El desafío de la inmigración

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PIETRO BASSO

Número 17, marzo 2015.

 

El trabajo del sociólogo italiano Pietro Basso, presentado originalmente en las Jornadas por los 150 años de la Primera Internacional realizadas en la universidad de Campinas (Brasil) en 2014, aborda la inmigración, no solo como problema actual sino como un potencial para la clase obrera internacional. Lo que el autor bien señala como desafío viene siendo una de las cuestiones clave en un escenario europeo cruzado por la xenofobia y el racismo.

 

Las migraciones plantean un desafío para el internacionalismo obrero. Y, agrego, este desafío no es nuevo. Lo afrontó muchas veces la Asociación Internacional de los Trabajadores, para el caso irlandés (aunque no solamente). Me limitaré al caso irlandés, que es fundamental. Marx planteó la cuestión del siguiente modo: en todos los centros industriales de Inglaterra, hay un “profundo antagonismo entre el proletariado irlandés y el inglés”, que se reproduce también más allá del océano, en Estados Unidos. “El obrero inglés odia al irlandés como un competidor que reduce los salarios y el nivel de vida. Siente por él antipatía nacional y religiosa”. Lo considera un competidor desleal, mientras por su parte el obrero irlandés considera al obrero inglés un ayudante de los opresores. Esta contraposición entre los proletarios de Inglaterra es alimentada por la burguesía, que sabe bien que esta “es el verdadero secreto del mantenimiento de su poder”, porque “impide cualquier alianza seria y sincera entre las clases trabajadoras”, y mina así la lucha por su emancipación común. Se puede remover este profundo antagonismo, afirmaba Marx en nombre de la Asociación, solo si se remueve su raíz. Y su raíz es la opresión de Inglaterra sobre Irlanda. Entonces debe eliminarse la esclavitud de Irlanda, reconociendo su derecho a la autodeterminación hasta la “completa separación”. Solamente de este modo, puede hacer avanzar la revolución social en Inglaterra y la confraternización entre los obreros ingleses y los obreros irlandeses, su emancipación común del yugo del capital.

El desafío que la Asociación Internacional de los Trabajadores enfrentó entonces, retorna hoy a escala global, magnificado porque jamás en la historia del capitalismo las migraciones han tenido la amplitud y profundidad actual.

 

Causas y condiciones actuales

Para ver en qué términos retorna, es necesario dar una mirada panorámica a las actuales migraciones internacionales y sus causas. Los aspectos desarrollados aquí serán, inevitablemente, parciales. Ante todo porque se referirán sobre todo a las migraciones desde el Sur hacia el Norte, que cubren actualmente la mitad del movimiento migratorio internacional, y se detendrá menos en las migraciones Sur-Sur que cubren otro tercio grande de ellas, y poco o nada en las migraciones Norte-Norte y Norte-Sur. Me excusaré diciendo que el tiempo es tirano, y que las migraciones Sur-Sur que tienen lugar necesariamente desde aéreas y países más pobres hacia aquellos más dinámicos y en ascenso tienen, desde mi punto de vista, diversos elementos de semejanza con las migraciones desde el Sur al Norte.

Las actuales migraciones internacionales se caracterizan por abarcar todo el globo y por ser un fenómeno estructural, de largo plazo, creciente amplitud, participación y protagonismo femenino. Entre 1950 y 2010 los emigrantes a escala internacional se han triplicado, pasando de 60 a 215 millones. Según las previsiones de la ONU debería casi duplicarse en los próximos 35 años (cerca de los 400 millones), contra un crecimiento de la población mundial del 30 %.

Este fenómeno de época se alimenta de un conjunto de causas que es necesario al menos mencionar.

La más profundamente radicada en la historia pasada es la desigualdad de desarrollo entre continentes y países que existe dentro del mecanismo unitario (y desigual, justamente) del mercado mundial. Por efecto del colonialismo histórico y del neocolonialismo muchos países del Sur viven en una condición de radical dependencia de los países del “centro”. Y esta condición los obliga, uno tras otro a proveer fuerza de trabajo a bajo costo y con poquísimos o (ningunos) derechos a los países dominantes (y también a aquellos no dominantes, pero en ascenso).

