El “espíritu del 68” o Luc Boltanski y las consecuencias del Mayo francés

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Santiago M. Roggerone

UBA/ CONICET

Número 42, abril-mayo 2018.

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Las protestas de mayo y junio de 1968 que sacudieron a Francia y fueron protagonizadas inicialmente por agrupaciones políticas juveniles de izquierdas, y, enseguida, por sindicatos de base e incluso –de forma oportunista– por centrales obreras y el mismísimo Partido Comunista (PC), dejarían como saldo la mayor revuelta estudiantil de la historia del país y una de las más prolongadas huelgas generales ocurridas en Europa. Los acontecimientos, iniciados en la Universidad de Nanterre, proseguidos en La Sorbonne y extendidos pronto hacia las calles y las fábricas de la ciudad de París, se inscriben en el contexto de una ola de disturbios a nivel mundial entre los que se cuentan la Primavera de Praga, el Otoño Caliente italiano, la Masacre de Tlatelolco en México y el Cordobazo en la Argentina. A tal punto los sucesos resultaron inesperados, tomando totalmente desprevenido al gobierno de la Quinta República de Charles de Gaulle, que llegó a temerse que tuviera lugar una insurrección revolucionaria. La realidad, sin embargo, distó de ello. Pese a que la respuesta del gaullismo a la crisis conllevaría, entre otras cosas, la represión y detención de activistas, la prohibición de las manifestaciones callejeras, la disolución e ilegalización de organizaciones de izquierdas –entre ellas, la Jeunesse communiste révolutionnaire de Daniel Bensaïd– o el anticipo de los comicios legislativos, para finales de junio la situación estaba más o menos controlada. El movimiento, a fin de cuentas, estuvo dirigido por una burocracia conservadora que terminó pactando una tregua y por ende abortando la situación prerrevolucionaria que se había configurado.

Ahora bien, el régimen no conseguiría salir completamente indemne. Luego de las elecciones, se encontró obligado a hacer frente al malestar social existente por medio de un proceso de profundas reformas y concesiones a las masas. Como ha planteado recientemente Slavoj Žižek, el paradójico resultado de ello sería –no ya para Francia sino para occidente en su conjunto– “el surgimiento de una nueva figura del ‘espíritu del capitalismo’” que recuperaría “la retórica igualitaria y antijerárquica de 1968, presentándose como una revuelta libertaria exitosa contra las organizaciones sociales opresivas del capitalismo corporativo y el socialismo ‘realmente existente’” [1]. El propósito de lo que sigue es ahondar en estas peculiares consecuencias acarreadas por el repertorio de demandas y reclamos críticos del Mayo Francés. Para eso atenderemos, fundamentalmente, al trabajo de quien –junto a Ève Chiapello– propusiera la tesis del surgimiento de un nuevo espíritu del capitalismo; nos referimos, por supuesto, al sociólogo Luc Boltanski.

El malestar en la sociología

El itinerario del pensador considerado es representativo del de toda una generación, porque su comienzo, además de ser el de un militante de una organización como la Union de la Gauche Socialiste –en palabras del propio autor, “una mezcla de católicos de izquierda y trotskistas”– [2], es el de alguien estrechamente ligado a una de las iniciativas teóricas que más contribuirían al desarrollo de la cultura contestataria del período. En efecto, Boltanski inicia su senda intelectual enrolado en las filas de aquella sociología crítica de Pierre Bourdieu que, en los años previos a los sucesos del 68, había promovido una denuncia corrosiva del sistema educativo francés y los mecanismos de reproducción social por medio de los cuales los sectores privilegiados conservaban su poder frente a las clases populares [3]. Es por ello que para él debió haber constituido toda una sorpresa que el constructivismo estructuralista de su mentor se volviera uno de los blancos del movimiento –recuérdese el célebre eslogan escrito en la pizarra de un salón de La Sorbonne: Les structures ne descendent pas dans la rue. No es exagerado afirmar que el impacto generado por esta situación fue lo que, a la larga, condujo a Boltanski a romper con Bourdieu. Pues las consecuencias de lo acontecido en mayo y junio de 1968 serían no solo la mutación del capitalismo, sino también una reconfiguración político-cultural subsumida a esa mutación más amplia y fundamental, y que, por supuesto, tocaba a la propia sociología. En definitiva, hacía tiempo que se registraba un cierto malestar en una disciplina holística, afecta a lo cenital, a lo grande, y alejada, por consiguiente, de las perspectivas, prácticas y puntos de vista individuales de los actores.

