El fantasma de Maquiavelo

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EMMANUEL BAROT

Número 8, abril 2014.

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 “La voz de Maquiavelo no ha tenido eco”.

Hegel, La constitución de Alemania, 1802.

En 2013 se cumplieron los 500 años de El Príncipe de Maquiavelo, y sin embargo su fantasma todavía ronda. Tras el lejano rastro de las listas negras de la Iglesia católica, aún domina la vulgar interpretación “maquiavélica” de una justificación inmoral y brutal de la Razón de Estado.

Defendiéndola o condenándola, las recepciones de Maquiavelo pura y simplemente de derecha (de Tocqueville a Strauss o Aron) tienen en común rebajar la relación Príncipe-pueblo a una relación descendente de pastor a rebaño. Al contrario, para las tradiciones republicanas (siguiendo a Rousseau o Spinoza) o emparentadas con ella (Fichte, Hegel), él suministró armas fundamentales a los pueblos para la conquista de su libertad, contra la arbitrariedad de los príncipes, y teorizó sobre las condiciones de la unidad estatal por las que un pueblo se convierte en nación. Pero desde Gramsci, que toma la medida de esta doble interpretación para superarla, también ha suscitado usos variados en la constelación marxista, de Lefort a Althusser, pasando por Negri. Mientras que hoy revueltas, revoluciones populares y lucha de clases vuelven a irrumpir en la escena de la historia, las lecciones de este “solitario” (según Althusser) merecen ser interpretadas y encontrar su lugar en el marxismo estratégico que necesitan los proletarios para no volver a cometer los errores de las últimas décadas.

 

I. El pueblo-plebe contra los grandes: figuras monárquica y republicana del Príncipe

En su visión más conocida del tablero triangular formado por los pueblos, los Grandes y los Príncipes, Maquiavelo opone la “plebe” de los no-nobles, a los “grandes”, aristócratas y terratenientes, calificándolos de “humores” propios de toda sociedad, de “deseos”, irreconciliables e insuperables a la vez, como si su antagonismo fuera natural y necesario. Al deseo de poseer y mandar, por lo tanto, de oprimir en los grandes1, se opone el de no ser oprimido en el pueblo2, cualitativamente “más honesto” que el de los grandes. El Príncipe siempre debe ser el aliado, “el amigo” del pueblo (por otra parte, un pueblo habituado a vivir libre no tolera por mucho tiempo que se lo someta), aún cuando debe manejar las susceptibilidades de los nobles. En esta estructura naturalizada, el ciclo histórico de los regímenes3, entonces, solo expresa una alternancia sin fin del orden y del desorden4. Este conflicto de “humores” es portador de progreso institucional hasta cierto punto, porque es el juego permanente de dos contra-poderes. Pero superado el umbral progresista, induce a guerras civiles y caos. El Príncipe, si tiene la excelencia de la “virtù”, y a la vez discernimiento estratégico, sentido del “kairos” (momento oportuno, ocasión proporcionada por la “fortuna”, las circunstancias), interés en la cosa pública, y poderío material de imponer su voluntad, es entonces el médico que previene o erradica las enfermedades y detiene este conflicto. Árbitro por encima de la pelea, tan necesario e irreductible como los otros dos polos, es el tercero que disciplina, la autoridad universal que domina sus particularismos.

Pero como el poder solo es tiránico por necesidad, Maquiavelo defiende la constitución mixta5, compromiso reformista por excelencia en el que cada fracción del “cuerpo” social supuestamente ve preservados sus intereses contra los excesos de los demás6. Incluso los tribunos de la República romana, instaurados por la presión de la plebe contra los patricios, no escapan a esta configuración en la que el Príncipe se contenta con expresar y canalizar el antagonismo social, quedando en última instancia detrás de los dominantes. Aquí la plebe no es realmente demos, necesita la autoridad de un Príncipe distinto de ella para evitar la anarquía, encarnando este el Estado de clases (y sus élites), cuya necesaria destrucción teorizara Lenin, después de Marx.

