EL 68 COMO CAMPO DE FUERZAS

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GASTÓN GUTIÉRREZ

Sociólogo, comité de redacción

Número 42, abril-mayo 2018.

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Toda circunstancia histórica presentada dialécticamente se polariza y se transforma en un campo de fuerzas (Kraftfeld) en el cual se representa el conflicto entre la prehistoria y la posthistoria

Walter Benjamin [1]

A juzgar por el retorno de huelgas simultáneas de obreros y estudiantes que se suceden en estos días en Francia, pareciera que Mayo del ‘68 es para la burguesía un fantasma que no se deja exorcizar. Por eso, no hay mejor homenaje para este cincuentenario que volver a mostrar el ‘68 como un campo de fuerzas como diría Benjamin, en el que el conflicto y su polarización social, política e ideológica vuelven a aparecer.

El polo del rechazo al ‘68 se presenta muy claramente en la derecha conservadora, desde la negación de Raymond Aron, que acusó al acontecimiento de “psicodrama” o de “revolución in-encontrable”, al rechazo y el odio neoliberal actual. Éste llama a acabar con el espíritu del ‘68 y con todas las conquistas obreras que queden en pie, por ser responsables de la decadencia de Francia como potencia. Una certeza que también tiene la extrema derecha del Frente Nacional de Marine Le Pen, cuyas huestes están actualmente hostigando las tomas estudiantiles contra las medidas de selección (un homenaje al filo-fascista grupo Occidente que actuó del mismo modo en 1968). Por su parte, Macron también comparte la política del desalojo, solo que por el “monopolio legítimo” de la policía.

Otros hablan favorablemente del ‘68, pero para quitarle toda conflictividad. Es la operación ideológica adormecedora que, como siempre, promueve el progresismo burgués. En su estudio sobre las “vidas posteriores” de Mayo del ‘68 Kristin Ross explica que:

La historia oficial no se limita a afirmar que algunas de las prácticas más radicales de mayo han sido recobradas o recicladas al servicio del capital. Por el contrario, afirma que la sociedad capitalista actual, lejos de representar el descarrilamiento o el fracaso de las aspiraciones del movimiento de mayo, representa en cambio el cumplimiento de sus mayores deseos [2].

El procedimiento, para esta especialista en la cultura francesa, es bastante simple: se trata de afirmar el status quo del presente y teleológicamente atribuirle un significado ineluctable, para mostrar como inevitable el fracaso de las alternativas revolucionarias del Mayo; como si hubiera sido una “interrupción” circunstancial del orden, finalmente al servicio del consenso, o una mera revuelta generacional de los jóvenes contra las rigideces estructurales del Estado francés de posguerra. La tesis de una rebelión juvenil, hipostasiada sociológicamente o sostenida en las sociologías de la modernización, anunciaba el origen de un capitalismo “flexible” que pretendía (y pretende) disolver el legado convulsivo de las ideas del ‘68. La “revolución cultural” habría sido el origen de un “nuevo individualismo”, que se sobreimprime a la historia compleja del Mayo. Des-historizando y despolitizando una revuelta estudiantil violenta y el paro general más grande de la clase obrera occidental desde la posguerra, con tomas de fábricas, represiones e incluso asesinatos por parte del Estado [3].

“Las estructuras no bajan a las calles”

Comprender el Mayo implica escapar a estas teleologías. Una manera es dar cuenta de las ideas que inspiraron este acontecimiento radical. La genealogía de los acontecimientos del Mayo suele poner énfasis en las redes de militancia estudiantil en EE. UU., Alemania y Japón; en el impacto de las luchas de los pueblos oprimidos (Argelia y Vietnam), que motorizaron experiencias de militancia antiimperialista en las metrópolis; y en las grietas que las revoluciones china y cubana (y la figura del Che como principal modelo vital) causaban en los partidos comunistas oficiales con burocracias sindicales y políticas completamente adaptadas al capitalismo y su Estado.

En el plano de las teorías, las ideologías del Mayo se llevaban mal con el clima dominante en el momento. El ‘68 estuvo precedido de un florecimiento intelectual signado por el matrimonio entre el pensamiento social y la filosofía, una unión que para Perry Anderson otorgó a la vida intelectual de la década gaullista su “peculiar brillantez e intensidad” [4]. Son las querellas sobre el estructuralismo, que concentraron los debates de los ‘60 (así como las querellas del posestructuralismo concentraron la mayor parte de los debates teóricos posteriores), por lo que se impone abordar su relación con el ‘68.