Ya en la década de 1980, y luego de abordar en su tesis doctoral la constitución sociohistórica de les cadres jerárquico-ejecutivos ocurrida en el mundo empresarial francés entre los años treinta y mediados de los cincuenta [4], Boltanski toma resueltamente distancia de Bourdieu y, en el marco del Groupe de Sociologie Politique et Morale que anima en la École de Hautes Études en Sciences Sociales junto a Laurent Thévenot y Alain Desrosières, da vida a una sociología no ya crítica sino de la crítica. La misma, que a entender de Philippe Corcuff forma parte de las “nuevas sociologías relacionistas”, que irrumpen en la escena científico-social francesa durante los años ochenta y que se enmarca en el proyecto más amplio de una sociología de los regímenes de acción o compromiso [5], rechaza “la asimetría observada entre, por un lado, el esclarecido sociólogo […] y, por otro, las personas corrientes sumidas en la ilusión” [6], lo que la conmina no a poner en entredicho la dominación padecida inconscientemente por los actores, sino a orientarse de forma pragmática y describir las competencias y prácticas cotidianas de crítica y justificación desplegadas por éstos.

El capitalismo y sus espíritus

En el último período, sin embargo, Boltanski ha revisado su programa, intentando compatibilizarlo cada vez más con el bourdieusiano. Ya no se vale únicamente de un aparato conceptual inspirado por la filosofía pragmática norteamericana para determinar qué es justo o injusto para los actores, sino también de una cierta impugnación normativa de la realidad, situación que lo fuerza a ligar el análisis descriptivo del estado de las cosas y las formas actuales de la dominación a la necesidad del relanzamiento de la crítica. Como resultado de ello, en la actualidad Boltanski se encuentra intentando promover “un compromiso entre la sociología y la crítica social” [7], cosa en verdad difícil ya que supone entrecruzar dos perspectivas –la de la sociología pragmática y la de la teoría crítica de la sociedad– que en principio parecerían ser mutuamente excluyentes, para así entonces reintroducir la cuestión de la emancipación en el horizonte de preocupaciones de las ciencias sociales.

Como sea, el libro publicado por Boltanski y Chiapello en 1999 tiene el mérito de haber franqueado los límites del paradigma pragmático y haber vuelto a hablar del capital y del trabajo en un momento en el que pocos los hacían, efectuando –como oportunamente indicara Perry Anderson– “el intento más ambicioso hasta ahora de definir la forma global de las mutaciones del capitalismo del siglo XX” [8]. A través de un análisis pormenorizado del discurso del management o la gestión empresarial con los que se formaban les cadres, los autores propusieron una periodización del modo de producción capitalista y una perspectiva crítica de sus espíritus –es decir, de las diversas ideologías que justifican su derecho a la existencia y el compromiso asumido con él.

