EE.UU. Izquierda y clase obrera: ¿es posible recomponer el diálogo estratégico?

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CELESTE MURILLO y JUAN ANDRÉS GALLARDO

Número 19, mayo 2015.

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Los procesos de organización entre los sectores precarizados de la clase trabajadora estadounidense vienen generando reacomodamientos en una burocracia sindical golpeada y desprestigiada. Por primera vez en décadas, sectores de izquierda son parte del debate.

Este será el tercer año consecutivo de desarrollo de paros y movilizaciones de trabajadoras y trabajadores de los fast foods y los servicios en demanda de un salario mínimo de 15 dólares la hora. Si su primera acción de 2012 en Nueva York, alentada por Occupy Wall Street, parecía aventurera, hoy son una de las tendencias que aporta mayor dinamismo a la clase trabajadora estadounidense, aun en un panorama que de conjunto es defensivo.

El momento actual concentra diferentes factores. En primer lugar, el último período vio una relativa recuperación de la economía. Aunque el crecimiento del PIB del último trimestre de 2014 (2,2 %) cayó relativamente, en comparación con el anterior (5 %), de conjunto presentó un avance con respecto a 2013. En cuanto al empleo, 2014 terminó como el año en el que se crearon más puestos de trabajo (3,1 millones), lo que suma 11 millones de empleos generados desde 2010 (el final de la “gran recesión”), la mayoría de ellos precarios1.

Además de mejorar las perspectivas para los negocios capitalistas, esto sirve de plataforma para un proceso de luchas en los servicios que con sus acciones desafió el clima de cementerio de los sindicatos y el patrón de empleo de bajos salarios. Lo hizo con dos demandas clave: aumento del salario mínimo y derecho a la organización sindical. Su lucha se extendió nacionalmente. Y obligó a varios políticos a pronunciarse al respecto, incluso al propio presidente Barack Obama, que propuso un aumento del salario mínimo de los empleados federales. A su vez, en los últimos meses Walmart y McDonald’s anunciaron que aumentarán su salario mínimo. Este aumento se basa en tres aspectos: la caída del desempleo y la mayor demanda de mano de obra calificada que genera competencia entre los empleadores; la mala imagen que provocan las protestas contra las empresas; y por último, aunque los aumentos otorgados están lejos de los 15 dólares que exigen los trabajadores, son una concesión de las empresas para mantener lo esencial de la precarización. Walmart y McDonald’s son dos de los principales empleadores del país, gran parte de su plantilla tiene contratos part-time, turnos rotativos, y está prohibida la organización sindical2.

Por eso las demandas por aumento del salario mínimo y derecho a sindicalización cuentan con el apoyo y la simpatía de sectores amplios de la población que se identifican con su lucha, como parte del descontento extendido contra las corporaciones. Esto sería inexplicable sin el clima social que generó la existencia de Occupy Wall Street (OWS), un movimiento juvenil, mayormente estudiantil y de clase media. OWS tuvo dos méritos: opacar al movimiento derechista Tea Party, que venía del triunfo legislativo de 2010, en un escenario de polarización social; y popularizar la denuncia de una sociedad cada vez más desigual, expresada en las consignas “contra el 1 %”.

 

Sindicatos, burocracia y movimientos sociales

La entrada del movimiento por el salario mínimo se da después de décadas de derrotas de la clase obrera, del traslado de una porción importante de la mano de obra de la industria a los servicios (con la consabida pérdida de derechos que podría resumirse en el modelo Walmart, que se estableció como patrón de empleo3) y la reducción de los sindicatos a su mínima expresión.

Durante los peores momentos de la crisis económica, los sindicatos firmaron acuerdos desfavorables a los trabajadores que erosionaron aún más su base y alentaron el desprestigio de la burocracia. Entre 2007 y 2009, la burocracia entregó las últimas demandas “clásicas” de la clase obrera industrial blanca: seguro de salud y pensiones4.

En 2011, en el estado de Wisconsin, la legislatura votó eliminar el derecho de negociación colectiva del sindicato docente5. A pesar de la derrota, Wisconsin marcó un punto de inflexión. Para la burocracia marcaría el punto más alto de ataque antisindical y, contradictoriamente, para los movimientos un punto de partida. Por primera vez en mucho tiempo, entró en acción un movimiento de trabajadores y estudiantes, con la solidaridad de la población, sindicatos y organizaciones, que se encontraron en la calle y vieron, al menos incipientemente, el potencial de su movilización.

