El capitalismo global como construcción imperial

0
Share Button

DEBATES SOBRE EL IMPERIALIMO HOY (I)

 

ESTEBAN MERCATANTE

Número 27, marzo 2016.

VER PDF

 

Con este artículo, que discute el libro de Leo Panitch y Sam Gindin La construcción del capitalismo global, iniciamos una serie de reflexiones sobre algunas de las elaboraciones recientes que discuten sobre los rasgos del imperialismo hoy y la capacidad de explicarlo desde la teoría marxista.

 

En el momento en que se cumplen 100 años desde que Lenin escribiera Imperialismo: fase superior del capitalismo, varios trabajos vienen discutiendo sobre la actualidad o inactualidad de las coordenadas trazadas por esta obra y las de otros autores marxistas. Desde la ofensiva guerrerista iniciada por George W. Bush este concepto volvió al debate marxista, después de haber caído en el abandono durante los tiempos de retroceso ideológico durante la ofensiva conservadora de los ‘80. El economista marxista indio Prabhat Patnaik señalaba que el imperialismo, que a mediados de los años ‘70 “ocupaba tal vez el lugar más prominente en cualquier discusión marxista”, tres lustros después “ha desaparecido virtualmente de las páginas de las revistas”, y “los marxistas más jóvenes parecen perplejos cuando el término es mencionado”1.

Desde el comienzo del milenio, una nueva producción ha comenzado a discutir los rasgos del imperialismo en tiempos de internacionalización productiva desde la teoría marxista, analizando en algunos casos críticamente las elaboraciones “clásicas”, realizadas por los marxistas durante las primeras décadas del siglo xx, entre las que destaca el trabajo de Lenin que marca las nuevas coordenadas estratégicas de la época. Imperio, de los filósofos neoautonomistas Antonio Negri y Michael Hardt, anticipó en el año 2000 este regreso a escena del tema, construyendo la teoría de un imperio sin centro. “EUA no constituye –y, en realidad, ningún Estado-nación puede hoy hacerlo– el centro de un proyecto imperialista”, decían tres años antes de la invasión a Irak2. Las tesis de este libro tendrían un duro choque con la realidad ante el despliegue de la agenda neoconservadora del imperialismo norteamericano que trajo la administración de George W. Bush.

David Harvey, Ellen Meiksins Wood, Giovanni Arrighi, Robert Brenner, Perry Anderson, serían responsables de algunas de las intervenciones más destacadas de este retorno al debate, varias de las que iremos discutiendo en esta serie.

En esta nota abordaremos el trabajo de Leo Panitch y Sam Gindin, La construcción del capitalismo global. La economía política del imperio estadounidense (que acaba de ser publicado por Akal en castellano). Este sostiene que desde la posguerra EE.UU. domina el planeta integrando de forma subordinada a las demás potencias (y al resto de los países) bajo su imperio informal. Una especie de “superimperialismo”, término al que no recurren los autores pero que se acerca mucho a su caracterización3, definiendo condiciones muy distintas a las de la rivalidad interimperialista que caracterizara Lenin como un elemento central de la nueva época.

 

El planteo

El libro La construcción… destaca por la meticulosidad con la que historiza el ascenso de los Estados Unidos al rango de superpotencia. La articulación entre la política interna y la política exterior en los EE.UU., la paulatina acumulación de capacidades estatales adecuadas para moldear el capitalismo mundial de acuerdo a los requerimientos de las corporaciones norteamericanas pero dando un lugar destacado a la estabilidad sistémica en beneficio de todo el capital global, y el impulso al desarrollo de instituciones multilaterales adecuadas a este objetivo, son analizadas recurriendo a un abundante acerbo documental.

Dos tesis fundamentales estructuran el libro. La primera de ellas, es que para entender el surgimiento del capitalismo global contemporáneo, es necesario considerar ante todo el rol jugado por los Estados en la construcción del mismo. Yendo al cruce de distintos planteos “globalófilos”, la premisa es que lejos de ser el resultado de determinaciones económicas que operan de manera “automática”, el capitalismo mundializado ha dependido de la capacidad estatal para crear mecanismos adecuados a la internacionalización del capital. Sobre todo de la capacidad del Estado norteamericano para poder operar como garante de la acumulación de capital a escala planetaria.

Este libro es sobre la globalización y el Estado. Muestra que la ampliación de los mercados, circulación de valor y relaciones sociales capitalistas en todo el mundo, lejos de ser un resultado inevitable de tendencias económicas expansionistas, ha dependido de la acción de los estados —y de uno en particular: EE. UU. (VII)4.

