Economicismo o hegemonía proletaria

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UNA DISCUSIÓN CON JORGE ALTAMIRA

 

MANOLO ROMANO

Número 36, marzo 2017.

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Lo que desde el PTS hemos llamado “neo reformismo” es fuente de controversias en la izquierda revolucionaria. Formaciones como Syriza en Grecia o Podemos en el Estado español, con sus diferencias, han suscitado debates y lo siguen haciendo.

 

Entre los debates más productivos estuvo el de nuestras diferencias con respecto a la “defensa del gobierno de izquierda”, que impulsó Syriza y que profesó el Partido Obrero en las elecciones griegas de 2012. Ahora, años más tarde, su principal referente Jorge Altamira reabrió el debate con un artículo publicado en su página de Facebook el 11/02/2017 que tituló “Populismo radical” para criticar al PTS, a quien llega a calificar como “un Podemos en pañales”.

A lo que nosotros denominamos desde hace años “fenómenos neo-reformistas”, Altamira los engloba ahora como “populismo radical” o “de izquierda”). Podría ser una simple diferencia de uso de categorías, convencional, si no fuera que incluye en esa misma bolsa también al PTS –con quien el Partido Obrero mantiene una alianza en el Frente de Izquierda y los Trabajadores–1.

En todo caso, el objetivo de la polémica de Jorge Altamira más que clarificar tardíamente su posición ante los nuevos reformismos de alcance internacional, es otro de los intentos recurrentes de demostrar un enigma nacional: el supuesto “seguidismo del PTS al kirchnerismo”. Así lo reconoce de inicio en su propio texto:

Para quienes hayan interpretado el seguidismo del PTS al kirchnerismo, en los primeros meses de la gestión macrista, como una maniobra circunstancial que se presentaba bajo el paraguas todo-terreno de la “resistencia a la ofensiva neoliberal”, dos artículos recientes publicados en su prensa muestran todo lo contrario –que responden a una estrategia política general.

Llama la atención la insistencia de Altamira en este punto luego de la clara delimitación común respecto del kirchnerismo en la declaración de convocatoria al gran acto realizado por el FIT en Atlanta.

En busca de pruebas de nuestro “seguidismo al kirchnerismo”, como parece que no encontró nada en La Izquierda Diario, navega al Estado español y allí se topa con un artículo en IzquierdaDiario.es sobre la “Clase trabajadora, izquierda y populismo de derecha”, de Josefina Martínez y Diego Lotito2. Cualquiera que se tome el trabajo de leerlo verá que es una aproximación analítica a días de las elecciones norteamericanas; escrita, como otras decenas de debates de los mismos autores con Podemos, en abierta lucha política contra la izquierda estadounidense y europea que olvida la cuestión de la clase obrera en el triunfo electoral de Trump. Una discusión capital, justamente, debido a que Podemos sí tiene un posición típicamente “populista radical” que niega la centralidad de la lucha de la clase obrera y su liderazgo sobre el conjunto de los oprimidos en la sociedad capitalista. Si Altamira pensaba encontrar nuestro “seguidismo al kirchnerismo” en un análogo seguidismo a Podemos, erró el camino.

 

¿Economicismo o hegemonía proletaria?

La crítica que nos realiza Altamira expone, en nuestra opinión, una visión economicista y simplista de la lucha de clases, como si esta se expresara meramente como una lucha de obreros contra patrones. Nos dice:

La divisoria que establece el PTS contrapone horizontalmente al proletariado norteamericano en identidades y reivindicaciones nacionales o de género, privándolo de la cohesión necesaria para poder luchar por el poder político. La explotación capitalista es un hecho objetivo que desarrolla el antagonismo de clases, con independencia de la imagen que se tracen del capitalismo las distintas clases sociales. Imaginemos por un momento a qué conclusiones políticas hubieran llegado Lenin y Trotsky si hubieran procedido de un modo similar con el proletariado ruso cruzado por numerosas nacionalidades y confesiones religiosas. En oposición al parcelamiento de clase hicieron lo contrario: defendieron la unidad política de la clase obrera contra cualquier preferencia nacional o racial; es así que le negó a la tendencia socialista judía, el Bund, el derecho a una existencia autónoma dentro de la socialdemocracia rusa. Todo lo contrario de una federación de nacionalidades, la socialdemocracia rusa (¡que defendía el principio de la autodeterminación nacional!) era un partido obrero único en todo el territorio del Imperio. En Rusia, una vanguardia obrera y un proletariado homogéneos, reunieron ese inmenso espacio atomizado y sus reivindicaciones bajo la consigna unificadora del poder a los soviets y la dictadura del proletariado.

