Democracia rigurosamente vigilada

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CELESTE MURILLO

Número 21, julio 2015.

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 A propósito de Toque de queda de Jesse Ball, y las reflexiones posibles sobre la democracia blindada de Estados Unidos. ¿La realidad puede ser más abrumadora que la ficción?

 

En 2014, La Bestia Equilátera editó en castellano Toque de queda (The Curfew), del escritor estadounidense Jesse Ball. La novela fue presentada en Estados Unidos, (donde se publicó originalmente en 2011) como ficción distópica. Aunque no se trata de una novela explícitamente política, muchos encuentran en ella cierto eco de las críticas a las aristas más molestas de la (ya no tan) idealizada democracia estadounidense. El libro cuenta la historia de una ciudad gobernada por un régimen totalitario, con policías secretos que han abandonado los uniformes para mezclarse en la multitud y vigilar con mayor eficacia. En la ciudad de C. existe un toque de queda que rige la vida de la población, incluida la del escritor de epitafios William Drysdale y su pequeña hija muda, Molly. La esposa de William, Louisa, es una de las primeras “desaparecidas” bajo el nuevo gobierno. Gran parte de la narración de Ball recorre la rutina autoimpuesta de pasar desapercibidos, no caer en manos de la policía, no llamar la atención de nadie, y no violar el toque de queda.

Toque de queda se alimenta ante todo de una percepción: la de vivir en una democracia vigilada, una percepción que crece entre sectores cada vez amplios en Estados Unidos. Una realidad que inmediatamente después de los atentados contra las Torres Gemelas de 2001 parecía la única respuesta razonable ante la “amenaza terrorista”, cuestionada solo por voces minoritarias (acalladas en nombre de la seguridad nacional). Hoy, casi 15 años después, gran parte del Acta Patriótica sigue en pie pero son cada vez más las voces críticas de la “vigilancia para asegurar la democracia”. Toque de queda respira ese aire.

 

El enemigo en casa

El 26 de octubre de 2001, el Congreso estadounidense votó la ley conocida como Acta Patriótica. Luego de los atentados del 11S, el gobierno republicano liderado por George W. Bush, con el apoyo del partido demócrata, impulsó un “blindaje” de la democracia. Esto significó un recorte masivo de libertades civiles y la instauración de la vigilancia constante, con el pretexto de la “guerra contra el terrorismo”. Unos días antes, el imperialismo estadounidense desplegaba sus tropas en Afganistán (más tarde lo haría en Irak). Esa avanzada militar tuvo su correlato interno: en la persecución de la comunidad árabe y musulmana, el reforzamiento de los métodos de patrullaje policial y la vigilancia de toda actividad que “atentara contra la seguridad nacional”.

En Toque de queda el régimen policial no es producto de un golpe militar. Se trata, sugerentemente, de una democracia que deviene totalitaria, un día simplemente sucede, y empiezan a desaparecer los críticos, los disidentes. Nadie sabe dónde están o qué sucede con ellos, muchos sufren “accidentes”, otros simplemente desparecen. Aunque sería interesante bucear en ese devenir; lo cierto es que el paralelo más evidente es con la “democracia vigilada”.

En Estados Unidos, los ciudadanos en general, y varios grupos en particular (por etnia, religión u opinión política), viven vigilados. El Estado vigila, espía y persigue. Las imágenes de Toque de queda no son una novedad; siempre existió en la cultura y en la industria del entretenimiento estadounidenses la imagen del “enemigo”, que también podía estar en casa: los japoneses luego del ataque de Pearl Harbour; la caza de brujas del macartismo en los año ‘50; los soviéticos y la paranoia constante en la Guerra Fría, que puede verse hoy en la serie algo nostálgica The Americans (FX 2013-). Luego del 11S y el Acta Patriótica, la presencia de ese “enemigo” justificaba el espionaje y la vigilancia de toda la sociedad.

