Cuentas que no cierran

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UN BALANCE K PARA LOS TIEMPOS QUE CORREN

 

GASTÓN REMY y ESTEBAN MERCATANTE

Número 30, junio 2016.

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En Los tres kirchnerismos, una historia de la economía argentina, 2003-2015, de reciente aparición, Matías Kulfas busca ofrecer una mirada de lo que fue (y lo que no) el desenvolvimiento de la economía durante ese período. Sus logros, los motivos de los mismos, y las deudas pendientes que dejaron abiertas los 12 años del kirchnerismo en el poder, son algunos de los temas centrales en los que se indaga.

El autor fue un protagonista directo de la gestión de parte de estos años (2006-2013), desempeñándose sucesivamente en la subsecretaría de Pequeña y Mediana Industria y Desarrollo Regional, en el Banco Nación y en el Banco Central.

Su planteo intenta escapar de lo que él considera un debate poco fructífero entre quienes consideran que se trató de una “década ganada” y quienes afirman que fue una “década desperdiciada”. Kulfas realiza una valoración positiva de conjunto, pero considera necesario señalar los límites que se expresaron para mantener a lo largo del tiempo lo que desde su punto de vista son importantes logros.

 

Tres mandatos, ¿tres “modelos”?

Kulfas argumenta que estos doce años pueden dividirse en tres períodos marcados por condiciones e instrumentos de política bien diferenciados. Cada uno de ellos se correspondería de manera más o menos exacta con el mandato presidencial de Néstor Kirchner y los dos de Cristina Fernández. Tomando de conjunto el período, en el terreno de las condiciones objetivas, se pasaría de una situación inicial excepcionalmente favorable lograda mediante el ajuste de 2002 –cuyos impactos sociales e importancia para los años “virtuosos” del kirchnerismo no son sopesados enteramente por Kulfas–, a un paulatino deterioro de las mismas durante el “segundo kirchnerismo”, cruzado por el impacto de la crisis mundial en 2008/09 y, finalmente, a un salto en los desajustes durante el “tercer kirchnerismo”.

En el terreno de las políticas, el primer momento estaría caracterizado por la búsqueda de la “normalidad”. Los puntos de apoyo para ésta estaban dados por algunas de las medidas tomadas por Duhalde:

La fuerte devaluación en un contexto recesivo y de alto desempleo había generado una nueva paridad cambiaria real muy elevada. El resultado inicial fue un verdadero shock positivo en la actividad productiva: los márgenes de ganancia crecieron muchísimo debido a los salarios bajos… (p. 109).

Se nota a Kulfas apurado por pasar rápido por este detalle de la economía política kirchnerista: entre las “medidas de política” que contribuyeron al crecimiento junto al viento de cola internacional, pocas más importantes que la formidable transferencia de ingresos que permitió la devaluación, golpeando sobre los ingresos de la clase trabajadora para mejorar los márgenes. Pero no resulta simpático reconocer esto muy explícitamente si de defender un “modelo de crecimiento con inclusión” se trata.

De esta primera etapa, el autor destaca el alejamiento de la ortodoxia y sus restricciones, expresada sobre todo en la política cambiaria competitiva, las retenciones que “redistribuyeron” la renta petrolera y agraria (y que como señala Kulfas habían llegado con Duhalde) –en beneficio de otros sectores del empresariado–, ciertos controles al ingreso de capitales (que apuntaban sobre todo a evitar la sobrevaluación cambiaria), la reestructuración de la deuda y el congelamiento de las tarifas de los servicios públicos privatizados. Esto último fue para Kulfas positivo en este primer momento, como parte de salir de las “restricciones” legadas por la convertibilidad, aunque criticará la irresolución del esquema tarifario a lo largo del tiempo. Lo que considera como el mayor déficit de este primer momento, es que expresó una dificultad para “planificar a largo plazo”.

