“El feminismo y el socialismo son rebelión”

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ENTREVISTA A ANA DE MIGUEL Y ANDREA D’ATRI

 

Número 29, mayo 2016.

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Luego de la conferencia “Sexualidades, géneros y neoliberalismo”, realizada en Buenos Aires en abril de este año, conversamos con la feminista española Ana de Miguel y la fundadora de la agrupación Pan y Rosas, Andrea D’Atri. En el diálogo convergieron varios de los debates que siguen siendo clave en la relación entre feminismo y marxismo, y la perspectiva que une la lucha por la liberación femenina y el socialismo.

 

IdZ: Una de las ideas centrales de tu libro, Ana, es que la libre elección es un mito en las sociedades formalmente igualitarias, ¿en qué se basa ese mito?

Ana de Miguel: Se basa en que asume parte de una verdad que roza el propio sentido de la vida humana y la convierte en “libertad de mercado y libertad para venderse”. El feminismo y el socialismo han luchado por el derecho a la individualidad, por no vivir bajo relaciones de dominación, por poder elegir aunque nos equivoquemos. Pero justo para conseguir esto necesitamos un marco que regule –o impida directamente– las supuestas libres elecciones entre personas que parten de una desigualdad extrema. Poniéndolo en términos económicos se entiende mejor. ¿Qué pasa si yo digo que estoy en contra del salario mínimo porque “viola la libre elección de salario”? Si yo quiero trabajar por 1 euro la hora… ¿Quién eres tú prepotente feminista o prepotente socialista para negar mi derecho a hacer lo que me dé la p*** gana con mi cuerpo?, ¿mi derecho a trabajar 8 horas por 1 euro? ¿A que así no suena tan bien lo de la “libre elección” y preferimos un Estado que regule por ley el salario mínimo, en muchos más euros la hora? Pues esto es parte del mito: que solo nos quieren garantizar la parte de “libre elección” para vendernos o para hacer “libremente” lo que manda la normativa de género. Y se legitiman confundiéndolo con un lenguaje cercano a las luchas históricas por la igualdad y la libertad. En el feminismo, en concreto, mezclan el legítimo derecho a decidir sobre si se es madre o no y en qué momento de la vida, con el derecho a “mi cuerpo” como si fuera una propiedad privada más, una mercancía más de la que resulto ser la titular. Y tratan de legitimar así la sexualización de las jóvenes, la prostitución de mujeres y los vientres de alquiler.

Andrea D’Atri: Hay un artículo muy interesante de Verónica León Burch, donde se pregunta cómo volver a hacer del feminismo un proyecto emancipador, donde señala esto mismo del slogan “Mi cuerpo es mío”, y que yo mencioné en la conferencia que tuvimos con Ana en Buenos Aires. Es una metáfora que funciona muy distinto a lo que se pretende si se enuncia en el marco del neoliberalismo y la ideología de que somos responsables de todo lo que nos sucede, enalteciendo al individuo y su autocontrol y ocultando que esta igualdad de los individuos donde la diferencia la hace el propio esfuerzo, surge de relaciones estructurales de desigualdad. Como dice esta autora, esa frase refuerza la idea de que el cuerpo es una cosa –justamente en una sociedad que cosifica a las mujeres–; establece que tenemos un cuerpo, no que lo somos, es decir que refuerza también la idea de la propiedad. Y claro está que cuando uno es propietario de algo, puede hacer lo que quiera con su propiedad, empezando por las transacciones comerciales. Lo mismo que los capitalistas dispuestos a privatizar, comprar y vender, incluso hasta lo que creíamos incapaz de ser mercantilizado, como el agua, el aire y otros seres humanos. Pero lo más perverso de este discurso de la libre elección es que si mi cuerpo es mío, puedo cuestionarme si soy responsable y hasta dónde de lo que le suceda a él, ¿soy responsable incluso de que ese cuerpo sea o no sea violentado?

 

 

IdZ: En el debate que realizamos en Buenos Aires, Ana señaló que existe una necesariedad del patriarcado, que no pervive casualmente en las democracias capitalistas sino que es una existencia necesaria, ¿cómo ven ambas esa relación?

