El fantasma de Maquiavelo (III)

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Lo social, lo político y el partido revolucionario

EMMANUEL BAROT

Número 15, noviembre 2015.

Con el fin de completar la lectura de Maquiavelo propuesta en los dos artículos previos1, conviene hacer aquí una breve cartografía de las principales interpretaciones que han sido propuestas en la constelación marxista del último período, e indicar qué ecos generan en los debates sobre la estrategia y el partido revolucionario que existen hoy en la izquierda europea.

 

Tres polos nos interesan prioritariamente. El primero está encarnado por Antonio Negri, quien, luego de releer a Spinoza, se propuso en 1997 en El poder constituyente2, hacer de Maquiavelo el iniciador de la problemática democrático-radical de las “multitudes”, insistiendo sobre la dimensión de la autoorganización y de la revolución, pero delimitándose ya de la cuestión del poder. El segundo está representado por Althusser, que como Hegel y Gramsci, lee a Maquiavelo esencialmente bajo el ángulo de las condiciones de creación de la unidad nacional y popular de Italia (Maquiavelo buscaba ante todo una respuesta a la situación miserable de la Italia de principios del siglo XVI). Insistiendo sobre la política esta vez pero, de manera antitética, ya no es una cuestión ni de autoorganización, ni de partido. Por último, en línea con su gran obra de 2009, Peter Thomas ha vuelto recientemente a la metáfora del Príncipe tal y como opera en Gramsci, planteando la idea de que el tipo de partido revolucionario que hoy podemos defender con Maquiavelo sería un “partido-laboratorio” volcado hacia la reconquista de una hegemonía que no esté anclada prioritariamente en las delimitaciones de clase y permita aglomerar en su seno lo esencial de las resistencias anticapitalistas.

 

1. La hipertrofia espontaneísta y el rodeo posmarxista de la cuestión del poder (Negri, Abensour)

Para Negri, de El Príncipe a los Discursos sobre la primera década de Tito Livio se opera una mutación progresiva en el dispositivo de Maquiavelo que hace del pueblo el único verdadero “poder constituyente”, depositario de la virtù principesca capaz de crear un “nuevo principado”. El contenido de este “poder constituyente” es ante todo la potencia en acto de la multitud, cooperativa y decisional a la vez, la cual jamás es simplemente “autoría de un Estado”. Al hacerlo, Negri sentó las bases para un rodeo de la cuestión de la toma del poder político, expresada con claridad en sus siguientes libros, particularmente Imperio en 2000 y Multitud en 2004, coescritos con M. Hardt, que le dieron forma a un posmodernismo “autonomista”.

Para mensurar la operación teórica que se juega aquí, hagamos un desvío por Miguel Abensour3, que identifica un específico “momento maquiaveliano” en el joven Marx. Inspirado entre otros por la antropología antimarxista de Pierre Clastres (cuyo La sociedad contra el Estado influenció tanto a Deleuze), Abensour lee la Crítica de la Filosofía del Estado de Hegel, del joven Marx (1843), según un paralelismo instructivo. Para él, la crítica marxista de Principios de la filosofía del derecho de Hegel abre a una posible “democracia insurgente” en la cual la comunidad del pueblo se reapropia de la política contra el Estado. Contra la visión hegeliana que ratifica al Estado como una realidad suprema y depositaria de lo universal, en detrimento de las formas de existencia incompletas que serían el pueblo, la familia y la sociedad civil, Marx actualiza el concepto de una “verdadera democracia” dando vuelta el dispositivo: hay soberanía del pueblo independientemente del Estado; hay que partir del “demos total” para derivar a partir de él el Estado y la política, y no a la inversa; hay que hacer del pueblo el sujeto y del Estado y de su Constitución el predicado, y no a la inversa. La democracia es así el “enigma resuelto de todas las constituciones”, aboliendo la figura del Príncipe-Estado como mediación necesaria e independiente (como es todavía en el Príncipe de Maquiavelo). La democracia es la autoconstitución política del pueblo como príncipe, verdadera excepción política en tanto que forma de existencia realizada del pueblo. Incluso aunque no se refiere al binomio Hegel-Marx en El poder constituyente, esta reversión “democrática” dentro de la obra de Maquiavelo que diagnosticó Negri puede ser homologada a esta reversión del joven Marx para derrocar a Hegel.

