Década ganada… para los bancos

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GASTÓN RAMÍREZ Y EMILIANO TRODLER

Número  15, noviembre 2014.

Tras el colapso de la convertibilidad, los bancos, junto con las privatizadas, estaban entre los sectores empresarios más odiados. No podía ser de otra manera: la quiebra de la convertibilidad se encauzó con una megadevaluación y un zarpazo a los ahorristas, apenas una década después de que la crisis hiperinflacionaria condujera también a una confiscación de depósitos.

 

El período de florecimiento de los bancos parecía llegar a su fin. Y sin embargo… Bajo el “modelo K”, el sistema bancario ha conquistado el podio mundial de rentabilidad, liderando el ranking mundial que elabora el FMI, que compara las entidades según los indicadores de desempeño más comúnmente utilizados: la evaluación de la Rentabilidad sobre Patrimonio Neto (ROE) y la Rentabilidad sobre Activos (ROA). Con una ROA que según el más reciente informe sobre bancos presentado por el Banco Central (BCRA) acumulaba en agosto el 4,5 % en los últimos doce meses, el sistema financiero argentino presenta la rentabilidad más alta de los países que conforman el grupo G-20.

Un 84 % por encima de Indonesia, que en 2013 ocupaba el segundo lugar, y muy lejos de las plazas financieras más importantes del mundo. Si para el año 2003 la ROE promediaba el 7 %, esta irá creciendo hasta alcanzar un pico del 29,5 % hacia fines de 2013, con un salto espectacular al 38,3 % en junio de 2014. Un margen muy superior al de la convertibilidad, cuando la ROE promediaba el 16 %. Dentro de las 20 empresas más ganadoras, 6 son bancos. Estos tipos sí que se la llevaron con pala durante la última década.

El récord de ganancias es aún más llamativo por el volumen limitado de operaciones del sistema bancario argentino, donde el apalancamiento crediticio –utilización de créditos para sostener nuevas actividades financieras o económicas– se encuentra entre los más bajos del mundo. ¿Cómo fue que los bancos hicieron semejantes ganancias bajo las nuevas condiciones impuestas por el fin de la convertibilidad y la imposibilidad de acceso al crédito internacional tras el default de 2002?

 

Corralito, Corralón y Compensación

Robar un banco es un delito, pero más delito es fundarlo”.

Bertolt Brecht

 

El sistema bancario y financiero hacia fines de 2001 atravesaba una situación apremiante en la cual se avizoraba un horizonte de incumplimiento frente a los depositantes. Esto ocurría en un contexto de fuerte presión sobre el país por parte de los capitales financieros y los mismos bancos, ante el endeudamiento en dólares incontrolable que demandaba la convertibilidad para sostenerse. El gobierno tomó créditos millonarios con el exterior a tal fin, el denominado “Blindaje” y posteriormente el “Megacanje”. Este último no solo acrecentó la deuda en más de 55 mil millones de dólares, y aún hoy sigue investigado en la justicia –aunque absolvieron a su artífice Domingo Cavallo–; a los siete bancos que participaron –Banco Francés, Santander Central Hispano, Galicia, Citigroup, HSBC, JP Morgan y Credit Suisse First Boston– les generó comisiones por 150 millones de dólares. A la vez David Mulford, titular del Credit Suisse First Boston, obtuvo 20 millones de dólares para él.

Sin embargo, la fuerte fuga de dólares en la cual los bancos jugaron un papel central, y una economía aplastada tras más de 4 años de recesión, aceleraron la crisis. Así implementaron, entre otras medidas financieras, una restricción al retiro de los depósitos en todas las cuentas y plazos fijos, el famoso y tristemente recordado “corralito” mediante el cual se intentó preservar el negocio de los bancos. Estas decisiones aceleraron la crisis y la economía se vino a pique.

