EE. UU.: ¿jugador solitario en el gran tablero global?

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ESTEBAN MERCATANTE

Número 8, abril 2014.

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En Ideas de Izquierda 6 discutimos los artículos de Perry Anderson que componen el número especial de New Left Review 83, dedicado a la política exterior norteamericana y sus pensadores. En este artículo continuamos la polémica, trazando al mismo tiempo un panorama de las dificultades que viene afrontando EE. UU., muchas de las cuales quedan minimizadas en la perspectiva –ausente de grandes desafíos– que pinta Anderson.

Al revés de Anderson, que observa solo una mesa de arena donde los lineamientos geopolíticos parecen hacerse y deshacerse a voluntad del hegemón, empezaremos nuestro análisis por las condiciones objetivas del capitalismo norteamericano, que condicionan la capacidad de la potencia imperialista para disponer su voluntad.

A continuación, consideraremos algunas de las más recientes muestras de que, como consecuencia de este deterioro material de su poderío, pero también de una seguidilla de severos traspiés, el Estado norteamericano afronta hoy desafíos y restricciones sin precedentes para ejercer su poderío.

 

Estados Unidos y la Unión Europea

Luego de realizar un recorrido por los principales desafíos geopolíticos que afrontaron las sucesivas administraciones norteamericanas hasta hoy, en las últimas páginas de “Imperium”, el primero de los artículos, Anderson sostiene que “la lógica de largo plazo de la gran estrategia norteamericana se ve amenazada de volverse contra sí misma […] La primacía norteamericana no es ya el corolario de la civilización del capital”. Podríamos creer que esta frase es una indicación de que nos vamos a adentrar en un análisis de las dificultades que surgen para EE. UU. como producto de los cambios producidos en el sistema capitalista mundial que cuestionan el rol que la superpotencia pudo asignarse a sí misma al término de la Segunda Guerra Mundial. No es así. Debemos contentarnos con una brevísima mención a la emergencia de China “como una potencia económica no solo de mayor dinamismo sino pronto comparable en magnitud, de cuyas reservas financieras su propio crédito público [el de EE. UU.; NdR] ha llegado a depender”.

Una notoria ausencia del ensayo de Anderson es el lugar de EE. UU. como parte de un capitalismo mundial en crisis. Esta ausencia no refiere a un punto menor o tangencial. A diferencia de la escuela realista de las relaciones exteriores, para el análisis marxista no puede analizarse la política exterior del imperialismo norteamericano más que como unidad con las tendencias de la economía y el desarrollo de la lucha de clases. Alrededor de las discusiones sobre los alcances de la estabilización del capitalismo durante los años ‘20, León Trotsky desarrolló, aplicando este método, el concepto de equilibrio capitalista. En el caso de Anderson, el sutil seguimiento de todos los giros en el trazado de la gran estrategia1 americana, contrasta con la desatención en toda esta serie de trabajos recientes (iniciada en NLR 81 con “Homeland”) a las bases estructurales de las dificultades que afronta el imperialismo para gestionar geopolíticamente el sistema mundial capitalista, exceptuando menciones tangenciales.

Si el propio Anderson diera por sentado un vigor de la economía norteamericana que la pusiera lejos de cualquier amenaza, fuera de las crisis cíclicas, podría comprenderse esta falta. Pero como lo sugieren análisis precedentes del propio Anderson, y la frase que citamos más arriba, no es así para nada. Su afirmación de que “la primacía norteamericana no es ya el corolario de la civilización del capital” debería llevarlo a concluir que esta potencia hará todo lo posible para modificar de forma favorable un orden de cosas que empieza a resultarle desfavorable; no patear, tal vez, pero sin duda torcer el tablero. Esto no puede no tener consecuencias para el orden mundial. Aún de forma muy larvada, la crisis de 2007, que ha sido contenida pero no resuelta, nos pone ante esta perspectiva.

La concentración exclusiva del análisis en la geopolítica es funcional a sostener un punto de vista que “subestima la magnitud del cisma que la crisis iniciada en 2007 empezó a abrir entre EE. UU. y Europa”, como planteamos en IdZ 6. La crisis, que tuvo su epicentro en EE. UU. pero que rápidamente se extendió por Europa, transformó en disputa larvada lo que, desde un largo tiempo antes, venían siendo disputas latentes, que tienen su punto nodal en la estructura que tendrá el orden monetario internacional.

EE. UU. con el dólar cuenta con un monopolio en la emisión de moneda mundial. Este le permitió financiar los desequilibrios de su cuenta corriente con el resto del mundo de una forma en la que no habría podido hacerlo ninguna otra economía del planeta. Al mismo tiempo, le permitió en numerosas oportunidades, desde los años ‘70 hasta hoy, descargar parte de los efectos de sus crisis sobre otras economías, tanto de países dependientes como de otras potencias competidoras2. El euro metió una cuña en este monopolio del dólar desde su creación.