Es llamativo cómo los dos autores llegan al mismo tipo de conclusión. En Negri el poder constituyente de la multitud es antes que nada potencia, frente a la cual la idea de poder político es relegada a un plano secundario. De aquí se prolonga lógicamente una teoría post-espontaneista, de tendencia subjetivista, de la infinidad de la potencia constituyente de la multitud, pasando por alto la cuestión de la toma del poder y de la transición revolucionaria, completamente afín al slogan de Holloway “hacer la revolución sin tomar el poder”. Por su parte, Abensour (que a diferencia de Negri no se refiere a Maquiavelo más que de manera imprecisa, como si el desarrollo de su obra fuera homogéneo, lo que sería una hipótesis insostenible) toma aisladamente el texto de Marx separándolo del resto de su corpus, a excepción de La guerra civil en Francia consagrada a la Comuna de París, donde extrapola los trazos “libertarios” restando importancia a la “experiencia radical de democracia real” que ella encarna. En los dos casos el balance es claro: la relación Marx/Maquiavelo es sustraída de las condiciones políticas, eventualmente violentas, del proceso revolucionario, el “joven” Marx –y su tópico “democrático”– es separado del Manifiesto comunista, de la Crítica del programa de Gotha, de El capital, y más aún de los “marxismos”, como si la cuestión de la autoridad política hubiera adquirido indebidamente una centralidad solo en sus sucesores (¡Lenin!), y esta centralidad fuera la causa de todos los errores del siglo XX. Naturalmente está completamente dejado de lado el hecho de que Marx sustituye a esta “verdadera democracia” por el comunismo, y reemplaza progresivamente la “conquista de la democracia” por la “dictadura del proletariado”, indexando la cuestión del poder a la de la lucha de clases y su base material, que está en las antípodas de cualquier “democracia insurgente” completamente etérea.

 

2. La lectura de Althusser: la absorción implícita de la política revolucionaria en el aparato de dirección

Althusser, al contrario de Negri, hace de la posición ante el problema de qué es la política revolucionaria –pensamiento y acción (virtù) “en la coyuntura”4 como cristalización singular de las leyes de la historia (fortuna)– la “revolución teórica”, ya materialista, operada por Maquiavelo. Al tiempo que rechaza el historicismo que ve presente en la obra de Gramsci, prolonga simultáneamente este eje interpretativo: Maquiavelo es el pensador de las condiciones de la unidad nacional-popular, enriquecida desde el punto de vista de la naciente lucha de clases moderna. Más allá de la cuestión del Maquiavelo demócrata, republicano o monárquico, lo esencial para Althusser es que el florentino pensó radicalmente lo político, pensó lo urgente, el hecho a consumar (la unidad italiana)5.

Pero las crispaciones antisubjetivistas habituales de Althusser le conducen a dejar inexplorados dos elementos cruciales: la praxis política del Príncipe como nudo de la trama entre una instancia de vanguardia (el operador organizacional de la acción en una coyuntura que es el príncipe reducido a su forma inmediatamente visible en Maquiavelo: un individuo) y el movimiento de masas (pueblo, clases explotadas, masas oprimidas). Esta zona gris está señalada indirectamente por su afirmación preliminar (que toma al pie de la letra la dedicatoria del Maquiavelo que dice: “para conocer bien la naturaleza de los pueblos hay que ser príncipe, y para conocer la de los príncipes hay que pertenecer al pueblo”), según la cual el lugar del punto de vista de clase (el pueblo) y el lugar de la práctica política son diferentes6. Althusser encuentra una solución al problema –inclinándose ante una solución mucho más superestructural, incluso de juego de aparatos, interpretación que es a la vez compatible con el carácter especulativo de su texto– aún antes de tratarlo. Este hiato es, en efecto, no una conclusión, sino un problema dinámico dentro de la formulación de Maquiavelo, como vimos en el artículo anterior alrededor del problema fundamental de la relación entre los intentos autoorganizativos de la clase y el liderazgo político.

