Del clasismo al frente popular

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Comunismo y movimiento obrero en la Argentina

HERNÁN CAMARERO

Número 14, octubre 2014.

En los cincuenta o sesenta años transcurridos entre fines del siglo XIX y los orígenes del peronismo fueron cuatro las grandes corrientes o expresiones político-ideológicas de las izquierdas que incidieron en el desarrollo del movimiento obrero argentino. En otros números de IdZ habíamos abordado la experiencia del anarquismo, del Partido Socialista y del sindicalismo. La representada por el Partido Comunista (PC), que fue la más tardía en aparecer, completa ese análisis y aporta a un balance general acerca de los vínculos entre izquierda y clase trabajadora.

 

Como tendencia política, el PC tuvo en la Argentina diversos períodos. Inicialmente, actuó como ala izquierda del Partido Socialista (1912-1917); luego, operó como una organización socialista disidente y revolucionaria de carácter probolchevique (el Partido Socialista Internacional, existente entre 1918 y 1920); finalmente, desde ese último año, ya adoptó el nombre de Partido Comunista, adherente a la Internacional Comunista (IC). Todo ese trayecto fue recorrido bajo el liderazgo del tipógrafo José F. Penelón y, más tarde, de la dupla conformada por Victorio Codovilla y Rodolfo Ghioldi. El PSI-PC se presentó como expresión de los nuevos tiempos abiertos por la Revolución de Octubre en Rusia y el ascenso revolucionario europeo de postguerra. En su primera etapa, esta corriente fue una expresión marginal en el movimiento obrero. Pero desde mediados de los años veinte, con la implantación molecular de sus células de empresa y sus agrupaciones gremiales y, más tarde, con la constitución y dirección de los principales sindicatos industriales y de las huelgas fabriles, el PC se convirtió en un impulsor clave de la movilización de los trabajadores.

En el transcurso de esos años, el partido logró agrupar a miles de militantes, adquirió una presencia notable en el seno de la Confederación General del Trabajo (CGT) y constituyó múltiples instituciones socioculturales en el seno de la clase obrera. Pero al mismo tiempo, sin escapar de las tendencias generales del proceso mundial, el partido fue consustanciándose con los intereses de la burocracia soviética y asumiendo los presupuestos teóricos y políticos del estalinismo. Esta deriva, junto a la aparición del peronismo, acabó abortando una de las experiencias más importantes de inserción de un partido de izquierda en la Argentina.

 

La implantación comunista en la clase obrera industrial

La inserción de los comunistas entre los trabajadores durante las décadas de 1920 a 1940 se verificó bajo un contexto preciso. En aquella época, como producto de la industrialización sustitutiva, hubo una presencia cada vez más gravitante de obreros en los centros urbanos, con un gran monto de reivindicaciones insatisfechas, pues las tendencias al aumento del poder adquisitivo del salario y al descenso de los índices de desocupación de la segunda mitad de los años veinte, se revirtieron tras la crisis de 1930, y los índices sólo volvieron a mejorar, desde mediados de esa década, exclusivamente en lo que hacía a la baja del desempleo. Fueron años de intensa acumulación del capital, con incremento de la explotación laboral y con escasas iniciativas redistributivas. El crecimiento de un proletariado industrial nuevo, numeroso y concentrado, mayoritariamente semicalificado o sin calificación, en donde la situación laboral era ostensiblemente precaria, dejaba un vacío de representación. Esos trabajadores se enfrentaban a formidables escollos para agremiarse y hacer avanzar sus demandas en territorios poco explorados por la militancia, dada la hostilidad de los empresarios y del Estado.

Para abrirse paso a través de esos obstáculos, se requerían cualidades políticas que no todas las corrientes del movimiento obrero estuvieron en posibilidad de exhibir. Allí había disponibilidad y oportunidad para el despliegue de una específica acción sindical y política. En este escenario los comunistas demostraron mayor iniciativa, habilidad y capacidad para acometer los desafíos, sobre todo, si realizamos una comparación con los anarquistas, socialistas y sindicalistas.