 

Fortuna/virtù, revolución/contrarrevolución y “gobierno popular”

De entrada Maquiavelo pone en tensión este dispositivo con la teoría muy moderna de la revolución y la contrarrevolución que inaugura simultáneamente en El Príncipe. Se trata de “aventurarse a introducir nuevas instituciones7 y hacer la historia, proceso radical que exige a los nuevos Príncipes “imitar” la “virtù” de los héroes antiguos: así Teseo para Atenas, Rómulo para Roma, o incluso Moisés como jefe político-militar. Ya sea asegurar la unidad y conquistar la libertad de un pueblo antes sometido o quebrado, o hacer posible el crecimiento de un nuevo pueblo, la empresa es propiamente revolucionaria porque debe renovar todo8. Esto implica estar solo9: los caminos intermedios, más o menos tibios, horrorizan a Maquiavelo porque fracasan, y la multiplicidad de los centros de decisiones es incompatible con la eficacia que se aspira. Unidad de la voluntad en la acción: del individuo al partido comunista como príncipe moderno10, de aquí parte la lectura gramsciana, atravesada por la referencia al jacobinismo. Y todo esto pone al arte de la guerra en el centro de la revolución, leitmotiv de Maquiavelo, las buenas leyes dependen de las buenas armas11, y recíprocamente: vanidad tanto de los profetas desarmados como de los tiranos.

El florentino prosigue en varios lugares con la idea de que si la fortuna juega contra el Príncipe, generalmente no hace más que insistir sobre sus propios errores. La “fortuna” es una mezcla de condiciones estructurales objetivas y circunstancias contingentes. Designa ese juego de determinismos (sociales, económicos, ideológicos) en un cierto grado de desarrollo por encima del cual no se puede saltar: imposible que en el siglo XVI el naciente proletariado pueda ser ya el actor objetivo y subjetivo central que va a ser cuatro siglos más tarde. Y también designa todos los elementos de incertidumbre y de variabilidad que afectan objetivamente a las situaciones en las que se despliega el arte de la política. Pero a pesar de estas condiciones materiales que impone a la praxis estructural y coyunturalmente, tampoco es una potencia transcendente: para Maquiavelo solo es el factor decisivo en proporción a la impotencia o a la debilidad de la virtù, es decir, de la praxis revolucionaria.

¿En qué sentido? Si se puede comprender que un movimiento histórico se desvíe teniendo en cuenta circunstancias particularmente dramáticas, degenere en sí mismo o perezca bajo los efectos de una contrarrevolución exterior, esto nunca puede ser suficiente para perdonar los defectos de aquella12. No es que un verdadero sujeto revolucionario sea capaz de caminar sobre el agua (semejante maximalismo “izquierdista” está ausente en Maquiavelo), sino que aguas arriba de la praxis, en la mala apreciación de las condiciones objetivas, tanto la subdeterminación como la sobredeterminación de las posibilidades reales de acción son defectos mayores de la virtù (el ejemplo militar aparece aquí sin ambigüedades). La virtù no tiene la capacidad de lograr siempre todo: es la potencia de hacer coincidir la voluntad con la “verità effectuale13 de las cosas. El modelo en ciertos aspectos “utopista” del Príncipe, identificado por Hegel (en La constitución de Alemania) antes que Gramsci, sigue siendo naturalmente el de un antiutopismo estratégico sin igual.

 

II. De los “humores” a las clases en lucha en el capitalismo naciente

Los Discursos sobre la primera década de Tito Livio van aún más lejos y consideran explícitamente el “gobierno popular”14 (administrazione popolare): la triangulación principesca puede ser pasada por alto, la multitud-plebe es capaz de convertirse en un sujeto auténticamente político, “regulado por leyes”15. La virtù ya no es exclusiva de los “grandes hombres”, y la interpretación estrechamente “monárquica” del príncipe se derrumba: de allí las lecturas republicanas de Maquiavelo y su prolongación “demócrata radical” en el “poder constituyente” posmarxista de Negri. ¿En qué condiciones concretas el pueblo puede convertirse en su propio Príncipe? Si su respuesta es importante para el marxismo, en principio es porque Maquiavelo esboza un segundo concepto de “pueblo”, que muestra que él mismo ha “colectivizado” de antemano al Príncipe en el contexto de la lucha de clases moderna.

 

La plebe-proletariado contra el pueblo-burguesía

Efectivamente, las Historias Florentinas anticipan el pasaje del “pueblo-nación” unido contra la nobleza (los tribunos de la plebe en 1789 y febrero de 1848) al “pueblo-proletario” unido contra los nobles y los burgueses (junio 1848 y posteriormente). En realidad el “pueblo” está dividido sobre bases económicas y sociales16, y la plebe stricto sensu está formada por los que trabajan con sus manos, viven de “esos oficios que son los nervios y la vida de la ciudad17, y cuyo “trabajo no era retribuido suficientemente18. Es el popolo minuto cuyos oficios no son ni reconocidos ni integrados por ninguna corporación profesional. “Pequeño pueblo”, “multitud”, a veces “canalla” o “populacho”, oscilando entre proletariado y lumpenproletariado, tales eran los Ciompi: los trabajadores más pobres y menos calificados de la industria de la lana, incluso por debajo de los tejedores y los tintoreros, subpagados en la jornada y confinados al fondo de las primeras fábricas textiles en el capitalismo naciente de la ciudad de Florencia. Frente a los Ciompi existe el popolo grasso, el pueblo no-noble por cierto, pero con riquezas y propietario, del que los nobili popolani, las grandes familias como la dinastía Médici, son la capa superior: gran burguesía local, este capital industrial y financiero ya se había apoderado del Estado florentino, sobre todo para lanzar y financiar las guerras incesantes que se hacían a las ciudades vecinas. Abajo de todas las escalas sociales, el trabajo del popolo minuto es ya en el siglo XIV, para Maquiavelo, el secreto vergonzante de una industria gloriosa que vampiriza a su fuerza de trabajo.

