El escéptico que quería creer

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A propósito de NO PIDAS NADA, de Reynaldo Sietecase

 

CELESTE MURILLO

Número 40, agosto-septiembre 2017

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No pidas nada de Reynaldo Sietecase encapsula el universo del Tano Gentili, un periodista que empieza investigando el suicidio de un militar acusado de crímenes de lesa humanidad para terminar persiguiendo otros colegas de armas prófugos de la Justicia.

Robándole las palabras al gran Petros Márkaris, el policial negro es una novela social y política, algo que explica el crecimiento y la vigencia del género. Y en una época donde la posverdad copa los medios de comunicación y gran parte de los discursos políticos, la literatura se encuentra hablando en el lenguaje de la ficción los hechos de la realidad y buscando las explicaciones que no se encuentran en otros territorios más reales.

Los grandes temas de No pidas nada, y de la serie que sigue la vida del oscuro doctor Mariano Márquez, son universales, en un sentido, y muy argentinos, en otro. La verdad, la Justicia y la venganza son material de novela acá y en Corea del Sur, pero las aventuras de Gentili están cruzadas por las marcas vernáculas de todo eso. Porque la Justicia está cruzada por la impunidad de la mayoría de los genocidas y los juicios a algunos militares y la verdad está envenenada por la mercantilización de los medios (que amarga, y con razón, al Tano). La venganza, hay que decirlo, siempre lleva detalles personales que la hacen única.

 

Por qué

“¿Por qué se matan los que matan?”, se pregunta Gentili, y la duda lo conduce a la interrogación general sobre el suicidio. Por esas charlas sobrevuelan explicaciones varias, desde los egipcios, pasando por San Agustín, hasta Lisandro de la Torre, casi todas centradas en lo moral del asunto. Quizás, con un poco más de tiempo, Gentili llegaba a las reflexiones del joven Karl Marx cuando intentaba refutar la raíz moral del suicidio en el capitalismo y se preguntaba sobre sus raíces en una sociedad, “en la que uno puede tener el deseo inexorable de matarse, sin que nadie pueda presentirlo” (ver “Reseña Acerca del suicidio”, IdZ 2, agosto 2013).

Sin embargo, todos sospechamos los motivos del prefecto Estévez: ¿iba a hablar? ¿Lo “ayudaron”? ¿Existe un pacto? Ese camino es el que inicia nuestro héroe que, como indica el manual de la novela negra, no es ni el más lindo, ni el más exitoso ni el más valiente (como lo describe su editor, “un cobarde que sabe dominar su miedo”); está un poco cansado pero no quiere resignarse del todo. Cuando empieza a destejer la maraña de logias e impunidad, un llamado lo llevará a las calles de Río de Janeiro, donde se completará el equipo con su colega, María Moura.

 

Cómo

Es la pregunta que motoriza la investigación del Tano y María en piso carioca. A su vez, en esta relación vemos lo más parecido al amor romántico que leeremos en estas páginas, y será una ventana a los deseos y frustraciones de Gentili. Aunque, como él mismo describe la mañana del año nuevo, los lazos que los unen tienen menos que ver con el amor que con la batalla:

Somos dos soldados que se cruzan en un abrazo antes de marchar hacia una guerra que les resulta indiferente. Hay más fraternidad que erotismo en este encuentro. No es amor. Es el cruce de necesidad y desconsuelo. Somos dos soledades en la multitud. Beso, luego existo. No es amor pero alcanza.

La investigación en Río confirmará algo que sospechamos: la connivencia entre policías, militares y narcotraficantes. No es un spoiler, es algo que ya sabemos antes de empezar porque No pidas nada se nutre de una realidad donde los malos siempre son los mismos o hacen negocios con ellos.

Milicias, narcos, militares y policías, mezclados con el misticismo de Mamá Ángela, la logia de San Judas y la persecución de los fantasmas propios completan un combo violento y atractivo. No caemos en la tentación, no adelantaremos más detalles para que la incertidumbre haga lo suyo.

