El anarquismo en los orígenes del movimiento obrero argentino

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HERNÁN CAMARERO

Número 8, abril 2014.

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En una anterior nota publicada en Ideas de Izquierda advertíamos acerca de la necesidad de estudiar los programas y objetivos, las estrategias y tácticas, y las formas de organización y lucha sindical, política y electoral, que el movimiento obrero y la izquierda exhibieron en su existencia de más de un siglo en la Argentina.

 

Asimismo, señalábamos que al encarar una incursión hacia el pasado, la del anarquismo podía ser señalada como una estación inicial de ese proceso, en tanto esta corriente ideológico-política fue una de las primeras expresiones significativas de agrupamiento de los trabajadores en el momento de la lucha: para ellos, implicó la adopción de una conciencia de su propia conformación como sujeto social emancipatorio.

Una reflexión en este sentido parece hoy muy oportuna, a propósito de la reedición realizada en Buenos Aires en 2013 de una obra muy valiosa sobre el tema. Se trata de El anarquismo y el movimiento obrero en Argentina, del historiador israelí Iaacov Oved, escrita durante la primera mitad de la década de 1970 y publicada originalmente en 1978 en México. El libro, aún hoy, sigue constituyendo uno de los estudios más rigurosos y documentados acerca de “las raíces y las etapas” del despliegue del proyecto sindical anarco-comunista, es decir, sobre los inicios de la influencia y el crecimiento del anarquismo en el mundo obrero y sindical de la Argentina.

Tengamos en cuenta que, hasta la aparición de este texto, la cuestión permanecía insuficientemente explorada. Por cierto, se contaba con todo lo que ya había publicado el gran militante e historiador libertario Diego Abad de Santillán, a lo largo de varias décadas de labor, entre los cuales sobresalían sus libros ya clásicos: El movimiento anarquista en la Argentina y La F.O.R.A. Ideología y trayectoria del movimiento obrero revolucionario en la Argentina. A ello se sumaban relatos autobiográficos, libros, folletos o notas periodísticas aparecidos en medios anarquistas, que sirvieron para una descripción primera, en general desde una perspectiva autocomplaciente.

Desde el espacio académico, apenas se contaba con algunos estudios sobre la clase trabajadora durante el auge del modelo agroexportador, en el que se esbozaban algunas observaciones sobre la presencia anarquista en las organizaciones obreras del periodo (como los de José Panettieri, Hobart Spalding o Jorge Solomonoff). Quien sí estaba realizando una obra de envergadura fue el historiador español Gonzalo Zaragoza Rovira, que mucho tiempo después produjo una obra clave sobre los tiempos más embrionarios del movimiento ácrata: Anarquismo argentino (1876-1902). Inspirados en algunos de los resultados que aporta la valiosa investigación de Oved sobre los anarquistas y su lugar en la constitución del movimiento obrero, pero también en base a consideraciones más amplias y diversas que van más allá de los límites de esa obra, encararemos una reflexión de conjunto sobre el tema.

 

El anarquismo surge como una corriente de lucha de los trabajadores

Comencemos señalando que las corrientes ácratas emergieron en la Argentina con la consolidación de una moderna economía capitalista agroexportadora y la conformación de un régimen burgués oligárquico, en el último cuarto del siglo XIX. Anidaron dentro de una clase trabajadora en formación, cuya variedad y heterogeneidad reprodujeron: clase aún fragmentada, inmadura, sometida a la estacionalidad y movilidad de la fuerza de trabajo, surcada por el universo de los oficios, el espíritu corporativo y la extrema dispersión étnico-lingüística. En términos ideológicos, las izquierdas presentaban una oferta bifronte: el espacio conformado en torno a los principios anarquistas –que conocieron un fuerte impulso desde la década de 1880, con el arribo al país de destacados teóricos y activistas italianos como Ettore Mattei y Enrico Malatesta–, y la menos variopinta corriente que se orientó a la organización obrera y a la fundación de un partido de clase, el Partido Socialista (PS). El contenido programático y posicional de estas izquierdas fue también dual. Un sector, el articulado sobre la base de las propuestas libertarias, expresó una cultura y una práctica de orientaciones revolucionarias. El otro actor, el PS, derivó hacia el planteo de la reforma social y la integración al sistema político desde la conformación de un partido que pretendidamente era a la vez moderno, de ideas y obrero, apto para pugnar en la lucha electoral y las lides parlamentarias.

El anarquismo careció de posicionamiento frente a los cambios y dilemas que se dirimían en el campo político: la contienda entre un modelo oligárquico y otro de “democracia burguesa ampliada”, en la que el PS sí se dispuso a intervenir, le resultó indiferente. En cambio, fue la tendencia más dinámica en el conflicto social y la asociación de los explotados en el momento de la lucha. Especialmente, luego del progresivo ocaso de las expresiones individualistas y antiorganizadoras (algunas de ellas, partidarias de la acción terrorista o “propaganda por el hecho”), que se oponían a la consolidación de formas organizativas para la acción ácrata y no diferenciaban la propaganda general de aquella dirigida a la agrupación específica de los trabajadores, al tiempo que criticaban la lucha reivindicativa –por ejemplo, la huelga– por considerarla escasamente radicalizada para enfrentar al sistema. Los periódicos El Perseguido y El Rebelde fueron los principales aglutinantes de estos sectores (y también otros más efímeros como La Anarquía, La Liberté o Cyclone). Este proceso fue luego también muy bien examinado en una obra de carácter más contextual, Los orígenes del movimiento obrero (1857-1899), elaborada por el historiador Ricardo Falcón.