Tras la salida del gobierno de De la Rúa y el fin de la convertibilidad en enero de 2002 dispusieron, entre otras medidas, un nuevo control sobre los depósitos, el “Corralón”, y un cronograma de devolución del dinero retenido en los bancos bajo un sistema conocido como “pesificación asimétrica”. Esta propuesta ideada por la UIA implicó una devolución de los depósitos a un tipo de cambio de $ 1,40 por dólar depositado, más un coeficiente de estabilización de referencia, y a los deudores financieros se les exigía la devolución de sus deudas a $ 1 por cada dólar adeudado. Un formidable salvataje a la gran burguesía argentina, que con la devaluación había acumulado pasivos imposibles de afrontar. Ante el malestar de los bancos, decidieron compensarlos con bonos del Estado Nacional debido a esta diferencia entre los pesos que devolvían por los depósitos y los que recibían por los deudores. Así, la banca que estuvo detrás de los movimientos previos a la salida de la convertibilidad, siendo parte de la fuga de capitales, luego se declaró en quiebra y fue compensada con sumas millonarias por el Estado.

Kirchner respetó las negociaciones con los bancos que pactaron Remes Lenicov y Lavagna como ministros de Duhalde y siguió pagando los bonos de compensación. Bajo un nombre rimbombante, toda esta maniobra no fue otra cosa que un nuevo otorgamiento de un seguro de cambio tardío para los grandes capitalistas, concretado mediante una compensación a los bancos por la pesificación uno a uno.

 

“Modelo” de crecimiento de las ganancias bancarias

Pero la pesificación asimétrica de 2003 fue además el punto de partida para que el sistema bancario comenzara un nuevo ciclo de negocios.

A partir de ese año los depósitos comienzan a recuperarse moderadamente y en 2005 recién lo hacen los préstamos. El 2005 será el primer año de rentabilidad anual positiva para el sistema financiero luego de la crisis de 2001. La reactivación de la intermediación financiera en los primeros años de la recuperación económica iniciada en 2003 va a ser contundente, con tasas de crecimiento anuales superiores al 30 %. Serán las líneas de crédito orientadas al consumo las que crecerán muy por encima del promedio, a una tasa anual del 60 %. Entre 2003 y 2007, el volumen de préstamos personales se va a multiplicar 8,6 veces; mientras que la deuda de titulares de tarjetas de crédito va a crecer 4,7 veces en solo cuatro años. Se observa entonces un crecimiento formidable del negocio de los préstamos, con especial dinamismo en el segmento orientado al consumo por sobre los préstamos a la producción de las empresas1.

Un análisis de la composición de las ganancias de los bancos arroja que en 2005 los “resultados por intereses” van a representar el 38 % del margen financiero bancario y ya para el año 2008 el peso relativo de este rubro aumentará notablemente al 46 %. Pero el aumento inmediato de la rentabilidad no solo va a ser consecuencia del crecimiento del volumen del negocio, sino también por las tasas de interés usurarias que van a cobrar los bancos y que van a ser convalidadas por el BCRA. En estos años, el sistema bancario se va a ver favorecido por un aumento extraordinario del spread de intermediación financiera. Es decir, el margen bruto que obtiene entre la tasa de interés pasiva que paga por los depósitos y la tasa de interés activa que cobra por los préstamos. Este margen va a ser incluso más alto que bajo el régimen de la convertibilidad. Si durante el período 1995-2001 el spread promedio va a ser de 10,45 %, para el año 2004/5 se va a ubicar en 13,21 %.

El poder de un sistema concentrado en unos pocos bancos hace que ante cada viraje en la economía, el traslado de los costos al margen de intermediación sea inmediato. Durante el primer año de la crisis financiera internacional, en 2008, el spread va a alcanzar un pico del 20 %. En 2011, con la instauración del cepo, va a pegar un nuevo salto hasta alcanzar un 22,7 %. Finalmente va a alcanzar su máximo histórico de 24,2 % luego de la devaluación de enero de 2014. Se trata de maniobras bancarias para cubrirse del efecto inflacionario de la devaluación, que tendrán un efecto expropiatorio directo sobre el deudor asalariado. Una enorme transferencia de recursos por la cual entre 2008 y 2013, las ganancias netas del sistema bancario van a pasar de $ 4.757 millones a $ 29.143 millones, un salto de 512 % en solo cinco años.