La segunda tesis clave del libro, es que la transformación de los EE. UU. en superpotencia, y la integración subordinada del resto de las viejas potencias europeas bajo su órbita junto al resto de las formaciones capitalistas, se operó mediante la conformación de un “imperio informal”. EE. UU. “tuvo éxito en integrar a todas las demás potencias capitalistas en un sistema efectivo de coordinación bajo su égida” (8). Esta tesis no tiene nada que ver con el planteo de Michael Hardt y Toni Negri. El imperio de Panitch y Gindin es un imperio con un claro centro, el Estado norteamericano operando en todo el mundo a través de una serie de instituciones multilaterales y Estados “vasallos” de distinta jerarquía.

Para los autores, EE. UU. fue capaz de lograr lo que definen como “condiciones estables para la acumulación globalizada de capital” (8), gracias a lo que definen como internacionalización del Estado. Esta definición no debe entenderse como la emergencia de un nuevo “proto-Estado global” a través de las nuevas instituciones que surgieron en la posguerra; estas “estaban constituidas por los propios Estados”, aunque para Panitch y Gindin estos últimos están “embebidos en el nuevo imperio norteamericano” (9). Lo que quiere decir la idea de internacionalización de los estados es que “ahora también debían aceptar cierta responsabilidad en promover la acumulación de capital de un modo que contribuyera al manejo de orden capitalista internacional liderado por los EE. UU.” (9).

 

Un orden mundial a imagen y semejanza de la superpotencia

Panitch y Gindin buscan demostrar cómo el orden mundial posterior a la II Guerra Mundial es resultado de la proyección de los caracteres del desarrollo y gobernanza capitalista de los EE. UU. hacia el resto del mundo. Su estudio comienza con un análisis de cómo se forjó el capitalismo estadounidense, y los rasgos particulares de su Estado desde el comienzo.

El New Deal resaltó “la distintiva interdependencia entre el Estado y el capital [que] se probaría crítica para la manera específica en que [los Estados Unidos] jugaron su rol emergente como administradores del capitalismo a escala global” (63). Durante el período que va entre las dos guerras mundiales, los EE. UU. terminaron de desarrollar las capacidades que desplegarían luego de la guerra para asegurar la conformación de un orden trasnacional integrado, apoyado en el compromiso de todos los Estados de dar garantías e igualdad ante la ley a todos los capitales. El Departamento del Tesoro y el Departamento de Estado serían las agencias clave en este desarrollo. En la posguerra, serían estas dependencias las que jugarían un rol central para forjar el accionar coordinado de los Estados.

Los acuerdos de Bretton Woods sobre el orden monetario internacional, y la intervención del estado norteamericano en la reconstrucción europea de posguerra, sentaron las bases para un período excepcional de crecimiento que se prolongaría hasta finales de los ’60, apoyado en el gran esfuerzo estatal y en la destrucción creada por la propia guerra. El comercio internacional se incrementó durante los años ’60 un 40 % más rápido que la producción bruta, y el ritmo de la inversión directa fue aún mayor, duplicando la tasa de crecimiento del producto.

La construcción… caracteriza la crisis que puso fin a este boom como las “contradicciones del éxito” (111). Pero, observan, esta crisis abrió paso a una renovación del impulso imperial de los EE.UU., que lo llevó a impulsar mayores niveles de integración global desde los años ’80. La manera en que la crisis fue resuelta “fue decisiva para concretar el proyecto de un capitalismo global bajo liderazgo norteamericano durante las dos últimas décadas del siglo xx” (164). Una serie de transformaciones importantes tuvieron lugar, entre ellas la de la relación entre las finanzas y la industria. “Una porción mucho mayor de las ganancias corporativas globales iba ahora al sector financiero” (187). Además ocurrió “una vasta reestructuración” industrial que relocalizó varias de ellas (188). Quizás lo más importante, se registró un giro hacia la producción manufacturera de alta tecnología, una “revolución mayormente liderada por los EE. UU.” (190) que atravesó la informática, telecomunicaciones, química y farmacia, producción aeroespacial e instrumentos científicos. Esto reconstituyó la base del capitalismo norteamericano, y sentó las bases para la internacionalización productiva comandada por los EE. UU.

 

El imperio no es un imperialismo

El planteo de La construcción… tiene como gran virtud sostener que el sistema internacional de Estados formalmente independientes puede ser (y efectivamente es) la base para constituir relaciones de vasallaje y dominio. Es muy importante tener esto presente cuando uno de los aspectos por los que se cuestiona la relevancia actual de la teoría del imperialismo es por interpretar la proliferación de Estados soberanos durante los últimos 60 años como una superación de la condición dependiente y (semi) colonial de dichas formaciones.