A pesar de este dominio inicial de los sectores antes mencionados, ya hacia mediados de la década de 1890 pudieron imponerse las concepciones de los “organizadores”, que se afirmaron un par de años después con el lanzamiento del gran periódico La Protesta Humana, luego convertido en diario bajo el título La Protesta. No casualmente es la fecha de aparición de este órgano de prensa, exactamente en junio de 1897, la que Oved elige para marcar en buena medida un punto de inflexión en el despliegue de la experiencia histórica del anarquismo. Como bien señala el autor, aquel hecho “hizo un aporte decisivo en lo que concierne a la consolidación de la tendencia que llevó a integrar el anarquismo en las luchas sociales de la clase trabajadora argentina”, precisamente, el objetivo fundamental trazado en su libro. Fue a partir de allí cuando los militantes libertarios formaron aguerridas organizaciones de las clases obreras y populares, lo que, en lo sucesivo, les permitió proyectar su hegemonía en los movimientos reivindicativos. En este sentido, resultó muy importante la incorporación al movimiento de los españoles Antonio Pellicer Paraire, Gregorio Inglán Lafarga y José Prat y del italiano Pietro Gori, entre otros cuadros militantes.

 

El apogeo de una experiencia

Desde ese entonces, los anarquistas se convirtieron en una corriente orgánica del movimiento obrero, pero a la vez constituyeron a su alrededor un significativo tejido socio-cultural, en torno a centenares de centros, círculos y agrupamientos, bibliotecas y escuelas, grupos teatrales y nucleamientos feministas, antimilitaristas y anticlericales; además, una densa red de órganos de prensa, especialmente en Buenos Aires y Rosario, aunque también presente en pequeñas y medianas ciudades y pueblos del Interior del país. En las últimas décadas, varias investigaciones, entre las que se destacan las de Dora Barrancos y Juan Suriano, atendieron a estas dimensiones de análisis, explorando las concepciones teóricas, ideológicas y morales existentes detrás de aquellas experiencias. Uno de los rasgos característicos de la cultura política anarquista señalados es el cosmopolitismo radical que la afectó y su extrañamiento y desconocimiento de la realidad nacional, factores que le impusieron ciertos límites para una más profunda inserción en el medio local. En parte, esto fue matizado con la emergencia de una nueva generación de militantes, como Pascual Guaglianone, Eduardo Gilimón, Arturo Montesano, Félix Basterra y Alberto Ghiraldo. Con ellos su inserción en el mundo plebeyo local se hizo aún más relevante.

En 1901 fueron los libertarios quienes más consecuentemente impulsaron la primera gran central de trabajadores del país, la Federación Obrera Argentina, luego de 1904 renombrada como Federación Obrera Regional Argentina (FORA). La organización, en su V Congreso (agosto de 1905), quedó estatutariamente embanderada en los principios del comunismo anárquico, por lo que de hecho se comportó como una entidad de claros fines políticos. Esa fecha es la que Oved eligió para cerrar el período de análisis de su obra, pues entendió que fue entonces cuando se aseguró el pleno triunfo de la orientación anarco-comunista en el interior de aquella organización obrera y se preparó una nueva fase de expansión dentro del universo proletario hasta 1910. La FORA, tal como lo analizó también el historiador Edgardo Bilsky tiempo después (en La FORA y el movimiento obrero, 1900-1910), tuvo un desarrollo impetuoso durante esos años, llegando a reunir durante sus momentos de auge a varios miles de activistas y simpatizantes dentro de sus sociedades de resistencia y otros organismos populares. Desde 1902 acaudilló combativas huelgas generales, manifestaciones y luchas populares (como la huelga de inquilinos de 1907). Si bien ha sido mucho menos indagado que este desarrollo urbano, hay que apuntar que también hubo oportunidad, con el transcurso de los años, para el despliegue de un anarco comunismo rural, a través de sindicatos de obreros agrícolas, colonias y cooperativas (tal como lo evidencian los estudios de Adrián Ascolani y Jorge Etchenique, entre otros).

La amenaza anarquista al poder de la burguesía sufrió una constante represión estatal. Ello pudo verse en varios momentos de la lucha de clases, pero con mucha claridad durante la Semana Roja de 1909 o en los días del Centenario, cuando el gobierno conservador permitió que una turbamulta de civiles y policías narcotizados por un patriotismo xenofóbico y antiproletario aplastara la convocatoria de la FORA a la huelga general del 18 de mayo, atacando las sedes del movimiento obrero, en especial las anarquistas. Los obreros libertarios también conocieron la persecución legal del régimen, con la recurrente imposición del estado de sitio y la sanción de dos grandes leyes: la de Residencia (fines de 1902), que permitía expulsar de modo expeditivo a los extranjeros que perturbaran el “orden público”; y la de Defensa Social (junio de 1910), que incluía la prisión o deportación a quien hiciera propaganda a favor de una huelga, utilizara banderas rojas, difundiera ideas anarquistas o insultara a los símbolos patrios.

