Ecos de la historia, música del futuro

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CELESTE MURILLO

Número  15, noviembre 2014.

La historiadora norteamericana Wendy Goldman, autora de La mujer, el Estado y la revolución, brindó una conferencia donde presento la edición en castellano de su libro. También visitó la imprenta Donnelley, hoy Madygraf, para escuchar de boca de sus protagonistas, los trabajadores y la Comisión de Mujeres, la experiencia de la gestión obrera.

 

Más de una vez alguien preguntó, “¿Qué se puede aprender de lo que pensaron los bolcheviques sobre la emancipación de las mujeres casi un siglo después?”. Hoy, a pesar de la imagen de igualdad, construida sobre la ampliación de derechos, el legado de la experiencia bolchevique durante los primeros años posteriores a la revolución de 1917, sigue estando años luz por delante de cualquier “avance” de las democracias capitalistas.

Esto, sin considerar que en la sociedad actual, heredera de décadas neoliberales y reacción conservadora, aun cuando se han conquistado derechos para algunos sectores, permanece intacta la desigualdad más profunda en la que se basa una democracia donde millones de personas sufren los oprobios más inimaginables. La revolución social, al contrario, abrió incluso en las peores condiciones, un mundo nuevo lleno de posibilidades y una perspectiva de liberación y emancipación para las mujeres.

Esta idea es una de las que recorrió la visita a fines de septiembre de la historiadora Wendy Z. Goldman. Su libro, traducido y publicado por Pan y Rosas y Ediciones IPS, recorre la visión y los esfuerzos de mujeres y hombres del Partido Bolchevique luego de la toma del poder en 1917. La historiadora realizó una conferencia en el auditorio de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, junto a Andrea D’Atri, organizada por la agrupación Pan y Rosas. La escucharon más 700 estudiantes, trabajadoras de servicios, maestras, trabajadoras de la salud y la industria y otros sectores.

Uno de los aspectos más interesantes para nuestra agrupación Pan y Rosas, que pelea por la emancipación de las mujeres y le da un lugar especial a la lucha por los derechos de las mujeres trabajadoras, fue encontrar una visión compleja y rica sobre la política del Estado obrero y la perspectiva de liberación que abrió para las mujeres. En esa búsqueda encontramos el trabajo de Wendy Goldman, que según sus propias palabras, comenzó a estudiar la política bolchevique hacia la mujer, “buscando una respuesta a qué había sucedido con esa gran revolución que había terminado en el estalinismo”. La historiadora inició su investigación en un momento en el que “el feminismo se retiraba de las calles, y eso me motivó para buscar en la historia una perspectiva que uniera la lucha por la emancipación de las mujeres y la transformación social”. Con esa misma motivación, encontramos puntos de acuerdo y debates, que aun siguen abiertos entre la izquierda, el feminismo y el movimiento de mujeres.

En la conferencia, la historiadora recorrió los pasajes centrales de su libro, que condensan una extensa y documentada investigación sobre los profundos cambios provocados en la vida social soviética, desde la revolución rusa de 1917 encabezada por el Partido Bolchevique, hasta 1936, cuando el régimen ya se encontraba bajo el férreo control burocrático de Stalin que revirtió todas las conquistas alcanzadas por las mujeres en los primeros años de la revolución1.

 

De Moscú a Pacheco

Cuando planificábamos su visita, se profundizaba el conflicto en la imprenta Donnelley, propiedad de una multinacional estadounidense. Desde Pan y Rosas veníamos participando de las actividades de la Comisión de Mujeres y apoyando las acciones que impulsaban junto a la Comisión Interna de la fábrica. Por esos días le propusimos a Wendy Goldman visitar la imprenta Donnelley, hoy bajo gestión obrera. Su respuesta fue inmediata: “No se me ocurre un lugar mejor para visitar”.

Como ya nos había manifestado, a medida que avanzaba en la investigación, durante largas jornadas en los Archivos del Estado en Moscú, donde esperaba que el personal de la biblioteca le brindara el material, muchas veces se preguntó de qué serviría escribir aquel libro. Y en su viaje a Buenos Aires, especialmente cuando se encontró con las mujeres y los trabajadores de la ex Donnelley, confirmó eso que había pensado: alguien recogería en el futuro esos hallazgos, alguien echaría mano de esa investigación y le daría la “utilidad” que ella esperaba. En la planta de Pacheco, como nos diría más tarde camino al aeropuerto, en las anécdotas que le contaron los trabajadores y la Comisión de Mujeres, veía “cómo el libro cobraba vida, y tantos años de investigación tenían sentido”.

