Deconstructing Freud

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A PROPÓSITO DE FREUD. EN SU TIEMPO Y EN EL NUESTRO, DE ELISABETH ROUDINESCO

 

JUAN DUARTE

Comité de redacción.

Número 25, noviembre 2015.

 

“Tras decenios de hagiografías, aborrecimientos, trabajos científicos, interpretaciones innovadoras y declaraciones abusivas, y luego de los múltiples retornos a sus textos que han salpicado la historia de la segunda mitad del siglo XX, nos cuesta mucho saber quién era verdaderamente Freud”.

 

La reflexión corresponde a la autora de esta nueva biografía de Freud, la historiadora del psicoanálisis Elisabeth Roudinesco. Y esta situación, notable en nuestro país en el ámbito universitario, contribuye a acentuar la crisis que, como se ha señalado en esta revista, atraviesa el psicoanálisis desde hace largos años.

Impulsadas por la mercantilización creciente de la vida cotidiana durante el auge neoliberal, la normalización psiquiátrica creciente del padecimiento psíquico de la mano del Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, la patologización y medicalización vía psicofármacos y la proliferación de Terapias Cognitivo Conductuales de rasgos neoconductistas, así como el retorno del viejo reduccionismo biologicista arropado por las nuevas neurociencias (con autores como Facundo Manes y Diego Golombek a la cabeza), son algunas de las tendencias que jaquean la “clínica de la palabra” freudiana. Mientras, el mainstream psicoanalítico deja cada vez más de lado sus importantes aspectos progresivos y cuestionadores, como la crítica a la doble moral burguesa y la represión y normalización de la sexualidad, transformándola en un dogma mediante instituciones esclerosadas y alejadas del cuestionamiento social y político [1].

Proveniente del campo psicoanalítico, Roudinesco viene desde hace años denunciando la fisionomía de esta crisis. En los últimos años se ha dedicado contestar al surgimiento de un antifreudismo (o “Freud bashing”) centrado en la crítica a la figura de Freud y de la terapia psicoanalítica [2]. Esta biografía ubica allí su eje.

Ubicada en la tradición de lo que llama “historiografía científica” y aprovechando la apertura de nuevos archivos ahora disponibles a los historiadores, Roudinesco pone entonces en juego una estrategia doble, que podríamos sintetizar con la frase “no hay mejor defensa que un buen ataque”. La misma consiste en responder a las críticas del antifreudismo desmontando la mitología construida alrededor de Freud y reconstruyendo al mismo tiempo sus tensiones y contradicciones, así como sus determinaciones sociales y culturales, de modo de fundar una crítica a las instituciones psicoanalíticas, en la búsqueda de vías superadoras, socialmente progresivas, para la disciplina. Asimismo, pone en juego –implícitamente– ciertas tesis de pensadores “críticos” de la historia de las ideas como Foucault (de quien retoma, por ejemplo, la tesis de continuidad en la terapia psicoanalítica de ciertos elementos de la “voluntad de saber” proveniente de la confesión cristiana), y hasta incluso de Lacan (cuya tesis de la declinación de la figura paterna como clave psicopatológica en el siglo XX está siempre presente).

Dirigida al gran público, la biografía está ordenada cronológicamente y dividida en cuatro grandes bloques.

El primero, centrado en los orígenes sociales, políticos y familiares de Freud en los inicios del psicoanálisis. Resaltan el judaísmo, las tradiciones de la ilustración francesa, y las condiciones sociales y familiares (patriarcales sobre todo), su relación con el deseo femenino y la sexualidad, así como sus ambiciones pequeñoburguesas. Resulta interesante, y una vía de indagación para un análisis marxista de su pensamiento, la influencia temprana de Feuerbach, hacia quien “el joven Freud se entregó a una admiración sin límites”. Encontramos en el joven vienés a un “científico positivista, darwiniano y racional”, que prueba y descarta una “mitología cerebral” (que hoy vemos aparecer nuevamente con las neurociencias), para dar lugar a una explicación psíquica del inconsciente al tiempo que deja de lado el “nihilismo terapéutico” imperante respecto de las neurosis (él mismo –señala la autora– producto de ellas). Entre otros se desmonta el mito del “autoanálisis” de Freud (todavía en boga, según el cual Freud habría llevado adelante un psicoanálisis sobre su propia persona, lo cual es falso ya que abandonó prontamente esa pretensión). Roudinesco reconstruye los primeros casos, los de aquellas mujeres burguesas que, al contrario de las mujeres del pueblo, “tuvieron derecho a una vida privada, un sentido íntimo”, reponiendo las claves para la construcción freudiana de una nueva teoría de la subjetividad, presa a su vez de la temprana tendencia normalizadora expresada en el “complejo de Edipo” (una “antropología de la modernidad trágica”). También el abandono por Freud de su inicial teoría de la seducción de los niños por un adulto como clave traumática en las neurosis, objeto de grandes –e importantes– controversias posteriores, es abordado en detalle.

