¿Década ganada o década perdida? Esa no es la cuestión

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JUAN IÑIGO CARRERA

Centro para la Investigación como Crítica Práctica

Número 24, octubre 2015.

 

¿Década ganada? ¿Década perdida? Es norma en el debate comparar el período del 2003 al presente con el período de la convertibilidad, 1991-2001. Pero el debate se vuelve abstracto si no se especifica desde el punto de vista de quién se contabiliza la ganancia o la pérdida. Así que empecemos con el conjunto de la población nacional. El valor per cápita del PBI, expresado en moneda de poder adquisitivo constante, durante el período 2003-2014 supera en 19 % al de 1991-2001. Hasta aquí parecería que década ganada.

Pero sabemos que la población se torna una abstracción si prescindimos de las clases sociales. Empecemos con los propietarios de la tierra agraria. En la década en debate, la renta total de la tierra agraria apropiada en Argentina se multiplicó por 1,8, o sea casi se duplicó, respecto del período neoliberal. Pero no toda ella es apropiada por los terratenientes. En 1991-2001, sobrevaluación de por medio, éstos apropiaban solo el 25 % de la renta total. En 2003-2013, no solo creció la renta, sino que pasaron a apropiar el 50 % de ésta. De modo que la renta apropiada por los terratenientes se triplicó, estrictamente 3,6 veces en moneda de poder adquisitivo constante. ¡Década ganadísima para los terratenientes agrarios! Por mucho que se lamenten por las retenciones, las regulaciones directas y la sobrevaluación creciente del peso, le deben al odiado “modelo” haberse quedado con el grueso de la renta multiplicada.

Pasemos a la clase de los propietarios de los capitales del sector industrial. Durante la convertibilidad, su tasa de ganancia anual se ubicaba en el 11,5 %; en el promedio de 2003-2013, subió al 16,8 %. Esto es, su tasa de rentabilidad se multiplicó casi por 1,5. ¡Década ganada para los capitalistas del sector industrial! Bueno, al fin y al cabo, ¿acaso el “modelo” no se basa en que la burguesía nacional es el sujeto social clave para el desarrollo económico independiente del imperialismo y los monopolios? Si este es el objetivo perseguido, entonces cómo explicar que de la encuesta de grandes empresas se desprenda que durante 1993-2004 el 35 % del PBI industrial correspondía a capitales extranjeros, mientras que en 2004-2009 esa proporción haya crecido al 45 %. ¡Década ganada para los capitalistas industriales extranjeros, que operan en Argentina con una productividad que apenas alcanza a 1/5 de la que ponen en acción en sus propios países!

Los acreedores externos del Estado nacional constituyen otra porción de capitalistas extranjeros. Ahora sí, parecería que éstos tienen que haberse perjudicado con la quita hecha al renegociarse la deuda pública externa en la última década. Durante 1991-2001, se devengaron 53 mil millones de dólares de intereses a favor de dichos acreedores; en 2003-2014 los nuevos intereses devengados fueron menores, 43 mil millones. Pero durante la convertibilidad los acreedores no pudieron realizar su cobro. Al contrario, debieron dejarlos pendientes y acumularlos en el saldo de la deuda. Más aún, debieron ingresar otros 16 mil millones a la economía nacional por encima de esos intereses. En cambio, durante el segundo período, los acreedores del Estado nacional se encontraron con que, en vez de promesas de pago de un deudor insolvente, ahora recibían los intereses devengados en moneda contante y sonante. Y no por ello las tasas de interés resultaron menos leoninas. ¡Década ganada para los capitalistas acreedores externos del Estado nacional! Y ni hablar de buitres y otras alimañas, así como tampoco del reinicio de la fase de acumulación de deuda a partir de 2014.

Nos resta considerar la cuestión desde el punto de vista de la clase de los trabajadores. En 2003-2014, el salario real industrial superó en 35 % al de 1991-2001. Se diría que década contundentemente ganada para los trabajadores industriales. Pero todo es relativo. En 2014, este salario tenía que aumentar todavía otro 24 % más, apenas para alcanzar el nivel que tenía en 1974, o sea, 40 años atrás. Y si esto ocurre con el salario real industrial, la evolución del salario promedio de la economía nacional resulta inequívoca. ¡En 2003-2014, cae un 4 % respecto de 1991-2001! Peor todavía: en los 40 años que van de 1974 a 2014, el empleo total aumentó 79 %, pero la masa total del producto social apropiada por los trabajadores se redujo en 4 %, porque el poder adquisitivo del salario promedio se redujo al 54 % de lo que era. No se trata ya de una década ganada o perdida. Se trata de un proceso de pauperización general de la población trabajadora argentina.