Un impacto asimismo imponente sobre las migraciones (internas e) internacionales lo tiene y lo tendrá la transformación de la agricultura asiática, sudamericana, africana, en sentido plenamente capitalista, con la progresiva toma de posesión de la producción agrícola y su comercialización de parte de las sociedades transnacionales que operan en ellas. Hoy el 35 % de la fuerza de trabajo mundial, mil millones de campesinos y trabajadores rurales, trabaja en la agricultura: la industrialización capitalista de la producción agrícola y la eventual introducción formal de la propiedad privada de la tierra en China la segará sin piedad, empujándola a abandonar los campos.

A estas dos grandes fuentes de migraciones internacionales se une la nueva plaga de las migraciones provocadas por los desastres ecológicos, que podrían golpear en los próximos decenios a decenas de millones de personas, y la vieja plaga de las guerras “locales”, que de locales no tienen nada –pensamos en Irak, Palestina, Siria, Sudán, África Central, Ucrania, como ayer Yugoslavia o el Congo–. Guerras que están produciendo el crecimiento de los refugiados y demandantes de asilo, que en 2013, por primera vez, han superado en el mundo los 50 millones.

 

Transformaciones de la inmigración

Dicho esto, no está todo dicho. Porque hay al menos otras dos causas de fondo de las migraciones internacionales, entrelazadas a las recién indicadas. La primera es la fortísima demanda por parte de Estados Unidos, Canadá, los países de Europa occidental e incluso los países del Sur en vías de desarrollo, empezando por el mismo Brasil. Estos países tienen una necesidad vital, inagotable de trabajadores y trabajadoras inmigrantes: las empresas para sostener la propia competitividad, los Estados y un número creciente de familias para amortizar los recortes al welfare state y “administrar” el envejecimiento de la población de modo privado y a bajo costo (en términos monetarios).

La retórica pública sobre detener la inmigración que enloquece a Europa y no solo a Europa, esconde una aspiración de otro tipo: que no es la de impedir la inmigración, sino la de poder disponer de una inmigración, mejor si es bien calificada, constituida de gast-arbeiter, de trabajadores temporarios hiperflexibles, es decir, superexplotados, hiperprecarios, dispuestos, constreñidos por su propia condición, a aceptar cualquier sacrificio, a diferencia de los viejos inmigrantes que están establecidos y radicados.

La última causa potente de las migraciones internacionales es el crecimiento de las expectativas de las poblaciones trabajadoras del “Sur” del mundo. Si, como de hecho ocurre, los propios países de nacimiento no están en condiciones de ofrecer “trabajo digno” y de una “existencia digna”, esta posibilidad es buscada ahí donde tales condiciones se acumularon históricamente.

Esto vale especialmente para las mujeres, que constituyen hoy la mitad de las migraciones internacionales y por primera vez en la historia abren en muchos casos el proceso migratorio de grupos familiares enteros, de pueblos enteros, o emigran solas por la incomprimible aspiración de “vivir mejor”.

La crisis que estalló en 2007/2008 no ha convulsionado este cuadro. Las migraciones de retorno desde Estados Unidos y Europa han sido en conjunto modestas y no hay ninguna razón para esperar una declinación general de la movilidad de las poblaciones a escala mundial. Mientras permanezcan operantes las causas de fondo mencionadas, este fenómeno está destinado a ampliarse. La única variación de relieve es que después de la crisis los países de inmigración pretenden todavía más que antes tener inmigrantes que sean temporary workers o posted workers, con salarios y derechos menores de aquellos ya limitados de los inmigrantes permanentes. Pero esta pretensión choca con las expectativas de los inmigrantes y con la dificultad –para ellos– de “ubicarse” en sus países de origen.

En líneas generales, entonces, las migraciones internacionales contemporáneas se caracterizan por ser cada vez más definitivas. La profundidad de la radicación de los inmigrantes, incluso las nuevas palancas de la inmigración en Estados Unidos y en Europa han sido bien cultivadas, a su modo, por los teóricos del “choque de civilizaciones” a la Huntignton y por la miserable fila de los “periodistas” de la islamofobia.