 

Sistema raquítico

Las reforma financiera liberalizadora (ver “La vigencia de una reforma de la dictadura” en este dossier) se implementó con el argumento de que ayudaría al desarrollo del sistema financiero, permitiendo el crecimiento de los depósitos y créditos en relación con el tamaño de la economía. Pasados más de 35 años de la misma, observamos que un rasgo peculiar del sistema financiero argentino sigue siendo el raquitismo del crédito en relación al PBI, lo que se denomina “profundidad financiera”. Desde el 2003 en adelante, esta proporción va a promediar el 15 %. Un nivel muy por debajo de los países más ricos (160 % del PBI), del resto de América Latina (40 %), e incluso inferior al de los países más pobres del mundo (20 %). Este indicador, muestra que el negocio de los bancos, lejos de pasar por acrecentar el volumen de crédito, corre por otros carriles.

El ratio entre créditos al sector privado y depósitos de la Argentina para el 2011 se ubicaba en 0,72. Es decir que por cada peso que entra vía depósitos, el sistema bancario presta 0,72 centavos. Un nivel que se encuentra incluso por debajo de países como Chile (1,62) o Paraguay (1,39), y que es indicador del muy bajo apalancamiento y exposición del sistema bancario, como mencionamos antes. Al mismo tiempo, el crédito al sector manufacturero va a mantener una tendencia decreciente desde principios de los ‘90, promediando el 20 % del total de las financiaciones. La baja profundidad financiera suele ser un rasgo común al conjunto de las economías atrasadas y dependientes. Está vinculada al bajo nivel de formación bruta de capital y empresas que orientan sus estrategias de negocios en base a ciclos cortos de alta valorización del capital con bajos niveles de apalancamiento.

Particularmente en el caso de la Argentina, la acumulación de capital se ha caracterizado en diversos períodos históricos por estar por detrás de las posibilidades que permitiría la tasa de rentabilidad, configurando lo que puede definirse como una “subacumulación”2. Desde los años ‘80 esto se acentuó y se combinó de forma creciente con una tendencia a la dolarización de activos que caracteriza especialmente a los estratos más altos de la burguesía argentina3.

Esto se agrava porque el sistema bancario, híperconcentrado y extranjerizado, está orientado a valorización de bajo riesgo, plazos cortos, y a altas tasas de interés. Es decir, un sistema bancario que tiende a “estrangular” al conjunto de la economía, pero que está hecho a imagen y semejanza de una burguesía local sin ningún interés por el desarrollo industrial. Para el año 2013/2014, el nuevo escenario de incertidumbre cambiaria y presiones inflacionarias va a dar lugar a un creciente peso de la rentabilidad vía especulación con títulos públicos y divisas, así como con las letras del Banco Central, con efectos de generar un racionamiento aún mayor sobre el volumen de disponibilidades orientadas al crédito. La devaluación de enero de 2014, un nuevo golpe a los bolsillos del pueblo trabajador, será al mismo tiempo una enorme transferencia de recursos hacia el sistema bancario.

En 2014 la especulación con divisas y bonos del Estado van a ser los protagonistas de un nuevo salto en la rentabilidad del sistema bancario. La ROE bancaria va a pasar del 29,5 % al 37,6 %. Los aumentos más espectaculares se van a dar en los rubros “diferencias de cotización” (164 %) y “resultados por títulos valores” (103 %). El ROA acumulado de los últimos doce meses fue de 4,5 %, lo que se ubica 1,6 puntos porcentuales por encima de lo acumulado durante igual período considerado a agosto de 2013. En un año este indicador mejoró nada menos que un 50 %.

 

“Aversión” a los préstamos

Sobre estas características del sistema financiero local opera una estrategia de fondo que viene de larga data. Ante la volatilidad cambiaria propia de una economía dependiente marcada por los ciclos denominados de stop and go, propiciados por la alternancia de épocas de abundancia y escasez de dólares, se va a reforzar una orientación hacia el cortoplacismo de las nuevas colocaciones de dinero de los bancos. De hecho, el fondeo por depósitos a largo plazo va a ser prácticamente inexistente en el sistema bancario argentino4.

