De la “ilusión social” a la “ilusión política”

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Estado español

JOSEFINA MARTÍNEZ

Número 11, julio 2014.

 

En un escenario europeo polarizado, en los países más afectados por la crisis como Grecia y el Estado español, las últimas elecciones al europarlamento mostraron un crecimiento de la izquierda. Apuntamos aquí algunos elementos de la situación política española, los nuevos fenómenos políticos en curso y los debates estratégicos que se han abierto en la izquierda.

La primavera de la indignación

El 15 de mayo de 2011 comenzó una larga primavera del descontento en el Estado español. Aquellos días en todo el mundo se podían ver las imágenes de las plazas ocupadas por la juventud “indignada”. “Democracia real ¡YA! No somos mercancía en manos de políticos y banqueros”. Desde aquel momento nada fue igual. Como sucede con los movimientos sísmicos, las repercusiones fueron de largo alcance y continuaron horadando los cimientos del régimen político, sumido al día de hoy en una profunda crisis.

Hasta ahora la movilización social fue insuficiente para frenar la enorme ofensiva capitalista, expresada mediante recortes a los presupuestos de salud, educación, servicios sociales, despidos masivos, desahucios, y un desempleo del 26 % (con 53 % entre la juventud). Las condiciones para la indignación se han profundizado. Durante este período el movimiento 15M se replegó y localizó en asambleas barriales e “iniciativas ciudadanas”, en las que siguió activo junto a vecinos y centros ocupados. Mientras que su “espíritu asambleario” tomó forma en el ámbito laboral de los trabajadores estatales dando lugar a las “Mareas” (asambleas y movilizaciones masivas de trabajadores junto a usuarios de hospitales o padres y alumnos en el caso de educación). La Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH) se convirtió en otro movimiento de referencia, y más recientemente las masivas movilizaciones de mujeres por el derecho al aborto.

La clase trabajadora realizó dos huelgas generales en 2012, mientras ese año la marcha minera era recibida en Madrid por miles de personas. Desde entonces las cúpulas burocráticas de los sindicatos mayoritarios (UGT y CCOO) se negaron a dar continuidad a las huelgas generales. A pesar de esto, la conflictividad laboral aumentó notoriamente contra las consecuencias de la reforma laboral. Las huelgas indefinidas como la de Panrico (8 meses) y Coca Cola (5 meses) muestran que se está gestando una nueva experiencia de la clase trabajadora, aunque aún no se ha generalizado. Lo que es indudable es que el 15M abrió un ciclo de movilización social de resistencia frente a la crisis, que sigue abierto y ha dado lugar a nuevos fenómenos políticos.

 

Crisis de representación y agotamiento del Régimen del ‘78

La crisis tiene dos dimensiones que son profundas y no pueden resolverse en el mediano plazo: la crisis económica y social capitalista (que en países del sur de Europa como Grecia, Estado español y Portugal se transformó en catástrofe económica) y la crisis del régimen de representación política. La combinación de estas dimensiones configura, siguiendo el concepto de Antonio Gramsci, una verdadera “crisis orgánica”.

La caída abrupta del bipartidismo en las últimas elecciones confirma que se ha producido una escisión entre “representantes y representados”, expresión de una crisis de hegemonía de las clases dominantes que han fracasado en la dirección de una gran “empresa nacional”.

Durante las últimas décadas la estabilidad de la dominación burguesa en el Estado español se había apoyado en dos relatos míticos. El “milagro económico” que había transformado la economía española atando sus destinos a la Unión Europea prometía una “sociedad de los propietarios” y un lugar destacado entre los países imperialistas más avanzados. El otro relato mítico era el de la “Transición modélica” desde la dictadura franquista. El régimen político surgido de la Transición y la Constitución de 1978 se presentaban como objeto de un “consenso” entre las diferentes fuerzas políticas y sociales, marginalizando el conflicto social. Ambos mitos han llegado a su fin. La crisis económica y social, los recortes generalizados y los múltiples escándalos de corrupción aceleraron el desprestigio del conjunto de las instituciones del Régimen. Las proclamas del 15M coreadas por decenas de miles de personas como “no nos representan” y “lo llaman democracia y no lo es” ya lo señalaban.

