Debates revisitados con el postmarxismo

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CLAUDIA CINATTI

N.2, agosto 2013

Escrito bajo el impacto de los primeros embates de la ofensiva reaganiano-thatcherista, ¿Una política sin clases? El postmarxismo y su legado, de Ellen Meiksins Wood, aborda la discusión con los intelectuales que, producto de las derrotas de los años 70, inician una cruzada contra el marxismo. Su reedición habla de la vigencia de estos debates.

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A pesar de haber transcurrido casi treinta años desde la primera edición en inglés de ¿Una política sin clases? El postmarxismo y su legado1, las principales polémicas que desarrolla Ellen Meiksins Wood con una variedad de intelectuales de pasado izquierdista (E. Laclau, N. Poulantzas, G. Stedman Jones, entre otros), conservan una asombrosa actualidad. La centralidad de la lucha de clases en los procesos históricos, el rol hegemónico de la clase obrera en la revolución social, o el debate en torno a la supuesta autonomía y neutralidad del Estado en las sociedades capitalistas y su destino en las sociedades de transición (posrevolucionarias), siguen siendo las claves estratégicas de todo proyecto revolucionario que aspire a la construcción del socialismo.

Este libro, escrito bajo el doble impacto de la huelga minera británica de 1984-85 y de los primeros embates de la ofensiva reaganiano-thatcherista, aborda tempranamente la discusión con los intelectuales que, producto de las derrotas de los años ‘70, habían iniciado su cruzada contra el marxismo, profundizada tras el colapso de los regímenes comunistas. Hace tiempo que la corriente “posmarxista” con la que discute la autora ha dejado de existir. Sus principales exponentes han roto toda referencia –si es que alguna vez la tuvieron– con el marxismo y toda pretensión de sostener una “estrategia socialista” aunque más no sea por la vía utópica de la extensión de la democracia burguesa como mecanismo de transformación gradual del Estado capitalista. Es el caso de Ernesto Laclau, que con su teoría de la “razón populista” devino el filósofo de cabecera de los Kirchner.

Sin embargo, sus postulados se transformaron en un sentido común conservador, típico de la reacción ideológico-política de las décadas de la restauración neoliberal. Aunque las condiciones actuales son muy distintas, empezando por la crisis capitalista que ha puesto en cuestión el triunfalismo burgués, y siguiendo por el retorno de la lucha de clases, la influencia posmarxista aún se siente en sectores de la izquierda que han reemplazado la estrategia del poder obrero por la de “radicalizar la democracia”, reactualizada a la luz del surgimiento de variantes neoreformistas como Syriza en Grecia o el Front de Gauche de J.L. Mélenchon en Francia. Esto hace que su lectura crítica siga aportando elementos teóricos de interés para los debates actuales en el marxismo revolucionario.

 

El nuevo “Socialismo Verdadero”

La principal tesis de Meiksins Wood es que la corriente postmarxista es el equivalente en el siglo XX al “socialismo verdadero” (o socialismo alemán) que critican Marx y Engels en el Manifiesto Comunista: esto es, una variante reaccionaria que había transformado la literatura socialista francesa en una abstracción, una “fantasía filosófica” al servicio del poder conservador en la que los intereses del proletariado eran sustituidos por los intereses de la humanidad en general.

Efectivamente, este Nuevo Socialismo Verdadero se caracterizó por reafirmar la autonomía absoluta de la ideología y la política de toda condición material y, en particular, de toda relación de» clase, postulando la construcción discursiva de lo social. Estas ideas no son originales sino que tienen sus antecedentes en los “aparatos ideológicos del Estado”y la “interpelación ideológica” de L. Althusser, y en la teoría de las clases y el Estado de su discípulo, Nicos Poulantzas. La autora señala como contexto histórico de este giro el pasaje de la influencia maoísta post 1968 al surgimiento del eurocomunismo, que supuso la adopción por parte de los partidos comunistas de una estrategia explícitamente reformista, cuyo propósito era “penetrar” el Estado burgués mediante elecciones y “transformarlo desde adentro”. Podemos agregar que, siguiendo la tradición de Bernstein y de la socialdemocracia, para el “nuevo socialismo”, la democracia es indeterminada, no tiene un carácter de clase, por lo que no es necesario destruir el Estado burgués, sino que la transición al socialismo se limita a un proceso de reforma institucional y de radicalización de la democracia.

