De viejos y nuevos dogmatismos

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La crisis de las ideas y los intelectuales de la izquierda independiente

FERNANDO AIZICZON Y EDUARDO CASTILLA

Número 10, junio 2014.

 

Los intelectuales de la denominada izquierda independiente no ostentan décadas de trayectoria como figuras públicas, no escriben en publicaciones masivas ni son conocidos por bestsellers o irrupciones mediáticas al estilo de las que sus pares liberales o “nac&pop” practican. De allí que su peso en la esfera pública burguesa sea casi inexistente y –aunque no sean necesariamente “nuevos” en tanto intelectuales, ni se ubiquen en espacios ajenos a la academia– gustan de distinguirse por haberse conformado al calor de la rebelión popular del año 20011.

 

En efecto, a lo largo de la década pasada emergió un arco de intelectuales que tendió a definirse como parte de una “nueva generación”, y cuyos ejes de articulación fueron su oposición tanto al intelectual de academia como a la izquierda “vieja” o “tradicional”, a la que descalifican como ajena a las clases subalternas y sectaria frente a los procesos que en Latinoamérica expresan los avances del Socialismo del Siglo XXI y el Poder Popular.

Esta tendencia, referenciada en el anticapitalismo y los movimientos sociales que emergieron en la Argentina del 2001, incluye un vasto espectro de intelectuales que va desde aquellos pocos que intervienen en debates públicos, hasta quienes producen al interior del espacio de la Izquierda Independiente. Entre estos, citando sólo un par de ejemplos –quizás los más prolíficos– podemos mencionar a Miguel Mazzeo o Aldo Casas2.

Es posible enumerar una serie de tópicos que, grosso modo, constituyen núcleos de su perspectiva global: el rechazo al “dogmatismo” de la izquierda tradicional, adoptando como principio negar la centralidad de la clase obrera como sujeto revolucionario, lo que abre el paso a una pluralidad desjerarquizada de sujetos múltiples; el repudio a la forma-partido (jacobino-leninista) por “verticalista, autoritaria, elitista y vanguardista” y porque obstaculiza desarrollos genuinos, horizontales, participativos, necesarios en cada sujeto y organización; la reivindicación del Poder Popular contrapuesta a la idea del poder como un “objeto que se toma” mediante prácticas políticas “instrumentales”; la noción de cambio social en reemplazo de la idea de revolución, lo que permitiría una valoración positiva de procesos políticos abiertos o indefinidos, como el llamado Socialismo del Siglo XXI, sin diferenciar su dinámica de clase y cuya “incertidumbre” a la hora de caracterizarlos juega a favor de los mismos.

Estas definiciones se han convertido en los nuevos dogmas de la izquierda independiente. En el plano teórico, esta corriente abreva, lógicamente, en una pluralidad de vertientes combinadas de manera ecléctica, donde lo importante es demostrar diversidad por sobre la “estrechez” de alguna teoría que se precie de “infalible”. De allí que se produzcan entrecruzamientos de la tradición marxista –sin la “contaminación autoritaria” o “elitista” de Lenin o Trotsky y apelando de manera parcial a Gramsci o Rosa Luxemburgo– con la reivindicación del peronismo revolucionario referenciado, por ejemplo, en J. W. Cooke. Si los elementos marxistas aportan ideas ligadas a la autoactividad de las masas, la vertiente “cookista” aporta las que permiten la reivindicación de lo nacional y los populismos latinoamericanos.

 

Los sujetos de la nueva intelectualidad

Los intelectuales de la izquierda independiente, acorde con el clima de época del 2001 –rechazo a las viejas formas de la política expresada masivamente en el Que se vayan todos– postularon la construcción de poder popular y el socialismo desde abajo, partiendo de los procesos que emergieron: asambleas populares y barriales, movimientos piqueteros y empresas recuperadas3.

Pero estos fenómenos tuvieron una duración limitada en el tiempo y, por su débil peso social, no pudieron convertirse en fuerzas capaces de articular una salida del conjunto de las masas que pudiera evitar que la clase dominante se reorganizara, haciendo que la política volviera “de las calles al palacio”.

Las asambleas populares se disgregaron sobre la base de una “normalización” de las clases medias, los movimientos piqueteros se debilitaron por el crecimiento económico y la creación de millones de puestos de trabajo. Debido al mismo factor y a las políticas de cooptación ejercidas desde el Estado, las empresas recuperadas no avanzaron como un fenómeno masivo. A excepción de Zanon en Neuquén –activa como parte del desarrollo del sindicalismo combativo nacional– las empresas recuperadas abandonaron la escena política.