La abdicación de Juan Carlos I y la proclamación de su hijo Felipe como nuevo rey es un intento –aunque a destiempo– de “renovación” desde arriba para contener la catástrofe anunciada de una institución que jugó un papel clave desde la Transición1. Franco nombró a Juan Carlos I como su sucesor en la jefatura de Estado en 1969. Su papel como “árbitro” del régimen quedó instituido en la Constitución de 1978 como garante de la “unidad nacional”. Pero hoy es una de las instituciones más debilitada producto de los “reales” escándalos de corrupción y los desatinos del rey, fotografiado cazando elefantes en Botsuana. La sucesión que traspasa la jefatura de Estado de padre a hijo como si fuera una propiedad privada por derecho de sangre ha revitalizado un movimiento democrático por el fin de la monarquía, por el derecho a decidir la forma de Estado vía un referéndum y por la República.

Otra gran causa democrática que recorre el Estado español y cuestiona gravemente al Régimen político es el reclamo por el derecho a decidir y por la independencia en Cataluña, que se suma así a la cuestión vasca2. Esta es una crisis inmensa para el régimen del ‘78 y que en los próximos meses puede llevar a una situación crítica.

 

El fenómeno de PODEMOS

Durante el último año se abrió un debate sobre cómo lograr transformar la indignación en fuerza social y política para derrotar al bipartidismo y los planes de austeridad3. Estas fueron las condiciones de posibilidad para la emergencia de Podemos, que ha despertado gran expectativa. Esta nueva fuerza política, creada tan solo 4 meses antes de las elecciones del 25M, obtuvo 1.245.948 de votos, 5 eurodiputados y una proyección política de gran impacto. Podemos fue lanzado por un grupo de profesores universitarios referentes de un programa de TV online (La Tuerka) junto a Izquierda Anticapitalista (organización de la tendencia mandelista española). La candidatura de Pablo Iglesias, con gran presencia mediática y en las redes sociales, logró capitalizar en gran parte la “indignación” así como el desencanto de muchos votantes con el PSOE, que realizó la peor elección de su historia. Izquierda Unida (organización dirigida por el Partido Comunista Español) también creció electoralmente triplicando sus votos, aunque al mismo tiempo está vista por muchos activistas como parte de “la vieja política” por su integración al régimen o el cogobierno con el PSOE en Andalucía.

El fortalecimiento electoral de Podemos, Izquierda unida y otras formaciones, mostró que se ha superado un momento inicial de la movilización donde había primado una “ilusión de lo social”, la idea autonomista de que se puede “cambiar el mundo” sin intervenir en el terreno político. Sin embargo, esta superación de la ilusión social se produce dando lugar a una nueva ilusión, una “ilusión política” de que es posible lograr “recuperar la democracia” o salir de la crisis en los marcos del actual sistema capitalista y la democracia liberal. Este es un importante límite subjetivo del nuevo momento político, pero, al mismo tiempo, es auspicioso que se hayan abierto distintos debates de importancia estratégica, sobre las vías, los métodos y los instrumentos políticos necesarios para enfrentar la ofensiva capitalista actual y abrir un proceso de “ruptura” con el decadente Régimen político del imperialismo español.

 