En 1378 se produjo la gran revuelta de los Ciompi, y el principal relato que propone sobre ella19 llega hasta atribuirle la virtù principesca. Esta plebe moderna ordena tácticas insurreccionales a una estrategia social renovadora, sobre la base del reconocimiento de los intereses objetivos y específicos de la clase particular formada por sus miembros. Impetuosidad y audacia20, aptitud contra toda tibieza21 para hacer un uso político del terror contra el enemigo de clase y aprehender el kairos, en nombre del orden nuevo a crear, este tumulto no fue una simple “revuelta”, sino más bien el esbozo de una real política revolucionaria.

Contra la miseria y la falta de reconocimiento lanzan la huelga en los talleres, toman las armas y empujan a la ciudad a instaurar un gobierno provisorio que satisfaga algunas de sus reivindicaciones (la creación de una corporación y el derecho simbólico de portar sus propias armas). Con su impulso imponen entonces, en el verano de 1378, una verdadera dualidad de poderes, y demuestran su capacidad de autoorganización agrupándose y dotándose de representantes22. Frente al gobierno traidor del gonfalonier Lando (antiguo capataz surgido de las filas de los Ciompi, el Kerenski de su tiempo), que sesiona en el Palacio de la Señoría en el corazón de Florencia, organizan una segunda insurrección con el objetivo consciente de realizar lo que Trotsky designara genéricamente como la famosa “segunda etapa”.

De allí esta afirmación de Simone Weil en 1934 (que por lo demás, sin embargo era una persona muy crítica del marxismo): “El proletariado, en agosto de 1378, ya opone el órgano de su propia dictadura a la nueva legalidad democrática que él mismo hizo instituir, como tuvo que hacer luego de febrero de 1917”23.

En agosto de 1378 la segunda insurrección es ahogada en sangre por el gobierno de Lando. Y aunque ha valorizado la capacidad subjetiva de la plebe revuelta, Maquiavelo cambia nuevamente sus ropas: continuando su narración finalmente atribuye la virtù a Lando, restableciendo la visión “populachera” y despolitizada de la multitud, con el argumento de que la revuelta, aún nacida de la miseria, se volvía más propicia para el caos que para el progreso de la ciudad. El florentino se encuentra entre estos dos fuegos y no saldrá de allí.

 

III. El “Príncipe colectivo” desde el punto de vista de la dirección revolucionaria

Esta oscilación no le es exclusiva, atraviesa todos los debates sobre las instituciones de la libertad y de la paz social, desde la Alta Antigüedad hasta el umbral del marxismo. Aún cuando aquí se decide a favor del vencedor, el italiano fue el primero en reconocer, dejando ya obsoleta cualquier oposición mecánica entre “espontaneísmo” y “vanguardismo”, que conciencia de clase, programa estratégico y organización política, no son más que las facetas articuladas de una sola y misma dialéctica. Ni mística, ni demonización del pueblo: la cuestión no es insistir tanto en el rol del partido (el príncipe devenido “colectivo”) de reformar un sentido común capaz de reunificar a un proletariado desunido. El elemento clave es la manera en que se alían el príncipe y el pueblo, y sobre todo la posibilidad de la interiorización en el pueblo-proletariado de la función principesca, es decir de la función de dirección político-militar. Desde este momento, lo que está en juego precisamente es la función principesca del partido leninista, del partido revolucionario con influencia de masas.

Gramsci insistía en su período de L´Ordine Nuovo sobre las experiencias de autoorganización en los consejos obreros, para concentrarse después, en los Cuadernos de la cárcel, en el propio partido: es en este contexto específico en el que retorna a Maquiavelo, en 1932-1934, pero esta vez dejando totalmente de lado la cuestión de la autoorganización. Ahora bien, es la relación entre ambos la que crea dialécticamente el problema de la dirección revolucionaria.