Según un informe del CEFID-AR, la fuga de capitales, que pega un salto a partir de 2007, va a elevar las tasas pasivas (las que se pagan por los depósitos o préstamos entre los bancos) a raíz de que los bancos van a cubrirse de la rentabilidad que pueden perder a medida que aumentan los riesgos devaluatorios. Este proceso, a su vez, provoca una suba de las tasas activas para mantener el spread o margen de ganancia de los bancos, provocando un racionamiento del crédito ya que hay sectores que al encarecerse el financiamiento se les hace imposible acceder al mismo. El secreto está en que los bancos, aunque presten menos dinero, ganan igual o más que antes. A su vez, la estrategia de los bancos es mantenerse lo más líquidos posibles, o sea, sostener todo el dinero disponible de los depósitos dentro de los bancos y orientarlo a activos más rentables que los préstamos al consumo y a las empresas. Aunque los bancos vienen ganando millones con ellos, las inversiones en activos denominados en dólares u otras monedas son los más atractivos en épocas de turbulencia cambiaria. Por ello prefieren evitar prestar el dinero de los depósitos al consumo y a las empresas con tal de preservarlo para la inversión en el exterior. Un proceso que retroalimenta la fuga y las presiones devaluatorias.

 

El negocio de la deuda pública y los dólares

Como mencionábamos antes, otra de las fuentes de ingresos para los bancos será el de la especulación con bonos y divisas. Luego de la estatización de las AFJP en 2008, una medida orientada a hacerse de la caja de jubilaciones, cuando el superávit fiscal comenzaba a evaporarse el Estado nacional inicia un espiral de endeudamiento altamente rentable para el sistema bancario.

Entre 2008 y 2009 el margen financiero por “títulos valores” va a pasar de $ 4.398 millones a $ 11.000 millones, un primer salto de 150 % en tan solo un año. El peso relativo de las colocaciones del BCRA (Lebac/Nobac) en el margen financiero del sistema bancario va a pasar del 50 % en el año 2005 a un 76 % en julio de 2014. Es que en la medida que los fondos del ANSES van mostrando un límite para cubrir un déficit fiscal creciente, y la colocación de títulos públicos en bancos estatales empieza a reñir con las disponibilidades de liquidez necesaria para su normal funcionamiento, será el BCRA el garante en última instancia de un metabolismo financiero cada vez más inestable.

El déficit fiscal creciente va a colocar al Tesoro Nacional en una situación de completa incapacidad para devolver los adelantos del BCRA. A la vez, la administración de la política monetaria ha obligado al BCRA a emitir letras validando tasas de interés más elevadas, lo que representa un aumento del déficit cuasi fiscal al mismo tiempo que se alimentan las ganancias bancarias. La deuda que contrae el Tesoro con el BCRA para usar reservas mediante el llamado Fondo de Desendeudamiento, engrosan los pasivos que el fisco hoy no está en condiciones de saldar, contribuyendo así al deterioro en la

hoja de balance del BCRA.

Por esta razón, en lo que va de 2014 los bancos incrementaron en un 71 % la tenencia de títulos públicos en cartera, la cual asciende a $ 241.932 millones. La mayor parte de estas colocaciones corresponden a Lebac ($ 186.333 millones). Y la mitad está en manos de bancos privados locales y extranjeros. Como resultado, el sistema bancario va a empezar a jugar un rol cada vez más importante en el financiamiento en última instancia del sector público con cuotas de poder crecientes sobre el sistema financiero en su conjunto.