 

Cuándo

Completa el mapa de los protagonistas Mariano Márquez, un abogado de credenciales de dudoso prestigio. La sospecha no tiene que ver tanto con su capacidad profesional sino con un pasado non sancto, que él hábilmente transforma en haber. Es el encargado de desplegar la historia del general Martín Belziuk, acusado de asesinar a los padres de la diputada Minetti, nacida en un centro clandestino durante la dictadura. Al no reunir pruebas suficientes contra el general, acude al abogado, acostumbrado a transitar la frontera entre legalidad e ilegalidad.

Es él quien decide cuándo se termina el territorio de la Justicia y se abre paso al de la venganza. Los personajes son el medio para habilitar esa venganza que se siente legítima cuando la Justicia es esquiva, un debate de facetas reales en un país donde la mayoría de los perpetradores del golpe genocida siguen libres, y los prófugos superan la centena.

Márquez es un pez en el agua en Tribunales; sabe todos los idiomas, puede hablar cara a cara con los “pibes chorros” y hacer un escrito legal impecable. Observador y tenaz, sabe absorber y reciclar todo lo que pasa cerca suyo, desde su paso por la cárcel hasta lecciones de cómo vestirse para ocasiones especiales como la visita a la Justicia:

El General luce un traje azul “diplomático”, un azul casi negro, que los diseñadores recomiendan para eventos especiales. Un traje ideal para oportunidades en las que hay que destacarse pero no tanto. La corbata también es azul y se recorta impecable sobre la camisa blanca. Un atuendo ideal para “visitar” tribunales cuando se tiene la certeza de que se podrá salir de allí.

El diablo está en los detalles, y los amantes del género en formato televisivo habrán recordado el enojo del abogado John Stone (John Turturro) de The Night Of cuando su cliente aparece en el tribunal con una camisa de color inadecuado para la sesión en la que lo acusarán de asesinato.

 

Dónde

Dónde termina la ficción y empieza la realidad es una pregunta siempre presente en el policial negro. No pidas nada no es la excepción y sigue la receta del género, que en Latinoamérica tiene el plus de las democracias limadas por la impunidad que siguió al terrorismo de Estado y el híbrido de las redes de trata y narcotráfico manejadas por criminales que atienden de ambos lados del mostrador del almacén de “la ley”. Como dice Paco Ignacio Taibo II, la popularidad de la novela negra en nuestro continente se explica porque la “versión oficial no corresponde a la realidad” (“La novela policiaca según Paco Ignacio Taibo II, Parra y Monteverde”, www.revoluciontrespuntocero. com).

En los dilemas de Gentili encontramos preguntas, desde místicas hasta las más terrenales, que podrían escucharse en cualquier café de Buenos Aires: ¿los juicios a algunos militares son la Justicia que todavía enciende movilizaciones como la del 2×1 a los genocidas? ¿Se puede acabar con la impunidad? ¿Hay algo después de la muerte? ¿Existe el amor después del amor?

 

Quiénes

Lectores y lectoras con apuro pueden pasar por No pidas nada sin interrumpir la vorágine a ritmo de subte y colectivo. Para los demás, la última novela de Sietecase puede ser una puerta a la historia del doctor Mariano Márquez. Este personaje, nacido en 2002 con Un crimen argentino, con los secuestros de empresarios que fueron marca registrada de la época de la “plata dulce” de fondo, es el otro héroe posible de la serie que completa A cuántos hay que matar. Más maldito y cuestionable que Gentili, es una pieza indispensable del rompecabezas de la justicia poética de la novela.

El periodista es el protagonista perfecto del policial negro argentino, que carga con la ausencia de detectives y la imposibilidad de utilizar policías, por su participación en la dictadura militar, la administración de negocios ilegales como el narcotráfico y la trata de mujeres, y su frecuente ineficacia. La excepción valiente de esta regla es la del Perro Lascano del escritor Ernesto Mallo, un policía que no comulga con la complicidad de la Policía en la dictadura.

El Tano se inscribe en la tradición argentina de Emilio Renzi de Ricardo Piglia, que también tiene exponentes con más fe en el periodismo como Verónica Rosenthal de Sergio Olguín. Más cascoteado que Rosenthal, mucho más que la joven e intrépida Olga Lavanderos de Taibo II, carga con años de desencanto y resignaciones, pero su libreta y los desafíos –de los buenos y los malos– lo mantienen a flote. Porque Gentili se pone escéptico, pero en el fondo se niega a dejar de creer.

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