Pensar que se puede lograr la unidad de la clase obrera sin partir de una política para superar la fragmentación reproducida diariamente por los explotadores (permanentes y contratados, nativos e inmigrantes, formales e informales, etc.) es una quimera. Y ni hablar del problema crucial de que el proletariado hegemonice al conjunto de los sectores oprimidos, algo que no puede hacerse sin sostener sus demandas y dirigirlas contra el dominio capitalista y la lucha por el poder de los trabajadores.

No se puede obviar la profunda fragmentación de la clase obrera norteamericana. Muchos la llaman “la tercera gran transformación demográfica”. Luego de afroamericanos y mujeres, ha incorporado a la industria y los servicios a millones de trabajadores inmigrantes. Los pronósticos para 2032 son que los trabajadores ocupados ya no serán “blancos no hispanos”, que hoy son además los “mejor pagos”. Las mujeres blancas ganan en promedio un 15 % menos, los afroamericanos un 25 % menos y los inmigrantes latinos un 30 % menos. En las elecciones la división se expresó en la votación por dos variantes imperialistas, la de Hillary Clinton (que aunque consiguió el voto mayoritario de los trabajadores afroamericanos, latinos y mujeres lo hizo en menor proporción que Obama en los dos primeros casos) y la triunfadora de Donald Trump (que recogió más votos de los habituales para los republicanos entre los trabajadores industriales, en particular en los estados del llamado “rust belt” que sufrieron la desindustrialización).

La unidad de las filas obreras no se producirá mecánicamente debido a los recortes sobre las condiciones de vida, porque “el proceso de explotación como hecho objetivo”, que señala Altamira, no afecta a todos por igual. Aunque un gran componente del voto de sectores de la clase obrera blanca norteamericana a Trump haya sido el descontento económico con el establishment, sería un error desconocer que millones de obreros votaron a un candidato que responsabiliza a los inmigrantes y los trabajadores de otros países de su situación. Hasta dónde han calado esos prejuicios es algo que veremos en la próxima etapa. Dependerá no solamente de las condiciones económicas sino de que los sectores avanzados de la clase trabajadora levanten un programa de unificación de las filas obreras sobre la base del reconocimiento de las desigualdades y de las reivindicaciones de los más oprimidos y perjudicados, los inmigrantes, los negros y las mujeres –no extraña así que, en otro debate con nuestro partido, Altamira haya reducido el problema de la opresión de las mujeres a los mecanismos de la explotación capitalista–.

En especial, sorprende la “audacia” del compañero Altamira para diluir la cuestión racial en EE. UU. (nada menos), en nombre de “la unidad de clase” y “la dictadura del proletariado”. Imaginemos si Trotsky hubiera procedido de un modo similar. Claro está que Altamira no desconoce que la cuestión de la autodeterminación de los afroamericanos en EE. UU. ocupó un lugar preponderante dentro de sus elaboraciones. Consideró la posibilidad de defender el derecho a una República Negra (separación) en territorio norteamericano, si el movimiento negro así lo decidía. No es comparable al ejemplo citado por Altamira, esta vez con la autoridad de Lenin, sobre que la socialdemocracia rusa no permitió al Bund judío su independencia organizativa dentro del partido. Altamira confunde el partido con una necesidad de masas por la disputa del poder estatal.

No se trata de nuestros camaradas negros – sostuvo Trotsky–. Se trata de 13 o 14 millones de negros (…) Nuestros camaradas negros pueden decir: la IV Internacional dice que si queremos ser independientes, ella nos ayudará de todas las maneras posibles, pero está en nosotros elegir. Mientras tanto, yo, en tanto negro miembro de la IV Internacional, pienso que debemos permanecer en el mismo estado que los blancos3.

