Desde la discrepancia, Carl Schmitt

0
Share Button

 

RICARDO LALEFF ILIEFF

VER PDF

Carl Schmitt nació en 1888 en una pequeña ciudad del oeste de Alemania llamada Plettenberg y murió allí mismo –con 97 años de edad– en 1985. Esos casi 100 años de vida despertaron admiración en las más profundas discrepancias. Éstas, lejos de implicar rechazo o negación, no dejaron de ser una forma de relacionamiento particular, un vínculo con aquello extraño, impropio, que merece ser observado con atención.

Devoto hombre católico en un país de mayoría protestante, Schmitt se convirtió tempranamente en uno de los intelectuales más importantes del período de entreguerras. Ligado a los círculos políticos conservadores de Alemania, estudió leyes para luego prontamente dedicarse a la vida académica y criticar, con igual ahínco, al positivismo de Hans Kelsen como al marxismo. Su gran precisión en las polémicas de la época puede observarse, entre otros textos, en sus influyentes Teología política (1922), El concepto de lo político (1927) y El Nomos de la Tierra (1950).

Sin abjurar nunca de sus escritos, Schmitt se fue alejando cada vez más del catolicismo de sus primeras contribuciones, motivo por el cual resulta impropio caracterizar a su decir como una mera transcripción de postulados religiosos. Es que desde su óptica –y a diferencia de sus admirados contrarrevolucionarios del siglo XIX Donoso Cortés, Luis de Bonald y Joseph de Maistre–, no se podía volver hacia atrás en la historia y restaurar al mundo feudal, tampoco descifrar el futuro, ya que la política se encuentra ligada al antagonismo y no se fundamenta en ningún campo preciso del quehacer humano, sino en una distinción existencial y contingente, siempre presente en el pluriverso de los hombres, entre los “amigos” que comparten una misma forma de vida y los “enemigos” que la amenazan.

Entre sus comentaristas no faltó quien indicara que la progresiva pérdida de centralidad de la Iglesia en sus escritos –observable desde la mitad de los años 1920 en adelante–, se debió a la excomunión sufrida tras su divorcio y la celebración de un nuevo casamiento poco tiempo después; pero lo cierto es que Schmitt nunca ocultó su profesión de fe católica, más bien, fue variando ciertos modos teóricos, ajustándolos a las circunstancias, sosteniendo un concepto de lo político eminentemente moderno pero también profundamente crítico de la modernidad. Recién en los últimos años de su vida, volvió hacia los planteos de 1922, procurando resignificar toda su obra con un mismo tono. Seguir a Schmitt en este último envite, conlleva ciertos peligros teórico-políticos, pues no sólo obtura atestiguar las líneas de continuidad más profundas y las rupturas más sugerentes entre sus distintos trabajos sino también conlleva una indudable indulgencia ante lo que podría entenderse como cierto intento de auto-exculpación de aquellas apuestas políticas aborrecibles que supo efectuar. Dicho más claramente, concebir toda su obra en términos teológico-políticos podría hacer de Schmitt un hombre cuya fe le dictaba el mandato de una obediencia inclaudicable a cualquier soberano y, en consecuencia, lo exoneraría, por ejemplo, de su infame afiliación al nacional-socialismo.

Pero inclusive su participación en el totalitarismo alemán no estuvo exenta de polémica. Crítico desde siempre del parlamentarismo y del antipoliticismo liberal, nunca antes a 1933 había profesado simpatía por el movimiento de Hitler, tampoco antisemitismo alguno. Por el contrario, un año antes del ascenso del Führer en una obra denominada Legalidad y legitimidad, Schmitt esbozó críticas feroces al nazismo y al comunismo por juzgarlos a ambos expresiones de una misma guerra civil a la que había que ponerle un freno desde la presidencia del Reich. Para ello, desde su óptica, era necesario despojarse del pluralismo weimariano, evitar la polarización social y apoyarse en las estructuras fundamentales de la comunidad germánica, representadas por la burocracia civil y la militar. De manera que el nazismo y el comunismo oficiaban de facciones extremistas que debilitaban a la unidad política y a la capacidad del Estado por zanjar los conflictos. En este contexto, su crítica no dejaba de imputarle al liberalismo su defensa perniciosa de la sociedad civil con su respectivo recelo del Estado. Sin embargo, Schmitt no se encontraba cercano a Hegel –en tanto no veía conciliación posible sino, más bien, relaciones indefectiblemente antagónicas–, tampoco resultaba un estatalista, aunque lo fuera sin serlo, para Schmitt el Estado no era más que un artificio que había hecho posible la vida humana tras las guerras religiosas propias del tiempo de su maestro Thomas Hobbes. Claro que en algunos de sus escritos ligados al nazismo el mismo antagonismo que supo mentar, propio de la politicidad, se disipaba al interior de una nación, ante la emergencia de un régimen ligado a las propias entrañas del pueblo, ajeno a las banalidades liberales y al individualismo burgués; el antagonismo, pues, se ubicaba en las fronteras.

