El anarquismo y el trabajo de base en la Argentina de entreguerras

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DIEGO CERUSO

Número 19, mayo 2015.

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La influencia actual de la izquierda en la clase obrera tiene su antecedente en la constitución misma del movimiento obrero argentino. Allí, desde los últimos treinta años del siglo XIX, las corrientes políticas, el anarquismo y el socialismo en ese entonces, comenzaron a dar los primeros pasos en la construcción de un movimiento social que lenta, pero sostenidamente, ganaría influencia en la vida política nacional.

La importancia de este proceso es que permite desanudar la idea extendida acerca del “nacimiento” de la organización proletaria con el surgimiento del peronismo. No fueron pocos los especialistas que hicieron extensiva esta afirmación a casi todos los aspectos de la lucha de los trabajadores y validaron la imagen que el movimiento obrero había obtenido presencia en las fábricas con el surgimiento de las comisiones internas a consecuencia del modelo gremial peronista. Esta capacidad de ramificación hasta los sitios de producción ha sido marcada acertadamente en reiteradas ocasiones como un aspecto relevante para explicar la fortaleza del movimiento obrero argentino. Pero como en tantos otros ámbitos, en la militancia en el lugar de trabajo existe una larga tradición edificada por el desempeño mancomunado del movimiento obrero y la izquierda1.

En el marco de una crisis mundial y el desarrollo de la Primera Guerra Mundial, la economía argentina incrementó la diversificación de su matriz productiva aunque sin modificar su carácter de capitalismo agroexportador. El paulatino crecimiento de la industria implicó un aumento de los trabajadores en ese sector y la generalización de las grandes fábricas. Esto no significó el inicio de la producción industrial en la Argentina pues existían sectores, como los frigoríficos, que ya tenían una extendida presencia en este sentido. La industrialización se afianzó con mayor nitidez con posterioridad a la crisis mundial de 1929 y, en particular, a partir que la economía retomó la senda de crecimiento y dejó atrás las consecuencias más fuertes de la depresión. A partir de los primeros años de la década del treinta, la industria se situó como el área económica más dinámica y esto produjo un aumento de la cantidad de trabajadores. Indudablemente, el incremento de las dimensiones de las unidades productivas propició un terreno fértil para conformar estructuras colectivas de agremiación de los obreros. Conforme ganaron peso, los rubros industriales se mostraron más activos y el movimiento obrero que allí se desempeñaba avanzó en los niveles de organización y presencia en los lugares de trabajo.

El anarquismo en Argentina, surgido como dijimos a fines del siglo XIX, había colocado el primer mojón de su historia con la fundación de su histórico periódico La Protesta en 1897. A partir de allí, crearon e influyeron en asociaciones gremiales así como en numerosas y determinantes áreas sociales y culturales. En 1901, con la Federación Obrera Argentina, inició el sendero de la construcción de una central de trabajadores que luego, en 1904, se reconvertiría definitivamente en la Federación Obrera Regional Argentina (FORA) y serviría de bastión en el mundo gremial. Con su ideario compuesto por la acción directa y la huelga general, entre otros principios, se perfiló como una corriente dinámica que creció al calor de las luchas populares urbanas y rurales. Ese crecimiento incesante comenzó su declinación como consecuencia de la feroz represión de los gobiernos conservadores que, con la Semana Roja de 1909 y la derrota del Centenario, asestó un duro golpe al campo ácrata.

Junto a esto, otros elementos incidieron en su pérdida de influjo. Nos referimos a la inadecuación de algunos de sus principios organizativos que se mantuvieron inelásticos en un contexto económico que comenzaba a modificarse y a presentar avances más certeros hacia una industrialización que atentaba contra las formas artesanales de producción y, en consecuencia, al principio forista de asociar gremialmente a los trabajadores por oficio2.