Casta, lucha de clases y poderes reales

La principal figura de Podemos, Pablo Iglesias, popularizó la denuncia de la “casta política”, junto a la propuesta de bajar los salarios de los eurodiputados (que ganan nada menos que 8.000 euros mensuales). Aunque planteada con cierta ambigüedad que roza la “antipolítica”, la noción de “casta” se refiere a la corrupción generalizada y las relaciones “cuasi familiares” entre los políticos y el poder económico y financiero, representada también en la imagen de la “puerta giratoria” entre los cargos públicos y los consejos de administración de las grandes empresas. Este discurso ha demostrado tener una potencialidad política muy grande para concentrar el malestar social, retomando la consigna del 15M “No somos mercancía en manos de banqueros y políticos corruptos”. Sin embargo, la noción de casta por sí misma resulta insuficiente si no se explica la relación social concreta que se produce entre los funcionarios corruptos y el poder económico financiero. La casta es la expresión política de los poderes reales, o para decirlo más sencillamente, “detrás” de la casta están los capitalistas, los banqueros, con su ejército y las fuerzas represivas. Es decir, el Estado capitalista moderno y las clases explotadoras. Confundir la expresión política con el contenido social de clase que representan, puede crear la ilusión de que se puede “derrotar a la casta”… sin hacer lo mismo con los poderes reales que la sustentan.

Por otra parte, la ironía es que a pesar del desprecio de Iglesias y los referentes de Podemos hacia las ideas de la “vieja izquierda”, la denuncia de la casta no es una idea nueva, sino que forma parte del corpus teórico y programático del marxismo revolucionario desde hace por lo menos… ¡170 años! La omnipotencia de la riqueza se ejerce en las repúblicas democráticas más avanzadas por medio de la “corrupción de los cargos públicos” y la “alianza entre el gobierno y la bolsa”. Estas contundentes palabras –que bien podrían resumirse en un tweet de 140 caracteres– son nada menos que de Federico Engels. Varias décadas más tarde, el mismo Lenin añadía que, bajo el poder del imperialismo y la dominación de los grandes bancos, esos métodos se habían transformado en un “arte excepcional”. Pero el razonamiento no terminaba allí, sino que se completaba con la idea de que la omnipotencia de la riqueza actúa de forma más segura en la “más democrática” de las repúblicas parlamentarias (no sólo en las monarquías constitucionales). Las democracias parlamentarias “cubren de ropajes al rey” para que no aparezca desnudo, permiten la ficción de que una vez cada tantos años el pueblo decide y las mayorías se imponen, cuando en realidad sigue siendo la dictadura del 1 %. No han sido los marxistas los llamados a “descubrir los velos” del verdadero carácter de las democracias capitalistas. Ha sido la propia ofensiva neoliberal y más aún la crisis capitalista la que mostró los contornos del rey desnudo.

La “ilusión política” de querer recuperar una democracia (¿acaso la tuvimos alguna vez?), en los marcos de este sistema capitalista por medio de un “gobierno decente”, está basada en la premisa ilusoria de un carácter “neutral” del Estado, como un espacio de poder vacío de contenido, al que podría otorgársele un contenido político más allá de los poderes reales en los que se sustenta, es decir, las relaciones sociales de producción. O dicho de otro modo, donde se podría alcanzar la conciliación entre clases antagónicas. Una perspectiva, nuevamente, que no tiene nada de nuevo, sino que fue la base de todas las experiencias socialdemócratas a lo largo de los últimos 150 años y que no llevaron más a que a fracasos.

 

Ciudadanía, clase obrera y sujetos políticos

Los principales referentes públicos de Podemos plantean la necesidad de “recuperar la democracia”, combinando “representación” y “participación” ciudadana. Al tiempo que proponen abandonar los “dogmas de la vieja izquierda”, las “certezas sobre el mundo del trabajo, los partidos y sindicatos”, transforman lo político en una esfera absolutamente autónoma de las relaciones sociales de producción imperantes. Por esa vía, niegan toda centralidad de la propiedad privada y la explotación del trabajo asalariado como elementos centrales de antagonismo. La ciudadanía se transforma en el “nuevo sujeto” de la política y el nuevo eje de la confrontación política, el antagonismo entre la “casta” y los “ciudadanos”.