Como señaló Razmig Keucheyan, sobre la relación entre 1968 y la hegemonía del estructuralismo hay dos hipótesis de interpretación alternativas. Por un lado, “la del ‘pensamiento del 68’, formulada en la obra de Luc Ferry y Alain Renaut, que lleva ese nombre, y cuyo subtítulo es ‘Ensayo sobre el antihumanismo contemporáneo’” [5]. Según ésta, el estructuralismo –Jacques Lacan, Michel Foucault y Jacques Derrida en particular– es “el pensamiento del ‘68”, cuyos lemas “gozar sin trabas” o “prohibido prohibir” serían expresiones de una crítica del “sujeto” clásico para dar lugar a un individualismo contemporáneo alejado del humanismo. Así: “el sujeto muere en el acontecimiento del individuo”6. La hipótesis alternativa, que nos gustaría recuperar, es que 1968 se opuso radicalmente al estructuralismo y abrió paso a otras tendencias críticas del capitalismo, que se disputaron las “ideologías” de los protagonistas del Mayo. La sostienen no solo la mencionada Kristin Ross, sino contemporáneos como Henri Lefebvre, Jacques Rancière, Cornelius Castoriadis, Guy Debord o Daniel Bensaïd.

Los estructuralistas la pasaron fatal en los días del Mayo. Como dijo Catherine Backés-Clément en una moción a la Asamblea General de filosofía: “Es evidente que las estructuras no bajan a la calle” [7]. El movimiento que quería pasar del “cuestionamiento de la universidad de clase al cuestionamiento de la sociedad de clases” se llevó puesta toda idea de inmovilismo estructural. Con pocas excepciones, las figuras del estructuralismo se mantuvieron al margen o fueron blancos del escarnio del movimiento. Ya en La Chinoise [La china] (1967) de Jean Luc Godard, una militante maoísta le tira tomates a Las palabras y las cosas de Foucault y en los días de agitación en Nanterre los activistas se decían “Althusser á ríen” (Althusser-nada, en vez de althusser-iano). Por supuesto que, como advierte Keucheyan, es difícil establecer una relación directa entre la teoría (y sus modas) y un acontecimiento histórico. Pero hay ciertas razones que permiten sostener la interpretación antiestructuralista del momento: la centralidad de la cuestión de la alienación; la crítica a la vida cotidiana en el capitalismo autoritario de posguerra; la ausencia de cualquier temática de ruptura o acontecimiento en el estructuralismo (llevada al paroxismo por Althusser al tematizar esto desde “adentro” del marxismo); y el corolario de estos elementos, que es el florecimiento de movimientos vanguardistas.

“Todo reformismo se caracteriza por el utopismo de su estrategia  y el oportunismo de su táctica (Sorbonne)”

Es en el movimiento estudiantil donde todo esto caló mejor. A fines de 1966 el folleto Sobre la miseria estudiantil  –escrito por Mustapha Khayati, pero firmado por miembros de la Internacional Situacionista y estudiantes de Estrasburgo, que venían de protagonizar una lucha importante–, vendió más de 10 mil ejemplares. Sus temas son la denuncia de la “crisis de la universidad”, la sociedad de consumo, el repaso de las luchas estudiantiles internacionales –incluida la experiencia de acción directa de la Zengakuren japonesa–, la denuncia de la contrarrevolución en Rusia (a la que caracteriza como “capitalismo burocrático de Estado”), y la crítica a las burocracias socialdemócratas y estalinistas.

Para Daniel Bensaïd, retrospectivamente se pueden descifrar en un conjunto de textos filosóficos, sociológicos y literarios previos, las “premisas” de las explosiones sociales y juveniles que condujeron a Mayo del 68 [8]. La Crítica de la razón dialéctica de Jean P. Sartre (1961), la Crítica de la vida cotidiana de Henri Lefebvre en el mismo año, El hombre unidimensional de Herbert Marcuse (1964), Neocapitalismo y estrategia obrera de André Gorz o Los herederos de Pierre Bourdieu y Jean C. Passeron, también ambos de 1964, o La sociedad del espectáculo de Guy Debord de 1967, entre otros. Estas ideologías del Mayo son heterogéneas: abrevan en el movimiento Situacionista, en el cruce de un marxismo libertario con las vanguardias estéticas francesas; en Sartre, aun cuando su momento hegemónico ha pasado; en un marxismo crítico del stalinismo, que tiene un componente importante proveniente del trotskismo, así como otros ya alejados del mismo como Socialismo o Barbarie de Castoriadis y Lefort. Los temas que los agrupan amplían la agenda: la situación de la clase obrera durante el boom de la posguerra, la expansión de la sociedad de consumo, la mercantilización de la cultura y la educación, la denuncia del régimen burocrático en el bloque soviético o la irrupción de la juventud como sujeto beligerante alrededor del planeta.

