, al menos con una parte de las fuerzas del viejo régimen para forzar la renuncia de Temer.

El PSDB y el DEM (Demócratas), en discusión con sectores del PMDB y la anuencia de los principales referentes del PT (a pesar de su discurso público en defensa de las elecciones directas), intentan por todas las vías encontrar un nombre que pueda suceder a Temer a través de elecciones indirectas en el Congreso, forzando su renuncia a partir del desembarque unificado de la mayoría de la base aliada del gobierno o forzándola con la ayuda del “Partido Judicial”.

Además de su deseo de no ir preso, la inexistencia de un nombre alternativo, que congregue un mínimo de consenso y tenga fuerza para continuar las reformas, es el punto de apoyo central que todavía tiene Temer para mantenerse en el cargo. A esa incapacidad se suman los intereses comunes de otras fuerzas del “viejo régimen” de autopreservarse de la operación “Lava Jato”.

Al ser inviable la continuidad del gobierno de Temer sin que haya surgido una alternativa, se establece un momento de vacío de gobierno en los hechos. La combinación entre la acción aventurera de la operación “Lava Jato”, la negativa de Temer a renunciar, el fortalecimiento de sectores de extrema derecha, la ofensiva de ajustes y reformas reaccionarias, la persistencia de un movimiento de masas que resiste y la incipiente politización de las Fuerzas Armadas, configuran una coyuntura prerrevolucionaria.

Frente a ese recrudecimiento de las disputas entre los distintos sectores dominantes, el principal componente que impide el desarrollo de las tendencias revolucionarias en medio de la crisis es el control que el PT todavía ejerce sobre los sindicatos y movimientos sociales, bloqueando las tendencias espontáneas del movimiento de masas. Esa es la gran traba que los trabajadores deben superar para que se desarrollen acciones históricas independientes del movimiento obrero y de los explotados, configurando una situación prerrevolucionaria o revolucionaria más abierta.

El otro factor coyuntural es la relativa pasividad de las clases medias, aunque se perciba un empeoramiento cualitativo de sus condiciones de vida. Su pauperización todavía no llega a niveles agobiantes como los que vivió la Argentina en 2001, que llegó al 25 % de desocupación, cuando las clases medias salieron a golpear la puerta de los bancos reclamando sus ahorros confiscados.

Por detrás de las jugadas palaciegas las clases medias que derribaron a Dilma, a pesar de su descontento con Temer y en particular con los efectos de la reforma jubilatoria en sus propias filas, no salieron a las calles porque temen que un agravamiento de la inestabilidad política del país pueda empeorar aún más las condiciones económicas y terminar con el retorno de Lula. A su vez, la base social más amplia del PT, aunque quiera la cabeza de Temer, percibe el olor a podrido de una movilización que sirve a los intereses del canal de televisión Rede Globo (pro Temer) y de la operación “Lava Jato”.

La relativa pasividad de las clases medias ante a la crisis es lo que todavía da un margen de maniobra al régimen para buscar un gobierno mínimamente estable –que pueda intentar retomar con alguna legitimidad la agenda de reformas y ajustes–, y hacer retroceder la “escalada a los extremos” que prima en la coyuntura, cerrando su carácter prerrevolucionario.

Sin embargo, en un país que vivió jornadas espontáneas masivas como las de junio de 2013, innumerables manifestaciones de derecha y de izquierda con centenares de miles de personas en las calles de todo el país en los últimos años y dos paros nacionales en 2017, está planteada también la posibilidad de que las clases medias se dividan y se radicalicen, y que tanto el movimiento obrero como las bases fascistas del diputado Bolsonaro hagan pesar en mayor medida su impronta en el escenario nacional.