Es que la propia pregunta acerca de si década ganada o perdida no pasa de ser una abstracción en sí misma. La verdadera cuestión reside en la pregunta acerca del carácter específico del proceso nacional argentino de acumulación de capital, que se expresa bajo las formas concretas expuestas.

La especificidad de economías nacionales como la de Argentina (y, dicho sea de paso, de la generalidad de los países de América Latina) reside, primero, en el aflujo de una masa de renta de la tierra, diferencial y de simple monopolio, realizada en el mercado mundial y, segundo, en la realización interna de las mismas rentas. En nuestro caso, se trata centralmente de renta portada en la producción agraria pampeana.

La estructura económica argentina ha sido engendrada históricamente, y se reproduce continuamente, de modo que dicha renta fluye hacia tres beneficiarios. Primero, hacia los propietarios de la tierra. Pero no lo hace de manera íntegra. La mediación de la acción del Estado nacional hace que una segunda porción fluya hacia los capitalistas acreedores externos del Estado, quienes no solo recobran el capital prestado, sino que lo hacen percibiendo tasas de interés marcadamente mayores a las obtenidas de otros Estados incluso menos solventes que el argentino.

Gracias a la misma mediación del Estado nacional, una tercera porción es apropiada por capitales industriales extranjeros. La condición para ello es operar en el país produciendo en la escala de su mercado interno. Dado lo relativamente restringido de éste, la escala con que operan hace que la productividad del trabajo que ponen en acción se ubique crecientemente por debajo de la que estos mismos capitales utilizan para competir produciendo para el mercado mundial desde otros espacios nacionales. Sin embargo, su tasa de ganancia en el país, no es menor que la que obtienen en esos otros espacios, sino que suele superarlas. Como cualquier capital industrial, la base de su valorización reside en la extracción de plusvalía a sus obreros. Pero compensan su escala restringida sobre varias bases: la recuperación de renta de la tierra; la recuperación de la chatarra descartada en donde operan con la escala mundial normal y que aquí pasa por ser la última palabra de la vanguardia técnica; la apropiación de una porción de plusvalía que los pequeños capitales nacionales extraen a sus obreros, pero que se les escapa en la competencia y queda retenida en poder de los capitales en cuestión; la remisión de sus ganancias apropiadas internamente que se multiplican al pasar por la mediación cambiaria hacia el exterior cuando la moneda nacional está sobrevaluada; el abaratamiento de la fuerza de trabajo nacional por el efecto que tienen las retenciones, la sobrevaluación del peso y la regulación directa del Estado sobre los precios internos de las mercancías agrarias que directa o indirectamente entran en el consumo obrero. Pero, por sobre estos cursos de compensación, se abre paso de manera sostenida la compra de la fuerza de trabajo nacional por debajo de su valor. Basta con ver las evoluciones señaladas más arriba respecto de los salarios reales para que el peso creciente de esta base se ponga crudamente de manifiesto.

La clave de la especificidad de la acumulación argentina de capital tiene en su base a la renta de la tierra agraria. Y ésta experimenta fluctuaciones agudas, por la subordinación de la productividad del trabajo agrario a fenómenos naturales y por los vaivenes de la acumulación mundial de capital. Cuando sube la renta, se multiplica el aflujo de riqueza social, potenciando de por sí la actividad económica en general. Pero la verdadera cuestión pasa por la acción del Estado nacional para hacer fluir una porción adicional de la renta hacia los capitales industriales extranjeros que compensan con ella su fragmentación para operar en la escala del mercado interno. Crece entonces el empleo, suben los salarios (aunque cada vez más, apenas frenan su caída) y resurgen los pequeños capitales nacionales. A su vez, con la multiplicación de la renta, llega el momento para los acreedores externos del Estado argentino de recuperar el capital que le ha prestado, junto con sus suculentos intereses. Pero con la oscilación de la renta hacia la baja, llega la contracción, se agudizan el desempleo y la precarización laboral, y caen los salarios reales. Los capitales industriales extranjeros sostienen su acumulación con esta caída, su avance sobre los pequeños capitales nacionales, la privatización de las empresas públicas y el sostén que les otorga el Estado apelando desesperadamente a endeudarse en el exterior. Cosa que hace a las tasas extraordinariamente altas, que se justifican ideológicamente invocando la situación de insolvencia en que se encuentra por entonces la economía nacional. Y el ciclo se regenera una vez más.