Por su base de sustentación en la economía europea continental (Gran Bretaña con su fuerte plaza financiera de Londres permaneció fuera de la zona euro), especialmente de la economía alemana con sus grandes bancos, ha planteado una competencia con el dólar por el lugar de las reservas monetarias internacionales en una escala que no había ocurrido desde los acuerdos de Bretton Woods. No obstante, el euro como moneda de reserva mundial, nunca dejo de ser “incompleta”. Como plantea François Chesnais, “el euro nunca alcanzó el estatus de moneda de reserva internacional […] tampoco ha adquirido verdaderamente el atributo de medida de valor –muchos ciudadanos de los países miembros siguen pensando en su antigua moneda nacional y fuera de la UE todo el mundo hace la conversión en dólares”3. El euro es “medio de circulación y de pago en el espacio de los países miembros de la zona” y, sobre todo, “un instrumento de colocación financiera”4.

Estas contradicciones, que quedaron expuestas con las crisis fiscales que afectaron a Portugal, Irlanda, Grecia y Estaña (PIGS, a los que rápidamente se sumó Italia), fueron aprovechadas por EE. UU. para debilitar a la principal amenaza a su supremacía en el terreno monetario-financiero. La precariedad fiscal de este grupo de países fue un resultado directo de la crisis de 2008, que desde su epicentro en EE. UU. se expandió rápidamente por Europa, cuyos bancos también habían invertido en los activos de la burbuja hipotecaria norteamericana y replicado el boom de crédito en varios países de Europa, que estallaron a la par del derrumbe norteamericano.

Las medidas de salvataje alimentaron el déficit fiscal, y profundizaron las restricciones para economías que ya venían afectadas por un desequilibrio constitutivo de la unión monetaria: los desequilibrios comerciales crónicos de estos países con Alemania. Esta debilidad dio pie a los ataques especulativos sobre la deuda pública de los PIIGS, que elevó la tasa que pagaban por endeudarse. Las tasas de interés más altas empeoraron la situación fiscal y dificultaron aún más el pago de las deudas.

La respuesta alemana fue presionar para que los PIIGS pagaran sus créditos “sin excusas ni condiciones”. En marzo de 2012 impuso el pacto fiscal, que comprometió a los países de la UE (excepto Gran Bretaña y la República Checa que no lo firmaron) a establecer un presupuesto equilibrado. Un severo ajuste que profundizó la depresión económica en la mitad de la Eurozona así como generó respuestas defensivas por parte de los trabajadores y sectores populares ante la brutalidad del ataque.

La administración norteamericana encontró rápidamente un argumento para intervenir en la situación, por la amenaza que un default en cualquiera de los PIIGS habría representado para la estabilidad económica global. Con esta inquietud fundamentó el apoyo de un tratamiento distinto para las deudas soberanas de estos países, excluyendo la obligación de respetar las reglas del pacto fiscal. La demanda explícita, que rápidamente ganó apoyo en los gobiernos de los PIIGS, era que la UE y el BCE debían garantizar las deudas “emitiendo eurobonos o incrementando el fondo de rescate, transformando al BCE en emisor ilimitado de dinero”5. Comprometer al BCE tenía el precio de debilitar el euro; no hacerlo implicaba empujar el default de los PIIGS. Con la primer alternativa, EE. UU. ganaba márgenes para seguir sosteniendo una política basada en el rol del dólar y la posibilidad de endeudarse sin restricciones.

Este forcejeo entre Alemania, como sostén último del euro, y EE. UU., se libró muy cerca del precipicio: un default de los PIIGS podría haber sido mucho más catastrófico aún que la quiebra de Lehman Brothers. El resultado provisorio, luego de varias cumbres cargadas de dramatismo, fue una solución de compromiso: la creación de un fondo de rescate para las deudas de los países de la eurozona, pero sostenido no solo por los tesoros de los Estados (es decir, ante todo Alemania), sino también con aportes de los bancos y acreedores. Con este reaseguro, la dura línea de ajustes trazada por Alemania para que los trabajadores y sectores populares de los países más frágiles paguen los mayores costos de las asimetrías de la integración que tanto benefició a las corporaciones, sigue su rumbo. Alemania concede en parte el mayor compromiso del BCE como garante de las deudas, aunque reafirma la austeridad fiscal y preservar al euro.

La velada disputa no ha escalado. Pero la crisis volvió más acuciante un problema preexistente: la UE, con preeminencia alemana luego de la unificación de 1990, no puede mantener con EE. UU. la misma posición de antaño. Como planteaba Paula Bach en Ideas de Izquierda 3, Alemania es “demasiado débil para dominar, demasiado fuerte para alinearse”. La disputa por el orden monetario internacional seguirá dando nuevos capítulos.