Más allá de las equívocas (e incluso nefastas) estrategias generales que el PC impulsó en el marco de su conversión al estalinismo, que lo incapacitaron para convertirse en una alternativa de dirección revolucionaria de la clase obrera, lo cierto es que, en los hechos, dicho partido no dejó de ser la principal corriente en promover prácticas combativas y clasistas en el ámbito industrial. Los comunistas recrearon parcialmente una experiencia confrontacionista como la que anteriormente había sostenido un anarquismo, ahora bajo una debilidad innegable. No tuvieron la misma suerte, en cambio, entre los asalariados del transporte, los servicios y algunos pocos manufactureros tradicionalmente organizados, con muchos trabajadores calificados, en donde la hegemonía era disputada por socialistas y sindicalistas, tendencias que ya venían negociando con los poderes públicos, habían obtenido conquistas efectivas para los trabajadores, gozaban de poder de presión y estaban en proceso de fuerte institucionalización (incluso, de burocratización, como la Unión Ferroviaria).

El PC pudo protagonizar una decisiva experiencia clasista de organización en el ámbito obrero fabril, no durante su primera década como corriente, sino a partir de 1925, con la orientación de la “proletarización” y la “bolchevización”. Un aspecto de ella fue que el partido se fue haciendo más jerárquico, centralizado e intolerante con las diferencias internas, en sintonía con los postulados de una IC que iniciaba su proceso de degeneración. Pero lo que nos interesa señalar aquí es el cambio en la estructura del PC: la reubicación de todos sus militantes en clandestinas células obreras (sobre todos, las de “empresa o taller”), que significaron una novedosa forma de organización de base antipatronal. Ellas pasaron a ser la entidad fundamental de un partido que viró hacia una actividad combativa e ilegal. Desde ese entonces y hasta 1943 el PC mutó en una formación política integrada mayoritariamente por obreros industriales. Los comunistas contaron con recursos infrecuentes: un firme compromiso para la intervención en la lucha social y una ideología redentora y finalista (una peculiar manera de concebir al “marxismo-leninismo”), que podía pertrecharlos con sólidas certezas doctrinales. Las células y otros organismos de base resultaron aptos para la penetración en los ámbitos fabriles y para el agrupamiento de los obreros de dicho sector. En no pocos territorios industriales, los comunistas se convirtieron en casi la única voz que convocaba a los trabajadores a la lucha por sus reivindicaciones.

La implantación fue posible gracias a esa estructura partidaria celular y blindada, verdadera máquina de reclutamiento, acción y organización, que el PC pudo instalar en una parte del universo laboral.

 

El PC en las luchas y organización del movimiento sindical

Desde fines de los años veinte, las organizaciones sindicales dirigidas o influenciadas por el PC desplegaron una línea combativa, la cual se expresó en violentos conflictos durante el segundo gobierno de Yrigoyen, la dictadura uriburista y las presidencias de Justo, Ortiz y Castillo. Hubo una serie de estridentes huelgas: la de la localidad cordobesa de San Francisco, de 1929; las del ramo de la madera, en 1929, 1930, 1934 y 1935; las de los frigoríficos, desde 1932 en adelante; la de los petroleros de Comodoro Rivadavia, ese mismo año; la masiva y extraordinaria de los trabajadores de la construcción de 1935-1936 (combinada con huelga general); y la innumerable cantidad de paros entre los metalúrgicos, textiles y del vestido, entre otros, que el PC impulsó en los años siguientes. El costo de esa resistencia no fue menor: el PC sufrió una sistemática persecución por parte de la Sección Especial de Represión del Comunismo y cientos de sus adeptos fueron encarcelados, deportados (merced a la aplicación de la Ley de Residencia) y/o sufrieron frecuentes torturas, entre ellos, buena parte de los miembros del Comité Central. El partido no sólo fue declarado ilegal sino que hubo un proyecto en el Senado de la Nación para convertir esa persecución en ley.

