EE. UU.: Los superdelegados al rescate del establishment

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CELESTE MURILLO

Rubio, Bush y las líneas de falla entre los republicanos. Los tropiezos de Hillary con su sombra, los superdelegados, The Bern y la base revoltosa que lo nombró “su” candidato.

 

Rubio ya no brilla como antes

A diez días de las próximas primarias, se tensa la interna en ambos partidos. En la primaria republicana existen dos “líneas de falla”: una que divide el establishment de la base electoral, esta última seducida por la retórica populista de Trump y de Cruz, con buenos resultados en Iowa y New Hampshire. La otra, entre legisladores, gobernadores y funcionarios del partido, desesperados por sacar a flote un “candidato del establishment”, que puedan apoyar y usar como estandarte para reencauzar al Grand Old Party (GOP, como se conoce a los republicanos).

Rubio y Bush están cabeza a cabeza en la “primaria en la sombra” de los endorsement (apoyos legisladores, gobernadores y figuras políticas) y los superdelegados. En esas “primarias”, Donald Trump hace tiempo que está fuera de carrera, ya que no cuenta con un solo apoyo oficial dentro del partido. Esa es, en definitiva, la gran “línea de falla” que no puede cerrar el establishment republicano, una brecha abierta en las legislativas de 2010 cuando apareció con fuerza el movimiento derechista Tea Party. Aunque en ese momento los republicanos consiguieron que no se formara un partido independiente, no pudieron evitar que ganara un peso entre la base del partido.

Después del fracaso de Jeb Bush en Iowa (terminó cerca del 2 %) y la buena performance de Marco Rubio, los astros parecían alinearse alrededor del joven senador de Florida. Jeb parecía demasiado golpeado por la “marca Bush”, que pasó de ser un activo a un lastre. Como Hillary Clinton, aunque con más agudeza, sufre el síndrome de la elite y los clanes que gobernaron el país en los años 1980/1990/2000 (Bush-Clinton-Clinton-Bush-Bush). Sin embargo, el tropezón de Rubio en New Hampshire, después de un debate desastroso donde Chris Christie (hoy retirado de la contienda) lo humilló públicamente, siembra dudas. Temen que haya sido un pantallazo del “Rubio candidato presidencial”.

Hacia Carolina del Sur y Nevada, el establishment republicano se divide entre quienes apuestan a un repunte de Rubio, aunque por el momento gana la preocupación. Steve Schmidt, estratega de la campaña presidencial de McCain en 2008, habló de la necesidad de un “milagro” porque: “Terminar en quinto lugar en New Hampshire significa efectivamente que se está desangrando”. Quizás sea prematuro hablar del fin del “brillo” que iluminaba a Rubio pero más de uno se pregunta sobre la viabilidad de su candidatura. En sentido opuesto, Jeb se mantiene justamente por su buena performance en New Hampshire (tanto en el debate como en la elección) y podría volver a ponerlo en el lugar de favorito que tenía antes de las primarias.

En la dirección del partido republicano ya piensan en una convención negociada. A Trump y Cruz los liquidaría esa maniobra para “desoír” el resultado de las primarias. Aunque julio todavía está demasiado lejos, es cierto que no se avizoran candidatos seguros, que gocen tanto del apoyo de la base como del establishment partidario.

 

Los superdelegados y la democracia perfecta

Las “primarias en la sombra” y las maniobras no son exclusivas de los republicanos. En el partido demócrata también existen los superdelegados, que representan el 15 % la convención (son legisladores, funcionarios del partido, expresidentes y figuras prominentes). Estos delegados, a diferencia de los electos en las primarias, no tienen comprometido su voto.

Luego del triunfo de Sanders en New Hampshire, los candidatos obtuvieron una cantidad similar de delegados para la convención. Aunque Sanders superó por más de 20 puntos a Clinton, cada uno consiguió 15 delegados. ¿Cómo? Sanders obtuvo 15 delegados en la votación, mientras Clinton obtuvo 6 delegados en la votación y los 9 superdelegados que corresponden a ese estado.