El segundo bloque recorre el clima social y político de Viena de principios del siglo XX [3], los primeros discípulos y disidentes de Freud, su viaje a Norteamérica y el impacto de la Primera Guerra Mundial. Se deconstruye el mito de un Freud “descubridor” de la sexualidad infantil perversa y polimorfa (aunque sí la puso en el centro de su conceptualización), así como la leyenda oficial del “héroe” incomprendido. Recorre la constitución del heterogéneo primer “círculo freudiano”, las primeras disputas a su interior, la internacionalización del movimiento y la construcción de la Asociación Psicoanalítica Internacional. Ésta constituirá una verdadera burocracia psicoanalítica con intereses corporativos, que llegará al punto de negociar (con la anuencia de Freud) la “arianización” de la institución en Alemania. La autora desmenuza las posiciones políticas conservadoras de Freud, su elitismo y aversión a las masas y a la revolución socialista, así como su tendencia a interpretar posiciones políticas en clave psicoanalítica (parte de su constante “manía interpretativa” [4]), haciendo pasar todo por el “sacrosanto complejo de Edipo”. Será este el momento, con Sabina Spielrein, de la irrupción de las mujeres y el análisis de la sexualidad femenina en el psicoanálisis. El proceso de americanización del psicoanálisis en EE. UU. también se analiza aquí, así como la elaboración freudiana sobre la homosexualidad. Roudinesco muestra cómo la Primera Guerra Mundial llevó a una refundación del propio pensamiento de Freud, dando lugar una metapsicología especulativa ligada a una antropología mitológica pretendidamente darwiniana [5].

El tercero se centra en la vida cotidiana de Freud, el análisis en detalle de su práctica psicoanalítica, sus principales pacientes y las controversias alrededor de sus resultados terapéuticos, al tiempo que su relación con las mujeres, en particular su familia y sus relaciones más cercanas. Las contradicciones de su pensamiento: referenciado en la ilustración, heredero de Kant, el vienés apostaba a dominar los instintos y creía que las elites ilustradas debían guiar a las masas, mientras se sostenía en la figura de la autoridad patriarcal; al mismo tiempo, pertenecía a una “ilustración oscura”, hechizado por lo demoníaco, lo oculto, cercano a Nietzche. Se entienden así las dificultades del psicoanálisis para ser integrado en el campo de las ciencias humanas en plena expansión. La autora realiza un análisis exhaustivo de los casos, diferenciando un primer momento (con tratamientos no voluntarios, vividos con más recelo por los pacientes), y un momento posterior, en el cual los pacientes acudían voluntariamente y había una predisposición (y un consecuente mayor índice de éxitos terapéuticos): “de ciento veinte pacientes tratados por Freud –dice Roudinesco–, una veintena no sacó beneficio alguno de la cura y alrededor de diez la rechazaron al extremo de odiar al terapeuta”, e incluye un listado completo con los nombres reales de estos pacientes. Resulta interesante también el rescate de los “antihéroes” de la saga freudiana, como Wilhelm Reich, Otto Gross, Victor Tausk, Horace Frink, etc., en algunos de los cuales encontramos las tendencias más críticas y socialmente progresivas del movimiento.

Roudinesco detalla aquí las controversias entre la concepción “vienesa”, freudiana, del desarrollo psicosexual, y la concepción inglesa, kleiniana, menos patriarcal, crítica de la ley del padre y el falocentrismo de la primera, coincidentes con el despliegue del movimiento feminista vía el sufragismo.

Finalmente, un cuarto bloque recorre los últimos tiempos de la vida de Freud, en el cual encontramos importantes referencias para pensar la situación actual del psicoanálisis hoy: por un lado, su implantación universitaria, y por otro, las consecuencias de las pretensiones de neutralidad y apoliticismo de la disciplina. Respecto a la primera, señalemos la oposición de Freud a la enseñanza universitaria, la cual consideraba empobrecedora y sesgada hacia una medicalización de la terapéutica, así como el debate sobre la acreditación de los psicoanalistas (la cuestión del “análisis lego”, sin títulos) [6]. Respecto a la segunda, los posicionamientos de Freud frente al ascenso de Hitler y el fascismo mostrarán las consecuencias de su pensamiento político conservador y la ilusión de “neutralidad” y “apoliticismo” del psicoanálisis [7]: sin acertar ni por asomo en ver las causas del ascenso de aquel y confiado en el nacionalismo conservador austríaco y la Iglesia católica, hará prevalecer intereses corporativos cediendo al plan de adaptación al nazismo propuesto por Ernest Jones. Al mismo tiempo se muestra escéptico frente a la revolución socialista, apoyado en argumentos antropológicos biologicistas.