Trotsky no oponía, abstractamente, “la unidad de clase” al sueño de autodeterminación de millones de afroamericanos. Tampoco hablaba de una “unidad de clase” basada en los prejuicios racistas de la clase obrera blanca. Sabía, como Lenin debatió con Rosa Luxemburgo sobre la cuestión polaca, que “no puede ser libre un pueblo que oprime a otros pueblos” y que, incluso, para unirse luego más sólidamente, primero hay que contar con el derecho a separarse. Trotsky consideraba que era una obligación del proletariado blanco defender el derecho a la autodeterminación de los afroamericanos. No bastaba con sostener “la dictadura del proletariado” como fórmula curalotodo.

El objetivo de las demandas democráticas transicionales (o “democrático radicales” como se denominaron en Un programa de acción para Francia en los años ‘30) son un puente para atraer a la estrategia de la dictadura del proletariado a todos los oprimidos, en base a la experiencia política por intereses comunes y mostrando un partido de “tribunos del pueblo”. Así también se condujeron los bolcheviques cuando acaudillaron a los campesinos y sostuvieron los derechos de las naciones oprimidas bajo el Imperio zarista, algo fundamental para  la victoria y el sostenimiento del poder de los soviets. Ver una “clase homogénea” en Rusia 100 años atrás, solo podría ocurrir en los films posteriores del realismo socialista. No hay que olvidar que fueron los soviets, extraordinarios organismos de masas y de poder de la dictadura del proletariado (ya que PO tiende a hablar en términos de una relación sin mediaciones entre “masa y partido”), los que pudieron encauzar detrás de su autoridad a todo el heterogéneo campo de la clase obrera con sus variadas tendencias, sus aliados del campesinado pobre, el soldado, la mujer y las diversas nacionalidades.

 

“Gobierno de izquierda” o gobierno de los trabajadores

Lo que más llama la atención de Altamira es que diga que utilizamos la perspectiva de lucha “anticapitalista” en un sentido democratizante. Ha sido nuestro partido quien viene bregando porque el programa del FIT señale con claridad la consigna “por un gobierno de los trabajadores”; dejando de lado cualquier ambigüedad respecto de ser interpretada en un sentido democrático-burgués y que puede llegarse a este objetivo por vía electoral. Por ello en la declaración de convocatoria al acto de Atlanta propusimos –y fue aceptado– que se diga que el FIT “lucha por un gobierno de los trabajadores de ruptura con el capitalismo, entendiendo esta consigna en sentido antiburgués y anticapitalista. Un avance respecto a programas y declaraciones anteriores.

Por esto la discusión, y en esto tiene razón Altamira, abarca una teoría política más general. El PTS fue pionero, entre las corrientes del trotskismo internacional, en entablar debates con los fenómenos neo-reformistas, contra sus programas, sus alianzas y sus estrategias. El Partido Obrero no fue exactamente en el mismo sentido. Ante las elecciones del 2012 en Grecia, Jorge Altamira supo decir:

Mientras Salvador Allende (en Chile) proponía formar un gobierno popular con el Partido Radical de la burguesía chilena, Syriza proponía formar un gobierno de izquierda con el Partido Comunista de Grecia. Es una diferencia de matiz, por supuesto, porque Syriza no es muy diferente a Allende, pero, entre un Allende que mira hacia la derecha y un Allende que mira hacia la izquierda, un revolucionario toma seriamente en cuenta esa distinción4.

Esa distinción llevó al Partido Obrero al voto a Tsipras. Pero lo más importante, más que la cuestión táctica del voto, fue su defensa de la consigna de poder del populismo radical: el gobierno de izquierda. “Más que nunca defendemos la consigna de un .gobierno de toda la izquierda., contra la alternativa de la derecha”, fue la posición del Partido Obrero. A renglón seguido, al poder planteado por Syriza le exigieron que “rompa con el imperialismo, o sea con la Unión Europea, y tome medidas anticapitalistas e impulse un gobierno de trabajadores” (Prensa Obrera 1224). El razonamiento de nuestros compañeros de PO era que ante el ascenso electoral de la izquierda en Grecia y el derrumbe de los partidos patronales, la política revolucionaria es sencillamente “conducir ese viraje hacia la toma del poder”.