Naturalmente, observar este problema constituye un cuestionamiento muy inquietante para un teórico antitrotskista y antidialéctico que se mantuvo hasta el final como un miembro del estalinizado Partido Comunista francés.

 

3. El Príncipe, metáfora del partido: el Maquiavelo de Gramsci retomado por Peter Thomas

Althusser permanece muy por debajo tanto de Gramsci (que se interrogó no solamente por el príncipe “nuevo”, sino por el príncipe “moderno”) como de Negri, en tanto su posición teórica presupone la ausencia de problematización, en la lectura de Maquiavelo mismo, de una hipótesis acerca del príncipe colectivo. Sin embargo, como hemos visto, la lectura “negrista” también hace agua en cuanto a la cuestión propiamente política y estratégica.

Pero la tercera lectura, la de Gramsci, se monta ella misma sobre un límite importante (como hemos señalado en el primer artículo). En su lectura de Maquiavelo en los Cuadernos de la cárcel, el italiano se detiene en el umbral del problema por el cual, en el momento de L’Ordine Nuovo, de los consejos obreros de Turín, y en la estela de la Revolución Rusa y la práctica política bolchevique que reivindicaba7, había inaugurado su pensamiento: la relación entre partido y autoorganización. Esta relación se verá transformada por las condiciones de una situación Occidental que para él vuelve obsoleta la teoría de la revolución permanente y la guerra de movimiento pertinente para el Oriente ruso8, en los términos de una reforma nacional-popular y la formación de una contra-hegemonía. Este desplazamiento teórico, naturalmente ligado al avance de la contrarrevolución luego de la derrota en Alemania en 1923 y el ascenso del fascismo en Italia, va por lo tanto a llevar a operar el referente Maquiavelo por fuera de la dialéctica entre partido comunista/autoorganización en los Cuadernos.

Es sobre la base de esta inflexión, dejada sin discutir, que Peter Thomas en la estela de su libro sobre Gramsci9, regresó recientemente sobre la “metáfora” del Príncipe. Recordemos que la figura más conocida por la que Gramsci presenta al “Príncipe”, en 1932, es aquella de “la creación de una imaginación concreta, que opera sobre un pueblo disperso y pulverizado para suscitar y organizar su voluntad colectiva”; la encarnación moderna de un mito-príncipe, dice él, no puede ser otra que “un organismo, un elemento complejo de la sociedad”. Ésta, para Gramsci, ya ha sido creado: es el partido político, “la primera célula en la que se reúnen unos gérmenes de voluntad colectiva que tienden a convertirse en universales y totales”10.

Sobre esta base, Thomas, muestra los roles sucesivamente jugados en la trayectoria teórica de Gramsci del condottiere utópico, reafirmando que es en tanto “metáfora” de la “autoreflexión” por la cual el proletariado y las clases subalternas exploran las potencialidades políticas de su propia auto-emancipación, insistiendo sobre el hecho de que nada autoriza a pretender de esta figura metafórica del príncipe un concepto único de partido revolucionario, incluso si se apela, como su prolongación necesaria, una conceptualización tal11.

Esta apertura de la metáfora opera como exigencia: ni repetir, ni recodificar, sino reactivar (“volver a poner en escena”) el gesto estratégico del florentino en una situación histórica diferente (es lo que había intentado Gramsci mismo en 1932, reflexionando sobre la estela de los debates del decenio anterior sobre el frente único y las formas de unir las fuerzas contra el fascismo). Como J. Dal Maso y F. Rosso recordaron, luego de saludar los aportes de su libro, Thomas infiere que esta metáfora puede continuar alimentando la idea de un “partido-laboratorio” que sería necesario hoy, en el sentido de una fórmula expansiva de los partidos o coaliciones anticapitalistas amplias reivindicadas por aquellos que han tomado la decisión de abandonar (por diversas razones y diferentes formas, pero en particular por parte del Secretariado Unificado y el mandelismo contemporáneo) el modelo de partido leninista, la centralidad proletaria y el objetivo de organizar prioritariamente los sectores de vanguardia del movimiento obrero. Al punto de lastimar cada día un poco más el modo de pensar las condiciones contemporáneas de la táctica de frente único sin correr el riesgo de su absorción en las esferas institucionales, posiblemente burocráticas y electorales, de la hegemonía, y dando paso simplemente a las adaptaciones oportunistas a estas últimas.