 

La hegemonía burguesa y la separación de lo político y lo económico

Meiksins Wood demuestra cómo el postmarxismo, al postular la autonomía absoluta de la esfera política con respecto a la económica, es tributario de la tradición liberal y del platonismo. Efectivamente, esta separación es uno de los fundamentos de la teoría política de H. Arendt, quien siguiendo a Platón, plantea que solo pueden dedicarse a la política quienes están liberados del trabajo material, y que cualquier revolución que se vea contaminada por la “cuestión social” está condenada a la degeneración.

Esta concepción lleva a la paradoja de que cuanto menos explotado se es, más se entiende el socialismo, lo que deriva inevitablemente en una concepción elitista, reservada a los intelectuales. Correctamente, Meiksins Wood sostiene que la separación entre lo político y lo económico es lo que permite a la burguesía ejercer su hegemonía.

A partir de aquí estructura su polémica con quienes sostienen que hay una contradicción entre el capitalismo, basado en la propiedad privada, y la democracia liberal, basada en la igualdad formal, más allá de la propiedad. Siguiendo a Marx, lejos de existir una contradicción, la libertad e igualdad jurídica son condiciones y partes fundamentales de las relaciones capitalistas.

 

Una vez más el Estado y la revolución

Si bien Meiksins Wood no suscribe la idea de que existe una continuidad entre liberalismo y socialismo, reconoce una lección que habría dejado el liberalismo, a saber, que incluso en una sociedad sin clases persiste el problema del Estado como forma del poder público y aparato de administración y que, por lo tanto, el socialismo requiere algún tipo de representación, es decir, de autoridad y de subordinación de unos a otros, aunque no se trate del dominio de clase. Meiksins Wood cita la discusión que hace Marx en la Crítica del Programa de Gotha contra la concepción de Estado Libre y su famosa pregunta de quién ejercerá en la sociedad de transición las funciones sociales análogas a las que asume el Estado. Indudablemente, el rol del Estado en cuanto a las “funciones sociales” luego de la toma del poder siguió siendo no solo una discusión teórica, sino un problema práctico. Basta con repasar textos clásicos de Lenin –como “La catástrofe que nos amenaza y cómo combatirla” o “¿Se sostendrán los bolcheviques en el poder?”– para ver la importancia estratégica que tenía esta reflexión para los marxistas, reafirmada por Trotsky tras la burocratización de la Unión Soviética y la consolidación del estalinismo.

La debilidad mayor del texto de Meiksins Wood quizás esté en que, llegado a este punto, la justificación de la necesidad del Estado surge de un análisis literario y abstracto de los textos de Marx y Engels, sin ninguna referencia a la experiencia histórica de las revoluciones proletarias concretas, incluida su degeneración estalinista, ni a la relación entre el Estado obrero de la fase de transición y el objetivo último del comunismo. Para Marx, el Estado que necesariamente surgiría tras el derrocamiento de la burguesía como expresión del proletariado como clase dominante y de su voluntad de reorganizar la sociedad sobre nuevas bases, era un Estado transitorio que contenía en sí mismo el germen de su propia extinción. Este es el fundamento de la definición que da Lenin en El Estado y la revolución, de un “semiestado proletario”, partiendo de que el desarrollo de la técnica, el avance cultural de las masas y la reducción progresiva de la jornada laboral simplificaban las tareas de administración y las ponían al alcance de la mayoría de los trabajadores. Las medidas de la Comuna de París: la destrucción del ejército y la policía y su sustitución por el pueblo armado, la liquidación de los privilegios materiales estableciendo que los funcionarios cobraran el salario de un obrero medio, los criterios de elegibilidad y revocabilidad de los mandatos, apuntaban a la liquidación de la maquinaria estatal. Los soviets de la revolución rusa fueron una expresión más acabada del nuevo poder constituyente en el que se basaría el (semi) estado proletario, que al fusionar la “democracia económica” con la “democracia política” y asumirse como instrumento de la revolución proletaria internacional, sentaban las bases de su propia extinción. El estalinismo al consolidar una burocracia totalitaria, cuyos privilegios emanaban del control estatal, y adoptar la política del “socialismo en un solo país”, fue la negación de esta dinámica. Se trata, justamente, de retomar la tradición del marxismo revolucionario que liga los pasos actuales al objetivo de la conquista del comunismo, como una nueva organización social de productores libres sin explotación, sin clases, sin dinero y sin Estado.

 

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1 Ediciones RyR, Buenos Aires, 2013.

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