El fantasma de Maquiavelo (II)

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Base material e inspiración militar de la estrategia política

EMMANUEL BAROT

Número 12, agosto 2014.

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“En todos los casos, siempre hay que combatir incluso con una marcada desventaja; porque es mejor intentar la fortuna, que, después de todo, puede ser favorable, que esperar por irresolución una ruina inevitable. Un general es entonces tan culpable de no combatir como de dejar escapar, en otro momento, una ocasión de vencer, por ignorancia o por cobardía”.

L’art de la guerre, 1521

 

Hemos esbozado en un artículo precedente1, con motivo del relato que propone en sus Histoires florentines sobre la revuelta de los Ciompi contra la burguesía de Florencia en 1378, una lectura leninista-trotskista del “príncipe” de Maquiavelo, interpretándolo como el nombre de bautismo del problema fundamental de la dialéctica de la dirección existente entre las masas en lucha por su autoorganización y un partido revolucionario capaz de transcribir en situación oportuna el programa y las etapas de su unificación2. En esta segunda parte, afinamos las lecciones históricas a sacar sobre esta revuelta desde el punto de vista de la relación entre la cuestión estratégica y la base de clase objetiva que fundamenta la formulación, para enseguida, en L’art de la guerre de Maquiavelo, empezar a ver cómo la inspiración militar constituye a la vez un reflejo y un componente clave de esa relación.

 

La base material de la estrategia

La reflexión estratégica debe evitar autonomizar la esfera política de los conflictos de clase y debe poner en claro previamente la realidad material de las fuerzas sociales de las que trata. ¿Qué representaban objetivamente esos “Ciompi”, los trabajadores más pobres de la industria lanera? Tratarlos como si en 1378 hubieran formado un proletariado idéntico al de hoy, tanto en la extensión material como en la madurez subjetiva, sería totalmente erróneo. Marx y la historiografía del movimiento obrero que lo continuó remontan correctamente la irrupción en la escena histórica del proletariado como sujeto autónomo, a la primavera de los pueblos de 1848: solo a partir de este giro se puede hablar con rigor de estrategia revolucionaria proletaria.

Con los sans-culottes de la Revolución francesa a partir de 1789, no obstante asimilables a un germen de proletariado obrero, la analogía histórica no vale ya más que dentro de ciertos límites: ¿qué decir entonces de estos preproletarios florentinos cuatro siglos antes? Pero que la analogía histórica tenga límites no quiere decir que no sea válida e instructiva, dentro de estos límites.

Acumulación del capital significa acumulación del proletariado, comienzo de acumulación del capital significa nacimiento de un proletariado y legitimidad de una descripción marxista, reforzada en este caso por los datos en los que los historiadores se ponen de acuerdo. Florencia tiene en 1378 alrededor de 55.000 habitantes, y un tercio de la población vive de la industria lanera, la más importante de la ciudad. Entre los 13.000 trabajadores reducidos anteriormente a condiciones subproletarias que se inscriben en las tres nuevas Artes instituidas a fines de julio de 1378 por el gobierno provisional de De Lando luego de su primera insurrección, 9.000 están en el arte de los Ciompi3. Sobre esa base estadística, completada por el estudio de las etapas, lugares y condiciones del principal proceso de producción, el de los paños de lana, A. Stella, referente en el tema, concluye que: “Salvando todas las diferencias con la industria moderna, sobre todo la concentración o la dispersión física de las operaciones, el esbozo o la terminación de un modelo de producción industrial, la mecanización de los actos y un régimen salarial extendido a la masa de los trabajadores, es conveniente denominar a los Ciompi como los obreros de la industria moderna naciente4” (el adjetivo “naciente” cristaliza todas las ambivalencias y contrastes de los periodos de transición histórica entre dos modos de producción).