Algo similar pasó en Iowa, donde a pesar del un empate técnico, Clinton obtuvo 29 delegados (23 votados y 6 superdelegados) y Sanders solo 21. Naturalmente, los superdelegados responden mucho más a las aspiraciones del establishment partidario que a la votación de afiliados y personas registradas. Aunque la ecuación no es inalterable, y también puede haber superdelegados que definan su voto por Sanders, las probabilidades se inclinan hacia Clinton (como sucede hasta ahora).

Esta “maniobra”, contemplada en el reglamento, generó mucha bronca (con razón) entre los seguidores de Sanders. Un conductor de radio lo resumió así: “Un voto de la gente del 1 % vale lo mismo que 10.105 votos de la gente del 99 %”. Este es un potencial gran problema para la campaña de Sanders y su base, no solo por las matemáticas, sino porque la participación en la interna demócrata implica la aceptación de las reglas, y hasta ahora no las ha cuestionado.

A riesgo de aburrir un poco, es interesante bucear en la historia de los superdelegados. En la convención demócrata de 1968, el movimiento contra la guerra de Vietnam se había colado en la primaria. Había tres candidatos: el presidente de entonces Lyndon B. Johnson, y los senadores  Robert F. Kennedy (asesinado en junio de ese año) y Eugene McCarthy, ambos con plataformas antiguerra. Ante la división del partido, Johnson abandonó la carrera y su vice Hubert Humphrey “heredó” sus 561 delegados, sin haber ganado una sola primaria, y mantenía su política frente a la guerra. Los delegados antiguerra eran mayoría (651: 393 “huérfanos” –que habían votado al difunto Kennedy– y 258 de McCarthy), pero la convención eligió a Humphrey (con la presión de gran parte del establishment). Una parte de la dirección temió lo peor y abogó por una reforma para “calmar a las fieras”. Con algunas modificaciones, y después de usar la elección de Jimmy Carter como una confirmación de que “la base no sabe lo que es mejor para el partido”, el establishment demócrata se aseguró de que nunca más el voto “popular” de las primarias elegiría un candidato. Así crearon los superdelegados que aseguran a la elite del partido y sus donantes definir el candidato (hay gente que lo cuenta mejor).

El mecanismo de los “superdelegados” neutraliza en los hechos la victoria de un candidato sobre el otro. Pero esto no sucede solo en las primarias, en las generales también es posible, si no, pregúntenle a Al Gore sobre la elección de 2000 cuando ganó en cantidad de votos y no en el Colegio Electoral (que eligió a G.W. Bush). Quizás no esté de más recordar que el voto en las primarias es indirecto y en las generales es… también indirecto. Oh, la democracia perfecta.

 

La sombra de Clinton y The Bern

Las encuestadoras estadounidenses aman los grupos demográficos. Los crean, los veneran y los transforman en la quintaesencia de la política. Al momento del proceso electoral, quedan en segundo plano los movimientos políticos, la polarización social y las contradicciones propias de un país hegemónico en decadencia. Sin embargo, y sin sobresimplificar, es cierto que los factores demográficos juegan un rol importante: una píldora amarga que ya han tragado los republicanos con el fenómeno Obama, que mostró el peso cada vez más relativo del votante blanco mayor de 40, y el crecimiento de los bloques afroamericano, latino, femenino y joven.

La pesadilla de Hillary Clinton quizás sea que ese plus demográfico que había beneficiado a Obama, hoy se combina con el fenómeno político antiestablishment, de crítica a las elites y las dinastías políticas (todas se aplican a Hillary). La esperanza para Hillary es que los afroamericanos y los latinos hagan lo suyo en los estados más “diversos” como le gusta decir a los medios, y se combinen menos con el voto antiestablishment. Y no se puede descartar que los millennials vuelvan a “arruinar” el voto tradicional demócrata, como sucedió con las mujeres, que según edad, ingresos y grupo étnico prefirieron a Sanders mucho más de lo que Clinton hubiera deseado, especialmente las jóvenes).