 

Años veinte: entre el delegado individual y la organización colectiva

Entre 1916 y 1922 se sucedió un ciclo de luchas obreras que tuvo su punto más álgido en la conocida Semana Trágica ligada a la huelga en los talleres metalúrgicos Vasena, los muertos en la Patagonia y los sucesos en el Chaco con la violencia impartida en y por La Forestal. En este período, los esfuerzos anarquistas se circunscribieron a la búsqueda de reconocimiento de los delegados en algunas fábricas como la cervecería Palermo o la productora de cigarrillos Piccardo. De modo casi marginal, habían conformado una comisión de 28 miembros que mantenía una representación de dos delegados por cada una de las secciones internas en Vasena un año antes de la huelga en 1919. Ya a la salida de ese ciclo de protestas, y bajo una merma general en la conflictividad, se registra de modo fragmentario la presencia y el impulso por parte de los anarquistas al funcionamiento del delegado entre los metalúrgicos, albañiles y pintores como así también en el gremio gráfico, tal el caso del taller Bernard. El anarquismo se encontraba en los años veinte fuertemente diezmado en sus fuerzas y dividido en numerosas corrientes. Pero, también, se destacaba la preocupación por la pérdida de representación de fuste en el movimiento obrero (aunque esto es más claro en los grupos por fuera del forismo) y por extender influencia más allá de los limitados sindicatos de oficios en los que todavía incidían de algún modo.

Creemos que la figura individual del delegado gremial estuvo asociada en mayor medida a los pequeños y medianos establecimientos pues la tendencia a organizar el sitio de producción aumentó a medida que la gran industria predominó en el proceso de trabajo. Nos referimos a la existencia de delegados como instancias individuales a sabiendas que en su mayoría eran elegidos por sus compañeros de trabajo y, en consecuencia, constituían una manifestación de una voluntad eminentemente colectiva. Desde principios del siglo XX, y quizá con anterioridad, pueden encontrarse menciones de la existencia del delegado en el lugar de trabajo aunque esta situación permanece en gran parte inexplorada. El aumento de la cantidad de obreros por planta dificultaba la funciones del delegado en tanto la capacidad de abarcar el control, la negociación, etc. Ligado a ello, las instancias colectivas de representación no solo habilitaban una mejor articulación de las tareas sino, además, constituían un pilar de mayor peso sobre el cual cimentar el trabajo sindical.

El predominio de la gran industria favoreció estructuralmente la conformación de instancias colectivas en sitio laboral mientras que los pequeños y medianos talleres, dada la cantidad de obreros, tendían a encontrar la representación en la figura individual del delegado. De conjunto, no observamos entre 1916 y los años treinta una voluntad del anarquismo, principalmente forista, de trascender en los lugares de trabajo más allá de la figura individual del delegado. El cambio trascendental en el mundo libertario ocurrió ya en la década de 1930 con la creación del Comité Regional de Relaciones Anarquistas (CRRA), convertido luego en Federación Anarco Comunista Argentina (FACA), y la Alianza Obrera Spartacus (AOS).

 

La renovación ácrata durante la década infame

Tras ser encarcelados durante la dictadura de José F. Uriburu, cerca de 300 militantes anarquistas realizaron un Congreso clandestino en el penal de Villa Devoto, preludio del que abordamos a continuación. El 2º Congreso Anarquista Regional de la República Argentina, consumado en septiembre de 1932 en Rosario, tuvo entre sus resoluciones más relevantes la creación es más claro en los grupos por fuera del forismo) y por extender influencia más allá de los limitados sindicatos de oficios en los que todavía incidían de algún modo.

Creemos que la figura individual del delegado gremial estuvo asociada en mayor medida a los pequeños y medianos establecimientos pues la tendencia a organizar el sitio de producción aumentó a medida que la gran industria predominó en el proceso de trabajo. Nos referimos a la existencia de delegados como instancias individuales a sabiendas que en su mayoría eran elegidos por sus compañeros de trabajo y, en consecuencia, constituían una manifestación de una voluntad eminentemente colectiva. Desde principios del siglo XX, y quizá con anterioridad, pueden encontrarse menciones de la existencia del delegado en el lugar de trabajo aunque esta situación permanece en gran parte inexplorada. El aumento de la cantidad de obreros por planta dificultaba la funciones del delegado en tanto la capacidad de abarcar el control, la negociación, etc. Ligado a ello, las instancias colectivas de representación no solo habilitaban una mejor articulación de las tareas sino, además, constituían un pilar de mayor peso sobre el cual cimentar el trabajo sindical.