Después de haber criticado tanto a la religión –señala la autora–, Freud, en nombre de una presunta “neutralidad”, corría así el riesgo de ver su doctrina transformada en catecismo. Esta actitud fue un desastre para el movimiento psicoanalítico del período de entreguerras, enfrentado a la mayor barbarie que Europa hubiera conocido.

 La ocupación final de Austria por Hitler y el comienzo del plan de exterminio, desmentirán brutalmente aquellas pretensiones de “neutralidad”. De no haberse implementado esa “desastrosa actitud de neutralidad, de no compromiso, de apoliticismo, no se hubiera repetido a posteriori bajo otras dictaduras, como en Brasil, Argentina y muchos otros lugares del mundo”.

Por último, se recorre el exilio en Londres y los meses finales del creador del psicoanálisis.

Desde el marxismo, la tarea de realizar un examen crítico de la teoría psicoanalítica a fin de aprehender su aporte a la comprensión de la subjetividad constituye una tarea todavía por realizar. En este sentido, el análisis de Roudinesco constituye –al menos en una primera lectura– un trabajo historiográfico serio y apoyado en la utilización de la casi totalidad de fuentes disponibles, guiada por hipótesis críticas que rinden buenos frutos. Al poner el acento en la génesis de la elaboración freudiana y su relación con sus determinaciones sociales, políticas y culturales, hace importantes aportes para este examen crítico. Señalaremos, para finalizar, algunos de ellos.

En primer lugar, se logra desmontar los principales mitos alrededor de Freud y reconstruir su figura en su complejidad. En particular, respecto a los tratamientos llevados adelante efectivamente por él: “Si los psicoanalistas no pudieron realizar jamás una verdadera evaluación de la práctica de Freud fue sin duda porque no quisieron enfrentarse a esas curas no contadas por él”.

Por otro lado, resulta valioso el análisis de las elaboraciones freudianas sobre la sexualidad, la reposición de las tendencias críticas y revulsivas respecto al orden patriarcal, así como su costado conservador, y el rescate del rol y los aportes de las mujeres en el movimiento psicoanalítico.

Respecto a la teoría, el recorrido crítico por la construcción de una antropología mítica propuesta por Freud, en el centro de sus concepciones sobre la subjetividad, y en particular de sus concepciones sobre lo social. Al mismo tiempo, detalla sus posiciones políticas y las raíces de su pensamiento.

Del lado de los aspectos débiles del libro, resalta (aunque no extraña) el punto de vista demasiado “provinciano” de la autora [8], centrada solo en ciertos debates y tradiciones de análisis presentes en tierras galas (por lo demás muy interesantes) y dejando de lado otros tópicos y autores que interesarían para una crítica marxista. Por ejemplo, las elaboraciones de la izquierda freudiana (Fenichel, Schmidt, Bernfeld, Reich, y otros), apenas son esbozadas; la recepción de la obra de Freud en el estado soviético, sobre la cual existen importantes trabajos que deja de lado, y –acaso más importante– no hay ni una palabra sobre la apropiación crítica de la elaboración freudiana propuesta por Lev Vigotsky, que cuenta con trabajos específicos y sugerentes, y constituye la base metodológica más seria para un abordaje marxista [9]. Por otro lado, los análisis de los grandes procesos políticos y sociales que cruzan la vida de Freud, si bien señalados como determinantes, son meramente descriptivos, por ejemplo respecto a la Primera y Segunda Guerra Mundial, y el surgimiento del nazismo.

En definitiva, se trata de una lectura indispensable para conocer la obra de Freud en toda su complejidad, y en particular para quienes intentamos rescatar sus importantes aportes críticos y disruptivos.

 


[1] Si bien el campo psicoanalítico es plural, este rol conservador viene siendo realizado en nuestro país fundamentalmente por instituciones lacanianas, con gran implantación universitaria y estatal (la EOL, además de codirigir la Facultad de Psicología junto con las camarillas radicales, tuvo un funcionario en el ciclo de gobiernos kirchneristas, Jorge Alemán, y la agencia Télam a disposición para difundir sus actividades). Hay que destacar que existen contratendencias, aunque minoritarias, la más importante de las cuales es la revista y editorial Topía, que intenta desde hace más de 25 años pensar “a la izquierda de Freud”.

[2] ¿Por qué tanto odio? (Bs. As., Libros del Zorzal, 2011), está dedicado a señalar la inconsistencia de esa corriente, que tiene en las publicaciones de Michel Onfray su principal referencia.

[3] En la que habitaban los primeros pacientes, verdaderos “personajes proustianos, que cultivaban tanto la angustia de ser ellos mismos como la dicha de una libertad individual por fin conquistada dentro de una sociedad profundamente desigual donde los obreros, los campesinos y los pobres vivían en condiciones miserables”.