Las primarias de Nevada y Carolina del Sur serán menos blancas y menos liberales que Iowa y New Hampshire, es un hecho. Pero aunque Clinton lidere en intención de voto, no significa que Sanders haya alcanzado su techo (de hecho achicó la brecha). Y lo que es más importante, mientras Clinton tropieza hasta con su propia sombra, Sanders rompe el récord en donaciones individuales, superando la mejor versión de Obama (la del Yes We Can de 2008).

El martes después de derrotar a Clinton, Sanders bramó una vez más contra Wall Street y pidió aportes para su campaña. Su sitio de internet explotó y en las siguientes 24 horas recaudó seis millones de dólares. Al día siguiente, voló hasta Nueva York para reunirse con el dirigente negro Al Sharpton, en el mismo bar donde Sharpton y Obama se reunieron en 2008. Aunque Sharpton mantiene por ahora su lealtad a Clinton, la jugada audaz estuvo del lado de Bernie. Es cierto, Clinton hoy es favorita de los caucus negros y muchas personalidades, pero Sanders ha conseguido apoyos importantes de la nueva generación: referentes como el escritor Ta-Nehisi Coates o el cantante y activista Harry Belafonte, y el plato fuerte, la hija de Eric Garner (asesinado por la Policía y uno de los casos emblemáticos de Black Lives Matter).

Clinton buscará mantener su margen entre la comunidad negra. Según NCB News, en enero Clinton contaba con el apoyo de 63 % de los afroamericanos, contra un bajo 20 % de Sanders. Entre los latinos, la relación es 54 % para Clinton y 33 % para Sanders. Aunque habrá variaciones, Sanders debería dar un “batacazo” para ganar estas dos instancias o aspirar a achicar la brecha para sostener su campaña, que tiene hoy mayor impulso que la de Clinton.

La mayor contradicción hoy para Sanders es que la energía que alimenta su campaña choca cada vez más frontalmente con el partido Demócrata: su reglamento desfavorece al candidato “popular” frente al de establishment, Wall Street pesa en las decisiones del partido y la mayoría de la base demócrata sigue siendo demócrata (es decir, no de izquierda, sino más bien moderada, de centroizquierda o centro, con opiniones liberales en algunos temas).

Es claro que Sanders conoce las reglas del juego, y por eso comprometió su apoyo al candidato que resulte ganador (hoy Clinton tiene más posibilidades), pero sus partidarios pueden ser más difíciles de convencer. El jueves 11 se publicó un estudio que revela que la generación que está en su primer año de la universidad es la más comprometida políticamente de las últimas décadas. Muchas y muchos de esos estudiantes son los que volantean, tocan puertas y juntan dinero para el candidato que se enfrenta a Wall Street y dice que tener salud pública y educación superior gratuitas es algo factible y necesario. Quizás la fuerza de “The Bern” no esté en el candidato sino en sus votantes, a quienes será más difícil convencer de que, si no logran la nominación (hoy improbable), votar a la candidata del establishment sea la única opción “realista”, incluso la de Bernie.

La interna demócrata promete tensión en ascenso en las semanas hasta las próximas primarias. El corresponsal de Associated Press de la Casa Blanca ilustró así su balance sobre el último debate demócrata antes de las próximas primarias: “Creo Winston Churchill definitivamente ganó el debate de esta noche. A FDR [Franklin, Delano Roosevelt] lo vi fuerte también. Una noche difícil para Kissinger pero es una primaria larga”. A pesar de algunos “zurdazos” efectivos (para la platea) de Sanders, “Acá hay alguien que se candidateó contra Obama y no fui yo”, o “Estoy orgulloso de decir que Henry Kissinger no es mi amigo”, muchos dan como ganadora a Clinton por  mostrarse como la más adecuada para el trabajo. Algo que seguramente poco le importe a los caucus de Nevada y los votantes de la primaria de Carolina del Sur.

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