Hacia mediados de la década de 1930 el partido completó su implantación, logró el control de importantes organizaciones gremiales y encontró un lugar en la conducción de la CGT, consiguiendo su vicepresidencia en 1942, en manos del albañil Pedro Chiarante. El PC impuso a sus cuadros como secretarios generales de los seis sindicatos claves del sector industrial: la poderosa Federación Obrera Nacional de la Construcción, la Federación Obrera de la Industria de la Carne, el Sindicato Obrero de la Industria Metalúrgica, la Unión Obrera Textil, la Federación Obrera del Vestido y, posteriormente, el Sindicato Único de Obreros de la Madera. La gran mayoría de ellos eran miembros del propio Comité Central del PC en 1943. En ese entonces, esas y otras organizaciones sindicales dirigidas por el PC superaban los cien mil afiliados/cotizantes.

Los militantes del PC generalizaron (y en algunos casos, introdujeron), una serie de características novedosas en el sindicalismo único por rama industrial. Una de ellas fue la creación y expansión de los Comités de Empresa y las Comisiones Internas de fábrica, que irradiaron los tentáculos del gremio hasta los sitios de trabajo y canalizaron las demandas a través de una instancia de organización de base. Desde la segunda mitad de los treinta, con la adopción de la estrategia del frente popular, aparecieron nuevos rasgos: el creciente pragmatismo que comenzó a postular el partido con respecto a la negociación con el Estado, en particular, con un Departamento Nacional del Trabajo (DNT) que expandía su voluntad intervencionista.  Como parte de ello, estuvo la negociación de cada vez más ambiciosos convenios colectivos con las entidades patronales, a partir de comisiones paritarias reguladas bajo el marco del DNT. En algunos de los sindicatos dirigidos por el PC también fueron despuntando ciertos fenómenos de burocratización.

 

Clase contra clase y frente popular: un partido sometido a las estrategias estalinistas de la IC

La presencia del comunismo entre los trabajadores se mantuvo e incluso extendió mientras el partido actuó bajo los diversos lineamientos propiciados por la IC, sucesivamente: los del frente único (1921-1928), los de clase contra clase (1928-1935) y los del frente popular (1935 en adelante). Es decir, ella siguió una curva de ascenso más o menos constante, que pareció independizarse de estos virajes. Los militantes continuaron desarrollando una misma serie de rutinas de movilización y organización de la clase trabajadora. Sin embargo, estas alteraciones de estrategia no fueron inocuas para explicar los avances y retrocesos de la influencia obrera del PC, y para comprender el papel histórico de éste.

No es del todo correcto un señalamiento del intelectual socialista José Aricó, quien sostuvo que el inicio de cierta conquista de las masas obreras por el PC se produjo hacia principios de los años treinta, momento a partir del cual habrían comenzado a cosecharse los frutos de la política sectaria pero al mismo tiempo combativa de clase contra clase (propia del llamado “tercer período” de la IC). En verdad, esta penetración fue previa a ello, pues se inició hacia 1925. Al mismo tiempo, los resultados de aquella no fueron unívocamente “beneficiosos”, pues hubo contrapartidas notables: los comunistas quedaron ubicados en posiciones aventureras que llevaron a derrotas en huelgas lanzadas por cuenta y orden del partido, sin medir si la oportunidad era adecuada y si la correlación de fuerzas era favorable para tomar estas decisiones; además, los ubicó por fuera de la principal organización gremial del país (la CGT), al constituir una agrupación sectaria y aislada, el Comité de Unidad Sindical Clasista (CUSC).