Ya en el viaje por la Panamericana hacia la planta, surgieron muchas discusiones e intercambios sobre las diferencias en la forma de organización, la situación actual y los fenómenos que recorren la clase obrera argentina y la norteamericana. A diferencia de nuestro país, que ha conocido en los últimos años procesos de reorganización como el sindicalismo de base, las comisiones internas combativas como la de Kraft o Pepsico, los obreros “indomables” de Lear o el conflicto mismo de la gráfica Donnelley, en la clase obrera norteamericana pesan todavía mucho más las derrotas de las largas décadas neoliberales.

Sin embargo, en algunas ramas asoman procesos de organización y lucha de la mano de los sectores más jóvenes, las mujeres y las comunidades negra y latina2. La clase obrera blanca todavía ve este fenómeno desde lejos, atrapada por la perspectiva impotente de la burocracia sindical, que no ha hecho otra cosa que conciliar con las empresas y permitir que la gran patronal estadounidense descargue todos los costos sobre los hombros de trabajadoras y trabajadores. De hecho muchas de las empresas que se encuentran a ambos lados de la Panamericana, son propiedad de multinacionales estadounidenses que localizan sus plantas alrededor del mundo, siempre motorizadas por la búsqueda de ganancias. “Ésta es la mejor muestra de la ironía de que las corporaciones norteamericanas se llenan la boca hablando de patriotismo. El capital no tiene sentimientos nacionales; solo predilección por la ganancia (…) en cada nuevo país donde las corporaciones establecen sus fábricas, los trabajadores comienzan a organizarse. De esta forma, es el propio capital el que, en su insistente búsqueda por mayores ganancias, organiza al mundo”.

Una de las primeras impresiones al llegar a la gráfica fue: “Para mí, la fábrica inmediatamente evocó imágenes del principio de la Rusia soviética de 1917. Los trabajadores rusos, al igual que sus camaradas contemporáneos en Argentina, fueron empujados a acciones inesperadas cuando las empresas extranjeras buscaron cerrar sus plantas y abandonar el país”3.

 

El mismo idioma

Desde que entramos en la planta, el entusiasmo de los trabajadores por contar la historia de esos casi dos meses de actividad sin patrones, y el de la historiadora por captar cada detalle del proceso, facilitaron la comunicación, incluso superando las barreras de la traduccion, y como ya había pasado en el conferencia en la universidad, parecía que todas las personas hablábamos el mismo idioma. Una de las primeras cosas que llama la antención, y recorre toda la fábrica, es el slogan de su movimiento, “Detrás de cada trabajador hay una familia”, que según interpretó atinadamente la historiadora, “tiene dos significados. Uno nos recuerda que cuando un trabajador pierde su empleo, toda su familia sufre. El otro, sin embargo, sugiere una gran fuerza oculta. Cada trabajador es apoyado por su familia y juntos, trabajadores y familiares, representan una gran multitud”.

Los trabajadores contaron cómo había sido esa madrugada del 11 de agosto, cuando llegaron al trabajo y se encontraron con un papel en la puerta que avisaba que la fábrica había cerrado, y les brindaba como única respuesta un número de información. Como si hiciera falta alguna prueba del desinterés de aquellos que tienen todo y viven a costa del trabajo de millones de personas. También contaron cómo la empresa había intentado justificar sus maniobras aduciendo una crisis que no podía probar, y chantajeando a los trabajadores y su organización para que acepten despidos, peores condiciones, salarios más bajos y, así, mantener y aumentar su margen de ganancia. Una de las cosas que estuvo presente durante todo el recorrido fue la discusión sobre la producción, la gestión de la fábrica y la relación con la comunidad y los trabajadores fuera de la planta. Los trabajadores tuvieron que enfrentar una multiplicidad de problemas al comenzar a administrar la fábrica. La ausencia de administrativos y capataces no imposibilitaban en absoluto el funcionamiento, pero había tareas que realizar y asuntos de los que debían encargarse de ahora en más.