 

Las explicaciones del declive

La derrota del Centenario fue un duro golpe para la FORA y el anarquismo. Asimismo, la apertura del sistema político ensayada por el régimen, a través de la reforma electoral plasmada en la Ley Sáenz Peña de 1912, descolocó a un movimiento libertario encorsetado en rígidos planteamientos antiestatalistas. Uno de los historiadores que más reflexionó acerca de las consecuencias de este proceso fue Juan Suriano, un destacado especialista en el tema, sobre todo a partir de la publicación en 2001 de su obra Anarquistas. Cultura y política libertaria en Buenos Aires, 1890-1910. En su visión, esta corriente no podía considerarse como una “tendencia obrera más”, pues era un movimiento cultural-ideológico menos posible de ser entendido en términos clasistas y más bajo una característica popular indefinida.

Expresado de otro modo, que el sujeto interpelado por los libertarios habría sido más el de “pueblo oprimido” en un sentido amplio y heterogéneo que el de “proletariado”. Se trataba de una definición de raigambre culturalista que descentraba al anarquismo del universo laboral-gremial, como si la FORA, por ejemplo, no hubiera sido el eje articulador de toda la experiencia ácrata. Por otra parte, en esta visión, ¿por qué era el año 1910 el del inicio del “inexorable declive” de la empresa libertaria?

Pues porque ésta habría mantenido su apogeo como expresión confrontacionista en tanto se ofrecía en respuesta a una sociedad donde imperaba la cultura del conflicto, el desarraigo, la explotación y la oclusión política. Decaídas estas improntas, el ocaso de esta corriente ideológica habría sido inevitable. Es obvio que esta interpretación empalmaba con una posición que llegó a ser dominante en la historiografía referida a los años veinte y treinta. Es la que sostenía que expresiones revolucionaristas como el anarquismo habían muerto en la sociedad de entreguerras al quedar virtualmente anuladas por una dinámica de ascenso e integración social: unos “sectores populares urbanos” ganados por el ánimo de la reforma social habrían desplazado las identidades obreras, así como a toda conciencia y subjetividad antagonistas.

Nos parece que para pensar el progresivo debilitamiento anarquista en el movimiento obrero deben sopesarse otros elementos. El fuerte revés en la lucha de clases ocurrido en 1910 y la indisposición ácrata para adaptarse a la nueva etapa político-institucional iniciada en el país no lo explica todo. Existían otros problemas.

En verdad, los anarquistas habían logrado un fuerte ascendiente en un período embrionario del proletariado, en el que muchos de sus integrantes todavía resistían a la lógica del trabajo industrial, no lo aceptaban plenamente y pugnaban por encontrar márgenes de libertad o, incluso, por abandonar su condición trabajadora.

A partir de los años diez y, más claramente, desde los veinte, esa situación fue variando: el disciplinamiento se fue haciendo inapelable en una sociedad urbana en creciente industrialización, en la que comenzaban a imponerse nuevas formas de explotación laboral que, merced a cambios tecnológicos y un mercado de trabajo cada vez más competitivo, cercenaban la autonomía a los obreros y liquidaban los oficios artesanales.

Iba surgiendo una clase obrera más moderna y carente de legislación laboral sistemática. Los incentivos estaban dados para la generalización de las luchas reivindicativas en base a un poderoso sindicalismo industrial por rama. La negativa de lo que ya se conocía como FORA V Congreso (tras la división de 1915) a aceptar esta realidad y a reconvertirse en esa dirección, para preferir, en cambio, continuar como entidad federativa de débiles sociedades de resistencia y gremios por oficio exclusivamente anarquistas, fue condenando a esa corriente a una creciente irrelevancia.

La voluntad revolucionaria de los anarquistas fue incuestionable: la heroica FORA y sus aguerridas huelgas generales son un testimonio. Pero también lo fue el hecho que diluyeron la potencialidad de los trabajadores como actor unificado en una orientación que no fue consecuentemente clasista ni logró sortear la intrascendencia del movimientismo organizativo y que acabó bloqueando la posibilidad de un desenvolvimiento político independiente de los trabajadores. Su declamada lucha contra el poder del Estado se dispersó en conflictos descoordinados, espontáneos y carentes de una estrategia revolucionaria eficaz. El declive mencionado no excluyó, en los tiempos siguientes, algunos fenómenos de resurgimiento y efímera recuperación de experiencias libertarias en geografías y períodos puntuales (por ejemplo, en la Semana Trágica o en las huelgas de Santa Cruz sangrientamente reprimidas durante el gobierno radical). Ellas llegaron a prolongarse más débilmente hasta los años treinta y principios de los cuarenta, pero sin alterar la dinámica global de un retroceso constante.

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