El concepto de ciudadanía y la estrategia política que lo acompaña, centrada en ganar posiciones electorales y mediáticas, significan un retorno a los preceptos de la teoría liberal de izquierdas o el reformismo clásico. Lo que Lenin llamó la “utopía pequeñoburguesa” de que es posible una sumisión pacífica de las minorías a las mayorías, una vez que estas adquieran conciencia de sus objetivos. ¿Cuál sería la fuerza de la ciudadanía? El número, su condición de mayoría. Su “participación” en las elecciones y las “consultas populares” le permitirían superar los estrechos límites de la representación parlamentaria. El retorno a la ciudadanía como sujeto político (¡una “novedad” que remonta por lo menos al siglo XVIII!) deja de lado la configuración compleja de fuerzas sociales, de clases, en la sociedad capitalista moderna. Oculta que la “igualdad ante la ley” es solo formal, mientras que la realidad de la vida está atravesada por las desigualdades de clase. Por eso no es posible una radical democratización de la organización social sin cuestionar la propiedad privada y plantearse la “expropiación de los expropiadores”.

No es posible “recuperar la democracia” manteniendo incólume el poder de los capitalistas que en el último siglo llevaron al mundo a innumerables guerras y genocidios, sometieron a los pueblos a la explotación más descarnada y están destruyendo el planeta. Necesitamos conquistar una democracia. Pero una democracia de “nuevo tipo”, que no solo combine representación y participación, sino que esté basada en la auto-organización de los trabajadores y la alianza con las clases populares, la única palanca social que puede hacer, como decía la canción de la Guerra Civil española… que “la tortilla se vuelva”.

Medidas democráticas como que los funcionarios públicos ganen lo mismo que un trabajador y que sean revocables en cualquier momento por sus electores (medidas implementadas por la Comuna de París en 1871), junto a otras como la necesidad de una asamblea constituyente para decidir todo, hoy tienen un gran poder movilizador. Del mismo modo que lo tienen otras medidas “urgentes” como la nacionalización de la banca, el no pago de la deuda externa, e incluso otras medidas que conservan toda su fuerza vital al calor de la crisis, como la derogación de la Reforma Laboral, la prohibición de despidos o la lucha contra la precariedad laboral. Pero solo pueden ser efectivas si están ligadas a un programa que apunte al corazón del poder capitalista. El debate, por lo tanto, no es solo qué articulación política hace falta para superar la crisis actual, sino qué fuerza social y qué alianzas sociales son necesarias para lograrlo. En una sociedad basada en la explotación del trabajo asalariado, estas reivindicaciones solo pueden imponerse si la fuerza de las y los trabajadores, mediante su movilización y la paralización de la economía, ponen en jaque el poder capitalista.

La autoorganización obrera y popular puede desplegar un nuevo poder constituyente, una nueva “hegemonía” de las y los trabajadores liderando al conjunto de los sectores explotados y oprimidos, sobre la base de haber desmantelado el poder constituido por los capitalistas. Una “hegemonía obrera” que, como apuntaba Claudia Cinatti en otro artículo publicado recientemente en Ideas de Izquierda: “no puede ejercerse desde lo social, sino que implica la necesidad de un partido revolucionario y un programa que tome las reivindicaciones sociales y democráticas de los sectores explotados y oprimidos y transforme al proletariado en clase dirigente de la alianza obrera y popular”4.

El Estado español se ha transformado, junto con Grecia, en un verdadero laboratorio de fenómenos políticos y de la lucha de clases en el sur de Europa. Las huelgas indefinidas de los trabajadores de Panrico y Coca Cola5 anticipan la posibilidad de una irrupción más generalizada de la clase trabajadora y procesos de radicalización política obreros y juveniles. La importancia de los debates estratégicos abiertos se sitúa en esta perspectiva.

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1. Carlos Muro y Diego Lotito, “La coronación de Felipe VI o lo viejo que no termina de morir…”, www.clasecontraclase.org

2. Santiago Lupe, “El retorno de la cuestión nacional catalana”, Suplemento Contracorriente, septiembre 2012.

3. Josefina Martínez, “De Ilusiones, candidaturas y programas”, Periódico Contracorriente, febrero 2014.

4. Claudia Cinatti, “Ernesto Laclau y el elogio de la hegemonía burguesa”, IdZ 9, mayo 2014.

5. Cynthia Lub y Diego Lotito, “Panrico y Coca Cola, una escuela de lucha y coordinación”, www.clasecontraclase.org.

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