De los padres patriarcas y el psicoanálisis por fin cuestionado

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ACERCA DE LAS SUBJETIVIDADES PATRIARCALES. UN PSICOANÁLISIS INSERTO EN LAS TRANSFORMACIONES HISTÓRICAS, DE MICHEL TORT

 

PABLO MININI

Número 34, octubre 2016.

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Asistimos a una época en la que la corriente más institucionalizada del psicoanálisis en nuestro medio se expresa en relación a cuestiones de género desde posiciones reaccionarias1.

En sus dichos o escritos acerca de la lucha contra el machismo y la misoginia, o la lucha por la igualdad de géneros, la homoparentalidad, o incluso el aborto, las declaraciones de algunos psicoanalistas no difieren, en contenido y forma, del más puro pensamiento conservador. Baste recordar los dichos de Juan Ritvo ubicando a las mujeres como responsables de la violencia machista o los textos teóricos de Fabián Schejtman, que desde su posición de poder en la Facultad de Psicología de la UBA se encarga de abonar la patologización médica respaldando la idea de que hay una sexualidad normal que coincide, casualmente, con la sexualidad del coito con fines reproductivos2. Esto es emergente, como se ha señalado en otros artículos de esta revista, de una crisis más general del psicoanálisis tanto frente a movimientos sociales que lo cuestionan, como frente otras teorías y terapéuticas3.

En un medio que por lo visto no siempre alcanza a ponerse a la altura de la subjetividad de la época, el libro del psicoanalista y filósofo francés Michel Tort, Las Subjetividades Patriarcales. Un Psicoanálisis inserto en las transformaciones históricas, editado por editorial Topía, resulta una novedad que da aire a un clima sumamente enrarecido. Desde el subtítulo mismo del libro nos coloca en el centro de la cuestión y marca los límites del propio planteo del autor. Porque lo que a Tort le interesa, desde una posición interna a la disciplina, es reubicar al psicoanálisis en el concierto histórico. Tarea que puede parecer extraña, porque cabe la pregunta: ¿Cómo es que el psicoanálisis, o cualquier práctica, puede salirse de la historia o de su pertenencia a un momento histórico particular? Pues bien, al parecer, mediante el siguiente razonamiento:

El psicoanálisis se ocuparía de las “verdaderas dificultades” más allá de la historia. Habría verdaderas dificultades; habría, en último análisis, un “último análisis”: el psicoanálisis4.

El libro, centrado en el ámbito francés y las tendencias predominantes del ámbito psicoanalítico galo, se preocupa por diferenciar lo que en el psicoanálisis es parte de las que el autor considera legítimas construcciones surgidas a partir de la práctica clínica, de la cantinela patriarcal que se reviste de frases del psicoanálisis.

En la primera parte, Historia y psicoanálisis, constata que cuando las estructuras patriarcales, a las que los psicoanalistas dan un valor ahistórico e inmutable, se ven afectadas en lo social por los movimientos antipatriarcales, que intentan hacer prevalecer la libertad y la igualdad democráticas, se lanzan a una ofensiva feroz e incansable contra las madres. La operación de aquellos consiste, entonces, en reconocer el devenir de la historia, pero analizar su avance desde los conceptos psicoanalíticos, según los cuales nuestra época (neo)liberal estaría marcada por la ilimitación del deseo y la perversión generalizada.

Al parecer, habría un empuje de lo femenino, visto como regresivo, hacia la violación de la Ley (simbólica e inmutable). De esta manera, la lucha por la igualdad de derechos entre hombres y mujeres se traduciría en una lucha por borrar las diferencias entre las identidades sexuadas y el consiguiente borramiento del deseo, pues el deseo se sostiene en la diferencia. ¿Por qué entonces la perversión? Porque el empuje hacia lo femenino-materno implicaría una regresión desde la “Ley paterna” y social hacia el ámbito privado donde rige la ley contingente y caprichosa de la madre. Hay psicoanalistas, señala, que han leído el nazismo, en tanto aniquiló la diferencia, como el primer signo de la regresión de la civilización del padre a la madre.

