Del Caño y la “diferencia”. Notas sobre la sorpresa en las PASO de la izquierda

0
Share Button

 

PAULA VARELA y GASTÓN GUTIÉRREZ

Comité de redacción.

Número 23, septiembre 2015.

VER PDF

 

A pocos días de las PASO, Beatriz Sarlo, apesadumbrada por la debacle del progresismo, escribía:

Sin embargo, mientras no exista algo en la sociedad (en las capas medias, en los jóvenes, en los intelectuales y artistas) que exprese la necesidad de un giro progresista e igualitario, mientras su expresión, en sectores de la juventud o del trabajo, sea solamente el ceremonial ideológico del trotskismo o el kirchnerismo de estos años que terminan, será arduo pensar en una alternativa. Los políticos no son altoparlantes de la sociedad, pero tampoco pueden inventarla. La tradición progresista consiste en vincularse con los jóvenes y con los que protestan. Eso hacen los trotskistas, y Nicolás Del Caño demostró que produce una diferencia. El progresismo no puede buscar el votante abstracto, sino conectar ese mundo confuso, donde hay descontento y rebeldía. (“¿Qué nos pasó?”, Perfil, 16-08-2015).

 Sarlo apuntaba, como falencia del progresismo, las razones del triunfo de la renovación de la izquierda trotskista. Aquí queremos aportar otras notas para comprender por qué Nicolás Del Caño no solo ganó la interna de la izquierda, superando al histórico dirigente Altamira, sino que amenaza con superar a Stolbizer y el progresismo republicano y proyectar un nuevo salto para el Frente de Izquierda.

 

1. “Geraçao a rasca

Hay un componente generacional en “la diferencia” que produce Del Caño y que podemos resumir en lo que los portugueses de las masivas movilizaciones de 20111 llamaron la “geraçao a rasca” para definir, con un juego de palabras, a los jóvenes que el mercado de trabajo coloca en apuros porque no les ofrece otra cosa que precariedad laboral o desempleo abierto. Esta generación desesperada es la que volvió a colocar sobre la mesa el debate sobre juventud y política2 a través de su aparición pública, con diferentes características locales, en las manifestaciones que cruzaron el mundo desde los indignados en el Estado Español, el movimiento Occupy en EEUU, los jóvenes de Plaza Tahrir, pero también los jóvenes del Passe Livre en Brasil, el “Yosoy132” en México o los pingüinos en Chile. La marca de esta generación no es solo la ausencia de posibilidades laborales (o los trabajos basura y lo que eso significa como disociación entre trabajo y ascenso social) sino el cruce entre esta ausencia y las consecuencias de la masivización de la educación pública de la segunda posguerra. Es decir, el cruce entre las altas expectativas generadas por la educación masiva (en muchos casos educación superior aunque más no sea averiada en su calidad) y las bajas realizaciones dadas por la degradación del trabajo (producto de las contrarreformas neoliberales). A esta frustración recargada se suma el enclaustramiento urbano que significa la imposibilidad de independencia económica, que se traduce en dependencia habitacional profundizando el sentimiento de falta de libertad. La geraçao a rasca son jóvenes, urbanos, que accedieron a distintos niveles de educación pública y hoy no tienen horizontes de integración social más que como “ciudadanos degradados”. Nicolás Del Caño es expresión de esa generación. Y lo es empíricamente (por sus 35 años), pero sobretodo políticamente porque fue el único candidato a Presidente que se erigió en representante de esos jóvenes precarios, y que en su discurso y sus spots puso en el centro la “tragedia” de la precarización laboral como “destino” de toda una generación.

 

2. Clase contra casta

Ligado directamente a lo anterior aparecen a nivel mundial expresiones de rechazo a la “casta política” como manifestación, justamente, de una democracia que ya no puede albergar a estos jóvenes. Hace un año, en una conversación con Nicolás Del Caño para esta revista, él nos decía acerca de estos fenómenos de la juventud mundial que

 … los protagonistas son los jóvenes mezcla de clases medias empobrecidas (por eso tienen presencia estudiantil) y clase obrera empobrecida por la precarización laboral. Ahí se mezclan el hecho de que se enfrentan a proyectos políticos y sociales que los dejan “sin futuro”, con el odio a un personal político que encarna a esos proyectos y que, encima, lleva años en el poder3.