Como debatimos en su momento5, una diferencia sustancial entre un “gobierno de izquierda” y un gobierno de trabajadores, es que este último cuenta con algún tipo de organismos de las masas en lucha que puedan crear un doble poder. Al no existir en Grecia esos órganos de poder obrero y popular, las exigencias a un “gobierno de izquierda” para que se transforme en un “gobierno de trabajadores”, es, en el mejor de los casos, una apelación a la buena voluntad de la dirección reformista de Syriza. Es decir, alimentar esperanzas en el “populismo radical” que ni siquiera está basado en sindicatos y organizaciones de masas, sino en una coalición fde partidos y aparatos electorales. Como sabemos, luego Syriza al frente de la administración del Estado capitalista al que llegó por elecciones, se transformó en un instrumento de los ajustes de la Troika en Grecia.

 

Atenas y Buenos Aires

Nuevamente, en 2013, cuando se debatía el rumbo del Frente de Izquierda después de obtener diputados, Altamira definió que debía orientarse hacia “un nuevo movimiento popular, esta vez bajo las banderas del socialismo”, sin referencias de clase ni de las vías hacia el poder, siendo que estaba de moda la fórmula de “gobierno de izquierda”.

Inclusive todavía en 2015, el compañero Altamira era proclive en Argentina a una especie de Syriza a la criolla, más picante, como proyecto para el Frente de Izquierda. El botón de muestra fueron los intentos de acuerdos unilaterales para abrirle las puertas del FIT, sin debate alguno, al “Populismo Radical” del jujeño Carlos “Perro” Santillán, hoy defendiendo la prisión a Milagro Sala que le impusieron los radicales sin comillas de la UCR.

Al no batallar por la hegemonía proletaria, el economicismo de Altamira termina, antes o después, en la adaptación a los “populismos radicales” realmente existentes.

 

  1. El atenuante es que la argumentación central no es de su producción. Es copia de un artículo, al que no cita, contra nuestra corriente internacional publicado tres días antes en el estadounidense World Socialist Web Site, del International Committee of the Fourth International (ICFI) que dirige David North. El artículo se titula “’Leftpopulism’: An attack on socialism by the Argentine pseudo-left” (“Populismo izquierdista”: Un ataque al socialismo de la pseudo-izquierda Argentina), 8/02/17, disponible en www.wsws.org). El WSWS es conocido en la izquierda mundial como un sitio sin la menor rigurosidad tanto en las informaciones que brinda como en las polémicas que realiza. Al no citar la fuente, tal vez sin quererlo Altamira esté haciendo un favor a mucha gente aunque no con el método adecuado.
  2. La Izquierda Diario, 2/12/16.
  3. León Trotsky, “Autodeterminación para los negros americanos”, Oeuvres, T. XXI, 4/04/1939.
  4. Informe de apertura de Altamira al Congreso del PO de 2012.
  5. Ver Claudia Cinatti: “Los revolucionarios y el ‘gobierno de izquierda’”, La Verdad Obrera, 7/06/12.

3 comments

  1. Patricio Reyes 29 marzo, 2017 at 17:44 Responder

    Syriza: Es de agradecer que Altamira haya hecho un “mea culpa” al igual que con lo del Perro Santillán, pero es bastante desagradable tener que escucharlo endilgándole eso mismo al PTS. Ni siquiera hay que ser psicólogo para saber que lo que hace Altamira se llama “proyección” y que todavía sangra por la herida por las Paso 2015.

    Economicismo: Es también de agradecer que el PO haga hincapié en lo económico, pero lamentablemente siempre caen en lo mismo: una pavorosa abstracción, donde las determinaciones concretas y particulares son borradas. La polémica D’Atri-Altamira es un botón de muestra en lo que a género se refiere. Creo que Del Caño, con la propuesta de reducción de la jornada laboral (ya adelantada en Atlanta), inicia una promisoria y muy necesaria vuelta a la “economía política” que debiera ser valorizada precisamente por el PO, muchas veces enfrascado en el recurrente tema de la inminente crisis y el diluvio universal a la vuelta de la esquina.

  2. nico 29 marzo, 2017 at 19:29 Responder

    algo para agregar a esto es que no solo trotsky habria apoyado la posibilidad del establecimiento de una nación de afrodescendientes separada de los blancos; esa posición fue sostenida por lenin en varios congresos, aunque siempre de forma minoritaria, y nunca se llegó a pasar una resolución con ese contenido. La idea de que los afrodescendientes podían ser considerados una nación oprimida era precisamente el argumento que levantaban ambos. Es decir, la postura de L y T es precisamente la inversa a la que propone el camarada Altamira.

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