Este proceso, fruto de la violencia brutal del mercado mundial, es un formidable factor de transformación social. Las migraciones internacionales, de hecho, acumulando sus efectos en el tiempo (destaco este efecto acumulativo), no dejan nada en su lugar, ni en las sociedades “de partida”, ni –mucho menos– in aquellas de “llegada”. De un lado, ligan con hilos de acero los países de emigración al mundo entero en el plano, material, cultural, político. Del otro, después de Estados Unidos (una nación de inmigrantes), están transformando definitivamente también las sociedades europeas, algunos países y algunas áreas del Sur del mundo en sociedades “multirraciales”, multinacionales, multiculturales. Transforman primero los lugares de trabajo, después las escuelas, los lugares públicos, los servicios, las formas de asociación, los sindicatos, la producción artística, el deporte y –cambio no menos relevante– la vida afectiva de los individuos, las relaciones de amistad y amor. La velocidad de tal transformación es altísima. Hace treinta o cuarenta años pocas metrópolis europeas podían considerarse “ciudades globales”. Hoy, incluso Italia, transformada en pocas décadas en un país de inmigración, está llena de medianas y pequeñas “ciudades globales”, ciudades pequeñas y medianas en las cuales se condensa el mundo, compuestas de decenas y, algunas, de un centenar de nacionalidades y de lenguas distintas, unidas por miles de redes al mundo entero.

Y un país como Alemania, que en los años ‘30 y ‘40 podía embriagarse con el sueño enfermo de volver a ser étnicamente pura, hoy tiene el 20 % –repito el 20 %– de su población con un Migrationshintergrund, un “trasfondo migratorio”, con algún tipo de ascendencia de inmigrantes. El dato de la realidad es este: en todos los países de inmigración se está creando una indescifrable mescolanza de “razas” y nacionalidades, especialmente en sus metrópolis, que son las verdaderas trituradoras de las diferencias nacionales.

Problemas y potencialidades

Este formidable proceso de transformación, ligado a las migraciones internacionales está, desde mi punto de vista, lleno de potencialidades positivas. La mayor de ellas es la posible superación de la angustia y los antagonismos nacionales y “raciales”, que tanto han dañado en el pasado al movimiento obrero y la humanidad entera. Con las migraciones internacionales globales, de hecho, se está formando a nivel mundial –no solo en Estados Unidos, Canadá, Europa, también en la península arábiga, en Sudáfrica, en Brasil, incluso en Japón– una masa de proletarios que viven su existencia sobre un terreno directamente mundial en cuanto el mercado mismo los coloca más allá de los compartimentos nacionales. Una masa compuesta de aquellos “individuos empíricamente universales”, aquellos individuos “insertos en la historia universal”, de proletarios insertos directamente en la historia universal, que Marx y Engels, en La Ideología Alemana, previeron como el producto del desarrollo universal de las fuerzas productivas, obra del capitalismo.

Es cierto, estos individuos no aparecen hoy por primera vez, ni se los debe ver en modo romántico como “proletarios puros”, carentes por naturaleza de las debilidades y los prejuicios propios de los demás proletarios. Pero como nunca antes su existencia en masa a escala global puede ayudar al acercamiento y la confraternización entre los proletarios de todo el mundo. También porque esta es otra importante novedad respecto de los tiempos de la Primera Internacional, la mundialización cada vez más completa del mercado laboral y de la política neoliberal hace que un creciente número de proletarios de países ricos, dominantes, imperialistas vean progresivamente empeorar su propia condición y comiencen a sentirse inmigrantes en su propia tierra.

Mientras en 1870 se iniciaba un proceso de “aburguesamiento” de los obreros británicos que se habría de extender por largas décadas a los demás países europeos y a Estados Unidos, desde 1974/75 se inició en el centro mismo del capitalismo mundial un proceso, igualmente de largo plazo, de reproletarización de los proletarios de las metrópolis imperialistas, que habían soñado por décadas con poder “ir al paraíso”, –y por tanto dejar finalmente de ser proletarios– una fortuna que les ha sido, por el contrario, negada.