 El rechazo al régimen político que cristaliza la precariedad de la vida para los trabajadores y entre ellos para su fracción más débil, los jóvenes, y canoniza la obscenidad del triunfo del capital en la actual coyuntura de crisis capitalista (como diría el millonario Warren Buffet “esto es una guerra y la estamos ganando”), se desarrolla como movilización con fuerte protagonismo juvenil en los procesos mencionados, y en varios países se está canalizando hacia el apoyo electoral a personajes cuyo perfil y discurso adoptan elementos “anti-casta”. Pablo Iglesias de Podemos o Jeremy Corbyn de la izquierda del partido Laborista británico entre otros, son las alas izquierdas, orgánicas o inorgánicas, que buscan recrear un espacio político socialdemócrata en los países imperialistas, y que viven una primavera electoral que proviene del malestar (fuertemente juvenil, pero bajo ningún concepto únicamente juvenil) ante la degradación de las democracias burguesas. Es que, como describe Owen Jones en el libro El Establishment. La casta al desnudo, los capitalistas están llevando al absurdo la propia definición de Marx de que el Estado es tan solo una junta para sus negocios comunes, poniendo el conjunto de las instituciones públicas y privadas (como los grandes medios) al servicio de sortear la voluntad popular e imponer en la opinión pública que no-hay-otra-alternativa que ajustarse a la crisis. En este escenario, los planteos de revoluciones ciudadanas o democráticas y la apuesta a tibios programas antiajuste con que estos personajes despiertan interés electoral, ya mostraron en el fracaso de Syriza en Grecia, que conducen más rápido a la desilusión de las masas y a darle aire a los partidos tradicionales, que a la solución de la precariedad que produce la indignación.

 

3. El destiempo argentino o la frustración de La Cámpora

Ahora bien, la geraçao a rascas y su rechazo  a la casta política encuentran en Argentina un particular destiempo (si lo comparamos con la Europa que pone ambos fenómenos sobre el tapete). Aquí esa generación de indignados se adelantó (por virtud y por la violencia de las contrarreformas neoliberales en el país) y salió a sus plazas hace más de una década con el “que se vayan todos”. Hoy estamos asistiendo, de hecho, al inicio de la frustración de la “vía estatal a la integración” y las primeras nuevas manifestaciones de malestar que esa frustración produce. La Cámpora (que en lecturas no muy afectas a las contradicciones es interpretada como “forma institucional” de expresión de las aspiraciones juveniles) es, en la declamación de llevar al palacio el malestar de la calle, la demostración cabal de la imposibilidad del Estado burgués de atender y satisfacer las demandas de estos jóvenes desesperados. El giro a la derecha de La Cámpora, su renuncia sin pelea al “nunca menos”, su aceptación (e incluso adulación) a personajes que son los responsables de esta generación en apuros, como Scioli, es la confesión de la inviabilidad del kirchnerismo como reformador del país burgués. De allí que, muchos jóvenes que se identificaron con el kirchnerismo hoy voten a Nicolás Del Caño. Una encuesta realizada en la Facultad de Ciencias Sociales en la primera semana de septiembre (basada en 400 casos presenciales) mostró que un sector no despreciable de los estudiantes que se identifican con agrupaciones kirchneristas en la facultad, son votantes de Del Caño a nivel nacional. Esta “emigración” del voto, que en visiones sectarias y despolitizadas es leído como problema, es en realidad la muestra de dos fenómenos simultáneos: la percepción por parte de ese sector de jóvenes de la inviabilidad del “progresismo kirchnerista” (con su inverosímil “el candidato es el modelo”); y la existencia de una propuesta política, encarnada en Del Caño, que reconoce las aspiraciones como justas y que postula, como posibilidad de su realización, una orientación determinada: la conquista de derechos a través de la lucha de clases (como retorno de la política a las calles luego del fracaso del Palacio, pero no a cualquier calle, sino a la Panamericana como “la calle de los trabajadores”) y la conquista de “otra clase de políticos” a través del ejercicio concreto de rechazo a la casta. De ahí que una de las propuestas (y acciones) que “impresionó” a los grandes medios (primero en Mendoza, luego en el país) y concitó apoyo popular es aquella que propone terminar con los privilegios del personal político del Estado capitalista y que todo diputado y funcionario cobre el sueldo de un docente o un trabajador. Como apunta Nicolás Del Caño en una reciente entrevista:

 …nuestro planteo de que todos los funcionarios políticos y legisladores cobren como un trabajador no solo es una denuncia contra los políticos del régimen, también apunta a decir que son los jóvenes y los trabajadores los que tienen que tomar la política en sus manos, contra los candidatos que se proponen ser gerenciadores del poder de los grandes capitalistas4.

 El candidato a presidente del FIT propone articular esta demanda sencilla con otras medidas que pongan en cuestión el carácter degradado del régimen actual (proclive al fraude y la represión como en Tucumán), con otras propuestas que transicionalmente derriben la separación que generan el Estado y la democracia capitalista entre las tareas políticas reservadas a una casta al servicio de los grandes empresarios y la mayoría de la población trabajadora. En ese sentido, y a diferencia de otros fenómenos antipalacio, la propia temporalidad del proceso argentino y la orientación de izquierda clasista de Del Caño, hacen que se establezca una ligazón entre la frustración del intento estatal de respuesta a la geraçao a rascas y una política anticapitalista y abiertamente socialista.

 

4. La anomalía insistente

Pero para entender esta ligazón hace falta señalar un elemento más que es parte de “la diferencia” que produce Del Caño: el sindicalismo de base y la influencia de la izquierda trotskista en él. Como hemos señalado en otros lados5, la década kirchnerista en el movimiento obrero estuvo marcada por la contradicción entre la recomposición social y gremial de la clase trabajadora (aumento del empleo e inhibición relativa del efecto disciplinador del desempleo masivo; aumento del salario real en comparación con los depreciados salarios de 2002; fortalecimiento estatal de las organizaciones sindicales y aliento a la “puja distributiva” hasta 2011) y el mantenimiento de las condiciones de explotación de la década del noventa (precarización de las condiciones de compraventa y consumo productivo de la fuerza de trabajo; mantenimiento de las burocracias sindicales y la lógica de sindicatos de servicios; herencia de la degradación de las comisiones internas en punteros fabriles). Esta tensión es la base sobre la que se desarrolló, desde el inicio del ciclo kirchnerista, el denominado “sindicalismo de base” para aludir a organizaciones sindicales asentadas en el lugar de trabajo con fuerte composición juvenil, que se postularon independientes u opositoras a las conducciones gremiales, defendían la democratización de su organización de base y el uso de la lucha para la conquista de sus derechos robados en el neoliberalismo. En el despliegue de ese proceso (heterogéneo según rama y empresa o sector), el trotskismo comenzó a cobrar cada vez mayor peso, moldeando parte de las aspiraciones de los obreros y obreras, e incidiendo en la definición de las estrategias para satisfacer esas aspiraciones (lo que implica definir también los enemigos, los adversarios y los aliados). Es decir, el trotskismo formó (y forma parte) de la configuración de un sector de la subjetividad de una clase obrera fortalecida durante el kirchnerismo (pero cuya vanguardia soportó el hostigamiento y la represión gubernamental)6. La existencia de centenas de candidatos obreros7 en las listas del PTS en el FIT es una muestra de este proceso, y muestra también que la empatía que produce Del Caño no se basa en características azarosas de su personalidad (que también inciden, por supuesto), sino que se asientan en el reconocimiento del PTS como parte orgánica del proceso de recomposición social y gremial de los trabajadores.