El problema es que Panitch y Gindin no hacen mayores distinciones entre las relaciones establecidas por los EE. UU. con las viejas potencias imperiales, y el resto de los Estados. Sí observan que la dedicación de recursos destinada a la recuperación Europea fue muy superior, y en su análisis se puede observar que el esfuerzo dedicado a integrarlas en el orden trasnacional comandado por los EE. UU. fue muy superior al dedicado al resto del mundo. Pero fuera de esto, no merece mayores distinciones el tipo de vínculo que EE. UU. establece con éstas y con el resto de los Estados, todos integrados por igual en el dispositivo de dominio imperial.

Podemos ver entonces que las relaciones entre las potencias son para Panitch y Gindin de una naturaleza muy distinta de la que caracterizara Lenin en Imperialismo… Allí, polemizando con Kautsky (quien tenía la visión de que el enfrentamiento inter-imperialista no era inherente a la naturaleza de la fase imperialista, y en cambio era posible esperar que las potencias tendieran a actuar de forma concertada empujadas por la misma interdependencia de la economía internacionalizada), Lenin sostenía que una de las “particularidades ‘histórico-concretas’” del imperialismo contemporáneo era la rivalidad “de varios imperialismos”. Esta no expresaba sólo una situación a ser superada, como consideraba Kautsky; el desarrollo desigual, inherente a la dinámica del capitalismo global, haría imposible cualquier equilibrio duradero entre las potencias, sobre la base del cual pudiera asentarse un acomodamiento estable de sus relaciones.

En La construcción…, partiendo de la verdad incontrovertible de que el poderío norteamericano ha sido desde la salida de la II Guerra muy superior al de las demás potencias, y considerando cómo el Estado norteamericano se aplicó durante el período de la reconstrucción de posguerra a crear condiciones para el involucramiento de todos los estados en el sostenimiento de un espacio mundial capitalista integrado, descartan como algo del pasado la rivalidad entre potencias imperialistas.

Para Panitch y Gindin no se trata sólo de un cambio histórico, sino de un defecto que tenía en su visión las teorías del imperialismo de principios del Siglo XX, con “su tendencia a elevar un momento coyuntural de rivalidad inter-imperial al rango de una ley inmutable de la globalización capitalista”5. Esto se liga para los autores con lo que consideran “el aspecto más defectuoso” de estas teorías, “su visión reduccionista e instrumentalista del estado”6, en el sentido de que –erróneamente para los autores– se consideraría una preeminencia a las determinaciones económicas como punto de partida para comprender las relaciones interestatales.

Pero algo que falta en el libro de Panitch y Gindin es una adecuada teorización del Estado y de las relaciones sociales en las que se basa. Abunda la descripción del accionar del Estado norteamericano y de la “internacionalización” de los Estados, pero esta no es satisfactoriamente conceptualizada ni inscripta en una teoría de las relaciones interestatales. En el caso de la potencia imperial, sus agencias se elevan por sobre la perspectiva inmediatista de la clase capitalista para dirigir la construcción del capitalismo global. El resto de los Estados, en cambio, se limitan a responder colaborativamente en aras de la acumulación global.

No es caer en un “instrumentalismo” proponerse situar las determinaciones, posibilidades y límites de la acción de todos los Estados, y los condicionamientos recíprocos en el sistema de Estados, tomando como punto de partida la acumulación de capital a escala global. El capitalismo globalizado bajo el impulso norteamericano, no puede sobreponerse a la relación contradictoria entre lo que David Harvey define como “procesos moleculares de acumulación”, y la lógica territorial del poder, en el que los Estados nacionales siguen jugando un rol clave y que, lejos de ser actores pasivos a los requerimientos del “imperio”, intervienen en defensa de determinados sectores de la burguesía y del incremento de su poderío estatal (para asegurar el dominio sobre las clases subalternas y para preservar su fuerza comparativa con los demás Estados). Porque la economía mundial de la etapa imperialista une “en un sistema de dependencias y de contradicciones”7, es que se hace necesario considerar la mutua determinación de las relaciones entre la economía, las clases sociales dentro de cada Estado y las relaciones entre los Estados, relaciones que para Trotsky conformaban lo que definía como el equilibrio capitalista8. Que “el capitalismo no puede llevar ninguna de sus tendencias hasta el fin”9, se expresa de manera patente en los esfuerzos por administrar esta contradicción entre las fuerzas productivas cada vez más internacionalizadas y la persistencia de su basamento nacional.