Anderson persiste en ver una Europa alineada sin fisuras con EE. UU. Aún sin conflictos expresados de forma abierta, el mar de fondo sugiere una imagen menos apacible.

 

Pasaje a Oriente

En pocos meses, Rusia ha expuesto en dos oportunidades los límites para la actuación de los EE. UU. En primer lugar en Siria, donde Obama terminó retrocediendo de su anunciada represalia por los ataques con armas químicas de Bashar al-Asad cuya responsabilidad fue adjudicada al gobierno sirio. Obama levantó la decisión de atacar luego de que Rusia anunciara el compromiso de al-Asad para entregar todo el arsenal químico en sus manos.

Más cerca en el tiempo, la respuesta rusa ante la destitución de Viktor Yanukovich como presidente de Ucrania representa un nuevo desafío a la legalidad internacional y muestra los límites de EE. UU. para defenderla respondiendo al desafío ruso. Estados Unidos avanzó en el anuncio de sanciones económicas, que pueden afectar a los países que las apliquen tanto como a Rusia. También otras penalidades como excluir a Rusia del Grupo de los 8. En 2008, durante la breve guerra entre Rusia y Georgia, el gobierno norteamericano votó sanciones económicas contra el régimen ruso que nunca entraron en vigencia. Ante el agravamiento de la crisis la UE no pudo sostener una posición unificada; aunque apoyó el levantamiento contra Yanukovich y busca incorporar a Ucrania a su órbita económica y militar, un régimen de sanciones económicas amenaza los intereses de sus principales miembros.

El abastecimiento de energía de la Unión Europea depende del gas que se importa desde Rusia. Francia tiene importantes inversiones en la industria automotriz rusa, además de que Londres y otras plazas cuentan con los importantes negocios financieros de los principales oligarcas rusos.

La crisis abierta por la ocupación de Crimea y el referéndum que votó su anexión a Rusia, posteriormente avalado por el parlamento ruso y Putin, creó un campo minado para todos los jugadores, en el que “perderá el primero que dé pasos en falso”6.

La administración de EE. UU. podrá consolarse con el hecho de que es muy probable que la crisis de Ucrania envenene por un período las relaciones de Moscú con Bruselas, alejando así la posibilidad de una alianza geopolítica de Alemania/Francia y Rusia, preocupación estratégica central de los EE. UU.7 Pero sería un triste consuelo, considerando que al mismo tiempo el aislamiento de Rusia podría empujarla a conformar otro bloque casi tan inquietante para los estrategas norteamericanos: el acercamiento de Rusia y China. Esta preocupación, compartida por varios analistas, fue expresada en las páginas de New Republic por Dmitri K. Simes. Aunque Putin hasta ahora mantuvo distancia porque “no quiere ser el socio menor de Beijing”, si “se lo priva de una conexión europeo-americana podríamos alterar el balance geopolítico poniendo a Rusia más cerca de China”8. Esta posibilidad es tan amenazadora para la presencia norteamericana en ese espacio privilegiado por muchos estrategas norteamericanos definido como “Eurasia”, como lo es la hipótesis de confluencia entre Alemania y Rusia. Esta combinación no tendría como apoyo la base material de una potencia imperialista desarrollada como Alemania9, pero sí un considerable poderío militar, así como una capacidad de atracción o neutralización sobre los aliados norteamericanos en el sudeste asiático, limitando la capacidad de influencia de EE. UU. Lejos del “momento unipolar” que siguió a la caída de la URSS, cuando “Washington podía fácilmente perseguir una política de contención dual”, hoy, como resultado de una seguidilla de graves desaciertos10, “el balance de poder ha cambiado de forma significativa desde entonces.

Ahora Norteamérica difícilmente pueda confrontar a dos grandes potencias en Eurasia de forma simultánea”11. Verse enredado en el terreno centroeuropeo por un largo período podría comprometer la presencia de EE. UU. en el este de Asia. Un panorama que desmiente la supuesta capacidad para los EE. UU. de trazar grandes estrategias sin mayores restricciones.

 

EE. UU.: debilitado, pero por eso cada vez más agresivo

Sería necio subestimar el poderío norteamericano y tomar unilateralmente los signos de su decadencia: “Mientras se debilita el poder económico y político estadounidense, se fortalece su maquinaria bélica”12. Por lejos sigue siendo la fuerza más poderosa para defender el orden capitalista, respondiendo a las amenazas a su dominio en todo el planeta. Aun en Medio Oriente, donde la Primavera Árabe lo tomó por sorpresa y con poca capacidad de intervención en los primeros momentos, ha logrado estabilizar la situación y sostener a los garantes del orden, como el presidente de las fuerzas armadas egipcias Abdul Fatah al-Sisi que derrocó a la Hermandad Musulmana el pasado junio.