De ahí la contraposición entre las expresiones políticas que encarnan uno y otro momento. Las que dan forma al auge, se presentan como portadoras de la necesidad de avanzar activamente sobre la renta de la tierra en oposición a los terratenientes, de la potencialidad de un proceso sostenido de desarrollo industrial dentro del país, de la expansión del empleo y de la perspectiva más o menos cierta o aparente del aumento del salario real. Al mismo tiempo, la cancelación de los préstamos recibidos junto con el pago de sus intereses leoninos aparece ideológicamente invertido como un proceso de “desendeudamiento”. De ahí que esta fase tenga por expresión política más plena un movimiento que se presenta como el abanderado de los intereses populares en pos del desarrollo industrial independiente y la afirmación de la autonomía nacional.

A la inversa, las expresiones políticas portadoras de la fase contractiva, aparecen como la expresión del ajuste que responde a la “racionalidad del mercado” frente a los desbordes populistas de la fase anterior, que expanden el endeudamiento público externo bajo el discurso de la apertura de la economía nacional a la inversión externa, ávida de contribuir al desarrollo del país. De ahí que tenga por manifestación más pura al neoliberalismo. Sin embargo, por más que se presenten como opuestos absolutamente antagónicos, el mismo hecho de engendrarse una y otra vez recíprocamente, los pone en evidencia como las dos caras necesarias de la forma específica que tiene este proceso nacional de acumulación de capital en su unidad.

Lo que encierra esta unidad es que, cualquiera sea el momento en que se encuentre, los capitales productivos que operan en Argentina adolecen de una condición común. En primer lugar, las formas necesarias de apropiación de la renta por los socios de los terratenientes (retenciones, sobrevaluación, regulación directa del comercio) restringen la aplicación intensiva y extensiva del capital agrario sobre la tierra, al ubicar al precio interno de las mercancías agrarias por debajo de los vigentes en el mercado mundial. En segundo lugar, los capitales industriales que operan en el país operan técnicas productivas que han quedado atrás en el desarrollo mundial de la productividad del trabajo. Los pequeños capitales nacionales, porque carecen de la escala necesaria para participar en ese desarrollo. Los capitales extranjeros que efectivamente tienen la escala para participar en el mismo desarrollo, colocan en Argentina fragmentos suyos intencionalmente restringidos y que operan con la tecnología ya superada por ellos mismos en los países en que lo hacen de modo normal. En consecuencia, el proceso nacional de acumulación solo alberga capitales que son en sí mismos la negación del desarrollo de las fuerzas productivas del trabajo social bajo su forma histórica actual.

Tal como Marx lo expresa textualmente, la clase obrera es atributo de su propia relación social enajenada, o sea, del capital. Y cada fragmento nacional de la clase obrera es atributo específico de su proceso nacional de acumulación de capital. Como tal, la clase obrera argentina tiene como condición para la reproducción inmediata de su vida, la reproducción del capital que valoriza con su trabajo, cualquiera sea la especificad de ese capital. Por eso, la fase de contracción no necesita ya tomar forma mediante una dictadura militar sino que puede hacerlo hasta mediante la acción del gobierno democrático brotado de la voluntad popular. Así, el mismo partido de gobierno que expresó la fase de auge, ya es portador, tanto de la caída del salario como de la regeneración de la deuda pública externa a altas tasas y del estrangulamiento del sector industrial mediante la fuerte sobrevaluación del peso. Pero basta con ver a los candidatos a presidente con posibilidades de ser electos para darse cuenta que la fase en cuestión apenas está comenzando.

Por todo esto le urge a la clase obrera argentina desarrollar una organización política que, a partir de reconocer la especificidad expuesta y el modo en que ésta determina su ser social y, por lo tanto su conciencia, avance en una acción que revierta esa especificidad desde su raíz, y que, tomando su relación social enajenada en sus propias manos, la convierta en una potencia para el desarrollo de las fuerzas productivas del trabajo en pos de la superación del modo de producción capitalista.

 

Nota: Los datos presentados se basan en mi libro La formación económica de la sociedad argentina. Volumen 1. Renta agraria, ganancia industrial y deuda externa, con las series estadísticas actualizadas utilizando los mismos criterios y fuentes allí expuestos, salvo para el IPC, que a partir de 2007 corresponde a una fuente provincial.

Septiembre de 2015.

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