Después del Brexit: ¿una oleada de nacionalismos?

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CLAUDIA CINATTI

Número 31, julio 2016.

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Ya es un sentido común afirmar que el Brexit es un punto de inflexión llamado a tener consecuencias –económicas, políticas y geopolíticas– de largo plazo. Algunos de sus efectos fueron inmediatos: mayor volatilidad en los mercados; crisis política y estatal en Gran Bretaña; incertidumbre sobre el proyecto europeo hegemonizado por el liderazgo alemán. Aún está por verse si el Brexit abrirá un “exit moment” extendido a la Unión Europea, alentado por los partidos euroescépticos de la extrema derecha. Lo que sí se puede afirmar es que forma parte de la oleada “antiestablishement” que sacude a los países centrales a ambos lados de Atlántico y está dando fenómenos políticos a derecha y a izquierda de los partidos tradicionales.

A juzgar por el cataclismo y el estado de estupor que siguió al triunfo del “leave” en el referéndum del pasado 23 de junio, es evidente que ni la clase dominante británica ni sus partidos estaban preparados para este resultado. Difícilmente la Confederation of British Industry (CBI), la central empresaria británica, se hubiera imaginado que David Cameron, el ahora exprimer ministro del partido conservador –el partido por excelencia del gran capital– fuera el que los condujera a semejante catástrofe sin más motivación que el oportunismo político. Tampoco la City de Londres ni la Unión Europea esperaban este desenlace.

El error de cálculo de Cameron terminó haciendo real lo impensado. Desde el punto de vista nacional, el Brexit pone en riesgo la continuidad del Reino Unido. Escocia, que votó aplastantemente por el “remain”, amenaza con convocar a un nuevo referéndum separatista. También puede volver a estallar el conflicto en Irlanda del Norte si volvieran a establecerse las fronteras con el sur, cuya apertura garantizada por la UE fue la base del acuerdo que puso fin a la guerra civil en 1998.

La desorientación fue tal que no faltaron las propuestas para dar marcha atrás, alegando que el referéndum no es vinculante y que la mayoría de los parlamentarios están a favor de que el Reino Unido permanezca dentro la UE. Pero esta opción no haría más que empeorar la crisis. Implicaría lisa y llanamente despreciar la decisión democrática no ya en un país como Grecia, donde su primer ministro Alexis Tsipras ignoró el triunfo del NO a los ajustes de la “troika”, sino en uno de los baluartes de los valores liberales y la democracia burguesa. Por eso desde Cameron hasta Angela Merkel descartaron esta salida y ya asumieron el retiro de Gran Bretaña como una realidad irreversible.

Hasta ahora el Brexit no desencadenó una crisis de la magnitud de la caída de Lehman Brothers, pero no se puede perder de vista que está en juego nada menos que el destino de la segunda plaza financiera después de Wall Street1. Ahora resta saber cómo se hará la separación del Reino Unido, cuya economía e institucionalidad está profundamente imbricada con la de la UE. Abundan por cierto las metáforas maritales para tratar de darle sentido a lo incierto: “matrimonio por conveniencia”; “divorcio por mutuo acuerdo”. Más allá de los pasos técnicos que implicaría la invocación del artículo 50 del Tratado de Lisboa, las potencias líderes de la UE, en particular Alemania y Francia, tendrán que encontrar un delicado equilibrio entre no ser lo suficientemente generosos con Gran Bretaña para desalentar la separación eventual de otros Estados miembros de la Unión y ser lo suficientemente cautos para no desatar una nueva oleada recesiva en la UE con repercusiones en la economía mundial. Las negociaciones están en curso pero no es evidente que lo logren.

Desde el punto de vista de los (des)equilibrios geopolíticos, la crisis de la UE, más aún su posible fragmentación, tendría importantes consecuencias para Estados Unidos ya que es su socio en la extensión de las políticas neoliberales de libre mercado y en cuestiones de seguridad que van desde la “guerra contra el terrorismo” hasta las hipótesis de conflicto con Rusia. A la vez, la “relación privilegiada” de Estados Unidos con Gran Bretaña le permitía influir sobre la política exterior europea (no casualmente el general De Gaulle consideraba al Reino Unido como un “caballo de Troya” de Estados Unidos dentro de Europa).

Es prematuro aún aventurar que necesariamente estas consecuencias potenciales se desplieguen en toda su magnitud, pero la posibilidad de que esto ocurra está inscripta en la dinámica de la situación internacional teñida de las consecuencias de la Gran Recesión de 2008.

 

Crisis de hegemonía burguesa

El Brexit abrió una crisis política sin precedentes en los dos principales partidos –el conservador y el laborista– que se han alternado durante los últimos cien años en el gobierno.