El segundo kirchnerismo, iniciado en diciembre de 2007, estaría caracterizado por el surgimiento de dificultades que obligaban a la búsqueda de nuevas herramientas. La inflación, que había surgido en 2005 y desde entonces se buscaría frenarla mediante controles/acuerdos de precios (y ocultar con estadísticas truchas desde 2007), fue una de estas cuestiones. El conflicto con las patronales agrarias suscitado por el intento de aplicar retenciones móviles fue un parteaguas de este período. Para el autor se trató de una medida adecuada (otorgaba mayor “previsibilidad”) tomada en un momento inoportuno (en el medio de la cosecha, cambiando las “reglas del juego”), aunque se interroga si otra medida distinta hubiera evitado el conflicto, lo que, admite, no es posible responder. Este período también estuvo cruzado por el impacto de la crisis mundial y en las respuestas que tuvo que ensayar CFK. Observa que gracias a la política fiscal expansiva, combinada con devaluaciones y subas de las tasas de interés, un shock externo de esta magnitud no generó una crisis de la balanza de pagos. Otras medidas de magnitud de estos años que valora positivamente son la estatización de las AFJP, que llevó al pleno restablecimiento de un sistema de reparto, el establecimiento de la AUH y la decisión de utilizar las reservas del Banco Central (BCRA) para pagar deuda, decisión que en ese momento se justificaba en su opinión por la abundante disponibilidad de reservas y la tendencia a su aumento.

El “tercer kirchnerismo”, iniciado en diciembre de 2011, “operaría con restricciones inéditas”, panorama que “no brindaba un marco adecuado para la profundización del modelo” (p. 157). Los obstáculos vendrían sobre todo por el lado externo, vinculados a las limitaciones en la política industrial y energética durante los años previos. También en el gasto público, cuyo aumento “superaba con creces el incremento de los ingresos fiscales” (p.158). El autor considera que esta sumatoria de desajustes macroeconómicos “conducía a pensar en implementar un esquema de reacomodamiento o ajuste”, pero el gobierno solo adoptó medidas, como la devaluación de 2014, “ante situaciones extremas”. En vez de profundizar, “debió contentarse con ‘aguantar el modelo’” (p. 158). Kulfas considera que el tercer kirchnerismo tendió a “ideologizar los instrumentos”. Un ejemplo de esto lo encuentra en la decisión de seguir usando reservas para pagar deuda; idea buena en 2010 que ya no lo era en 2012, cuando las reservas se reducían dramáticamente y en cambio el financiamiento externo podía ser barato si el país hacía los deberes. También lo observa en el control de cambios implementado a fines de 2011 y reforzado luego, que para el autor podría ser una medida momentánea, se transformó en permanente, atacando las consecuencias en vez de las causas (asociadas a una expectativa de devaluación). Y así sucesivamente.

Estas decisiones alteraron profundamente las condiciones de los primeros años. Kulfas lamenta que

El eje de la actividad económica se desplazó negativamente: de una economía que había alcanzado récords de inversión productiva [1] a otra en que la especulación y el arbitraje financiero tenían un inusitado protagonismo (p. 167).

La apreciación del tipo de cambio restaba rentabilidad a los empresarios y competitividad a las exportaciones, la falta creciente de dólares para realizar las importaciones, y una economía con un marcado descenso del crecimiento y con problemas cada vez mayores para crear empleo, retracción del salario real, en un contexto de mayor inflación y déficit fiscal, configuró una administración de las restricciones que terminó gestando un estancamiento severo. Después de ajustar con la devaluación en 2014 (año en que los salarios perdieron en promedio 5 puntos, dato que Kulfas no menciona), e intentar fallidamente ese año cumplir con la agenda para volver a los mercados (pagando al Club de París, cumpliendo los fallos del Ciadi a billetazo limpio, y entregando otra millonada a Repsol), intento frustrado por Griesa y los buitres, la Presidenta se concentró en llegar a diciembre de 2015 “con lo justo”, dejando al sucesor la “profundización”, en este caso, del ajuste.

 

Memoria y balance

Kulfas concluye que el cierre del tercer período de gobiernos kirchneristas se ubica “en la zona de los grises”, lejos de las promesas iniciales de “profundización del modelo” y de “mayores avances en la inclusión sociolaboral y desarrollo productivo”, pero “lejos también de los pronósticos apocalípticos que empezaron a proliferar en vastos sectores opositores” (p. 176). El tercer kirchnerismo “no pudo reflejar avances de relevancia” y, por el contrario, muestra índices con mayor heterogeneidad, “caída en los salarios reales y un menor nivel de empleo” (p. 178). Pero si no fue un período de nuevos logros, sí fue –dice el autor– “de sostenimiento con fórceps de los avances de los períodos anteriores”. El tercer período estuvo “lejos de los daños que suelen generar las crisis, así como de encontrar los mecanismos para recuperar la senda ascendente”. Pero además, puso en evidencia “las limitaciones de las políticas destinadas a operar sobre la estructura productiva, y los excesos de voluntarismo en la gestión macroeconómica” (p. 178).

Las críticas del autor, como evidencia lo que ya hemos señalado, apuntan a señalar falencias o debilidades, pero no se dirigen a la orientación básica de los gobiernos kirchneristas. Opina que le faltó más y mejor política, especialmente en el terreno del desarrollo industrial, y que fue tardío en la aplicación de la sintonía fina.