La tasa de sindicalización ha alcanzado sus niveles mínimos6: no llega al 7 % en el sector privado y apenas el 35 % en el sector público. La desprestigiada AFL-CIO respondió débil y tardíamente los ataques, a pesar del “cambio” que representó el secretario general Richard Trumka, que tuvo la política de apoyar la reforma migratoria, los movimientos antirracistas e incluso las movilizaciones por el salario mínimo.

Esta crisis generó fricciones dentro de la propia burocracia sindical. Ya en 2006 varios sindicatos encabezados por SEIU (empleados públicos y de servicios) habían roto con la AFLCIO, para formar Change to Win (Cambiar para ganar), una coalición que proponía una estrategia para organizar más trabajadores ante la conservadurismo de la burocracia tradicional. Esta discusión surge luego de las manifestaciones de trabajadores latinos e inmigrantes (mayoría en los servicios), el 1º de mayo de 20067.

En un marco de desprestigio, sindicatos como el SEIU/Change to Win optaron por cambiar la política de ignorar a los movimientos “externos”, e impulsaron la organización de Fight for 15 (Pelear por los 15 dólares). Fight for 15 no es un sindicato y no disputa directamente en el lugar de trabajo, pero en los hechos nuclea al movimiento que hoy recorre las principales ciudades. Por otra parte, en 2011 nació OUR Walmart (Organization United for Respect, Organización Unidos por el Respeto). Por primera vez la empresa más furiosamente antisindical tuvo que aceptar la legalidad de una asociación de trabajadores dentro de sus tiendas. OUR no es un sindicato, no representa intereses colectivos ni tiene personería. Es parte de una larga pelea legal para superar la prohibición de Walmart, y aunque es limitada, sirvió para fortalecer a los sectores que pelean por la organización en el lugar de trabajo.

Sumado a esto, el movimiento por el salario mínimo tiene otra particularidad y es que no se trata de un movimiento exclusivamente sindical o económico. En su interior actúan diferentes movimientos sociales y corrientes políticas. Existen intersecciones objetivas como es el caso de la juventud negra: son una gran porción de los trabajadores que cobran el salario mínimo (junto a los latinos) y, a la vez, son los protagonistas de las protestas contra el racismo8 (renovadas con la reciente rebelión en la ciudad de Baltimore). Esto hace que existan lazos naturales en la base entre Fight for 15, Black Lives Matter (movimiento contra el racismo), OWS y otras organizaciones.

La presión doble, por derecha y por izquierda, agudiza la discusión sobre los sindicatos. Y por primera vez, desde hace varias décadas, sectores de la izquierda intervienen en el debate.

 

Izquierda, política y estrategia

En 2013, el triunfo de una candidata abiertamente socialista en Seattle abrió un nuevo panorama para la izquierda en Estados Unidos. La elección de Kshama Sawant para el Concejo Deliberante se dio junto con otros giros moderados a izquierda9. Además, han surgido sectores de la intelectualidad de izquierda, como la revista Jacobin, que concentra gran parte de los debates, adelantándose incluso a los propios grupos partidarios que todavía arrastran una política rutinaria.

La izquierda además confluye con los nuevos movimientos sociales, pero su política hoy no se centra en fortalecer a los sectores progresivos que motorizan esos movimientos, sino en mantenerlos como base de su estrategia electoral. Esto se desprende de la conferencia “El futuro de la acción electoral izquierda e independiente”, realizada el 2 y 3 de mayo (mientras cerramos esta edición) en Chicago que llama a conquistar 100 candidaturas independientes. En la conferencia participan gran parte de las organizaciones de izquierda partidaria, como Socialist Action, International Socialist Organization, Socialist Alternative (partido de K. Sawant), y publicaciones como Jacobin, Red Wedge o Emerge.