No es una sorpresa que en un panorama de luchas obreras agobiadas por las necesidades económicas, las presiones del desempleo y los bajos salarios, sorprenda la convicción de los trabajadores en no ceder a la “tentación” de salidas individuales. Y esto se multiplica cuando quien insiste una y otra vez en la pregunta conoce el impacto que han tenido las sucesivas crisis económicas sobre los lazos de solidaridad de la clase obrera. “Algunos obreros opinaban que simplemente tenían que concentrarse en la producción. Si seguían trabajando y produciendo de manera eficiente, eventualmente podrían acceder al dinero que se les adeudaba. Otros sostenían, no obstante, que necesitaban hacer consciente a la comunidad de la lucha de Donnelley. Aunque esto requeriría organizarse políticamente por fuera de la planta, resultaba necesario para una salida positiva”. Para esta perspectiva, los trabajadores transmitieron cómo la lucha de Zanon había sido una referencia constante, desde sus primeras acciones enfrentando los ataques de la empresa, la recuperación de la comisión interna, hasta la toma y puesta en funcionamiento de la planta, cambiando el motor de ganancia capitalista por la búsqueda de un rol social para la producción.

 

Las mujeres que no se callan

La visita a la comisión de mujeres se realizó en la futura guardería (una pequeña construcción que antes era utilizada por la gerencia, que la asamblea decidió entregar a la Comisión de Mujeres, y la carta de presentación fue la encuesta que están realizando las mujeres entre los trabajadores y sus familias.

La Comisión de Mujeres fue creada en 2011, con el apoyo de militantes de Pan y Rosas, justamente para tender un puente que terminara con la división establecida por la propia empresa4, para mantener aislada, especialmente cuando hay huelgas y procesos de organización, la acción de los trabajadores, y que no potencie ni avive ningún cuestionamiento que pudiera encontrar en su camino.

Las conversaciones, primeros formales y luego más relajadas, solo confirmaron el carácter disruptivo que ella veía en las acciones de los trabajadores y las mujeres de esa planta. Y como ya le habían transmitido los trabajadores y ahora lo hacían las mujeres, las acciones no eran casuales ni producto del azar, sino que eran parte de una recuperación de las mejores tradiciones revolucionarias de la clase obrera. Y, como narraron las mujeres, ninguna decisión se tomaba sin la necesaria discusión, lo que mostraba las contradicciones y dificultades que enfrentan día a día.

En cada acción y planificación está presente la sensación de que están construyendo algo nuevo. Se trastocan las formas en las que se piensan las necesidades y la forma de satisfacerlas. Una vez más se confirma que no existe salida individual, solo colectiva: “La Comisión de Mujeres comprendió que cuando los hombres deciden ir a una huelga o sacrificar parte de sus salarios, sus compañeras debían soportar la pesada carga de alimentar a la familia, tranquilizar a los niños hambrientos y preocuparse por el dinero para el alquiler, la ropa, los útiles escolares, y los demás gastos esenciales para la supervivencia de la familia. En el pasado, estas cargas generaban un resentimiento e incluso una división en las familias trabajadoras. Los movimientos sindicales tradicionales criticaban a las mujeres por su atraso político y sus horizontes limitados. La Comisión de Mujeres en Donnelley cambió esta dinámica”.

Una de las fortalezas de la comisión interna y la comisión de mujeres de la exDonnelley, hoy Madygraf, es también uno de los puntos que más sorpresa y entusiasmos despiertan en quienes conocen esta lucha: es posible, y es necesario, indispensable, tender lazos hacia las mujeres, las familias, y por esa vía a otros trabajadores y trabajadoras que entrelazan sus experiencias de lucha. Las maestras de los Suteba opositores, las comisiones internas combativas de la zona, las organizaciones en barrios aledaños como Las Tunas, todo es una correa de transmisión e intercambio de experiencias que potencia y fortalece la acción obrera. Pero a la par que realiza muchísimas tareas “femeninas” como organizar la comida, el cuidado de chicos y chicas, “la Comisión de Mujeres está tratando activamente de eliminar la idea de que el ‘lugar natural’ de la mujer está en el hogar, al servicio del hombre. Pronto decidieron abrir una guardería dentro de la planta, donde niñas y niños pudieran quedarse mientras sus padres estuvieran ocupados trabajando o en sus actividades políticas. La Asamblea de Trabajadores votó convertir varias salas reservadas para las reuniones de la gerencia en la guardería”.