Esto implicó una crisis para el discurso teórico de la izquierda independiente. El mismo estaba constituido sobre la base de elevar a “modelo” determinadas formas que dio la lucha de clases en un período específico, pero que no pudieron desarrollarse a un nivel más amplio y profundo. A pesar de ello, sus intelectuales estuvieron lejos de revisar esas definiciones conceptuales. Por el contrario, cual dogmas, las mismas fueron reafirmadas a pesar de las pruebas de la realidad. Esto, junto al estancamiento del trabajo territorial, es parte de las causas de su crisis actual4.

 

Clases subalternas y poder popular

En 2007 Miguel Mazzeo escribía:

 

El capitalismo expande sus mecanismos de ‘acumulación por desposesión’, mecanismos similares a los de la etapa de ‘acumulación originaria’, profundizando y diversificando las formas de opresión (…) las confrontaciones sociales, la lucha de clases, se complejizan enormemente. Ya no se fundan exclusivamente en las condiciones materiales de explotación5.

 

Sobre esa base Mazzeo estructura una concepción donde la clase obrera es diluida en un conjunto heterogéneo sin claras precisiones sociales: un sujeto plebeyo-popular. A partir de esta reestructuración del espacio de las clases subalternas se define la categoría de poder popular. Resulta importante destacar que el concepto de clases subalternas sólo define la relación entre éstas y la clase dominante, pero no diferencia entre clases explotadas o sectores sociales oprimidos. De allí que la clase obrera o cualquier otro sector social son considerados como igualmente subalternos. Mazzeo afirmará que:

 

el poder popular es el proceso a través del cual los lugares de vida (de trabajo, de estudio, etc.) de las clases subalternas se transmutan en célula constituyente de un poder social alternativo y liberador que les permite ganar posiciones y modificar la disposición del poder y las relaciones de fuerza (Mazzeo, 2007).

 

Aldo Casas, en 2013, definía que:

 

la construcción del poder popular incluye prever y prepararse para el momento en que deba afrontarse un momento de ruptura radical con el Estado capitalista (…) ninguna ‘ley’ histórica o ‘principio’ teórico impone creer que todo cambio revolucionario queda supeditado a ese momento (…) es posible y necesario desafiar desde ahora el orden del capital y poner en marcha al menos rudimentos de un nuevo metabolismo económico social6.

 

Estas definiciones suponen dos series de problemas. La primera asociada a la cuestión de las formas del poder popular y las clases que pueden ponerlas en pie. Las teorizaciones de Mazzeo y Casas, al diluir a la clase trabajadora en el conjunto heterogéneo de las clases subalternas, ponen en igualdad de condiciones un sindicato recuperado de manos de la burocracia –o una fábrica bajo control obrero– con el trabajo territorial. No hacemos aquí una valoración moral sobre la importancia de estas peleas, sino un análisis de su impacto estratégico en la lucha de clases.

Desde 2004 asistimos a un creciente desarrollo de la clase trabajadora, tanto en términos de su fuerza social como, posteriormente, de su subjetividad y organización. Esa tendencia tiene una de sus expresiones en lo que es definido hoy como sindicalismo de base o antiburocrático, ligado esencialmente a la izquierda partidaria7. Estas tendencias crecen como desafío real al poder de la burocracia sindical y las patronales en ramas centrales de la economía. Juegan además un rol fundamental en sus propias zonas y gremios –lo que se expresa en la coordinación regional– como también en hechos nacionales como el paro del 10A. Esta recomposición de la clase trabajadora se desarrolla sobre la base de una alta fragmentación de sus filas, expresada en la división entre efectivos, contratados, tercerizados y trabajadores en negro. Pero dichas tendencias no liquidaron su peso social derivado del rol en el conjunto de la producción. De allí la persistencia de su enorme capacidad para golpear sobre el poder capitalista como se vio en el reciente paro nacional.

Hoy (como ayer), la izquierda independiente es marginal en este proceso de recomposición obrera por dos motivos: la absolutización de las transformaciones estructurales de la clase trabajadora –que llevó a diluirla en las clases subalternas– y su negativa a aceptar el “dogma” de la potencialidad revolucionaria obrera propio de la izquierda partidaria.