También logró un importante logro en el acercamiento con Irán. Aunque el precio de ambos logros ha sido crear crisis con aliados históricos en la región, como Israel y Arabia Saudita. Pero igual de peligroso es cometer el error opuesto. Anderson hace foco en el trazado de la gran estrategia y los giros de política exterior separados de las determinaciones materiales que lo condicionan, y subestima las dificultades. Parece desdeñar el hecho de que, con la crisis en curso que EE. UU. logró contener pero no superar, y con la multiplicidad y simultaneidad de los terrenos donde se le presentan desafíos, la capacidad de respuesta norteamericana se encuentra más comprometida13. Ante el retorno a escena de la clase obrera en todo el mundo, precedido como estuvimos viendo en todo el mundo por masivas expresiones de descontento de la juventud, realizar una evaluación sobria de la posición del imperialismo yanqui, sus alianzas y los potenciales puntos de quiebre en las relaciones internacionales, es de fundamental importancia.

La exageración de las fortalezas del poderío norteamericano y de sus logros, y la subestimación de los efectos de sus errores, y lo que una crítica a la NLR 83 consideró una presentación de los EE. UU. como un “Estado imperial omnisciente”14 por parte de Anderson, no puede más que servir para reconfirmar su escepticismo respecto de la posibilidad de que la clase trabajadora pueda en algún futuro próximo desafiar el dominio capitalista.

 

Blog del autor: puntoddesequilibrio.blogspot.com.ar.

 

1. Definiendo la “gran estrategia”, Edward Luttwak sostiene que “todo lo que es militar sucede dentro de un contexto más amplio de gobierno interno, política internacional, actividad económica y sus dependencias” (Strategy: the logic of war and peace, Cambridge, Harvard University Press, 2001).

2. Robert Brenner en El boom y la burbuja, y en La economía de la turbulencia global, dedica especial atención a la importancia de los manejos monetarios en la disputa entre las principales potencias.

3. François Chesnais, Les dettes illégitimes: Quand les banques font main base sur les politiques publiques, París, Editions Raisons d’Agir, 2011, tomado de “El fin de las ‘soluciones milagrosas’ de 2008/9 y el aumento de las rivalidades en el sistema mundial”, Estrategia Internacional 28, agosto 2012.

4. Ídem.

5. Juan Chingo, ob. cit.

6. Rafael Poch, “El cuaderno de Odesa”, La vanguardia, 11/3/2014.

7. Preocupación bien fundada: como plantea un artículo reciente: “Alemania y Rusia –en términos de energía e inversión– ya tienen una asociación estratégica” (“Ucrania, Rusia y el mundo: Cinco preguntas a tres autores”, Tlaxcala, 16/03/2014). Rusia es el principal proveedor de energía de Alemania, pero además su cuarto socio comercial por fuera de la Unión Europea. El “Fuck the UE” que planteó la secretaria de Estado adjunta para Asuntos Europeos Victoria Nuland reflejaba el malestar de EE. UU. por no lograr un firme alineamiento de la UE con las intenciones norteamericanas. Pero también la preocupación por lo que esto decía sobre la posición estratégica de Alemania, menos dispuesta a endurecerse con Putin que EE. UU.

8. Jon Judis, “Interview: ‘We are speaking very loudly. We are carrying a small stick”, New Republic, 3/3/2014. China se abstuvo en la votación en el Consejo de Seguridad de la ONU. Las declaraciones oficiales de Beijing sostienen que la determinación de Putin de proteger los intereses de Rusia resulta “comprensible”.

9. Aunque las políticas de China hacia los países dependientes y semicoloniales tienen iguales patrones que las de las potencias imperialistas, logrando incluso sacarle ventaja a EE. UU. y Europa en varios países.

10. Muchos de los cuáles son minimizados por Anderson. El caso más llamativo es el de la invasión a Irak, “que fue para EE. UU. un asunto relativamente poco doloroso”, cuyo resultado fue que “militar y políticamente […] fueron logrados los objetivos norteamericanos” (“Imperium”). Balance curioso, considerando el pantano en el que quedó EE. UU. durante años ante fuerzas rebeldes, y la imposibilidad –señalada por el propio Anderson– de lograr un acuerdo con Bagdad para mantener tropas en el país, fundamental para operar en la región.

11. Artyom Lukin, “Ukraine: And the Winner Is… China”, Russian International Affairs Council, marzo 2014.

12. Higinio Polo, “Las guerras de Washington”, Rebelión, 4/3/2014.

13. Y esto sin considerar el desprestigio que generaron las revelaciones de Snowden y Wikileaks, dañando su “poder blando”.

14. David Allen, “A world made safe for capitalism”, Prospect, 11/12/2013.

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