En el balance realizado por Kulfas, se nota un salto formidable entre las cuestiones más importantes que en su opinión quedaron en el tintero, y las medidas de política “alternativas” que sugiere a lo largo del libro, con las cuáles sería impensable aproximarse a esos objetivos. El autor lamenta la ausencia de políticas tendientes al “cambio estructural”. Pero este nuevo esquema debe pasar, si nos atenemos a lo que dice en su libro, por una serie de políticas “micro” más eficaces y consistentes, pero dando por “buenas” todas las limitaciones “estructurales” más importantes que pesan sobre la economía argentina. Llama la atención, por ejemplo, pretender discutir el cambio estructural sin posar la mirada sobre la dinámica que tuvieron los grandes grupos capitalistas durante estos años y cómo el kirchnerismo se acomodó a ellos. La complacencia evidenciada durante los “tres” kirchnerismos para con el mantenimiento de un aparato industrial desarticulado, al cual el Estado subsidió por múltiples vías sin impulsar cambios estructurales, y la tolerancia para con la evidente desinversión de las principales empresas [2] durante estos años, que la “juntaban con pala”, según declaró varias veces la presidenta Cristina Fernández, no merecen la atención de Kulfas. En el regreso de la “restricción externa”, tampoco incluye una mención de cómo durante los años de mayor crecimiento y holgura externa el kirchnerismo dejó hacer libremente a los capitalistas nacionales y extranjeros que giraron al exterior más de 140 mil millones de dólares (un cuarto de la economía hoy), si sumamos remisión de utilidades de empresas extranjeras, pagos de deudas (muchas veces una forma encubierta de girar utilidades) y la lisa y llana fuga de capitales. Si sumamos a esto el “pago serial” de la deuda, se explica la mayor parte del drenaje de divisas que condujo a su escasez y las restricciones aplicadas desde 2012.

Kulfas tiene una mirada crítica sobre la ausencia de una política industrial o el manejo de la política energética, pero sus planteos alternativos aceptan las principales restricciones dentro de las cuales se manejó el kirchnerismo. Cuando evalúa la relación con las empresas concesionarias de los servicios públicos privatizados, señala que el kirchnerismo se salió por fuera del “teorema de la imposibilidad” (p. 111), es decir de la aceptación de las restricciones heredadas por los contratos de los ‘90 y la “seguridad jurídica”, pero esto no da cuenta de la mala combinación que hizo el kirchnerismo entre congelamiento de tarifas y preservación de las concesiones y de los nudos centrales de sus marcos regulatorios, que está en la raíz del descalabro energético con el que concluyó el período [3]. La ausencia de denuncia de los Tratados Bilaterales de Inversión y sus cláusulas restrictivas –que otorgan garantías de impunidad para el saqueo de las multinacionales imperialistas–, algo que desde 2003 fue planteado como urgente incluso por sectores que apoyaban al oficialismo [4], también es otra muestra de cómo, a contramano de los discursos de soberanía, el kirchnerismo se acomodó a las restricciones impuestas por las exigencias de “clima de negocios” y “seguridad jurídica” del gran capital y del imperialismo. Los acuerdos con mineras y petroleras como Chevron, este último después del supuesto ataque de soberanía que llevó a la recompra Repsol (aunque desde el vamos estaba la idea de asociar la recomprada YPF a otros pulpos petroleros), muestran que este patrón de conducta estuvo en el ADN del kirchnerismo de principio a fin.

Si el balance de Kulfas exagera la posibilidad de alguna batería de políticas para superar los condicionantes estructurales, al mismo tiempo cuando llega la hora de evaluar cómo podría haberse salido de la encerrona en la que entró el “modelo” desde fines de 2011 termina realizando prescripciones que lejos de ir en ese camino hubieran significado acelerar los ritmos de un ajuste “ortodoxo”, encarando la prometida “sintonía fina” para “sincerar” la economía en tiempos de Cristina Fernández.