La pregunta de qué nuevos actores sociales y políticos podrían encarnar una revuelta frente a la racionalidad instrumental del capitalismo de posguerra y la gestión burocrática, estaba en el aire y el concepto de alienación, más amplio que el concepto de explotación, estaba en el centro de las preocupaciones teóricas y políticas. Sin embargo, los diagnósticos más deprimentes, que veían cerrado el círculo de la dominación del capitalismo de posguerra (como el de Marcuse de un “proletariado integrado” en el capitalismo [9]), tuvieron que ser corregidos ante el ciclo abierto en el ‘68, que implicaba el retorno de luchas simultáneas: estudiantiles, obreras y anticapitalistas tanto en los principales países imperialistas, como en los países oprimidos y allí donde reinaba la burocracia soviética en el Este europeo [10].

Al conocido rol de caja de resonancia del movimiento estudiantil, ante el corset de las burocracias obreras, hay que sumarle un elemento importante que permite entender la radicalidad del movimiento. Para Kristin Ross hay que establecer una periodización larga, que incluya el impacto que tuvo en la juventud (estudiantil y obrera) la política represiva del Estado ante la guerra de Argelia, que abarca la masacre de octubre de 1961, donde las CRS de De Gaulle asesinaron centenares de argelinos en las calles de París, o la de la estación Charonne donde 8 militantes de izquierda fueron asesinados. También las huelgas obreras precedentes al Mayo, que crecientemente se transformaban en huelgas salvajes; de hecho, la hipótesis de ruptura barajada entre los militantes era que una de estas huelgas podía derivar en una crisis nacional. Otro tanto aportaron las manifestaciones antiimperialistas y la referencia de los movimientos estudiantiles alemán y japonés con su característica de no amedrentarse ante la represión policial. Por último, la experiencia de enfrentamientos callejeros con la extrema derecha por el control del territorio de la Sorbona y el Barrio Latino, por la periférica Nanterre en el ‘68 y por evitar que los fascistas realicen un acto en La Mutualité en 1973, en un enfrentamiento que deriva en la ilegalización de la Liga Comunista [11]. En resumen, la idea de confrontación física directa con los poderes del Estado era sustancialmente válida para la generación del ‘68.

Desde el punto de vista político, si es en los acontecimientos históricos donde las ideas adquieren fuerza material y se ponen a prueba, hay que situar la mirada en el “Movimiento 22 de marzo” donde se congregaron las tendencias anarquistas, trotskistas, situacionistas y maoístas (aunque éstos dos últimos se retiran tempranamente), y en la actuación que ellas tuvieron en un momento de apertura para la extrema izquierda, en el que se volvió a poner en el centro la cuestión las estrategias. En este escenario, el aporte de cada tendencia fue desigual: La Internacional Situacionista, que impartió muchas de las ideas fuerza del movimiento, se disolvió en 1974 y nunca superó el estadio grupuscular. Entre las corrientes de la “extrema izquierda” el maoísmo y el trotskismo se disputaron la vanguardia y opusieron estrategias. Aunque el 12 de junio el gobierno ilegaliza a las organizaciones de la “extrema izquierda”, la influencia y destino de estos grupos será dispar.