La participación de niños y niñas es vital para esa multiplicación y fortaleza, así lo muestra la experiencia de la organización de hijas e hijos de los trabajadores de la exDonnelley. “En la Comisión de Mujeres se dieron cuenta de que los niños debían entender por qué no podían comprar zapatos o ropa nueva, o incluso darse pequeños gustos como helado. Alentaron a niñas y niños a organizar su propia Asamblea de Niños, que pronto recibió el nombre de ‘Pequeños De Pie’”. Los niños, en realidad las niñas que son la mayoría en la “pequeña” organización, comenzaron a organizar sus reuniones y actividades solidarias en las escuelas, incluso recaudando dinero para el fondo de lucha; de hecho algunas de esas chicas participaron en el reciente Encuentro Nacional de Mujeres en Salta5. “Con la participación de los niños, los trabajadores activaron una poderosa cadena que va desde las fábricas hasta los barrios y las escuelas, llegando a otras familias con las noticias sobre la toma de la planta”.

A su regreso a Pittsburg, Estados Unidos, solo unos días después de haber visitado nuestro país, la historiadora publicó rápidamente un artículo6 que reunía las experiencias con los trabajadores y la mujeres de Madygraf. Quizás sirva este fragmento para ilustrar el impacto de la acción obrera, especialmente sobre aquellos intelectuales que (a diferencia de muchos colegas, de academias extranjeras y locales) siguen vibrando con las luchas de quienes mueven el mundo: “Cuando los obreros tomaron la planta de Donnelley, muchos de ellos dudaron que fuese posible ponerla a producir. Pero con cada problema resuelto, han ganado confianza en su capacidad. Ahora, muchos creen que el único sector que no es necesario para administrar una fábrica son los patrones. Más que cualquier otra cosa, la toma de la fábrica les ha dado a los trabajadores nuevas esperanzas hacia el futuro y confianza en su capacidad para dirigir.

Mientras que en el pasado, cada problema era visto como una cuestión individual, la toma de la planta ha creado nuevas oportunidades para las actividades y soluciones colectivas. Los trabajadores renuevan sus energías con las nuevas ideas y posibilidades. ¡Convirtamos las salas de reuniones en una guardería! ¡Discutamos los salarios! ¡Hagamos bolsones de comida! ¡Imprimamos miles de cuadernos escolares! ¡Involucremos a los niños! Canciones, risas, debates y nuevas ideas resuenan en cada rincón de la fábrica. ¿Qué es ese sonido? Es el sonido de la imaginación desencadenada de mujeres, hombres, niñas y niños tomando control sobre sus propias vidas. ¿Qué suena? La música más dulce e intoxicante en todo el mundo”.

 

Blog de la autora: teseguilospasos.blogspot.com.ar

 

VER PDF

 

1. Para más información sobre el trabajo de Wendy Goldman, “Mujer y revolución”, entrevista a Wendy Z. Goldman, Ideas de Izquierda 5, noviembre 2013.

2. C. Murillo y J.A. Gallardo, “Fastfood Nation”, Ideas de Izquierda 5, noviembre 2013.

3. Todas las citas, salvo que se indique lo contrario, pertenecen a W. Goldman, gran parte fueron utilizadas por la autora para el artículo “The Takeover of the RR Donnelley Factory. ‘Behind Every Worker is a Family’”, publicado originalmente en Counterpunch, Weekend Edition October 10-12, 2014. Se publicó una traducción al castellano posteriormente: “Detrás de cada trabajador hay una familia”, La Izquierda Diario, 17/10/2014.

4. Como narró una de las mujeres de las comisión, en la ex Donnelley, la patronal eliminó explícitamente los puestos de trabajo ocupados por mujeres, para de esa forma sacarlas del proceso de producción a las mujeres.

5. Para ver testimonios, videos y crónicas del Encuentro Nacional de Mujeres, visitar www.laizquierdadiario.com.

6. W. Goldman, ob. cit.

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