Esto se manifiesta en su opinión sobre lo que debería haberse hecho en el plano del financiamiento externo. Es llamativo que no le merezca ningún comentario negativo el costoso regalo a los bonistas que significó el cupón atado al PBI, que le agregará a la deuda reestructurada un 25 % o más al valor de los nuevos títulos. Ni que hablar del mantenimiento en los canjes de 2005 y 2010 de la cláusula de “prórroga de soberanía” que se viene incorporando en emisiones de deuda desde los años de la dictadura, que habilita la jurisdicción extranjera para litigios sobre la deuda local, sin la cual Griesa no podría haber frenado en 2014 el pago de los bonos canjeados. Pero además, al mismo tiempo que Kulfas considera que la política de desendeudamiento significó un cambio fundamental en la historia del país, sostiene que a partir de 2012 debería haberse revisado la estrategia de pagar deuda con reservas. “Una vez alcanzado cierto nivel de desendeudamiento”, ante una situación de escasez de divisas, era “recomendable estabilizar los niveles del endeudamiento antes que continuar reduciéndolos a costa de sacrificar divisas cada vez más escasas” (p. 31). Su opinión es que debería haberse intentado antes la vuelta a los mercados financieros. Lo cual significaba cumplir con todas las “tareas pendientes” para eso (Ciadi, Club de París, Repsol, buitres), pero además encarar el ajuste de gasto público y levantamiento de cepos que viene “sincerando” Macri. Nada que permita pensar que se está más cerca del “cambio estructural”. ¿Por qué no empezar por frenar la sangría de divisas que tuvo a los pagos de la deuda entre sus capítulos centrales? Este interrogante no pasa por las páginas de Los tres kirchnerismos.

 

Sincerar el legado

En su balance de “grises”, Kulfas toma una foto de final de mandato de Cristina Fernández, y entonces puede decirnos que el agotamiento de los tres kirchnerismos tiene como virtud no haber concluido con la regresión social de otras crisis previas. Parece como si lo que estamos viviendo desde diciembre se debiera solo a la vocación de la CEOcracia y nada tuviera que ver con la herencia recibida.

Tanto Macri que dice que es todo “sinceramiento” en el shock que está aplicando, como los kirchneristas que pintan un mundo idílico hasta el 9 de diciembre pasado, tentación en la que termina cayendo Kulfas a pesar de su mirada distanciada, presentan una “herencia” a su medida. Existe una responsabilidad compartida en el ajuste en marcha. La foto de diciembre se consiguió a fuerza de ajustar solo lo necesario, como afirma Kulfas, pero pasa por alto que esto significaba preparar conscientemente las condiciones para un ajuste mayor en el futuro. La película de la que es parte la foto que muestra Kulfas sigue con el ajuste actual, aunque los ritmos y algunas decisiones para favorecer especialmente a los sectores más ricos son de la propia cosecha macrista y no se explican solo por la herencia.

El ajuste que unos prepararon y otros aplicaron, no era de ningún modo inevitable. Solo lo era si aceptaba como presupuesto incuestionable la expoliación imperialista mediante el control que realizan sus corporaciones en la economía nacional, de sus principales resortes y de las decisiones de inversión (y de desinversión) que realizan estas y los grandes grupos locales, estrechamente unidos por mil lazos al capital imperialista, y si se aceptan las “reglas del juego”, subordinación al dictado de los centros financieros y la banca internacional. Este “teorema de la imposibilidad” era un supuesto compartido entre los que se fueron el 9 de diciembre y los que están al frente de la administración desde entonces, y por eso para unos y otros el “sinceramiento” era la única alternativa posible, a lo sumo discutiendo sus ritmos.

Los tres kirchnerismos, con un balance positivo a medias del período que concluyó en diciembre de 2015, y un inventario de decisiones con las cuáles todo podría haber ido (un poco) mejor, nos invita a dar otra vuelta en la calesita de la alternancia entre neoliberales rabiosos y estatalistas mercadointernistas. Para los trabajadores y los sectores populares, la clave está en cortar ese círculo vicioso donde hay mucho por perder y poco por ganar, imponiendo políticas de otra clase que rompan el “teorema de la imposibilidad” de atacar de raíz las condiciones de la Argentina capitalista dependiente.

[1] Esta afirmación es discutible. Como puede verse en el análisis realizado en el capítulo 6 de La economía argentina en su laberinto. Lo que dejan doce años de kirchnerismo, de Esteban Mercatante (Ediciones IPS-CEIP, 2015), la inversión mostró durante estos años fuertes limitaciones, puesta en relación con los recursos disponibles y las condiciones de rentabilidad registrada en la economía argentina durante estos años.

[2] Ídem.

[3] Esteban Mercatante, “Régimen regulatorio de hidrocarburos: Escenas de noventismo explícito”, IdZ 2, agosto de 2013.

[4] Alfredo Eric Calcagno y Eric Calcagno, “Renunciar soberanía es inconstitucional”, en Le Monde Diplomatique Edición Cono Sur Nº 72, 2005.

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