AdM: Lo primero, pienso que el patriarcado es un sistema de dominación que se ha relacionado muy bien con todos los sistemas económicos. Incluso con los que se han denominado comunistas y socialistas. Pero la realidad es que en el capitalismo actual, globalizado y cada vez más prepotente, sin casi límites, la idea clave es que los nuevos seres humanos interioricen que “todo se puede comprar y vender”, que eso es la “libertad”. Y la compraventa de los cuerpos de las mujeres, en trozos o en pieza completa ha estado y está tan legitimada a lo largo de la historia que funciona como un fuerte elemento de interiorización del mensaje. Es lo que les llega a las chicas jóvenes: “Véndete bien, pero no ya tu curriculum vitae, tu experiencia, sino tu propio cuerpo, ¿por qué no? Bien tonta serías si no lo hicieras… anda, no seas antigua o puritana”… hasta se escribe sobre “el capital erótico”. Solo deseo que a las y los profesores de universidad y otros profesionales que defienden estas ideas desde sus privilegiados puestos de trabajo, la vida les conceda la oportunidad de tener que prostituirse en una esquina o tras un escaparate… para verificar sus propias posiciones teóricas. Qué bonito es poder verificar el conocimiento teórico.

AD: Contrariamente a las ideas que quiso imponer el estalinismo, que el socialismo ya estaba realizado en sus nueve décimas partes con la toma del poder en un Estado, el trotskismo sostiene las Tesis de la Revolución Permanente, precisamente porque considera –entre otras cosas– que subsisten problemas económicos, políticos, sociales y culturales que no se pueden resolver mecánicamente y que incluyen, entre otros, las relaciones entre varones y mujeres. Particularmente Trotsky fue quien denunció la situación de las mujeres en la Unión Soviética en su reconocido trabajo titulado La revolución traicionada, donde señalaba la persistencia del trabajo doméstico y la prohibición del derecho al aborto que se había conquistado en 1918, como algunos elementos que demostraban el retroceso de la revolución bajo la reacción estalinista. Lo que quiero decir es que no es mecánica la eliminación de la opresión patriarcal que data de milenios, con la revolución socialista. Pero que ningún Estado, ningún régimen político puede denominarse socialista si, al menos, no combate conscientemente contra todas las tradiciones patriarcales, fomentando la liberación de la mujer, sentando las bases materiales para su efectiva emancipación. El capitalismo no puede abolir completamente las cadenas que oprimen a las mujeres porque si bien necesitó aflojar algunos de sus más pesados eslabones para disponer de la fuerza de trabajo de las mujeres en la producción, también necesita seguir sosteniendo el trabajo gratuito de las mujeres en los hogares para garantizar la reproducción de la masa de trabajadoras y trabajadores, abaratando además, el precio de la fuerza de trabajo en su conjunto.

 

IdZ: Ana, en el mismo debate destacabas a Karl Marx y Federico Engels y decías que habían hecho un aporte como feministas, aunque eran varones. Y a propósito del debate abierto, decías que feminismo y socialismo van unidos. ¿A qué te referías?

AdM: El feminismo y el socialismo conciben el patriarcado y el capitalismo como estructuras de poder que casi determinan la vida de las personas. Y de forma injusta. Lo quieran o no unas personas –de clases y géneros concretos– nacen, crecen y enferman (por así decirlo) con muchos privilegios. Y los privilegios solo se obtienen a costa de que otros, muchos en general, contribuyan con sus propias manos y vidas a cultivar los bienes que los otros reciben, a menudo sin reciprocidad: más dinero, más formación, más tiempo libre, más cuidados, incluso más amor, como ya denunciara la gran feminista marxista Alejandra Kollontai… Hay privilegios de clase, y los hay de género, en el sentido casi del diccionario, de “exención de una carga”: no hago nada del trabajo doméstico pero “me” tienen la casa como un sol, no cocino pero en mi casa se come de maravilla, no me despiden cuando tengo un hijo (de hecho ni falto al trabajo y allí lo celebro), no cuido a mi madre anciana, la cuidan mis hermanas… pregúntate ¿quién y por qué está asumiendo “tu carga”?… Y podríamos seguir así hasta revelar una estructura social más injusta y desigual de lo que imaginamos. El socialismo es rebelión frente a las injusticias y la lucha por un mundo en que todo, todo esté mejor repartido. También los cuidados, que humanizan mucho cuando son compartidos pero se transforman en una carga que puede llegar a aplastar cuando recaen sobre una sola persona, por obligación…

 

IdZ: Volviendo al tema de la libre elección, en un contexto de crecimiento de la violencia, vemos como contracara de ese “mito”, un aumento de la victimización de las mujeres (se nos presenta solo como víctimas pasibles de ser protegidas y nunca como sujetos).