A pesar de sus páginas proselitistas, entre intrigas y disputas, Schmitt, poco a poco, fue desplazado del régimen nazi, mirado con recelo por “católico”, por “estatalista”, por “antiguo amigo de judíos”, por su oposición temprana al movimiento y por su adscripción tardía al partido. Se dice que por intersección de Hermann Göring no sufrió grandes tribulaciones, más que la pérdida de cargos menores y cierta vigilancia de la SS.

Tras la derrota en la Segunda Guerra Mundial, Schmitt estuvo preso en dos ocasiones; en una de ellas evitó ser enjuiciado en Núremberg. Ya en libertad, se negaría a someterse al proceso de desnazificación, quedando proscripto de impartir enseñanza en las universidades y convirtiéndose en un personaje peculiar que, entre los viajes recurrentes a España –debido a las invitaciones de sus admiradores franquistas y a la residencia de su única hija, Ánima, en dicho país–, recibía en su morada de Plettenberg a todo aquél que quería visitarlo. Muchos fueron hasta allí motivados por algo más que la curiosidad; su obra continuaba siendo leída y trabajada por diversos sectores, inclusive por aquellos que buscaban combatirla. Este no era un fenómeno nuevo, por el contrario, como pocos, el jurista alemán había estado siempre en las coordenadas reflexivas de la intelectualidad europea. Recuérdese, por caso, cómo tres pensadores muy diferentes entre sí, desde posiciones de izquierda o centro-izquierda, tomaron con mucha atención las reflexiones schmittianas. Uno de ellos fue el socialdemócrata Hermann Heller, otro György Lukács –quien escribió una reseña de Romanticismo político (1919)– y, el tercero, el heterodoxo Walter Benjamin, quien en una carta enviada al mismísimo Schmitt le confesó su admiración y su influencia en su trabajo sobre el drama barroco alemán. A estos nombres bien podrían sumársele otros contemporáneos de distintas tradiciones de pensamiento –Hanna Arendt, Raymond Aron, Alexander Kojève, Leo Strauss, Jacob Taubes, etc–.

En lo que respecta a la segunda mitad del siglo XX, Schmitt continuó siendo una figura importante para las izquierdas. Mucho más lejos de los convulsionados años bélicos y enmarcadas en ese entonces por las mutaciones que se produjeron en los partidos comunistas europeos, las interpretaciones continuaron sucediéndose. Cuestión peculiar que señala cierto vínculo sobre el cual cabe reparar ya que, en cierta medida, Schmitt no fue tan justo con el marxismo como sí lo fue el marxismo con él, y ello no por su biografía sino por sus apuestas interpretativas. En sus numerosos trabajos, el autor alemán nunca efectuó distinciones pormenorizadas ni observó los claros matices entre los diferentes representantes de la tradición iniciada por Karl Marx y Friedrich Engels; sólo en el tardío Teoría del partisano (1963) estableció cierta contraposición entre Lenin y Mao. Esta homogeneización respondía a una operación discursiva muy particular, en tanto desde su perspectiva el marxismo aparecía caracterizado como un pensamiento técnico-económico que se oponía a lo político y que nada podía decir sobre él, al presentarlo como un epifenómeno de las contradicciones materiales. Tal postura le permitió a Schmitt indiferenciar a toda una tradición y excluirla de cierto debate, manteniendo su tono reactivo ante lo que para él consistía una contradicción fundamental, a saber, desde su óptica los fundamentos del marxismo resultaban despolitizadores debido a su deuda con la economía, pero dicha corriente necesitaba echar mano de lo político para existir más allá de la teoría y convertirse en una verdadera opción práctica. De allí que el autor indicara cómo la Unión Soviética llegó a construir al Estado más estatal de todos.