En comparación con el post 1848, los Ciompi forman un proletariado subjetivamente inmaduro: en un capitalismo todavía muy poco desarrollado, no tenían las bases objetivas de desarrollo suficientes ni para elaborar un verdadero programa revolucionario, ni para imponer su poder de clase. Sin embargo emplearon hasta el extremo las posibilidades estratégicas, por cierto estrechas, pero ya reales que se les ofrecían en razón de la fuerza material que representaban. De allí todo el interés del relato maquiaveliano de su lucha: en términos cuasimarxistas, insistió en la conjunción, en ellos, de una condición económica de explotación ya desarrollada, de una dinámica de autoorganización política, y de la formulación de un objetivo estratégico suficientemente claro para que se pueda presentarlos, subjetivamente hablando en el contexto de la analogía, como un príncipe colectivo que inaugura la era de las sublevaciones revolucionarias modernas.

 

Posición, maniobra y fortaleza del pueblo armado

Partir de esta relación entre lo material y lo estratégico permite abordar el arte de la guerra tal como lo piensa Maquiavelo desde el punto de vista de su contenido propiamente político. Emancipando la excelencia estratégica de los príncipes con respecto a cualquier moralismo, afirmando que las buenas leyes no son nada sin las buenas armas, hace del arte de la guerra el arte supremo del comendador5. Pero recíprocamente, solo las buenas leyes hacen las buenas armas: si el arte militar encarna la excelencia política, es para una razón política y no militar. El objetivo final son esas buenas leyes, que el príncipe debe mantener o crear; en última instancia, la guardia armada de la libertad no puede estar asegurada, tanto en tiempos de paz (es decir, en guerra larvada) como de guerra (civil o entre Estados) más que por el pueblo6, siendo este, como mínimo, el aliado político del Príncipe, sino el propio príncipe. L’art de la guerre tomado literalmente es el menos incisivo de sus textos, pero su crítica a la clase militar italiana es tan radical que durante mucho tiempo el tratado fue objeto de un furibundo desprecio.

El modelo del ejército romano (en el que se inspira libremente) induce una estricta jerarquía y un comando único, pero esta visión no es mecánica ni está adosada a prejuicios de clase. Al contrario: mientras distingue vida civil y vida militar, rechaza cualquier ejército profesional, y durante la República de Florencia antes de la restauración de los Médicis, había militado por la creación de una milicia popular constituida sobre todo por el campesinado pobre. Defendiendo la educación como base de la disciplina, el financiamiento propio de los ejércitos y el rechazo a los mercenarios, la preeminencia (tanto técnica como política) de la infantería sobre la artillería y la caballería (propicia al elitismo), el fundamento popular de lo político no solamente es recordado permanentemente, sino que irriga el espíritu estratégico en su conjunto.

Pero incluso si L’art de la guerre no puede ser objeto de una lectura directamente política (ya sea sobre la ofensiva conquistadora que sigue siendo el objetivo final, o sobre todo, al tomar el famoso ejemplo de las fortalezas, con respecto a la defensa activa frente a un enemigo en posición dominante, como en Clausewitz7), es difícil no extraer otras lecciones, que excedan el plan estrictamente militar, de la relación entre “guerra de movimiento” y “guerra de posición” que el texto liga en esta ocasión.

Según los Discours8, las fortalezas son dañinas para la defensa e inútiles para la ofensiva: un buen ejército no necesita fortaleza, y una fortaleza sin buen ejército no sirve para nada. Solo cuenta el objetivo: conquistar o conservar una ciudad o un territorio conquistado, repeler al sitiador, batir al enemigo. Lo que prima es el “buen ejército”, moldeado por las virtudes morales encarnadas en los capitanes y generales, y los “ciudadanos bien dispuestos”. Este texto fue criticado por no haber expuesto las funciones objetivas de las fortalezas en el marco de un teatro de guerra de larga duración. La razón es simple: aquí considera los combates sobre todo bajo el ángulo de la corta duración y de la seguridad del poder en relación a los enemigos tanto externos como internos. Le Prince es más matizado, pero el veredicto es el mismo: “la mejor fortaleza del príncipe, es no ser odiado por el pueblo”9. Sin embargo, en el libro VII de L’art de la guerre considera el problema a más largo plazo, y esta vez defiende las fortalezas, sobre todo frente al papel creciente de la “violencia de la artillería” (minimizada en el libro III y en los Discours), y para asegurar el abastecimiento de las tropas. Pero el argumento es más amplio: hay que reconocer la importancia de ocupar posiciones firmes respecto de las fases de desgaste lógicamente implicadas en una guerra que dura en el tiempo. La diferencia de los ritmos y los tiempos implica la diferenciación de las relaciones entre posiciones y maniobras, y Maquiavelo se niega naturalmente a oponerlas de manera simplista: al contrario, se trata de optimizar su combinación, según las situaciones y la relación de fuerzas.