El predominio de la gran industria favoreció estructuralmente la conformación de instancias colectivas en sitio laboral mientras que los pequeños y medianos talleres, dada la cantidad de obreros, tendían a encontrar la representación en la figura individual del delegado. De conjunto, no observamos entre 1916 y los años treinta una voluntad del anarquismo, principalmente forista, de trascender en los lugares de trabajo más allá de la figura individual del delegado. El cambio trascendental en el mundo libertario ocurrió ya en la década de 1930 con la creación del Comité Regional de Relaciones Anarquistas (CRRA), convertido luego en Federación Anarco Comunista Argentina (FACA), y la Alianza Obrera Spartacus (AOS).

 

La renovación ácrata durante la década infame

Tras ser encarcelados durante la dictadura de José F. Uriburu, cerca de 300 militantes anarquistas realizaron un Congreso clandestino en el penal de Villa Devoto, preludio del que abordamos a continuación. El 2º Congreso Anarquista Regional de la República Argentina, consumado en septiembre de 1932 en Rosario, tuvo entre sus resoluciones más relevantes la creación del Comité Regional de Relaciones Anarquistas.

Su función principal fue la de establecer nexos entre los diversos grupos y propiciar las tareas necesarias para una revitalización de la práctica libertaria. Lejos de limitarse a la coordinación, el CRRA se constituyó como una organización. La creación de la Federación Anarco Comunista Argentina (FACA) en 1935 fue consecuencia de la estructura del CRRA aunque no todos los integrantes de éste formaron parte de aquella3.

Paulatinamente logró una pequeña representación en tranviarios, gráficos, ferroviarios, industria del vestido, en el sector del pescado en Mar del Plata y en diversas ramas de la construcción, entre otros. Sus militantes más destacados fueron Ángel Geraci, Luis Danussi, Jarislao Prevorsky, Enrique Balbuena, Jacinto Cimazo, Enrique Palazzo, por mencionar algunos de los más importantes ligados al movimiento obrero.

El marco represivo y la clandestinidad eran elementos que priorizaba el CRRA en la caracterización del contexto político. La actuación ilegal junto a la clausura de los locales implicaban nuevas prácticas como la de trasladar la atención al lugar de producción. El CRRA estimó caducos ciertos principios “clásicos” del anarquismo argentino. Nuevas lecturas sobre la realidad le permitieron desechar la organización por oficios e impulsar los sindicatos por rama. La concentración en grandes unidades productivas colaboró para que optaran por focalizar los esfuerzos en obtener representación al nivel de las fábricas, empresas y talleres. Con los locales sindicales clausurados, el punto de referencia para el trabajo gremial se trasladó a los centros productivos. Así, había un primer esbozo sobre la necesidad de trabajar en los sitios de producción con estructuras colectivas y no, como veníamos observando, a través de la figura individual del delegado. La caracterización sobre el avance industrial, la instalación de grandes fábricas y la aparición de un proletariado moderno y concentrado para el cual debían elaborarse nuevas propuestas pareció acertada, aunque esto debe ser acompañado de una calibración precisa sobre la incidencia real de esta corriente en la dinámica de la época. Estas definiciones no solo implicaban una mirada hacia el trabajo futuro sino también una explicación acerca de las causas de la pérdida de influencia anarquista entre los trabajadores. Pero, además, el diagnóstico sobrellevó la dificultad de toparse con la presencia activa de los comunistas en los principales gremios industriales, como veremos en futuros artículos.