Los maoístas declinaron bruscamente en el reflujo, decepcionados con el destino de la “Revolución Cultural” y muchos de ellos interpretaron la derrota del movimiento como un fracaso del marxismo, promoviendo las ideas posmodernas. A pesar de que los principales intelectuales del momento, como Sartre, Foucault, Deleuze y Rancière (que ganó prestigio por denunciar al althusserianismo como una “policía del pensamiento” [12]) estuvieron muy ligados a sus iniciativas, no lograron establecer un marco interpretativo capaz de afrontar el nuevo período. El péndulo de los maoístas de izquierda, sin ser un fenómeno completamente homogéneo, es ilustrativo de la conversión de este sector. Enzo Traverso ofreció una pista para explicar semejante deriva en el destino de la Revolución cultural maoísta (1966-1969), que comenzó mostrando una fachada libertaria y terminó en una brutal represión y el envío de millones de personas a campos de reeducación y trabajos forzados [13]. El caso de André Glucksmann es un itinerario típico ideal de este transformismo veloz: ya en 1975 culpó a Marx del totalitarismo stalinista, de manera coincidente con la publicación de El archipiélago Gulag de Solzhenitsyn y con el discurso antitotalitario del régimen francés. Habían nacido los “nuevos filósofos,” que se encargarían de darle letra al neoconservadurismo que se impondría durante los ‘80.

Otro sector de los intelectuales del Mayo dio la espalda a las organizaciones obreras clásicas, buscando nuevos sujetos sociales: las mujeres, los colonizados, los estudiantes, los locos, los marginales o los detenidos (Foucault, con el Grupo de Información sobre las Prisiones), etc. Ante la estrechez y el conservadurismo del estalinismo, que por ejemplo militaba por la natalidad y contra el derecho al aborto, la politización de numerosas opresiones debe ser bienvenida. Aunque esto es tan solo el punto de partida, ya que la búsqueda de una “revolución molecular” (Deleuze y Guatarri), antiestratégica, o la disolución de las clases en plebes o multitudes, impedía la articulación programática con una clase obrera que venía de protagonizar nada menos que el ascenso del ‘68. Esta orfandad estratégica se mostró impotente ante la restauración de fines de los ‘70. Por último, los acontecimientos del ‘68 permitieron la emergencia en Francia de tres corrientes de la “extrema izquierda” trotskista, en un plano muy superior al que habían tenido hasta ese momento [14]. Producto de esta emergencia es el libro, escrito en la semiclandestinidad en el departamento de Marguerite Duras, 1968: ensayo general, de Daniel Bensaïd y Henri Weber (jóvenes de la JCR -Juventud Comunista Revolucionaria) que es una referencia marxista obligada para pensar el ‘68. Débiles para aprovechar la oportunidad del Mayo y sus potencialidades revolucionarias (como los elementos de doble poder en las fábricas, que fueron abortados por la dirección burocrática [15]), las tres corrientes avanzaron en su inserción en los establecimientos obreros en los años inmediatos, como parte de la apertura de un ciclo internacional que llevó al Otoño Caliente italiano del ‘69, a las huelgas en Inglaterra y la caída de las dictaduras, o fuertes debilitamientos de las mismas, en Grecia, España y Portugal. Aunque minoritarios, los trotskistas se mantuvieron independientes frente a las coaliciones entre la socialdemocracia y el estalinismo, que en toda Europa evaluaron la posibilidad de establecer frentes populares mediante el giro eurocomunista [16]. No fue necesario, con la consolidación de la Restauración neoliberal, que en Francia coincidió con el advenimiento al gobierno de Miterrand, tuvo lugar el pasaje transformista principal de buena parte de la intelectualidad del ‘68, integrada a punto tal, que llegó a debatir la conformación de un “Ministerio de la Imaginación”.

De las vidas posteriores a un nuevo comienzo

Aunque el ‘68 puede ser considerado un hecho filosófico de masas, su fracaso dejó abiertas las conclusiones. Con el retorno al orden social, las instituciones volvieron a establecer cierta normalidad, dando cuenta del cambio de agenda y respetando la relación de fuerzas. Es el momento de renovación de contenidos en las universidades, en donde el estructuralismo realizó un verdadero asalto hacia las posiciones académicas, no como el “pensamiento del ‘68”, sino como posestructuralismo, adaptándose a su retroceso. Como señaló Terry Eagleton:

La revuelta estudiantil fue derrotada, pero la teoría posestructuralista siguió viviendo. Lo hizo en parte como un modo de mantener la revolución caliente al nivel de las ideas, pero también porque combinaba el ímpetu insurreccional de 1968 con el ambiente más sombrío y desencantado de sus secuelas políticas. En su curiosa mezcla de escepticismo y euforia, el posestructuralismo es una forma de pesimismo libertario, que sueña con un mundo libre de las constricciones de normas e instituciones, pero que no es tan incorregiblemente ingenuo como para imaginar que pudiera materializarse alguna vez [17].

