De derecha a izquierda sobre Piketty

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ESTEBAN MERCATANTE

Número 10, junio 2014.

 

Hacía un buen tiempo que un libro de economía no impactaba como lo ha hecho El capital en el siglo XXI. Aun los críticos lo reconocen como un libro muy importante, aunque más no sea por el alcance de la base estadística sobre la que se apoya, que abarca más de 20 países y cubre en algunos de ellos –Francia e Inglaterra– un período de 200 años.

 

Desde todo el espectro político se ha vuelto una obra de comentario obligado. En EE. UU. el autor la presentó nada menos que de la mano de dos premios Nobel, Joseph Stiglitz y Paul Krugman, con ambos deshaciéndose en elogios a la obra. El panorama que plantea el trabajo de Piketty es mucho más sombrío que el que dibujan estos neokeynesianos, y las intervenciones propuestas en su libro –utópicas, como él mismo reconoce– van más allá de los reclamos de un plan de gasto público más audaz y algunas reformas que defienden Krugman y cía. Pero esto no impidió que lo usaran para construir su caso para que los sectores “progresistas” del partido demócrata batallen más firmemente contra el consenso bipartidista que limita el gasto público y mantiene una regulación económica favorable a los ricos.

Alejándonos de este centro, hacia izquierda y derecha, la recepción se hace menos cálida. Hacia derecha, en algunos medios conservadores el libro directamente desató respuestas alarmistas. The American Spectator tituló que Picketty era la “cobertura intelectual para la confiscación”; la tapa exhibe a un verdugo al lado de la guillotina, que alza con su mano izquierda El capital en el siglo XXI. Financial Times, por su parte, inició hace algunas semanas una campaña para desacreditar el libro. Afirma que se encuentran “problemas con los datos y errores en el trabajo del profesor Piketty. Estos incluyen ingresos inexplicados en sus planillas, selección ecléctica de la fuentes de datos, y errores de transcripción”.

Esto debilitaría su tesis de que en el capitalismo se registra una tendencia natural a una concentración cada vez mayor de la riqueza en manos de los ricos. Sin embargo, incluso The Economist, que comparte la misma aversión por el planteo del economista francés, salió a distanciarse de estas críticas y consideró

correcto el manejo de datos. Para The Wall Street Journal, el libro es “menos un trabajo de economía que un ladrillo ideológico estrafalario”. Panos Mourdoukoutas señaló en Forbes que el libro proveyó de munición a los progresistas que quieren “promover una agenda política antigua que mata el crecimiento económico y la prosperidad en nombre de la igualdad económica”. Otros autores, como la estrella de la “nueva” economía neoclásica Tyler Cowen, cuestionó la idea de que el retorno de capital se mantendrá siempre por encima del crecimiento de la economía, y señaló que “la preocupación de Piketty por la riqueza heredada también parece extraviada”.

Para Cowen los “ricos ociosos” son un recurso cultural valioso. Si nos movemos del centro hacia la izquierda, encontramos al economista poskeynesiano James K. Gallbraith, quien señala que el libro no tanto es sobre el capital en ningún sentido que tenga que ver ni con la categoría de Marx ni con ninguna noción de “capital físico”, sino que “es más que nada sobre la valuación de los activos tangibles y financieros, su distribución en el tiempo y la herencia de riqueza de una generación a la siguiente”. Sobre esta base teórica, Piketty termina convirtiendo a la desigualdad en un resultado “natural” de la evolución de los rendimientos en relación al crecimiento. Thomas Palley sostiene que buena parte de la efusiva recepción del libro por parte del mainstream económico está vinculada al eclecticismo de inspiración neoclásica de Piketty. Lo que el libro dice en sus tesis centrales es algo que varios economistas de la izquierda progresista norteamericana vienen sosteniendo hace tiempo. Sin embargo, “los economistas del mainstream tienen dificultades para reconocer trabajo de tales fuentes, porque reconocer es legitimar”; en cambio, el libro de Piketty “provee una explicación del agravamiento de la desigualdad desde el mainstream neoclásico”. Para Palley, este libro tiene en potencia la posibilidad de abrir el debate sobre las políticas de libremercado, algo que no está en la intención de Piketty pero que hace involuntariamente al sugerir, aquí y allá, que la tasa de ganancia y la de crecimiento están política y socialmente determinadas, contrariando en esto al enfoque neoclásico. Pero también puede habilitar un giro “gatopardista” de relegitimar a esta alicaída economía neoclásica.

Las prescripciones de Piketty, enfocadas en el sistema impositivo sin atender las “instituciones económicas y estructuras de poder económico”, irían en ese sentido. Sería un “cambio sin cambio” sustantivo en las políticas económicas. Desde el marxismo, David Harvey, Branko Milanovic, entre otros, criticaron correctamente las categorías del libro de Piketty, referidas más a la riqueza que al capital. El impacto de este libro en todo el espectro, es un síntoma del malestar ante la crisis, y de las crecientes dificultades para generar consenso con las políticas que aseguran el funcionamiento del capitalismo en beneficio de “el 1 %”. Una conmoción profunda, agravada por el hecho de que la clase política se debate entre mantener el statu quo en beneficio de los ricos o encarar algún incremento del gasto –el planteo más audaz que algunos llegan a esbozar–. Terreno fértil para, distanciándose de las utopías de encauzar las contradicciones del capitalismo que propone Piketty, discutir las vías para superarlo, instaurando las bases de una sociedad sin explotadores ni explotados.

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