No obstante el espíritu sigue siendo siempre el mismo. Estudiando de qué modo construían los romanos sus campamentos militares a semejanza de una “ciudad móvil”, en oposición a los griegos que siempre buscaban los terrenos más favorables, escribe: “Los romanos al contrario confiaban más en el arte que en la naturaleza para la elección de su campo: nunca hubieran tomado una posición en donde no habrían podido desplegar todas las maniobras. De ese modo su campo conservaba siempre la misma forma, porque no querían someterse al terreno, sino que el terreno fuera sometido a su método… Los romanos suplían la debilidad natural de su posición mediante los recursos al arte”10. Tanto militar como políticamente, nunca la posición conquistada (la defensa elegida, que materializan o simbolizan construir una fortaleza, cavar una fosa, una trinchera) debe convertirse en su propio fin y dictar las maniobras, si no la racionalidad estratégica se olvida y la derrota está asegurada.

 

“¡Siempre es necesario combatir!”

Maquiavelo no conoció las guerras nacionales-populares inauguradas por la Revolución Francesa, de las que Clausewitz sacará tantas lecciones, y no podía anticipar los efectos de las conmociones científicas y técnicas de la producción capitalista sobre las modalidades de la guerra, sobre las que Engels insiste en el Anti-Düring. Pero con los Ciompi él ha inaugurado pese a todo una combinación sin precedentes, entre el arte estratégico de la modernidad (del que es el iniciador), la cuestión de las condiciones de la creación de un mundo mejor y el examen de las bases de clases y causas materiales de las luchas políticas. Y en ese sentido se puede arriesgar un nuevo acercamiento con Trotsky: si se mira el programa de transición como un “puente”, un “pasaje de la posición a la maniobra”11, se aprecia que es el mismo tipo de mirada con la que Maquiavelo ha observado cómo esos Ciompi se rebelaron contra el capital sin subordinar nunca su movimiento a las posiciones intermedias conquistadas (equivalentes a los derechos sindicales en el trabajo, y democráticos en la esfera de las instituciones políticas).

Sus reivindicaciones fueron parcialmente satisfechas luego de su primera insurrección, pero de hecho las vivieron como transitorias: como prueba, aun cuando no podían darles, simultáneamente, un contenido explícitamente proletario en el sentido contemporáneo (la conciencia puede explicitar al máximo las potencialidades materiales de una situación, dar muestras de una notable anticipación pero no liberarse de la historia), su negativa a limitarse a las conquistas parciales acordadas por el gobierno provisional de De Lando. El fracaso de su segunda insurrección recuerda que fueron derrotados por otros más poderosos que ellos, pero sobre todo demuestra la naturaleza de su objetivo inicial: diferencia cualitativa con la plebe romana, que solamente pedía representantes para atemperar el apetito de los nobles, los Ciompi, tal como los describe Maquiavelo (que, por lo tanto, fue un paso más allá que los historiadores actuales en la interpretación política de su lucha12) fundamentalmente querían conquistar el poder y fundar un orden nuevo, y haber mantenido el movimiento insurreccional hacia este objetivo final condujo a Maquiavelo, aunque temporariamente, a atribuirles la virtú de los príncipes.