Una norma histórica del sistema bancario ha sido la “exposición al sector público”; es decir, que en la estabilidad/inestabilidad monetaria los grandes bancos han jugado siempre un rol determinante. Este rasgo, que pareció revertirse durante los últimos años, vuelve a aparecer hacia el fin de ciclo del modelo K. La rentabilidad por “diferencias de cotización”, que en su mayor parte corresponde a la especulación con divisas, van a promediar el 11 % del margen financiero durante la última década. Sin embargo, en el año 2013 y 2014 van a dar un salto espectacular a partir de la devaluación de la moneda. Si en 2013 los ingresos por este rubro ascenderán a $ 11.200 millones (un salto del 173 % respecto de 2012), en los primeros 6 meses del 2014 ingresará el mismo volumen que durante todo el año anterior.

Si bien el gobierno ha encarado una política de control sobre las “cuevas”, Banco Galicia, HSBC, Banco Santander, Hipotecario, Macro, entre otros, encabezan los principales agentes de operación en el Mercado Abierto Electrónico (MAE) donde se compran y venden todo tipo de acciones y bonos, una información que es pública, aunque el gobierno empezó hace un mes a tomarla en cuenta preocupado por la fuga de dólares.

 

Un sistema que solo sirve a las ganancias bancarias

Cada formación capitalista tiene el sistema financiero que “se merece”, es decir el que se ajusta al proceso de acumulación que se lleva a cabo en su esfera nacional. En la Argentina, como en todo el mundo, el sistema financiero se moldeó en las últimas décadas jerarquizando la vehiculización de ganancias rápidas tanto del capital productivo como del abocado a operaciones financieras. También fue una pata fundamental para la estrategia de colocación de fondos en activos a resguardo de los vaivenes de la economía local, es decir la fuga de capitales, y hay evidencias del involucramiento de entidades (particularmente el HSBC) en maniobras de lavado de dinero.

Con gran preponderancia de grandes instituciones internacionales, a quienes cualquier desarrollo del crédito de largo plazo en el país no podía ser más ajeno, y con una regulación que permite a los bancos definir la estrategia de toma de dinero y de préstamos como les resulte conveniente, este sistema no puede reconvertirse si no es cambiándolo de raíz. La única manera de establecer un verdadero control del destino de los fondos, cortar las maniobras de fuga y el lavado de dinero, es mediante una nacionalización de todos los depósitos, conformando una banca estatal única bajo control de los trabajadores. Para transformar el bastión de la fuga y la especulación del que se sirve toda la burguesía, en un vehículo para centralizar y canalizar el ahorro nacional hacia inversiones que respondan a las necesidades de infraestructura y vivienda que resultan invariablemente postergadas.

 

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1. La reconfiguración del sistema bancario con un sesgo al consumo no es un rasgo exclusivo del “modelo K”, sino que constituye una tendencia que comienza desde principio de los ‘90 y que va de la mano de la precarización laboral, con la proliferación de tarjetas de crédito y expansión del negocio crediticio a los sectores más empobrecidos (y a la vez más rentables) de la población. Tampoco es un fenómeno de origen nacional; la expansión del endeudamiento de los hogares para estimular la demanda agregada constituye una tendencia del capitalismo a nivel internacional. Diversos economistas marxistas señalan el potencial desestabilizador de esta forma de “apalancamiento” para el capital agregado que reporta enormes beneficios para la banca y permite dinamizar la circulación del capital, pero que, a diferencia del crédito a la producción, es intrínsecamente incapaz de generar las bases de repago.

2. Ver al respecto Esteban Mercatante, “La Argentina, a 10 años de la salida de la convertibilidad: contradicciones recurrentes para la continuidad de la acumulación capitalista. Una mirada desde la teoría marxista”, en www.ips.org.ar, agosto de 2012.

3. En la actualidad hay estimaciones que ubican el monto de activos de residentes argentinos en el exterior en 400 mil millones de dólares, es decir, un monto equivalente al PBI de la Argentina (James Henry, Informe de Tax Justice Network, julio de 2012).

4. David A. Mermelstein, “El sistema bancario argentino frente a la crisis financiera global”, en María Teresa Casparri (comp.), Impactos de la Crisis Financiera Internacional en la Argentina, vol. 2, Buenos Aires, UBA, 2009.

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