En términos generales, la tesis consiste en que el capitalismo moderno-occidental se ha desplegado hasta el momento a través de tres grandes etapas o fases históricas –esto es, la liberal o de mercado; la posliberal, monopólica e imperialista; y la neoliberal, trasnacional y globalizada–, contando siempre para ello con un determinado espíritu legitimador. El primero de los espíritus habría regido durante la segunda mitad del siglo XIX y habría estado encarnado por la figura del burgués emprendedor y las dimensiones de una creciente liberación espacial, la seguridad patriarcal y la creencia utilitarista en el progreso. El segundo espíritu del capitalismo, por su parte, se habría extendido plenamente desde la Gran Depresión hasta finales de la década de 1960, para lo que habría dispuesto del ideal de una organización planificada, traducido a su vez en el crecimiento, la centralización y la burocratización óptima de las empresas; en las figuras del director y los cuadros gerenciales y administrativos que hacen carrera y cuentan con protección sindical y beneficios proporcionados por sus compañías; en la colaboración con el Estado y cierta perspectiva de justicia social. El tercer espíritu, finalmente, habría tomado una forma definitiva a mediados de la década de 1970 como consecuencia directa de la implementación de las reformas neoliberales, y se habría basado en una recomposición del mundo laboral y el proceso económico por medio de la cual se habría hecho lugar a parte del repertorio de demandas del movimiento del 68 –esto es, principalmente, a las de autenticidad y liberación de toda jerarquía, control y vigilancia. El resultado habría sido un espíritu que legitima al capitalismo flexibilizado mediante la valorización de la aptitud para aprender y adaptarse permanentemente; el compromiso, la colaboración y el trabajo grupal; las dimensiones de lo personalizado e individualizado.

La crisis de la crítica…

Sin lugar a dudas, lo más original del planteo de Boltanski y Chiapello es la hipótesis de que la necesidad del capitalismo de reinventarse y hacerse sucesivamente de nuevos espíritus obedece a los efectos que la crítica produce sobre él. En último término, el pasaje de un momento histórico a otro y la adopción de diferentes ideologías justificadoras tendría que ver con la capacidad del capitalismo para reaccionar ante sus crisis, desarmar la crítica, absorberla y volverla contra sí misma o al menos eludirla. Y a decir verdad, el capitalismo habría dado sobradas muestras de esta capacidad tras los acontecimientos del Mayo francés, cuando, hallándose verdaderamente jaqueado, logró recuperar la iniciativa.

Según los autores, lo que básicamente habría sucedido durante la década de 1970 es que se habría logrado disociar las dos formas de la crítica que, hacia finales de los años sesenta, habían convergido propiciando un marco de acción radical y revolucionario, metabolizando a una y neutralizando a la otra. Nos referimos, por un lado, a esa crítica artista cuya condición de posibilidad viene dada por la experiencia indignante de la inautenticidad y la opresión, el desencantamiento y la deshumanización, y que esgrime la demanda cualitativa de la autonomía; y, por otro, a esa crítica social cuya condición es la experiencia de la explotación y la miseria, la desigualdad y el egoísmo, y que se articula a través de la demanda cuantitativa de la seguridad. Al interior del movimiento de los soixante-huitards, la crítica social habría sido desplegada, sobre todo, por los obreros y ciertos segmentos de los cuadros empresariales; su representación, por otro lado, habría corrido mayormente a cargo de la Conféderation Générale des Travailleurs (CGT) y su dirección, el PC. La otra de las críticas habría sido encarnada por los estudiantes y los cuadros jóvenes, aún cercanos a éstos; puesta en práctica originalmente por vanguardias políticas y artísticas tales como el grupo Socialisme ou barbarie o L’internationale situationniste, con el correr del tiempo habría sido enarbolada por la Conféderation Française Démocratique du Travail (CFDT) y el Partido Socialista (PS).