En su convocatoria podemos leer: “Desde la elección de K. Sawant en el Concejo Deliberante de Seattle, hasta numerosas campañas socialistas e independientes (…) crece el interés en una alternativa de clase. Sin embargo, para empezar a construir una alternativa electoral viable, primero debemos forjar la unidad entre nuestras diferentes campañas”. Y continúa:

 

La participación de millones de personas en el movimiento Occupy, la marcha por el cambio climático, y el movimiento Black Lives Matter muestra que muchos sienten que algo está profundamente mal. Pero estos movimientos no apoyan todavía una expresión electoral viable. Vamos a construir alternativas en el terreno electoral10.

 

Es de destacar que no mencionan siquiera el movimiento Fight for 15, que fue uno de los sectores clave para el triunfo de K. Sawant, que se presentó como la “candidata del salario mínimo”. El llamado confirma una visión extendida en la izquierda estadounidense hoy, que responde a una lógica más general de construir partidos amplios y ocupar espacios de poder. Y así como en la primera década de este siglo fueron mayoritariamente acríticos con los gobiernos posneoliberales en América Latina, hoy ven en Syriza y Podemos la “alternativa viable” que es posible construir. A pesar de que estos fenómenos reformistas en Grecia y el Estado español son incomparables con lo que sucede al otro lado del Atlántico, sus teorizaciones sobre la administración del Estado capitalista influencian la política y la estrategia de la izquierda en Estados Unidos. Esta “guía para la acción” aplicada a EE. UU., cuando por primera vez en muchos años la izquierda tiene la posibilidad de confluir no solo con movimientos sociales progresivos, sino con fracciones de la clase obrera (sus sectores más precarizados), solo conduce a aniquilar esa oportunidad histórica.

La izquierda actual en Estados Unidos comparte en gran parte la premisa de que es posible otorgar un contenido político a cualquier espacio, disociado del poder real en el que se sustenta, y a pesar de que sus discursos hablan de terminar con el capitalismo, su política está más cerca de la idea de “alcanzar transformaciones sociales al interior del Estado actual”11. Esto explica que el rol del movimiento obrero como factor actuante esté ausente o subordinado en su ambición política central, que es la de pelear en la arena electoral.

En su paso por Argentina, Iñigo Errejón (socio político de Pablo Iglesias en Podemos) había planteado la incapacidad de las movilizaciones para “alterar los equilibrios de poder del Estado”12 y, como conclusión, la apuesta de Podemos a poner la política electoral en el centro de su estrategia. Hoy, Podemos ve su propio techo electoral y se pregunta hasta dónde es válida esa premisa, que lo ha colocado en un lugar contradictorio, imposibilitado de avanzar por haberse “despegado” del movimiento que le dio vida. Por eso, Pablo Iglesias vuelve a apelar a “un proyecto político de irrupción plebeya”13. La izquierda estadounidense está por detrás incluso de esta conclusión, y esto le impide ver sus propias posibilidades.

En una entrevista reciente14, Kshama Sawant plantea la necesidad de la construcción de un partido “con una base amplia, organizado alrededor de principios democráticos y que tenga como objetivo central la misión de trabajar con el movimiento obrero organizado, los trabajadores no sindicalizados y los activistas jóvenes negros” (de hecho una de las mesas de la conferencia que impulsan se llama “¿Un nuevo partido del 99 %?”). En la misma entrevista, afirma que “nuestra campaña debe ser un punto de apoyo para algo más grande. Para construir un movimiento de masas, una alternativa radical viable. Eso es lo que está pasando en Grecia y España”. Por eso comparte con otros grupos el “encantamiento” por plataformas amplias. Y su atención al movimiento obrero habla más bien de la base que le dio el triunfo electoral. Esta política que pone en el centro “ocupar espacios” le hace perder de vista peleas centrales, que permitirían mostrar a la izquierda como alternativa real. Esto sucede porque la intervención en el terreno electoral, y la conquista de puestos parlamentarios, se concibe escindida de fortalecer las tendencias de independencia política del movimiento obrero, su organización y la lucha en las calles. Por ejemplo, dentro de Fight for 15, la dirección del SEIU se prepara a limitar las perspectivas del movimiento, y está dispuesta a renunciar a la formación de un sindicato, a cambio de un aumento salarial y mejores condiciones. La burocracia quiere mostrarse como dirección responsable ante empresas como McDonald’s, con la que viene negociando en secreto según varios organizadores sindicales15. Allí donde la izquierda tiene influencia, es posible disputar con la burocracia sobre la dirección que tomará el movimiento, y desde ahí plantear una alternativa real, no solo como políticos honestos y a favor de los derechos de los trabajadores. Hace tiempo que la izquierda no tenía una oportunidad similar. Un periodista de OWS plantea una reflexión interesante sobre Fight for 15:

 

…la campaña ha generado expectativas de un revival de la conciencia de clase y un movimiento de la clase obrera, pero, ¿se realizarán bajo la dirección del SEIU? Si la historia y los acontecimientos actuales sirven de guía, el ingrediente que falta es la izquierda organizada16.