 

5. La renovación como implantación

De allí que sea un error considerar que “la diferencia” es consecuencia de un aggiornamiento comunicacional en el discurso político de un sector de la izquierda trotskista (el PTS), o que es pura consecuencia del abandono de la pelea por representar el malestar por parte de la centroizquierda. Si bien ambos fenómenos existen e inciden, la renovación es posible porque lo que le da verosimilitud a Del Caño como expresión del malestar de la generación en apuros (y otros que también están en apuros aunque no sean tan jóvenes) es la implantación del PTS en el movimiento real, particularmente (aunque no únicamente) en el movimiento obrero, el sector que protagonizó las luchas sociales en Argentina de la última década. Es porque en la construcción partidaria que se trazó el PTS, este sector del trotskismo argentino logró ser parte viva de las luchas sociales de la década, que su lenguaje es renovado. La renovación (a diferencia de lecturas que otorgan un peso desmedido a la comunicación) no es solo producto de la creatividad comunicacional sino, por el contrario, de la organicidad de la militancia partidaria. La renovación que se impuso en las PASO del FIT no es un problema etario (aunque la edad expresa la ambición de conquistar nuevos y jóvenes dirigentes, y el espíritu democrático de hacer circular la palabra por muchos “porta parole”) sino un problema de revivificación de la izquierda en tanto ésta se vuelve viva en la práctica concreta de resistencia y lucha en sectores de trabajadores, prácticas y programas que se hicieron vivos (se renovaron) en miles de jóvenes obreros y obreras que forman el sindicalismo de base en Argentina y están pariendo un sindicalismo de izquierda. En una entrevista reciente, Marcelo Leiras destaca como característica específica de la izquierda en Argentina la utilización del escenario electoral como punto de apoyo para fortalecer la construcción en los movimientos sociales8. Esa dinámica se completa con una del mismo signo pero sentido contrario: la construcción en los movimientos sociales como punto de apoyo insoslayable sobre el que se edifica un candidato que expresa esa construcción en lenguaje electoral.

 

6. Una diferencia esencial

En un perspicaz artículo sobre las Paso del FIT, Pablo Stefanoni señala que:

Las tres décadas de democracia ininterrumpida han ido calando, de manera más o menos silenciosa, en la cultura política de la izquierda revolucionaria (incluyendo la forma de hablar). Hoy es posible usar las bancas parlamentarias para apoyar las luchas, pero ya no es tan factible ponerlas al servicio de un combate por el “doble poder” al estilo de la Revolución Rusa9.

 Que las últimas tres décadas han calado, no hay duda. La canonización de la democracia burguesa como único horizonte posible de organización social, han colocado a la izquierda revolucionaria a contrapelo de lo “políticamente correcto”. Pero hay tres elementos que operan fisurando la clausura del horizonte de “doble poder” de los revolucionarios. El primero, la propia degradación de esas democracias que hoy se vuelve evidente en los países que parecían exentos de ella (Europa y EE. UU.), degradación ante la que se manifiesta la geraçao a rasca. El segundo, las propias falencias que muestran (en tiempos más rápidos que los esperados) que las políticas de un nuevo reformismo estatalista basadas en teorías (o en interpretaciones de teorías) que, partiendo de la identificación del Estado como terreno en disputa, terminan engullidos por él. Es sintomático que en Enero de este año se hiciera un Congreso Poulantzas en cuyo centro estaba la experiencia Syriza y que en Agosto la “experiencia Syriza” ya haya terminado derrotada10. El tercero, la tozudez de alguna izquierda (la nuestra) en buscar los intersticios de la puesta en práctica de elementos de una estrategia “al estilo de la revolución”. Sería necio no problematizar una situación de crecimiento de una izquierda revolucionaria en un régimen todavía estable. Sin embargo, una lectura más atenta del movimiento político que tiene el ala izquierda del FIT mostraría la insistencia en el intento de transitar creativamente entre la efectiva experiencia parlamentaria y la supuesta inadecuación de “viejos programas”. El parlamentarismo revolucionario por parte de Nicolás Del Caño y los demás representantes del PTS (mostrando también qué nos diferencia de otras experiencias del trotskismo) no resulta una fórmula denuncialista sino una práctica novedosa en un escenario hostil, pero no clausurado a la combinación de intervención política audaz (en el parlamento y en la política pública –incluso en los medios–) y una estrategia en la que adquieren peso decisorio las movilizaciones sociales y las organizaciones de base, empezando por aquellas que agrupan a la vanguardia obrera. El ejemplo del enfrentamiento contra la entrega de YPF a Repsol en las puertas de la legislatura neuquina en 2013 y el rol del dirigente ceramista Raúl Godoy en articular denuncia y rechazo parlamentario (para desnudar la absoluta complicidad de los partidos del régimen), con movilización social y resistencia. O el caso de la utilización de su puesto en la legislatura bonaerense por parte de Christian Castillo en la pelea por la expropiación de la fábrica gráfica Donelley. Y, especialmente, el más resonante rol de Nicolás Del Caño apoyando a los obreros de Lear contra la burocracia del Smata y la bancada “nacional y popular” postradas ante la patronal norteamericana. Son tres ejemplos que muestran una izquierda que acumula fuerza social en la lucha de clases, pero que habría que inscribir, más allá del apoyo a las luchas, en una comprensión de cómo intentan poner de manifiesto elementos de una perspectiva que apunte a torcer la relación de fuerzas y la búsqueda permanente de nuevos objetivos políticos disruptivos contra cualquier conservadurismo, acomodamiento o ilusión en la papeleta del voto. Existe además, un cuarto elemento (más de coyuntura) que es reconocido por propios y ajenos: el horizonte cercano de ajuste y la consecuente resistencia que éste va a desencadenar en una Argentina que viene hace una década forjando una vanguardia obrera en la experiencia colectiva con la izquierda revolucionaria.