 

Perseguidos, vigilados, desaparecidos

Al amparo de ese avance contra las libertades individuales, se agudizó la persecución de las comunidades latina y negra, mediante herramientas como el “Stop-and-Frisk” (detener, interrogar y palpar a cualquier persona sin motivo). Esta disposición de la Policía de Nueva York fue aplicada por el alcalde republicano Rudolph Giuliani, que aprovechó el clima de miedo luego de los atentados. Organizaciones de DDHH denunciaron que desde 2002 fueron detenidas 5 millones de personas mediante “Stop-and-Frisk”, y 9 de cada 10 de ellas resultaron ser inocentes. Más de la mitad eran negras, cerca del 30 por ciento eran latinas y solo un 10 por ciento eran blancas1. El resultado es una persecución indiscutiblemente racista, una constante vigilancia y estigmatización de negros y latinos. Ese tipo de racismo institucional solo alimenta el odio racista, cuyo episodio más reciente fueron los asesinatos en una iglesia de Carolina del Sur. De hecho, un estudio sobre los ataques perpetrados del 11S en suelo estadounidense muestra que aquellos perpetrados por la extrema derecha duplican a los que han cometido en nombre de la yihad2.

En Farenheit 911, el director Michael Moore compuso un registro amplísimo del espionaje estatal sobre las actividades de personas que se oponían a la guerra, y deja en evidencia el espectacular aparato de vigilancia, puesto en funcionamiento contra individuos cuyo crimen es “querer la paz” y reunirse a hacer pancartas para una marcha en un pueblo de mil habitantes. Una de las series de televisión más recientes, Wayward Pines (Fox, 2015-), una extraña versión moderna de “destino manifiesto”3 y posapocalipsis, muestra una pequeña comunidad depositaria de la salvación de la humanidad. El combo sugiere un paralelo con el sacrificio que invitaba a hacer la elite política estadounidense luego de los atentados: relegar la libertad para prevalecer como nación (en la serie como especie). El líder de la ciudad ficticia cree que “su pequeño pueblo” debe ser engañado para sobrevivir, porque la realidad es demasiado dura. Y su forma de mantener el orden es mediante el miedo, con una serie de reglas que todos deben cumplir, y se castiga duramente al que las cuestiona, para preservar el bienestar común.

Una de las burlas críticas más populares sobre la vigilancia de la población civil se encuentra en el film Los Simpson (2007), donde los guionistas se burlan descaradamente de la Agencia de Seguridad Nacional. Muchos se refieren al film como un dejá vu de las denuncias de Edward Snowden en 2013, por una escena donde se ve un salón gigante con miles de operadores que escuchan las conversaciones de gente, y uno anuncia victorioso: “¡Escuchen, encontré algo! ¡El gobierno encontró algo que estaba buscando!”.

En Toque de queda los ciudadanos son detenidos, apresados o ejecutados. Existen tantas prohibiciones que todo es un potencial delito. Desde el pensamiento crítico hasta la música, todo es fuente de sospecha, aquel que cuestiona el statu quo es subversivo. Hay que reconocer que, más allá de la creatividad de Ball en muchos pasajes de la novela, no hay que alejarse demasiado de la realidad para encontrar inspiración.

Acaso existe un paralelo inquietante entre los desaparecidos de Toque de queda y los desparecidos de la vida real. Mientras en la ciudad de C. el motivo de las desapariciones es evidentemente político, en la realidad son resultado de políticas racistas, aunque poco se hable de ello. El efecto combinado de la “guerra contra las drogas”, el encarcelamiento masivo, asesinatos a manos de policías y la violencia relacionada con la descomposición social, hizo que haya un millón y medio de varones negros desaparecidos4. Desaparecidos porque como en la novela, nadie habla de ellos, no se discute por qué no están, simplemente han desaparecido.

 

La bella y la bestia

A diferencia del régimen totalitario de Toque de queda, en la vida real quien mantiene las armas apuntando contra la población (en particular sobre porciones específicas de ella) es la democracia amparada en un sinfín de mecanismos legales y fuerzas represivas.

Una de las paradojas más notorias es que durante muchos años, fueron pocos los que señalaron las contradicciones entre la democracia “generosa” de la ampliación de derechos civiles, y la cara de perro rabioso que vigilaba a los pobres, los negros, los latinos y la juventud fronteras adentro.