 

Gobierno popular y Estado capitalista (o la imagen que devuelve el espejo de Venezuela)

La segunda serie de problemas se asocia a la relación entre las formas del poder popular y el Estado capitalista. Aquí subyace una definición teórica que considera el Estado como campo en disputa, configurable por la acción de las clases subalternas. De esa concepción nace la idea de gobierno popular, aunque el mismo no supone la destrucción revolucionaria del viejo aparato estatal ni de las relaciones de producción capitalistas que lo sustentan. Mazzeo hace explícita esta contradicción cuando señala que “el Estado (…) jamás podrá construir el socialismo” pero “las formas embrionarias de poder popular no lograrán desplegarse (…) sin un gobierno popular” (Mazzeo, 2007:146). Se cae así en la paradoja de negar el contenido (Estado) pero reivindicar una de sus formas posibles (gobierno popular). La teorización de la izquierda independiente vuelve, sinuosamente, a la “vieja” lógica de reformar el Estado capitalista8.

No es casual que a partir de Venezuela se articule la idea de una transición al socialismo sin necesariamente destruir el Estado burgués, idea que Casas reivindica en su libro Los desafíos de la transición (2011). Es esto lo que permite mantener la duplicidad política de reivindicar la denominada Revolución Bolivariana mientras se señalan los límites de ese proceso. La realidad venezolana devuelve a la izquierda independiente la dura imagen de un Estado burgués fortalecido. Los órganos de poder popular (comités, misiones, milicias) no inciden en el curso de la crisis política actual. Es el poder ejecutivo, pactando con la oposición burguesa y el imperialismo, el que busca dar una salida9. Como lo afirma Roland Denis en Herramienta 54, el fascismo:

 

se vuelve a activar, aprovechando el deterioro profundo que sufre este lento proceso revolucionario, tanto a nivel de gobierno como en sus bases populares (…) agarrando a un movimiento popular en gran parte fatigado, burocratizado, administrado desde las oficinas de Estado y clientelizado10.

 

Dieciséis años de chavismo, lejos de fortalecer el poder popular, dieron continuidad al aparato burocrático del Estado burgués. El pantanoso escenario venezolano acerca a la izquierda independiente y sus intelectuales a otro dilema: en su apoyo al “modelo bolivariano” comparten aplausos con el kirchnerismo progresista. ¿No resulta irónico que ambas identidades políticas lo tomen como metáfora “externa” que cohesiona su “mística” militante? Bajo esta lógica no resulta extraño que, por mucho tiempo, la izquierda independiente sostuviera un apoyo crítico al kirchnerismo. Tampoco que emerjan, mágicamente, nuevas referencias complacientes hacia el castrismo o una exagerada y acrítica expectativa en el liderazgo de Maduro.

 

Cierre provisorio

La izquierda independiente atraviesa una gran crisis. El naufragio de sus definiciones globales la empujó, en los últimos años, a privilegiar el desarrollo de corrientes estudiantiles que en la UBA tuvo su cenit hasta el 201311. Otra cara de este intento de superar la crisis del espacio territorial la mostró su participación electoral. La campaña de Camino Popular en CABA, partido fundado por algunas de sus corrientes internas, fue altamente criticada por la adaptación a los discursos vacíos de centroizquierda, alejados de toda referencia al poder popular.

La discusión en torno de la intervención electoral y los rodeos para dar con el “instrumento político” adecuado, fue una de las causas de la crisis y ruptura en 2013 de la organización más paradigmática de la izquierda independiente: el Frente Popular Darío Santillán. Es además lo que motiva los escasos debates actuales que salen a la superficie, no logrando superar una autorreferencialidad que asombra a quien intente comprender esta debacle.

Que la raíz de la división fueran las intervenciones tácticas desnuda el vacío estratégico constitutivo de la izquierda independiente, que obedeció a un clima de época y rindió tributo a un indiscriminado “pluralismo” teórico, que difícilmente se podrá superar repudiando el “dogmatismo”. Al contrario, pasando de nombre en nombre (izquierda independiente, nueva-nueva izquierda, izquierda popular, etc.), esta actitud la empujó a crear sus propios dogmas, reafirmándolos a pesar de las pruebas de la realidad. Un aspecto no menor de este “nuevo dogmatismo” es el rechazo a la concepción de partido revolucionario tal como fue desarrollada en la tradición del marxismo revolucionario. En una próxima nota nos centraremos en ese fundamental debate.