A partir de 1935, con el planteo del frente popular antifascista, se produjeron otros efectos contraproducentes, pero de un orden distinto: se fueron supeditando las reivindicaciones de los trabajadores a una política de acuerdo con la burguesía “aliada” y “democrática”. Los comunistas, mientras se hacían fuertes en los sindicatos industriales y canalizaban las demandas laborales, en el terreno político, en cambio, propiciaban convenios con expresiones pretendidamente “progresistas” del campo patronal. Quisieron establecer una gran alianza opositora al gobierno conservador junto a la UCR, el PDP y el PS, levantando con ahínco la candidatura de Marcelo T. de Alvear a la presidencia en 1937. Esta línea fue anestesiada en el bienio 1939-1941, cuando perduró el tratado de no agresión nazi-soviético Ribbentrop-Mólotov y por ende se estableció la táctica del “neutralismo”.

Pero desde junio de ese último año, con la invasión alemana a la URSS, el frentepopulismo volvió con vigor y encontró al PC como el más entusiasta impulsor de lo que años después derivó en la Unión Democrática. Estos desatinos estratégicos del PC remitían a su desvarío programático, originado en la hipoteca teórica, ideológica y política que éste tenía con el estalinismo. Ya desde fines de la década de 1920 el PC venía radiografiando la estructura socioeconómica del país en términos de un capitalismo deformado por el imperialismo, el latifundio y los resabios semifeudales. De allí derivó una caracterización: el país requería de una revolución “democrático-burguesa, agraria y antiimperialista”, como ciclo previo a un horizonte socialista de futuro indeterminado.

Este planteo etapista se afianzó e incorporó nuevos rasgos con el llamado al frente popular (1935), fundamentado plenamente en el IX Congreso de 1938 y profundizado en el X Congreso de 1941. Paradojalmente, el autodenominado “partido de la clase obrera” terminaba definiendo como problema principal del país no al capitalismo, sino al insuficiente desarrollo del mismo. La contradicción entre la clase obrera y los capitalistas quedaba relegada a un segundo plano en la orientación central del PC: el proletariado poseería aliados naturales en el campo de una fantasmal burguesía nacional desvinculada del capital extranjero y la oligarquía agraria.

Los comunistas pasaron a enunciar una lucha contra el fascismo y por la democracia, sin ningún tipo de especificación del carácter de clase de esos fenómenos, lo cual terminó reforzando un programa reformista y de conciliación con fracciones de la burguesía. En ello, empalmó con el PS. De este modo, hacia comienzos de los años cuarenta, la mayor parte de la izquierda no expresaba una hegemonía política genuinamente socialista en las masas populares; incluso, convertía en precario su predominio sindical entre los trabajadores. El socialismo alcanzaba sus mayores bancadas parlamentarias y confiaba en mantener la lealtad entre sus dirigentes en varios gremios (lo que finalmente no se verificó), mientras el comunismo consolidaba su poderío en el sindicalismo industrial y ganaba espacios en la CGT. Sin embargo, ambos partidos se unificaban en torno a un proyecto aliancista con fuerzas sociales y políticas tradicionales, detrás de un programa republicanista y antifascista de difícil conjugación con las demandas efectivas de una clase obrera en ascenso numérico y movilizacional.

La experiencia del PC en el movimiento obrero, entonces, expone el caso de una fuerza política que, habiendo logrado una notable inserción a nivel de base y en las estructuras del sindicalismo industrial, y promoviendo durante todo un período una serie de posiciones y acciones clasistas y combativas, acabó naufragando como alternativa histórica, debido a los límites insalvables de su estrategia y sus concepciones político-programáticas, las cuales fueron cada vez más conjugables con el reformismo y la conciliación de clases. Al fin y al cabo, se trató de un partido que fue ganado por la rigidez monolítica, matrizado por la indigencia teóricapolítica del estalinismo y sometido a los dictados de la burocracia soviética. Pero a este factor permanente, se agregó un nuevo componente histórico hacia mediados de los años ‘40, el de la emergencia del nacional-populismo burgués, representado por el peronismo, que alcanzó una base de masas entre los trabajadores. Se impone una reflexión específica que analice esa coyuntura y explore el impacto que significó en el vínculo entre movimiento obrero y las izquierdas. Lo exploraremos en una próxima entrega.

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