[4] Los “duelos interpretativos” cruzados entre Freud y Jung son deliciosamente ilustradores.

[5] Roudinesco omite señalar el error (extendido en la psicología de principios de siglo) de Freud de adherir a la teoría biogenética de Haeckel, de recapitulación de la filogenia por la ontogenia, para ubicarla en la base de concepción antropológica del inconsciente, de consecuencias muy conservadoras a la hora de pensar lo social. Stephen Jay Gould ha criticado este error con detenimiento. Y, en vida de Freud, ya había sido analizado, respecto a la psicología, por Lev Vigotsky. Ver Gould, S.J. (1977), Ontogenia y filogenia. La ley fundamental biogenética, Madrid, Crítica, 2010; Vigotsky, Lev, “La ley biogenética en psicología y pedagogía” (1927) en El desarrollo cultural del niño y otros textos inéditos, Guillermo Black (comp.), Bs. As., Almagesto, 1998.

[6] Roudinesco trató esta cuestión en El paciente, el terapeuta y el Estado (Bs. As., Siglo XXI, 2006), donde denuncia cómo la acción reguladora directa del Estado sobre las prácticas y la formación universitaria en psicoterapias, guiadas a partir de las mercantilizantes reformas neoliberales, implicaron en Francia el avance del cientificismo reduccionista respecto a lo mental, de las Terapias Cognitivo Comportamentales, y la puesta en cuestión de la terapia psicoanalítica. Este debate está todavía pendiente en Argentina.

[7] Citemos in extenso, a fin de precisar el planteo de la autora: “Al procurar de ese modo diferenciarse de la filosofía y de la teoría de la historia, para hacer del psicoanálisis una ciencia sin dejar de mantener su análisis mitográfico de las dinastías imperiales y su concepción de una república de los elegidos, Freud cometía un error. En efecto, en nombre de ese rechazo de toda Weltanschauung se planteó, con su acuerdo, la idea de que, como el psicoanálisis era una ciencia, debía mostrarse ‘neutral’ frente a todos los cambios de la sociedad, y por lo tanto ‘apolítico’. En otras palabras, a pesar de que había criticado el cientificismo y el positivismo; a pesar de que con su interés en el ocultismo pretendía desafiar la racionalidad científica, y a pesar de que había inventado una concepción original de la historia ‘arcaica’ de la humanidad, he aquí que se negaba a ver que su doctrina era portadora de una política, una filosofía, una ideología, una antropología y un movimiento de emancipación. Nada era más contrario al espíritu del psicoanálisis que enmascararlo como una presunta ciencia positiva y mantenerlo apartado de todo compromiso político. Después de haber criticado tanto a la religión, Freud, en nombre de una presunta ‘neutralidad’, corría así el riesgo de ver su doctrina transformada en catecismo. Esta actitud fue un desastre para el movimiento psicoanalítico del período de entreguerras, enfrentado a la mayor barbarie que Europa hubiera conocido. Y el más vigilante en la aplicación de esta línea ‘neutralista’, convalidada por Freud, fue Ernest Jones”. “En nombre de esa neutralidad y ese apoliticismo –continúa la autora–, Jones no brindó ningún apoyo a los freudianos de izquierda –sobre todo a los freudomarxistas– que en Alemania y Rusia aspiraban a vincular las dos revoluciones del siglo: la primera apuntada a transformar al sujeto mediante la exploración del inconsciente, la segunda con voluntad de transformar la sociedad a través de la lucha colectiva”.

[8] En este sentido resulta fastidiosa la arrogancia con la que trata la biografía de Emilio Rodrigué, que tiene el mérito de poner el acento en varios de estos tópicos omitidos por la autora. Rodrigué, Emilio, Sigmund Freud. El siglo del psicoanálisis, Bs. As., Sudamericana, 1996.

1 comment

  1. Lebowski 17 enero, 2016 at 19:53 Responder

    Habia un psicoanalista italiano que tenia una paciente que no avanzaba con el tratamiento. Se le ocurrió llevarla a Viena y presentarle a Freud. La paciente viajo acompañada de su padre que era amigo de Mussolini. Despues de las presentaciones le pregunta a Freud que libro podría llevarle de obsequio al regresar a Italia.
    Freud se acerca a su biblioteca, toma su libro “Por que la guerra?” y escribe la siguiente dedicatoria:

    “A Benito Mussolini, con el saludo respetuoso de un anciano que reconoce en la persona del dirigente a un héroe de la cultura” Viena 26 de abril de 1933. (la existencia de esta dedicatoria esta reconocida incluso por Ernest Jones, biógrafo oficial de Freud) ¿Increible no?

    Thomas Szasz, exponente de la antipsiquiatria:

    “El psicoanálisis y la psiquiatría dinámica son un medio para oscurecer y enmascarar los conflictos políticos y morales, considerándolos meros problemas personales.”

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