No hace falta aclarar que el objetivo del renunciado primer ministro no era que el Reino Unido terminara fuera de la UE. Pero ya se sabe que en la política las intenciones no cuentan y lo que vale son los resultados.

Cameron buscaba superar la debilidad de origen de su liderazgo, que lo había obligado a formar un gobierno de coalición con los demócratas liberales en 2010, una sociedad incómoda y frágil que terminó rompiéndose de mala manera. Además su popularidad estaba cayendo en picada con la aplicación de diversos planes de ajuste. Para hacer frente a esta situación, no tuvo mejor idea que coquetear con el alma euroescéptica que siempre habitó su partido para revertir la migración de votos conservadores hacia el xenófobo Partido de la Independencia del Reino (UKIP) y garantizarse así el triunfo en las elecciones de 2015. Como parte de esta jugada convocó al referéndum sobre la permanencia o no del Reino Unido en la UE de manera de unificar las filas partidarias y también de tratar de plantarse frente a la burocracia de Bruselas e imponer condiciones, entre ellas, limitar sensiblemente el flujo de ciudadanos europeos –en primer lugar polacos– hacia Gran Bretaña.

Su rival Boris Johnson –una versión avant la lettre de Donald Trump– se subió al carro euroescéptico y fue una de las caras públicas de la campaña por el “leave”. Sin embargo, como explican ahora varios analistas políticos, su expectativa tampoco era salir de la UE sino ganar popularidad para imponerse como sucesor indiscutible de Cameron. Eso también falló y Johnson terminó renunciando al liderazgo conservador.

El panorama se completó con la renuncia de Nigel Farage, el líder del UKIP, que declaró que ya había conseguido lo que quería con el triunfo del Brexit. Sin embargo, se especula que tras la renuncia –la tercera de Farage como líder de esta formación de extrema derecha– está la mano de Arron Banks, el millonario principal aportante de la campaña del Brexit, que se pronunció a favor de la creación de un nuevo partido con un rostro más presentable, que incluya a las alas euroescépticas del partido tory y los laboristas, para reemplazar al UKIP.

Es evidente que los que ganaron y tendrían que asumir el gobierno para conducir el complejo proceso de desvinculación con la UE, no tienen ningún plan serio para “hacer grande al Reino Unido” y evitar el destino de irrelevancia en la escena política al que quedaría condenada la “pequeña Inglaterra”.

El Partido Laborista, que quedó en el campo de los perdedores, también está en una crisis sin precedentes. El ala derecha neoliberal, que milita en el Nuevo Laborismo de Tony Blair y tiene la mayoría en el bloque parlamentario, lanzó una “guerra civil” contra Jeremy Corbyn, elegido por una nueva base de jóvenes activistas y viejos sectores obreros como recambio por izquierda del liderazgo laborista. Lo acusan de haber hecho una campaña demasiado tímida por el “remain”.

En pocas palabras, echando mano de la categoría de Antonio Gramsci, se ha abierto una “crisis orgánica”, es decir, una crisis de conjunto –estatal, política, económica– provocada por el fracaso de una “gran empresa” de la clase dominante, que pone de relieve contradicciones profundas, cuyo rasgo distintivo

es la separación de amplias masas con respecto a sus representaciones políticas tradicionales. Este no es un fenómeno nuevo. Como explicaba Peter Mair2, la conversión al “consenso neoliberal” borró las distinciones entre los partidos conservadores y socialdemócratas y esto fue acompañado de una creciente desafección de sus bases tradicionales. Lo que está en crisis es justamente este “extremo centro”, como lo denominó Tariq Ali. Esta crisis de hegemonía burguesa, con todo lo catastrófica que pueda resultar, no significa necesariamente giro a izquierda.

 

El carácter político del voto por el “leave” y el “remain”

Los partidos tradicionales, la gran patronal, la burocracia sindical, el FMI, la OTAN, Barack Obama, Angela Merkel y la dirección de la UE, entre otros, no contaron con que en el referéndum se fueran a expresar la profunda polarización social y política heredada de la Gran Recesión de 2008, el amplio descontento contra la “casta” política y las elites económicas, el resentimiento contra los winners de la Europa del capital, del neoliberalismo y de la globalización. En síntesis, el nuevo “espíritu de época” que empuja a los electorados hacia el voto “antiestablishment”.

Sin embargo, sería un grave error considerar su derrota como un hecho progresivo en sí mismo, como hacen los partidos de la izquierda británica, entre ellos el Socialist Workers Party3, que llamaron a votar por el “leave” desde una perspectiva anticapitalista (la campaña se llamó “Lexit” por “salida por izquierda” de la UE) y ponen el eje en el componente obrero del voto por el Brexit, basándose en el triunfo en bastiones electorales tradicionales del Partido Laborista.