 

El autor acierta en la pregunta, el verdadero interrogante es si la izquierda estará a la altura. La irrupción de los movimientos sociales como Occupy, Black Lives Matter, y sobre todo el movimiento por el salario mínimo, le plantean a la izquierda estadounidense múltiples desafíos. No solo superar su “profecía autocumplida” de debilidad, sino abordar y profundizar el debate estratégico necesario para cuestionar el dominio de la burocracia en el terreno sindical y la ilusión de la “izquierda” demócrata en el terreno electoral. Contra un sentido común evolutivo de ocupar posiciones, ningún atajo le otorga ventajas; al contrario, la debilita estratégicamente para la disputa por la dirección del actor social que será el músculo de cualquier alternativa independiente.

 

Blog de los autores: teseguilospasos.blogspot.com.ar y sordoruido.blogspot.com.ar

 

1. Ver C. Murillo, J. A. Gallardo, “Fast Food Nation”, IdZ 4, octubre 2013.

2. Ver, “Nuevo triunfo en la lucha por el salario: ¿por qué cedieron Mc Donald’s y Walmart?”, La Izquierda Diario, 11/04/2015.

3. La clave del modelo Walmart fue eliminar los sindicatos, atacar la negociación colectiva, y destruir por todos los medios la percepción de la pertenencia a una clase. Ver “Fast Food Nation”, ob. cit.

4. En 2007, la UAW acordó con la empresa que esta última dejara de ser responsable del plan de salud de los trabajadores jubilados y sus familias; a cambio se creó un fondo de inversión llamado VEBA. En 2009 el sindicato acordó con General Motors, Chrysler y Ford bajar salarios y recortar derechos, para permitir el acuerdo de las empresas con el gobierno de Obama.

5. Hubo una gran resistencia de la base del sindicato docente, con el apoyo de estudiantes, otros sindicatos y la comunidad. Existía disposición para profundizar la lucha, incluso para llamar a una huelga general en la ciudad de Madison, pero la dirección del movimiento desvió la movilización a la revocación del gobernador Walker, que finalmente ganó la nueva elección después del referéndum.

6. Uno de los últimos episodios en esta “guerra antisindical” se dio en febrero de 2014 con la derrota de la burocracia en la votación para formar un sindicato en la planta de Volkswagen Chattanooga (Tennessee).

7. El punto más alto de su política fue la fusión UNITE-HERE para formar un sindicato poderoso de hoteles y restaurantes. La política fracasó luego de que se destara una guerra de baja intensidad entre burócratas de diferentes sectores y campañas millonarias

para “robar” afiliados.

8. C. Murillo, J. A. Gallardo, “Ferguson: ¿el fin de la ilusión posracial?”, IdZ 14, octubre 2014.

9. C. Murillo, J. A. Gallardo, “‘Giro a izquierda’ en la política norteamericana”, IdZ 6, diciembre 2013.

10. The Future of Left/Independent Electoral Action in the United States, disponible en www.leftelect.org.

11. Ver sobre la entrevista de Chantal Mouffe con Pablo Iglesias en J. Martínez, D. Lotito, “Syriza, Podemos y la ilusión socialdemócrata”, IdZ 17, marzo 2015.

12. Intervención de Iñigo Errejón en el Foro por la Emancipación y la Igualdad (Buenos Aires), disponible en www.celag.org.

13. Ver D. Lotito, “Podemos y la impotencia estratégica”, La Izquierda Diario, 24/04/2015.

14. “The Most Dangerous Woman in America”, truthdig, 15/03/2015.

15. Ver A. Gupta, “Wage Gains Won’t Last, Unless Fight for 15 Builds Worker Power”, Counterpunch, 16/04/2015.

16. Ídem.

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