El punto es que, en el contexto del debilitamiento de la CGT y el concomitante fortalecimiento de la CFDT que ocurre desde mediados de los setenta –debilitamiento y fortalecimiento éstos que, ya en los ochenta, tendrán como correlato la crisis total del PC y el ascenso al poder del PS–, el mundo empresario no rechaza en bloque las ideas del Mayo Francés, mostrándose abierto, en particular, a las demandas cualitativas de autonomía, a las ideas antijerárquicas y autogestivas. Es así que, a instancias de unos cuadros y expertos que en calidad de estudiantes y graduados recientes habían participado en los acontecimientos de 1968, pronto se desarrollan nuevos métodos y dispositivos de gestión empresarial que recogen estas demandas e ideas, las cuales se traducen, no obstante, en toda una retórica de flexibilización laboral, de autocontrol, etc. Fue como si las nuevas élites que arribaron a las empresas y luego al Estado, identificadas con la crítica artista como estaban y desconfiadas de una crítica social demasiado asociada al comunismo y por tanto también, ahora, al totalitarismo, hubieran incorporado su cultura a los imperativos patronales y del capitalismo en cuanto tal, otorgándoles un sello propio y distintivo.

…y su nuevo comienzo

La crítica, de esta manera, se vio ante una crisis de la que solo habría logrado recuperarse recientemente, luego de que el grueso de los socialismos reales hallaran un final y los voceros del capital proclamaran que el neoliberalismo se había convertido en la única alternativa global posible. Habiendo sido separada de una forma artista de manifestación que el capitalismo ganó para sí –y reduciéndose, por consiguiente, a su faceta eminentemente social–, en la segunda parte de la década 1990 –y en medio del estallido de conflictos que en la época del fin de la historia y los grandes relatos se creían enterrados para siempre– empieza a gozar de un cierto reanudamiento. Hoy en día, este nuevo comienzo de la crítica se consolida cada vez más gracias a la proliferación de toda una serie de reclamos cualitativos, de los cuales los del movimiento feminista y los de los colectivos LGTB+ son tal vez los más representativos. Es esta perspectiva creciente de una nueva confluencia de la crítica social y la crítica artista lo que hace suponer que al menos algo del espíritu del 68 continúa aquí, entre nosotros [9].

  1. Žižek, Slavoj, “Legacy of 1968 protests: How a leftist revolution helped capitalists win”, en RT. Question More, consultado el 15/2/2018, en www.rt.com.
  2. Boltanski, Luc, “Eléments biographiques”, disponible en boltanski.chez-alice.fr.
  3. Cfr., por ejemplo, Bourdieu, Pierre y Passeron, Jean-C., Los herederos. Los estudiantes y la cultura, Buenos Aires, Siglo XXI, 2003 [1964]. Como parte del círculo sociológico de Bourdieu, Boltanski atiende, principalmente, a las cuestiones de la clase social y el cuerpo; véase, por sobre todo, Boltanski, Luc, Puericultura y moral de clase, Buenos Aires, Laia, 1974 [1969] y Los usos sociales del cuerpo, Buenos Aires, Periferia, 1975 [1971].
  4. Cfr. Boltanski, Luc, Les Cadres. La formation d’un groupe social, París, Editions de Minuit, 1982.
  5. Corcuff, Philippe, Las nuevas sociologías. Principales corrientes y debates, 1980-2010, Buenos Aires, Siglo XXI, 2013 [2011], p. 33. A propósito del proyecto sociológico impulsado por Boltanski y Thévenot, véase, especialmente, De la justification. Les économies de la grandeur, París, Gallimard, 1991. 6. Boltanski, Luc, De la crítica. Compendio de sociología de emancipación, Madrid, Akal, 2014 [2009], p. 45. 7. Ibídem, p. 76.
  6. Anderson, Perry, “El pensamiento tibio: una mirada crítica sobre la cultura francesa”, en Crítica y emancipación: Revista latinoamericana de Ciencias Sociales, Nº 1, 2008 [2004], p. 228. De aquí en adelante, nos basamos en Boltanski, Luc y Chiapello, Ève, El nuevo espíritu del capitalismo, Madrid, Akal, 2002 [1999].
  7. Para una cartografía de las corrientes y exponentes principales que encarnan el nuevo comienzo en cuestión, véase, en especial, Keucheyan, Razmig, Hemisferio izquierdo. Un mapa de los nuevos pensamientos críticos, Madrid, Siglo XXI, 2013 [2010].

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