Fue justamente esta obsesión de Schmitt por lo político que la izquierda italiana tomó en cuenta hacia los años 1960 y 1970 de la mano de Mario Tronti, Massimo Cacciari y Giacomo Marramao. Frente a ciertas vulgarizaciones del marxismo y en oposición a las calamidades del stalinismo, Schmitt aparecía como parte de un antídoto que debía crearse recuperando a lo político. Por la década de 1980 en Argentina pensadores como José Aricó y Juan Carlos Portantiero efectuaron cierto abordaje similar al desplegado en Italia, esta vez para operar en los procesos de transición democrática, mezclando cierta formación gramsciana con la pregunta schmittiana sobre aquello que, en sus respectivos decires, había recibido poca atención por parte del marxismo. Casi en paralelo, la revista Telos de los Estados Unidos –catalogada de izquierda en diferentes círculos académicos– abrió el debate sobre el polémico jurista en el país del norte y, más acá en el tiempo, el posfundacionalismo de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe también se valieron de muchos elementos schmittianos para elaborar sus reflexiones posmarxistas. Asimismo, en los últimos años, en las universidades argentinas surgieron un buen número de contribuciones académicas destinadas a analizar a la obra schmittiana desde lugares más heterodoxos pero ajenos a su filiación conservadora, buscando en algunas de sus categorías –como la de decisión, comunidad, representación, y otras– ciertas nociones heurísticamente útiles para pensar la realidad latinoamericana.

De manera que, como se ha podido observar, el vínculo entre Schmitt y las izquierdas ha estado siempre presente y ha escapado saludablemente de la encerrona que se podría gestar desde los aspectos biográficos e históricos más cuestionables del autor. En este sentido es evidente que el tiempo de los contemporáneos de Schmitt no es el mismo que el del presente, tampoco las vicisitudes de muchos de sus tempranos repositores. ¿Por qué leer a Carl Schmitt en la actualidad? ¿Acaso esta pregunta debe ser suprimida? De no ser así, ¿cómo efectuar tal empresa? ¿Qué nueva discrepancia puede establecerse con dicho autor que haga de su estudio una tarea que colabore en hallar respuestas a los desafíos de nuestra época?

Quizás no sea del todo impropio –aunque sí necesariamente precario– finalizar estas líneas señalando que, más allá de muchas de sus sugestivas reflexiones, se podría destacar un gesto schmittiano que continúa siendo valioso y que es menester discutir y profundizar pero que, sin embargo, no ha sido del todo abordado. Se trata de aquél que permite pensar a lo político como ese momento que excede las contradicciones más álgidas de una comunidad, que va más allá del mero juego palaciego, pues así aparece lo político como una operación que engloba instancias de politización y despolitización múltiples. Dicho con otras palabras, en la politicidad schmittiana aparece cifrado cierto movimiento destinado a politizar determinadas regiones de la vida social y a despolitizar subsidiariamente otras con sus respectivos actores. El movimiento no es perfecto, por el contrario, en esa combinación aparecen las vicisitudes de todo orden político, con sus tribulaciones y limitaciones. En este punto, Schmitt solamente puede indicar el problema pero no avanzar como sí lo han hecho, por ejemplo, pensadores como Antonio Gramsci.

De esta forma, Schmitt no sólo podría ser entendido como aquél pensador con agudas observaciones sobre lo político, no sólo su lectura permitiría señalar las contradicciones de los discursos neo-liberales que se muestran ajenos a la política pero que se valen de ella constantemente para inocular una serie de lógicas en todo el entramado social, sino también aparecería de ese modo como un autor que supo señalar el límite de toda evocación a lo político, advirtiendo que toda política busca su propio acotamiento al mismo tiempo que, con una operación semejante, procura reproducir su propia permanencia. Se trata, en suma, de un sutil juego de politización y despolitización que desde el Estado se efectúa constantemente en diversos planos, inclusive de forma contradictoria, y que opera más allá también del Estado.

No comments