No existen certezas sobre la fundación de la Alianza Obrera Spartacus, pero todo indica que fue creada durante 1934, año en el que se editó su órgano de prensa. Entre sus principales militantes se destacaba Horacio Badaraco, figura renombrada en el anarquismo argentino. También formaron parte de AOS Antonio Cabrera, Joaquín Basanta y Domingo Varone, quienes cumplieron un rol destacado en el ámbito gremial4. A diferencia del CRRA, el trabajo de Spartacus se dirigía prioritariamente a los obreros y a la organización sindical. A partir de su fundación, lograron presencia entre los panaderos, gráficos, textiles, lavadores de autos, ladrilleros, transporte, entre otros, pero su principal inserción la obtuvieron en los gremios de la construcción en donde se desempeñaron en simultáneo, y en acuerdo, con la creciente influencia comunista. El diagnóstico de Spartacus era que el proletariado debía enfrentar una nueva situación y, en consecuencia, se precisaban nuevas respuestas. La AOS entendía que, más allá del contexto represivo, el movimiento obrero debía encarar una campaña de agitación. La particularidad de su programa era que debía comenzar específicamente en el lugar de trabajo y luego excederlo. Su propuesta tenía otra característica que los diferenciaba de otros grupos ácratas pues siempre que fuera posible, el rechazo a la ilegalidad y la clandestinidad resultaban deseables. Desde miradas críticas, esta postura de servirse de las posibilidades legales era señalada como “ingenua” o denunciada como actitud negociadora con el Estado y contraria a los principios del anarquismo. Parte de su programa sindical se materializó en la formulación de lo que denominaron “Pacto Obrero”.

A grandes rasgos, la propuesta giraba en torno a establecer relaciones entre las diferentes corrientes de la izquierda con presencia gremial para construir nexos organizativos que permitieran a cada uno de los grupos mantener su estructura compartiendo información, programas y apoyos con el resto de las agrupaciones. El lugar de trabajo era el corazón del “Pacto” y para concretarlo había que conformar comités en las fábricas. Esta política era rechazada explícitamente por la FORA.

Ambos grupos aparecidos en la década de 1930 cuestionaron ciertos pilares del forismo: rechazaron las organizaciones por oficio, propiciaron los sindicatos únicos por rama, incentivaron su participación en sindicatos controlados por otras fuerzas y fomentaron trasladar el trabajo de los locales gremiales a los centros productivos. Ello les habilitó cierto dinamismo en algunos sectores y, con diferencias ya señaladas, lograron regenerar sobre nuevos fundamentos la práctica libertaria durante los años treinta e inicios de los cuarenta. Sin menoscabo de este proceso, pero sí mensurándolo, su limitada incidencia fue menos consecuencia de su acertado diagnóstico del cambio de situación, que producto de la pericia de los militantes del Partido Comunista que habían edificado un entramado de base durante la década previa que obturó el avance anarquista.

En esta nueva mirada sobre los principios de antaño, la organización de los obreros en las fábricas ocupó un lugar central y acompañó cierta vigorización de la experiencia ácrata, aunque no alcanzó para recuperar el influjo de los primeros años del siglo XX.

 

1. Un estudio de conjunto sobre el trabajo de base: Diego Ceruso, La izquierda en la fábrica. La militancia obrera industrial en el lugar de trabajo, 1916-1943, Colección Archivos, Buenos Aires, Imago Mundi, 2015.

2. Sobre estos años de la corriente: Ricardo Falcón, Los orígenes del movimiento obrero (1857-1899), Buenos Aires, CEAL, 1984; Edgardo Bilsky, La FORA y el movimiento obrero, 1900-1910, Buenos Aires, CEAL, 1985; Juan Suriano, Anarquistas. Cultura y política libertaria en Buenos Aires (1890-1910), Buenos Aires, Manantial, 2001. Más reciente: Lucas Poy, Los orígenes de la clase obrera argentina. Huelgas, sociedades de resistencia y militancia política en Buenos Aires, 1888-1896, Colección Archivos, Buenos Aires, Imago Mundi, 2014. Una lectura para complejizar la mirada sobre el anarquismo y su ideario en: Agustín Nieto, “Notas críticas en torno al sentido común historiográfico sobre ‘el anarquismo argentino’”, en A Contracorriente: Revista de Historia Social y Literatura en América Latina, vol. 7, nº 3, primavera 2010.

3. El estudio más completo sobre la FACA: Fernando López Trujillo, Vidas en rojo y negro. Una historia del anarquismo en la “Década Infame”, La Plata, Letra Libre, 2005.

4. Dos estudios sobre esta agrupación: Javier Benyo, La Alianza Obrera Spartacus, Buenos Aires, Anarres, 2005 y Nicolás Iñigo Carrera, “La Alianza Obrera Spartacus”, en PIMSA. Documentos y Comunicaciones 2000, 2001.

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