La única forma en que los psicoanalistas, según Tort, conciben la historia siempre móvil, es en contraposición con la Ley, eterna e inmutable: para que un niño se constituya como sujeto social, es necesario que sea rescatado de las fauces de la madre, que intentará guardárselo para su goce personal. Y quien se encarga de rescatar a los niños para llevarlos a la vida social es el padre. Esa es la explicación de lo que en psicoanálisis se llama Función Paterna (con mayúsculas), es decir, el padre que encarna la “Ley” que no cambia. A la “Ley”, la “Diferencia”, el “Deseo” y “Lo Social” de la “Función Paterna”, se le opondría el capricho y el goce ilimitado materno, que quiere apropiarse a los niños para sí misma y sustraerlos de la sociedad, sumiéndolos en la perversión, cuando no en la psicosis.

Tort sostiene que esa lectura estructuralista lacaniana, donde la mujer es bien de intercambio (equiparada caprichosamente a madre), se hace pasar por teoría y argumentación psicoanalítica, cuando en realidad se trata de un síntoma de los propios analistas:

El discurso de la decadencia genera una serie de representaciones reactivas y reaccionarias acerca de un pasado mejor y de un hoy sin ´gravedad´, de la ´perversión cotidiana ´ de la época; un discurso que desde la noche de los tiempos caracteriza a los fóbicos del cambio y a quienes gozan anunciando el apocalipsis5.

Para el autor, esas lecturas nostálgicas de un pasado mejor dan por tierra con los desarrollos del mismo psicoanálisis, que estaría en inmejorables condiciones teóricas para decir algo sobre la sexualidad. En nuestra época, señala, el dispositivo de la parentalidad y las relaciones de dominación entre hombres y mujeres están transformadas. Y si bien cada sociedad ubica un tercero en las relaciones entre padre-madre e hijos y entre padre y madre, “hoy el depositario de la función de tercero ya no es ‘el Padre’, sino, de iure y facto, el Estado de los ciudadanos y ciudadanas”6.

Según el autor, de todo echan mano los psicoanalistas asustados para intentar volver a un tiempo anterior. Incluso, de posiciones biologicistas que el mismo psicoanálisis permitiría cuestionar, como la pretendida normalidad de la sexualidad orientada a los fines reproductivos.

En la segunda parte, Tort se mete de lleno a aclarar una distinción. La teoría psicoanalítica es anti intuitiva, va contra el sentido común en sus nociones de inconsciente, pulsiones, complejo de Edipo, por ejemplo. Contrapone la teoría y la clínica, por un lado, y el discurso sobre el padre, que no procede de ninguna manera del psicoanálisis, sino de la religión. En este punto, sigue a Freud, para quien el psicoanálisis o bien se dedica a analizar la religión o se alimenta de ella. Para Tort, que un psicoanalista se defina por una u otra opción, es una cuestión política. Por ejemplo, en el medio francés, las posturas psicoanalíticas autorizadas se expresaron en contra de las leyes de igualdad de derechos y de la homoparentalidad, mezclando argumentos religiosos y chauvinistas: la defensa de una Ley Paterna estaría del lado de los analistas franceses, inconmensurablemente más ricos y sutiles, que sus pares anglosajones. Para estos analistas franceses (y para algunos de sus colegas de nuestro medio local) legalizar la homosexualidad engendraría una confusión entre sexos y géneros que progresaría hacia la indiferenciación de las identidades: la psicosis, el incesto y quién sabe cuántas otras cosas más igual de terribles. Burlonamente, el autor caricaturiza el miedo de estos psicoanalistas, para quienes un niño que tenga dos madres o dos padres no podría alcanzar a ver la diferencia entre hombres y mujeres. Y sube la apuesta: ya que están en tren de cuestionar la familia homoparental y el matrimonio igualitario, bien podrían cuestionar la familia como construcción histórica y el matrimonio a secas, tanto el igualitario como el heteronormativo.