Los análisis de la votación muestran que no hubo una sola grieta, sino un entrecruzamiento de líneas de falla: entre los “millennials” que votaron en un 75 % por quedarse y los mayores de 65 años que votaron por el “leave”; entre Escocia, Irlanda del Norte y Londres por un lado, y Gales y el resto de Inglaterrapor otro.

Pero sobre todo, si bien el voto por el “leave” tuvo un contenido de protesta contra los ajustes y la Europa del capital, está lejos de ser un voto de clase, expresión de una “revuelta popular” contra los ricos.

Desde el punto de vista social, su componente fue policlasista, con una fuerte incidencia de los sectores más eurofóbicos de la burguesía atrincherada hoy en el ala thatcherista del partido tory4, donde conviven partidarios acérrimos del libre mercado que rechazan incluso las regulaciones neoliberales de la propia UE, y “soberanistas” nostálgicos de la posición británica como gran potencia mundial que buscan restaurar las glorias imperiales. No casualmente, Boris Johnson pertenece a la misma “elite” educada en el Eton College que el primer ministro Cameron.

Políticamente, la campaña por el “leave” fue hegemonizada por el ala derecha del partido conservador y por la extrema derecha del UKIP que desplegó un discurso demagógico patriotero, xenófobo y antiinmigrante. En ese sentido es parecido a la demagogia de Donald Trump en Estados Unidos que apela al nacionalismo y al racismo como “salidas” sencillas para los sectores más postergados, que han perdido el empleo o temen perderlo y que ven en los cambios demográficos y sociales una amenaza a su estilo de vida. Y por eso mismo fue recibida como un triunfo propio por los partidos de la extrema derecha europea.

El voto por el “remain” tampoco tenía un contenido progresivo. Si bien algunos trataron de presentarlo como una suerte de “mal menor” frente al avance de la extrema derecha, y en cierto sentido Jeremy Corbyn hizo una campaña con críticas por el “remain”, lo cierto es que ese voto fortalecía a la Europa del capital, de los ajustes y de las políticas racistas que transformaron a la UE en una fortaleza contra los inmigrantes.

 

La respuesta por izquierda a la crisis de la Europa del capital

La crisis de 2008 puso de relieve las líneas de falla de la construcción de la Unión Europea, que quedó dividida entre el norte que orbita en torno a Alemania y el sur de los países endeudados. El intento de Alemania de rediseñar la UE en función de sus intereses imperiales con la imposición de brutales planes de ajuste va en detrimento de las potencias menores del bloque europeo que ven perder grados de soberanía a manos de la “troika”. El ejemplo de Grecia fue aleccionador, obligada a aplicar una austeridad brutal a cambio de seguir perteneciendo a la UE y acceder a los rescates bancarios. La crisis del proyecto europeo dio un salto con la llegada de oleadas de refugiados provenientes de África y Medio Oriente, que huyen de las guerras en las que intervienen varias potencias de la UE. El Brexit fue un nuevo salto, un golpe al plexo de la Unión Europea, considerado por varios analistas como el proyecto burgués más ambicioso de la posguerra fría.

La unidad capitalista de Europa, al servicio de los grandes monopolios y los banqueros, bajo la dirección de Alemania es irreformable en el sentido de que sería posible cambiar su contenido imperialista. Su tratado constitutivo es claramente neoliberal. Pero el repliegue a las fronteras nacionales no es una salida progresiva, sino que viene de la mano de la xenofobia y el racismo. El ascenso de la extrema derecha en Europa es un llamado de alerta para las fuerzas de izquierda. Solo se podrá conjurar levantando claramente la perspectiva de la unidad socialista de Europa, una integración liderada por y al servicio de los trabajadores.

 

  1. Para un análisis del peso de la City de Londres ver entrevita a T. Norfield en esta misma revista, autor del libro The City: London and the Global Power of Finance, Londres, Verso, 2016.
  2. Mair, Peter, Ruling the Void: The Hollowing of Western Democracy, Londres, Verso, 2013.
  3. A. Callinicos, “Brexit: A world-historic turn”, International Socialism 151.
  4. Sobre las oscilaciones de la burguesía británica con respecto a la Unión Europea y la política de Thatcher y sus herederos ver: P. Anderson, El nuevo Viejo Mundo, Primera Parte: La unión, Madrid, Akal, 2009. En particular su interesante análisis sobre la influencia de las ideas de Friedrich Hayek en los distintos momentos del proceso de unidad europeo.

 

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