VER PDF

1. “Los sucesos que van del 19 y 20 de diciembre del 2001 al 26 de junio del 2002 y los procesos que reflejaban (…) ofician de partida de nacimiento de la nueva izquierda y de la nueva generación intelectual”. Miguel Mazzeo, “Notas para una caracterización de la nueva generación intelectual”, en Nuevo Topo 6, setiembre-octubre de 2009.

2. Dichos autores no agotan este espacio nucleado, entre otras, en revistas como Herramienta –que se publica hace 18 años–, Nuevo Topo y la reciente Contra-Tiempos. Una paradoja de esta “nueva generación” reside en la participación de (ex) dirigentes históricos de corrientes de izquierda partidaria como el mismo Casas.

3. Esto generó, con el paso del tiempo, una lógica política que se redujo esencialmente a lo territorialestudiantil: la toma de tierras, la apertura de casas populares, comedores barriales, bachilleratos populares y centros de estudiantes se convirtieron en el “locus estratégico” donde la izquierda independiente pretendió desarrollar sus formas de poder popular.

4. “Respecto a las razones profundas de esa crisis identitaria (…) El ritmo más pausado de las construcciones de base se enfrentó a una dinámica de mayor fortaleza del Estado y toda una franja de activistas barriales, que acompañó el ascenso de los movimientos, se replegó hacia otros lugares”. Sergio Nicanoff (2014), prólogo a Entre la reinvención de la política y el fetichismo del poder de Miguel Mazzeo, disponible en internet.

5. Miguel Mazzeo, El sueño de una cosa (Introducción al poder popular), Buenos Aires, En Colectivo, 2006, pp. 38-39.

6. “Hacia la construcción de nuevas herramientas políticas de la izquierda”, Herramienta Web 12, enero de 2013. Resaltado propio.

7. Ver Christian Castillo y Fernando Rosso, “Nosotros, la izquierda… ante una oportunidad histórica”, IdZ 9, mayo de 2014.

8. Hemos debatido sobre esta cuestión en el blog Apuntes de Frontera bajo el título “La izquierda independiente y ese obscuro objeto del Estado”, 31/01/13.

9. Ver Eduardo Molina, “Venezuela en el centro de la escena latinoamericana” en IdZ 9.

10. “El fascismo en Venezuela”, Herramienta 54, otoño 2014. El libro de Mazzeo contiene una cita de Biardeau aún más aleccionadora: “No han sido los errores ultraizquierdistas como el sectarismo doctrinario o un temerario voluntarismo, los que han llevado en mayor grado a un debilitamiento de la base social de apoyo a la revolución, sino que en gran medida son errores de derecha” (Mazzeo, 2014: 60).

11. En la conducción de la FUBA –junto a PO– la izquierda independiente evidenció un marcado rechazo por los congresos abiertos y la participación estudiantil, mostrando poco de “horizontalidad” y mucho de prácticas burocráticas.

4 comments

  1. Ricardo 16 julio, 2014 at 00:45 Responder

    Considero que la tarea consiste en tirar por la borda al capitalismo y no reformarlo. Ahora bien, en cuanto al papel del Estado, Lenin en “Estado y Revolución” dice que el Estado va a irse deteriorando poco a poco a medida que el gobierno revolucionario vaya diluyendo su función de fuerza represiva. La igualdad entre los ciudadanos dará por resultado el fin del Estado, como fuerza de coerción de una clase sobre otra. En cuanto a la necesidad de un sector de la “clases subalternas” más preparado o con una mejor formación política,capaz de discernir con mayor precisión en el entramado socio político económico, es decir de un sector dirigente (que dirija, que guíe,que les amplíe el campo visual a las masas), la necesidad de ese sector es, para mí, indiscutible

  2. Juan Gaudenzi 18 julio, 2014 at 17:45 Responder

    Necesito una segunda lectura, más tranquila y reflexiva, pero en principio me parece una excelente crítica a esta “izquierda” que pretende romper con “lo viejo” sin encontrar, ni en la teoría ni en la praxis, un camino hacia “lo nuevo”.

    • Eduardo 1 agosto, 2014 at 18:43 Responder

      Gracias Juan. Esperemos que los compañeros y compañeras de la izquierda independiente se hagan eco del llamado a debatir.

      saludos

      Eduardo

  3. siconauta 12 agosto, 2014 at 00:25 Responder

    “Antes nos gustaba decir que la derecha era estúpida, pero hoy día no conozco nada más estúpido que la izquierda”(José Saramago)

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