AdM: Bueno, yo no veo que ser víctima y ser sujeto sean conceptos contradictorios. Creo que esa disyuntiva es algo falsa y procede, en parte, de la visión posmoderna de la realidad, que cree que con jugar con las palabras y las representaciones en los medios podemos alterar estructuras de poder. El patriarcado, el capitalismo, las guerras… Millones de personas están siendo “víctimas” de la deshumanización que provoca esta organización de nuestro mundo. También la naturaleza está siendo “víctima” de la rapiña y la ambición… Para mí víctima no es sinónimo de no-sujeto. Al contrario, solo cuando eres sujeto, cuando puedes hablar denuncias un sistema de poder, elevas la voz para decir que esto no es una broma y que hay “víctimas” y que justamente no quieres serlo más. Las mujeres que no querían el voto en el siglo diecinueve no se consideraban “víctimas” del patriarcado: simplemente pensaban que las cosas eran como debían ser… Por otro lado, ¿se está dando una imagen victimista de las mujeres por denunciar machaconamente el papel de una violencia que es estructural en nuestras vidas? Es posible plantearlo y discutirlo, como se está haciendo. Tiendo a pensar que no. Porque no solo denunciamos las injusticias, también estamos implicadas en rescatar nuestra genealogía, a todas las mujeres que han hecho tantas cosas y has sido sepultadas por la historia. Y, sobre todo, implicadas en transformar la realidad. Pero, la verdad, si hay un sistema de dominación hay que reconocer que necesariamente se apoya también en la fuerza, la coacción y el miedo… y del miedo, de alguna manera, como tan bien teorizó Susan Brownmiller cuando trató de explicar la cultura de la violación sexual, son-somos “víctimas” todas las mujeres. Si una mujer quiere decir “Yo no tengo miedo”, pues me alegro por ella, que lo diga, pero es como si se estuviera tratando el tema de los bajos salarios de las mujeres y una se levanta y grita “Yo no tengo salario bajo”. Pues nos alegramos, pero aquí estamos para analizar estructuras, no posiciones individuales. “Lo personal es político” no quiere decir que todas tus experiencias sean generalizables. Ahora bien, si se quiere se puede elegir otra palabra que no tenga connotaciones de “ser pasivas”. Pero que no se trate de maquillar o esconder la realidad.

AD: Creo que conviven dos grandes sentidos comunes sobre la situación de las mujeres. Por un lado, el de que vivimos en una sociedad donde ya hemos conquistado todos los derechos a la igualdad y entonces, lo que predomina es esta libre elección de la que habla Ana, es decir, yo puedo elegir quién ser, qué hacer, etc. Esta visión lleva a un sobredimensionamiento de los temas vinculados al cuerpo, el deseo, etc. y creo que Ana lo muestra bien en su libro. Es decir, es una visión teñida de la ideología del individualismo liberal burgués, donde no existen el Estado, ni las clases, ni nada. Por otro lado, en un sentido aparentemente opuesto, esta visión coexiste con la de las mujeres representadas solo como víctimas impotentes, que deben apelar a un tutor –en la mayoría de las ocasiones, el Estado– porque son inermes para enfrentar las condiciones de su opresión. Ambas visiones hacen un borramiento de que además de las mujeres, existe el movimiento de mujeres, es decir, que hubo mujeres que como colectivo, lucharon para conquistar los grados de igualdad o libertad de los que hoy gozamos. Y que esos derechos democráticos elementales no fueron concesiones de las democracias capitalistas, sino conquistas de la lucha, de la pelea, de la movilización y de relaciones de fuerza establecidas en diferentes momentos de la lucha de clases. Por eso, entre otras cosas, no son eternos ni inamovibles, sino todo lo contrario. En tiempos de radicalización, las mujeres hemos avanzado; en tiempos de reacción, hemos retrocedido.

 

Entrevistó: Celeste Murillo

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