Sin ingresar en estos problemas, la narrativa de Panitch y Gindin en la que el Estado norteamericano no enfrenta mayores restricciones en su capacidad para supervisar y transformar el sistema mundial y las relaciones interestatales, exagera la coherencia que adoptó la configuración de la economía global. Aunque los autores registran que el proyecto norteamericano se topó con contradicciones, resaltan la capacidad de los EE.UU. para orquestar una salida de las mismas que le permita seguir avanzando de acuerdo a sus designios previos.

Es interesante recordar que Perry Anderson, quien también tiende a acentuar la fortaleza del poderío norteamericano, ha destacado sin embargo las dificultades crecientes que tiene para perpetuar las condiciones de preeminencia. En su opinión, el “Imperio” se está volviendo “desarticulado del orden que procuraba extender. La primacía norteamericana no es ya el corolario de la civilización del capital”10. El autor evidencia así los límites crecientes que enfrenta la hegemonía norteamericana, aunque hoy no haya quien pueda proponerse disputarla.

El sobredimensionamiento de las capacidades de la potencia imperial se expresa de manera elocuente en las capacidades de contención de la crisis que Panitch y Gindin le otorgan. Ellos rescatan que la respuesta ante el estallido de la crisis de Lehman, y en los momentos más críticos que se produjeron desde entonces con la crisis de deuda en Europa, primó la acción coordinada. Pero mientras que esto sirvió para actuar en la emergencia contra la amenaza de una nueva Gran Depresión, carece de eficacia ante los problemas de fondo. Los que nos remiten al problema de cómo se reestructura la economía para dar impulso a la acumulación de capital, un juego de “suma cero” que, lejos de poderse metabolizar mediante un concenso global, exacerba la competencia y las salidas unilaterales. Desde 2008, la “contención” no permite disfrazar un panorama ominoso, donde la perspectiva es de un largo período de crecimiento a tasas paupérrimas, acompañado de alta inestabilidad financiera. La crisis está empujando en todo el globo a una polarización política en la que se fortalecen las respuestas que tienden a cuestionar el orden global liberal por derecha y por izquierda, lo que viene ocurriendo con fuerza en Europa. Preservar la unidad de los principales Estados bajo sus designios, se vuelve bajo estas condiciones, un objetivo cada vez más difícil para los EE. UU.

Que el imperialismo norteamericano pudiera actuar como un “imperio” durante un período prolongado desde la posguerra, respondió menos a un cambio en la naturaleza de las relaciones entre las potencias, que a un conjunto de condiciones que permitieron a los EE. UU. evitar, hasta el momento, que el “desarrollo desigual” invirtiera el balance de fuerzas en su contra. Los síntomas de que esto está empezando a cambiar irremediablemente, aparecen en varios planos.

Seguiremos en próximas notas discutiendo con autores que desarrollan otros aspectos críticos para el debate del imperialismo contemporáneo.

 

  1. Prabhat Patnaik, “Whatever happened to imperialism?”, Social Scientist vol. 18, nº 6-7, New Delhi, 1990.
  2. Michael Hardt y Antonio Negri, Imperio, Buenos Aires, Paidós, 2002, p. 15.
  3. “En este caso una sola superpotencia imperialista posee tal hegemonía que las otras potencias imperialistas pierden toda independencia real frente a ella y quedan reducidas a la condición de pequeñas potencias semicoloniales”, Juan Chingo y Gustavo Dunga, “¿Imperio o imperialismo?”, Estrategia internacional 17, otoño de 2001.
  4. Las citas del libro corresponden a la versión original de The making of global capitalism. The Political Economy of American Empire, Nueva York, Verso, 2012 y son traducción propia. Los números de página los indicamos en el cuerpo del texto, entre paréntesis.
  5. Leo Panitch y Sam Gindin, “Capitalismo global e imperio norteamericano”, Socialist Register, Buenos Aires, Clacso, 2005.
  6. Ídem.
  7. León Trotsky, Stalin, el gran organizador de derrotas, p. 94.
  8. Paula Bach, prólogo a León Trotsky, Naturaleza y dinámica del capitalismo y de la economía de transición, Bs. As., CEIP, 1999.
  9. León Trotsky, Naturaleza…, ob. cit., p. 183.
  10. Citado en Esteban Mercatante, “El imperio contraataca”, IdZ 6, diciembre 2013.

No comments