Sobre el 1905 ruso, Trotsky sacaba la lección de que “sería un grave error identificar la fuerza del partido bolchevique con la de los soviets que dirigía. Estos últimos representaban una fuerza mucho más poderosa, pero sin partido, habrían sido impotentes”. A la vez, Maquiavelo ya decía que la multitud es “más sabia y más constante que un príncipe”, que “junta es vigorosa” pero que “desunida”, es decir, “sin jefes”, es “débil”24. Más allá de Gramsci, proponemos decir que el “príncipe” maquiavelano anticipa más que el partido solo: anticipa la dialéctica de las masas en el movimiento orgánicamente mediatizado por el partido comunista revolucionario, su autoorganización en soviets y/o su autoconstitución en un poder independiente capaz además de federar a las clases subalternas.

La segunda parte de este artículo se extenderá en esta hipótesis de lectura desde el punto de vista del lugar que puede tener Maquiavelo hoy25, en el debate estratégico sobre las relaciones entre guerras de movimiento y de posición y revolución permanente26, en particular según el rasero de la fuerza con la que, iniciando un paradigma que Clausewitz extenderá, ya subordinaba el arte de la guerra a la política popular.

 

1. Le Prince, IX [LP].

2. Histoires florentines, III, 1 [HF].

3. Discours sur la première décade de Tite-Live, I, 2 [D].

4. Cf. D, II, “Avant-propos”; HF, V, 1.

5. Cf. D, I, 2 ; HF, II, 39.

6. D, I, 4-5 ; LP, IX.

7. LP, VI ; D, I, “Avant-propos”.

8. D, I, 26.

9. Ibíd., I, 9.

10. Cf. Cahiers de prison, VIII, § 21.

11. LP, XII.

12. D, II, 30.

13. LP, XV.

14. D, I, 4. Cf. L’art de la guerre, II.

15. Ibíd., I, 58 y III, 35.

16. Cf. HF, I, “Préface”, y II, 40-41.

17. LP, X.

18. HF, III, 12.

19. Ibíd., III, 13 y ss.

20. LP, VI ; D, III, 44.

21. D, III, 9 y 21.

22. HF, III, 17.

23. S. Weil, “Un soulèvement prolétarien à Florence au XIVe siècle”, en N. Maquiavelo & S. Weil, La révolte des Ciompi, Toulouse, CMDE-Smolny, 2013 (www.collectif-smolny.org). Retomo aquí algunos pasajes de mi posfacio al libro 1378 o la emergencia del sujeto revolucionario moderno.

24. D, II, 44, 57-58.

25. Cf. E, Albamonte & M. Maiello, “Trotsky y Gramsci: debates de estrategia sobre la revolución en ‘occidente’”, Estrategia Internacional 28, septiembre de 2012, § “Gramsci y Maquiavelo”, p. 140.

26. A. Gramsci, Guerre de mouvement et guerre de position, Paris, La fabrique, 2011, ch. V ; E. Albamonte & M. Romano, “Trotsky y Gramsci. Convergencias y divergencias”, “Revolución permanente y guerra de posiciones. La teoría de la revolución en Trotsky y Gramsci”, Estrategia Internacional 19, enero de 2003.

2 comments

  1. Alan 21 mayo, 2014 at 12:48 Responder

    Hola. Primero quería felicitarlos por abrir estos tipos de discusiones tan importantes para el marxismo hoy en día. Todos esperamos que se multipliquen estos debates. El articulo me pareció muy bueno y tiene para mi la certera conclusión final en la cual los proletarios debemos granjearnos nuestra propia dirección INTERNA a calor del PROCESO de la lucha de clases. El partido se HACE en la clase y para la clase, la dictadura del proletariado es tanto medio como fin, etc. Sólo quería criticar un aspecto: ¿No peca la analogía (a causa de su naturaleza) al igualar la segunda insurrección de los proletarios florentinos con la de los rusos del 17? Esto a causa de que a la plebe florentina le era imposible instaurar una nueva reorganización estatal-productiva, 1) por no tener un programa consciente (Lenin siempre decía que el papel fundamental del marxismo fue dilucidar la naturaleza y las tareas históricas del proletariado moderno, post 1848) 2) la debilidad organizativa, el proletariado como clase posee una naturaleza diferente a las anteriores clases, de ahí la importancia del partido como bien dice el articulo. En síntesis, los florentinos y los rusos iban a la misma batalla, pero organizados de forma totalmente diferente y jalados por causas finales diferentes a causa de su organización y tradición y necesariamente iban a tener consecuencias diferentes. Sin la claridad de la teoría hecha carne un partido es muy difícil reorganizar la sociedad, en Cuba ocurrió la anomalía pero existía la URSS. Bueno, esos son los problemas de las analogías históricas, pero excelente articulo, contra las discusiones bizantinas de los académicos burgueses.

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