 

Huelga general para echar a Temer e imponer una Asamblea Constituyente que anule las reformas y haga que los capitalistas paguen la crisis

A pesar de que los paros nacionales del 15 de marzo y del 28 de abril hayan extendido entre amplias masas el sentimiento de que con la fuerza de la movilización independiente es posible frenar los ataques, el PT y la Central Única de Trabajadores (CUT) y demás centrales sindicales, se negaron durante todo un mes a convocar un nuevo paro nacional. Se limitaron a organizar una marcha a Brasilia, a sabiendas de que por mayor que sea no tendría la fuerza necesaria para derribar a Temer y el Congreso corrupto y ajustador. Recién 10 días después de escalada de la crisis con el intento de golpe dentro del golpe, las centrales convocaron un nuevo paro nacional para la última semana de junio. Sin embargo, como sucedió en la preparación de los paros anteriores, si dependiera de las direcciones sindicales y del PT, no será un paro activo organizado desde las bases sino controlado para que no se despliegue la espontaneidad y la combatividad obrera. Se negarán a preparar en asambleas de base una huelga general con piquetes masivos en los servicios estratégicos y en las concentraciones industriales más importantes para superar lo que fue el 28A. No quieren una huelga general política sostenida con comités de autodefensa hasta que caiga Temer o el gobierno golpista que lo suceda, y que anule definitivamente todas las reformas.

Ante a la crisis abierta con el nuevo intento de golpe de la operación “Lava Jato” contra Temer, Lula, Dilma y los gobernadores del PT buscan canales de diálogo con Fernando Henrique Cardozo y el PSDB para alcanzar algún pacto de elección indirecta (este no sería el primer apoyo, a comienzos de año Lula alentó a la bancada del PT a apoyar al candidato del gobierno golpista para presidir el Congreso). Inician así negociaciones reaccionarias de gobernabilidad a espaldas del pueblo, negando incluso el derecho democrático más elemental del sufragio universal. La combinación entre esa actitud de la cúpula del PT –coherente con los años de gobierno petista– y la estrategia de la CUT –convocando medidas controladas burocráticamente para negociar una “reforma posible”– muestra cómo la política de [elecciones] “Directas Ya” y la lucha contra las reformas, no son un plan de lucha serio para el PT sino parte de su campaña electoral para 2018, o una alternativa a acordar con los viejos partidos del régimen un nuevo gobierno mediante elecciones indirectas.

Una política revolucionaria consecuente exige pelear para que emerjan comités de base para luchar contra las reformas en los lugares de trabajo y de estudio, impulsando la autoorganización para que miles de trabajadores, trabajadoras y jóvenes puedan tomar la lucha en sus propias manos, preparar piquetes y comités de autodefensa para que la huelga pueda triunfar. Demanda participar de los actos convocados por el Frente Pueblo Sin Miedo (CUT, sindicatos, movimientos sin techo y sin tierra) contra las reformas y por “Fuera Temer”, pero como un ala que defienda una política para el desarrollo de la movilización independiente de las masas. Denunciar las maniobras del PT y de la CUT para dejar en un segundo plano el eje de lucha contra las reformas y desmoralizar la movilización con acciones parciales, dispersas y mal preparadas, sin poner los métodos de la clase trabajadora en el centro de la pelea. Alertar que las [elecciones] “Directas Ya” pueden servir solamente para cambiar el actual personal político por otro más legítimo para implementar los ataques. Y defender la lucha por una nueva Asamblea Constituyente que anule todas las reformas ya implementadas y en curso, que ataque la corrupción de raíz y ponga en el centro las demandas obreras y populares, con un programa para que la crisis la paguen los capitalistas.

A nuestra modesta escala, es la pelea que viene dando el Movimiento Revolucionario de Trabajadores (MRT, organización de la Fracción Trotskista por la Cuarta Internacional en Brasil), llegando a centenas de miles de lectores y lectoras a través de Esquerda Diário (parte de la Red Internacional de La Izquierda Diario) y bregando desde la central sindical opositora Conlutas por construir un polo alternativo a la burocracia en el movimiento sindical, con la convicción de que esta lucha permitirá que los trabajadores y el pueblo pobre hagan la experiencia con los mecanismos de la democracia para ricos y asuman la necesidad de luchar por un gobierno de los trabajadores en ruptura con el capitalismo. Este artículo está basado en la declaración de la Fracción Trotskista por la Cuarta Internacional (FT-CI) sobre la crisis abierta en Brasil, publicada el 30/05/2017.

 

  1. Como se conoce la investigación del esquema de corrupción y lavado de dinero, que salpica a políticos y funcionarios públicos.
  2. Miembro del Partido Social Cristiano, se hizo conocido cuando dedicó su voto a favor del impeachment de Dilma Rousseff a un coronel torturador de la dictadura, durante la cual estuvo detenida la expresidenta.
  3. Ver esta misma revista, “El PT, el neoliberalismo y el régimen brasileño”.

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