La tercera y última parte analiza recortes clínicos concretos de psicoanalistas que han llevado adelante casos de niños hijos de parejas homoparentales. A través de los casos, el auto argumenta que arreglárselas con las exigencias sociales, con las exigencias paternas y maternas, con las fantasías y mandatos, son problemas para todas las niñas y los niños, esté constituida su familia de la forma que sea. Las hijas e hijos de parejas heteroparentales no aventajan en salud mental a las hijas e hijos de parejas homoparentales. La única diferencia que se podría observar es social: tiene que ver con el lugar de minoría inferior oprimida y segregada que se les da a quienes nacen y se crían en senos de familias homoparentales.

“Lo que es problemático no es que haya fantasmas, dice Tort, sino que sean desviados, desvalorizados en beneficio de la celebración de una escena primitiva estándar”. Agregamos: una escena primitiva occidental y cristiana.

Tort considera al psicoanálisis una herramienta clínica útil y se encarga de remarcarlo. De todas formas, esta tercera parte es la más débil del libro. Porque precisamente da por sentada la pertinencia y la eficacia de la clínica psicoanalítica y postula que serían las necesidades de esta práctica las que llevarían a una modificación de la teoría. Hace que las modificaciones en la teoría dependan de que los psicoanalistas, de buena voluntad y leyendo mejor los textos canónicos del psicoanálisis, acepten dejar de lado sus posturas patriarcales o machistas.

Si bien el autor dialoga con otros planteos no psicoanalíticos, lo hace muy someramente (menciona a Judith Butler al final y al pasar). La impresión final que deja esta parte dedicada a la clínica concreta (y la impresión que deja el libro en general) es que los problemas y limitaciones del psicoanálisis se resolverían al interior de la teoría, aplicando las correcciones que el mismo psicoanálisis podría darse. De esta forma, la crítica pierde fuerza, pues da la impresión de que no hay una verdadera reformulación de la teoría, sino un aggiornamiento de la práctica, útil para salvar las apariencias, pero no verdaderamente transformador del cuerpo teórico.

En relación a esto, es desconcertante que el autor nos lleve hasta las puertas mismas de la crítica a la postura patriarcal en el psicoanálisis, de allí a la crítica a la sociedad patriarcal y al neoliberalismo, para abandonar al lector en ese mismo punto. Tanto la postura de Tort como la de los psicoanalistas más ortodoxos acuerdan en definir que existe un empuje (neo)liberal, claramente opuesto al respeto por los derechos y la subjetividad de las personas. Sin embargo, ni los psicoanalistas criticados ni el mismo Tort ensayan una crítica del neoliberalismo. De forma tal que la cuestión, tanto para la ortodoxia como para la renovación en psicoanálisis, sigue siendo un asunto circunscripto al ámbito de los sujetos y cómo se enfrentan al sistema, no cómo ese sistema puede transformarse o, tan siquiera, cuestionarse.

 

  1. Hay tendencias en sentido contrario. Justamente la revista y la editorial Topia, constituyen una.
  2. Al respecto, ver Duarte, Juan, “Violencia de género y el psicoanálisis en cuestión”, en La Izquierda Diario, 12/09/2016; y Herón, Pablo y Aguirre, Antonella, “Schejtman y el remake de la patologización de la diversidad sexual”, en La Izquierda Diario, 7/10/2016
  3. Cinatti, Claudia, “El psicoanálisis en cuestión”, en IdZ 5, y Duarte, Juan, “Deconstructing Freud”, en IdZ 25.
  4. Michel Tort, La subjetividades patriarcales, Editorial Topía, 2016, p. 19.
  5. Ob. cit., p. 27.
  6. Ob. cit., p. 46.

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