Los primeros en comprender los peligros implícitos en esta doble dinámica objetiva, son los Estados de los países de inmigración que están oponiendo al proceso de época en marcha hacia un proletariado siempre más internacional en su composición y su extensión, un conjunto de discursos, políticas y prácticas racistas. Este racismo de Estado trabaja incesantemente para añadir a las viejas desigualdades de clase y de género, nuevas desigualdades de base “étnica”, nacional o religiosa. Especula vulgarmente sobre el hecho de que los proletarios inmigrantes están constreñidos a competir a la baja con los proletarios autóctonos, atizando incesantemente el antagonismo entre proletarios autóctonos e inmigrantes, entre los proletarios inmigrantes de diferentes nacionalidades e incluso entre los de una misma nacionalidad (atizando a los viejos residentes contra los recién llegados).

Crean estratificaciones étnicas del mercado de trabajo. Hacen de todo para suscitar y exasperar el “racismo popular”: en Europa, los “clandestinos”, los islámicos, los gitanos rom, los refugiados, son sus blancos preferidos.

Italia ha alcanzado una serie de récords vergonzosos en este campo. Y si observamos los seguidores que –con el silencio y la cómplice pasividad del viejo movimiento obrero– que han conquistado entre los proletarios europeos el Frente Nacional en Francia, La Lega en Italia, Ukip en Gran Bretaña, Aurora Dorada en Grecia y movimientos análogos en toda Europa, incluida la Escandinavia de la masacre de Oslo de 2011, comprendemos que la calle que conduce al happy end que está en nuestros deseos no viene precisamente en bajada.

Desde este ángulo, ya está todo escrito. En los países dominantes, en los países de inmigración, para estabilizar el propio poder debilitado por el estallido de una crisis grandísima como la actual, la dupla Estado/capital nunca dejará de intentar lanzar a los proletarios de diversas nacionalidades unos contra otros –como en 1870, y quizás, con mayor violencia y experiencia–.

Pero nada está decidido de antemano. En primer lugar porque las proletarias y los proletarios inmigrantes no son materia inerte. Tienen detrás de sí una larga historia de protagonismo social y político colectivo, que va desde el papel determinante que tuvieron en 1886 en Chicago y en Estados Unidos en la batalla internacional por las 8 horas, el rol de vanguardia en el ciclo de luchas obreras que sacudió Europa occidental entre 1968 y 1973, hasta la gran revuelta de las banlieues parisinas en 2005, al magnífico 1 de mayo de 2006 en Estados Unidos, y la múltiple resistencia que están oponiendo en Europa a las políticas de Estado, alentados por la reciente sublevación de las masas árabes en Egipto, Túnez y otros lugares. Por no hablar de la miríada de huelgas en empresas agrícolas en China, obra de mujeres y hombres inmigrantes, si bien “solo” internos, una vanguardia de aquel ejército de 740 millones de migrantes internos que han hecho sentir su voz, casi siempre femenina, también en Bangladesh, en Vietnam, en México, etc.

La autoorganización de los proletarios inmigrantes queda como la primera, esencial fuerza de oposición a la acción del mercado y los Estados. Pero será fundamental que los proletarios de los países de inmigración apoyen esta resistencia sin precondición alguna, si se alinean –sin reservas– por la completa paridad de tratamiento efectivo entre proletarios inmigrantes respecto de los autóctonos, por la radical supresión de todos los mecanismos que todavía hoy producen y reproducen las desigualdades entre los proletarios de diversas nacionalidades. Solo de este modo se socava el terreno bajo los pies de las políticas capitalistas de división y contraposición entre las nacionalidades.

La posición de Marx y de la Asociación Internacional de los Trabajadores sobre el caso irlandés mantiene plena actualidad, si bien en un contexto distinto. Retomando ese planteo podemos decir: como en 1870, la revolución social –hoy no solamente en Inglaterra o en los países más avanzados, sino en el mundo entero– puede avanzar solo sobre la base de la “seria y sincera alianza”, de la solidaridad, de la unidad entre los proletarios y las proletarias de todos los países. Y puesto que el capitalismo global se ha derrumbado en un marasmo económico y político gigantesco del cual no se ven vías de salida capitalistas que no sean trágicas, la reemergencia de la revolución social aparece más que nunca deseable, indispensable, urgente. Es este desafío con el cual será necesario medirse.

 

Traducción: Juan Dal Maso

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