El ciclo del Mayo del 68 se cerró hace tiempo, pero su campo de fuerzas ideológico conserva un importante eco en las discusiones actuales y en el imaginario de las luchas obreras y estudiantiles. El neoreformismo, del tipo Syriza y Podemos, y el neo-utopismo, del tipo Comité Invisible [18], se disputan el imaginario de una nueva generación que ha sido protagonista de importantes fenómenos de lucha a nivel global. Sin embargo, su adhesión responde más a una vacancia de alternativas que a un fatal enamoramiento o una rigurosa adhesión teórica. Las discusiones sobre la naturaleza del capitalismo actual o la composición de la clase obrera en su articulación con otras opresiones, como raza y género, y las posibilidades de alianzas con movimientos sociales diversos, conforman los problemas programáticos y estratégicos actuales de la hora. Una herencia directa del Mayo es la pregunta por cómo pensar teóricamente y elaborar programas para lograr una emancipación social, que contemple a la vez la lucha por la más amplia libertad y autodeterminación. Así, volviendo un poco a nuestro punto de partida, podemos decir que está en lo cierto Kristin Ross: Mayo del ‘68 afirmó la compatibilidad de la lucha por la igualdad y la libertad en un cuestionamiento del trabajo asalariado, de la moral burguesa, del autoritarismo y de la represión del Estado.

  1. Benjamin, Walter, “N [Re the Theory of Knowledge, Theory of Practice]”, en Smith, Gary (ed.), Benjamin Philosophy, History, Aesthetics, Chicago, University of Chicago Press, 1989, p. 60.
  2. Ross, Kristin, May 68 and its afterlives, Chicago, University of Chicago Press, 2002.
  3. Para un recorrido por los acontecimientos del Mayo ver ensayo de Jean B. Thomas, en Mayo del ‘68: Cuando obreros y estudiantes desafiaron al poder, Buenos Aires, Ediciones IPS-CEIP León Trotsky, 2008.
  4. Anderson, Perry, El nuevo Viejo Mundo, Madrid, Ediciones Akal, 2012, p. 154.
  5. Keucheyan, Razmig, Hemisferio izquierdo. Un mapa de los nuevos pensamientos críticos, Madrid, Siglo XXI, 2013 [2010]. Ver “Cartografías intelectuales”, IDZ 16.
  6. Idem.
  7. Dosse, François, Historia del estructuralismo, Tomo II, Ediciones Akal, 2004.
  8. Bensaïd, Daniel, Le spectacle, stade ultime du fetichisme de la marchandise, Nouvelles Editions Lignes, 2011. Ver Gastón Gutiérrez, “Daniel Bensaïd, la crisis y el marxismo melancólico”, en IdZ 38.
  9. Barot, Emmanuel, “¿Qué queda de nuestros amores marcusianos?”, en IdZ 11.
  10. Grüner, Eduardo, “1968: el potencial ‘triángulo revolucionario’”, en este mismo número.
  11. La extrema derecha conoció un desarrollo pos 68, en 1972 se funda el Frente Nacional en donde Le Pen agrupa a una miríada de grupos.
  12. Ranciére, Jacques, La lección de Althusser, Santiago de Chile, LOM Ediciones, 2014.
  13. Traverso, Enzo, “A propósito de ¿Qué fue de los intelectuales?”, en IdZ 14.
  14. La JCR, surgida de la oposición de izquierda a la UEC (Unión de Estudiantes Comunistas), que luego funda la Liga Comunista (luego LCR), la FER (Revoltes) orientada por la OCI (Organización Comunista Internacionalista), VO (Voix Ouvriére, actual Lutte Ouvriére) que tenía más inserción en la clase obrera. La orientación de cada una fue diferente, para un balance ver Jean B. Thomas, ob. cit.
  15. Barot, Emmanuel, “Mayo del 68, el peligroso presente del pasado”, en este mismo número.
  16. Varela, Paula y Gutiérrez, Gastón, “Poulantzas: la estrategia de la izquierda hacia el Estado”, en IdZ 17.
  17. Eagleton, Terry, “La endeblez del posestructuralismo”, en RDL (Revista de Libros), 4/2018, consultado el 14/4/2018 en www.revistadelibros.com.
  18. Barot, Emmanuel, “¿Estamos en estado de guerra civil mundial?”, en IdZ 21.

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