La guerra apunta a la sumisión total del enemigo: a través de la defensa, de la conquista o de la fundación revolucionaria, cualquier batalla o táctica intermedia está subordinada estratégicamente a este objetivo militar. Pero el significado y el espíritu reales de este objetivo transitorio lo desbordan y lo envuelven políticamente. El objetivo final no es otro que la actualización real de lo que nunca ha dejado de ser el fundamento del asunto: ese pueblo libre que toma su destino firmemente en sus manos sobre las bases de su fuerza material. Y los Ciompi han encarnado este fundamento tanto más cuanto que estuvieron a la altura de lo que para Maquiavelo completa a la virtú y el espíritu de la guerra en general (y el espíritu de la guerra de clases en particular): la fuerza moral13 y el rechazo al derrotismo –que no serán suficientes para la revolución comunista del siglo XXI, pero de los que no se puede prescindir–. Esta es la tarea de un partido proletario de combate, dirigirlos hacia y contra todo, razón por la cual en un próximo artículo discutiremos alrededor de la cuestión del partido y del fundamento material de la estrategia, y de algunos usos actuales de Maquiavelo en la extrema izquierda (por ejemplo entre algunos althusserianos o negristas), o del Príncipe Moderno, es decir, de Gramsci (lo que incluye cierta recepción de Maquiavelo), especialmente con el marxista inglés Peter Thomas14.

 

Traducción: Rossana Cortez.

 

1. Ideas de Izquierda 8, abril de 2014.

2. Discours sur la première décade de Tite-Live, I, 57-58 [D].

3. A. Stella, La révolte des Ciompi. Les hommes, les lieux, le travail, Paris, EHESS, 1993, p. 111 y siguientes.

4. Ibíd. p. 123.

5. Le Prince, XIV [LP].

6. L´art de la guerre, I-8 [AG].

7. Ibíd., IV-6, V-11. “Con frecuencia he encontrado en Maquiavelo, en materia militar, una opinión extremadamente sana y muchos puntos de vista novedosos” escribe Clausewitz, Lettre à Fichte, 11 de enero de 1809. Para T. Derbent, Clausewitz et la guerre populaire suivi de Lénine. Notes sur Clausewitz, Bruxelles, Aden, 2004, Cap. “Clausewitz et Machiavel”, p. 77, el primero ha heredado el “método dialéctico” del segundo. La afinidad entre Hegel y Clausewitz es delicada de establecer a partir de hipotéticos vínculos directos, pero su herencia común de Maquiavelo puede contribuir a explicarla.

8. D, II, 24.

9. LP, XX.

10. AG, VI-1.

11. E. Albamonte y M. Romano, “Revolución permanente y guerra de posiciones. La teoría de la revolución en Trotsky y Gramsci”, Estrategia Internacional 19, enero 2003, “Posición, maniobra y programa de transición”.

12. Cf. A. Stella, ob. cit., p. 64: “¿sobre qué base se juzga el carácter revolucionario o conformista de una serie de reivindicaciones? Si es con los parámetros del siglo XIX o del siglo XX, que son más socialistas, esta petición parece sin duda más reformista que revolucionaria. Pero si se piensa en la liberación que debía sentir el pueblo pobre… se mide cuan revolucionaria podía parecerle esta reivindicación. La demanda de un reconocimiento legal de un Arte propio, efectivamente, trastornaba el orden social, económico e incluso político”.

13. AG, IV-5. La misma fuerza moral es convocada por Clausewitz para instruir al joven príncipe de Prusia, Principes fondamentaux de stratégie militaire, 1812, Cap. “Principes pour la guerre en général”. Pero la subordinación de lo militar a lo político sigue siendo cualitativamente diferente en Maquiavelo porque su concepto de lo “político”, excediendo al Estado y trabajado por la esperanza revolucionaria y la inventiva histórica, es de otra estatura. Su arte para esto no es “combatocéntrica” como la de Clausewitz, lo que lo acerca aún más a Trotsky: cf. “Seminario sobre la táctica y la estrategia en la época imperialista”, 2012, entrevista con E. Albamonte, disponible en www.ftci.org). La “triple audacia” para la insurrección, que Lenin tomaba de Marx (que lo tomaba de Danton) en su Conseil d’un absent del 8 (21) de octubre de 1917, se remonta al florentino.

14. En el desarrollo de su libro The Gramscian Moment. Philosophy, Hegemony and Marxism, Leiden-Boston, Brill, 2009 que ya fue objeto de discusiones por F. Rosso y J. Dal Maso en números anteriores de la revista.

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