Volviendo a la “diferencia”, Sarlo acierta en su caracterización del imposible interlocutor abstracto del progresismo de Stolbizer que se encamina, pese a su insistencia en conjurarlo, a transformarse en una nueva Lilita de denuncias altisonantes mientras se sienta en la mesa de Macri. Pero se equivoca en el menosprecio de lo que expresa el trotskismo al indagar poco en los componentes actuales de “ese mundo confuso de descontento y rebeldía”. Nicolás Del Caño conectó con el mismo, en parte porque evitó caer en una repetición ritual o conservadora del ceremonial ideológico de cierta izquierda (que es precisamente el lugar que el régimen destina para ella) y principalmente porque se encontraba presente en él y se erigió como una voz alternativa para un sector de las masas. Pudo hacerlo además porque el programa de esa izquierda trotskista cuestiona el “ceremonial democrático” (tan caro a la generación intelectual de los 70) en las tramitaciones cotidianas de la distancia entre el horizonte (no abjurado) de revolución (y doble poder) y el escenario de estabilidad del régimen burgués. Una diferencia esencial en la que se basa su permanencia y su renovación.

 

1 En marzo de 2011 tuvieron lugar en Portugal una serie de manifestaciones que reunieron alrededor de medio millón de personas entre Lisboa y Porto en protesta por la precariedad laboral. La mayoría de los manifestantes eran jóvenes.

2 En los últimos años florecen las publicaciones sobre la repolitización de la juventud a nivel mundial. En Argentina este fenómeno ha sido analizado por José Natanson, Pablo Vommaro, Melina Vázquez, entre otros.

3 “Contra la casta política, un programa anticapitalista. Diálogo con el diputado del FIT Nicolás Del Caño”, Paula Varela, IdZ 14, octubre 2014.

4 Entrevista en La Izquierda Diario impreso (3-09-15).

5 En el libro de Paula Varela, La disputa por la dignidad obrera. Sindicalismo de base fabril en la zona norte del conurbano bonaerense 2003-2014, Buenos aires, Ediciones Imago Mundi, 2015.

6 Ver artículo de Christian Castillo en este mismo número.

7 “Otra clase de políticos, diálogo con los candidatos obreros del PTS en el FIT”, IdZ 21.

8 Entrevista a Marcelo Leiras en Infonews.com (30-08-2015).

9 “El pibe Trotsko”, por Pablo Stefanoni, Revista Anfibia.

10 “Poulantzas: la estrategia de la izquierda hacia el Estado”, Paula Varela y Gastón Gutiérrez, IdZ 17.

FIT

No comments