Será la combinación de la crisis de hegemonía estadounidense y, más tarde, la explosión de la crisis económica la que monte el escenario donde esa democracia será puesta en tela de juicio. Los hijos e hijas de esa democracia, estrenaron sus protestas en el movimiento noglobal a fines del siglo XX, marcharon contra la guerra bajo el Acta Patriótica, y chocaron rápidamente con el perro rabioso. Pero el clima reaccionario invitaba al silencio, como en Toque de queda.

Las protestas desatadas por el asesinato de Michael Brown5 se llevaron la respuesta más brutal del Estado que, a la vez que dejaba en evidencia su carácter racista, mostraba los dientes contra quienes se movilizaban. Las imágenes de Ferguson invadida por tanques y efectivos armados para la guerra dejaron al desnudo el mecanismo del Estado federal para reciclar el armamento militar. El programa 1.033 del Departamento de Defensa establece la transferencia del material militar sobrante del Ejército hacia las policías locales. Según el organismo, durante 2013 se transfirieron 449 millones de dólares en pertrechos militares. Los mismos recursos utilizados en la “guerra contra el terrorismo” hoy son utilizados por el Estado contra quienes cuestionan la desigualdad social y el racismo.

Pero no se trata solo de armas. Un estudio6 de la American Civil Liberties Union muestra que la ficción de Ball, aunque audaz en su reflexión, parece una fábula infantil comparada con la realidad. La ACLU analiza el uso de uniformes militares y la ostentación de armamento para imponer miedo entre la población. Generar miedo es la única explicación de que la policía de la Universidad estatal de Ohio posea un tanque blindado para “mostrar” en los partidos de football americano y “tener presencia” (sic). Esta lógica se reproduce en la introducción gradual de equipos SWAT en la “guerra contra las drogas”, que es uno de los pretextos más comunes para militarizar los barrios pobres, mayoritariamente negros y latinos. No se trata como en la novela de excesos de un régimen totalitario; es una democracia con sofisticados métodos para imponer su autoridad.

 

La realidad siempre es más cruenta

En otro número de IdZ decíamos a propósito de la novela negra7 que no había nada más negro que la realidad. Sucede algo similar con obras como las de Ball, que bucean en un tema candente como la vigilancia y el autoritarismo estatal. Casi nadie negaría hoy las aristas más brutales de la democracia de la vigilancia en Estados Unidos. Lo que sigue estando en tela de juicio es la legitimidad de las acciones de aquellos que violan el toque de queda (especialmente para las clases dominantes y los medios masivos de comunicación). Para William, ahogado por la rutina y el régimen, violar el toque de queda se convierte en el único (¿el último?) acto liberador. Sin embargo, la juventud que se levanta hoy augura parecerse más a los estudiantes de Toque de queda, que al organizarse esgrimen la resistencia más visible contra el régimen. Para esa juventud que cuestiona la desigualdad social, que se moviliza contra el racismo, violar el toque de queda es solo el punto de partida.

 

1. “Racial Justice, Stop-and-Frisk Data”, nyclu.org.

2. “EE. UU. sufre más ataques inspirados por la derecha radical que por el yihadismo”, El País, 24/6/2015.

3. Sintéticamente, se refiere a una doctrina o filosofía de que Estados Unidos está destinado a expandirse como nación desde el Atlántico hacia el Pacífico. Más tarde también fue utilizada para justificar sus supuestas virtudes excepcionales.

4. Estudio basado en el censo de 2010, citado en Ian Steinman, “Baltimore: la desolación que ellos llaman paz”, La Izquierda Diario, 6/05/2015.

5. C. Murillo, J. A. Gallardo, “Ferguson: ¿El fin de la ilusión posracial?”, IdZ 14, octubre 2014.

6. War comes home, The Excessive Militarization of American Policing, ACLU Foundation, 2014.

7. C. Murillo, “Novela negra: mentiras verdaderas”, IdZ 12, agosto 2014.

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