Sin embargo, si el “Príncipe” es una metáfora que engloba un amplio abanico de posibilidades organizacionales variadas, invocar un modelo en particular reposa solamente sobre una decisión teórico-política exógena al texto, que debería ser asumida como tal. De ese modo, la hipótesis del “partido-laboratorio” de Thomas no puede ser más representativa de Maquiavelo que la que nosotros propusimos12 a propósito del acontecimiento histórico, relatado en sus Historias florentinas, de la insurrección proletaria de los ciompi contra la burguesía de Florencia en 1378. La metáfora del príncipe es, para nosotros, el nombre de un problema que no es tanto aquel del partido, como de la dialéctica de la dirección existente entre las masas en lucha por su autoorganización popular sobre el fondo de la hegemonía proletaria, y un partido revolucionario capaz de transcribir en la situación oportuna el programa y las etapas de su unificación. Es en este sentido, proletario y permanentista, que nosotros reivindicamos hoy y reafirmamos, que ninguna lectura de Maquiavelo es anodina, incluyendo la de la izquierda radical.

Autonomismo posmarxista en Negri y Abensour, marxismo antidialectizante de la relación entre partido y autoorganización en Althusser, que permanece en el PCF hasta el final, hipertrofia posleninista del discurso de la hegemonía en detrimento de la base de clase en la lectura de Gramsci de Thomas: en los tres casos, en diversos grados de liquidación, Maquiavelo es regimentado lejos del marxismo estratégico que necesitamos hoy. Razón por la cual, sin minimizar los límites históricos y programáticos de su teoría, nosotros invitamos a releer al florentino en el sentido de la reconstrucción de un partido proletario de combate, sin diluir ni mutilar su pensamiento. Es solamente de esta manera que el fantasma de Maquiavelo devendrá un arma de guerra contra el orden existente.

Traducción: Gastón Gutiérrez.

 

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1. “El fantasma de Maquiavelo” I y II, Ideas de Izquierda 8 y 12.

2. A. Negri, El poder constituyente. Ensayos sobre las alternativas de la modernidad, Madrid, Ediciones Libertarias/Prodhufi, 1994.

3. M. Abensour, La democracia contra el Estado, Buenos Aires, Ediciones Colihue, 1998.

4. L. Althusser, La soledad de Maquiavelo, Madrid, Ediciones Akal, 2008, p. 331.

5. Ídem.

6. Machiavel et nous, París, Tallandier, 2009, p. 67/9. Cf. el prefacio de E. Balibar, p. 12, note 1.

7. A. Gramsci, “La revolución contra El capital” (1918), “Dos revoluciones” (1920).

8. J. Dal Maso y F. Rosso, “La hegemonía light de las ‘nuevas izquierdas’”, Ideas de Izquierda 8.

9. P. Thomas, The Gramscian Moment. Philosophy, Hegemony and Marxism, Leiden-Boston, Brill, 2009.

10. Gramsci, Cuadernos de la cárcel, 13, § 1.

11. P. Thomas, “Gramsci’s Machiavellian Metaphor: Restaging The Prince”, en Machiavelli’s ‘The Prince’. Five Centuries of History, Conflict, and Politics, editado por F. Frosini, F. Del Lucchese y V. Morfino, Leiden, Brill, 2014. Sobre la actualidad anglosajona de Maquiavelo y la lectura althusseriana, ver K. Peden, “Anti-Revolutionnary Republicanism: Claude Lefort’s Machiavelli”, Radical Philosophy 182, 2013. Ver también M. Moulfi, “Althusser, lecteur de Machiavel”, Décalages, vol. 1(3), 2013.

12. Ideas de Izquierda 8.

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