Cuando los soviets llegaron a Buenos Aires

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A PROPÓSITO DE SOVIETS EN BUENOS AIRES. LA IZQUIERDA DE LA ARGENTINA ANTE LA REVOLUCIÓN EN RUSIA, DE ROBERTO PITTALUGA

 

PAULA SCHALLER

Número 31, julio 2016.

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Una pregunta da comienzo al preliminar de la obra de 399 páginas, resultante de la tesis doctoral de Pittaluga y publicada por la Editorial Prometeo (Buenos Aires, 2015): ¿qué discute la izquierda de la Argentina cuando se encuentra ante la Rusia revolucionaria? Este interrogante, sumado al título, puede confundir al lector que espere encontrar la reconstrucción de debates en torno a la Revolución rusa en perspectiva histórico-política: no se pretende, se aclarará, analizar la deriva política de las organizaciones frente a la Revolución rusa ni los debates de estrategia revolucionaria desarrollados al calor de la misma, sino poner de manifiesto los entramados de tensiones y disputas de sentido inaugurados por aquella. Se privilegia, por lo tanto, el análisis de la dimensión semántica contenida en la prolífica y multiforme gama de textos elaborados por los distintos espacios políticos y en la intelectualidad referenciada en estos, esencialmente entre 1917 y 1925: cientos de artículos, proclamas, documentos, discursos, ensayos, poemas que serán analizados y entrecruzados con la intención de trazar las coordenadas de ciertos núcleos de significaciones conceptuales. Quizás referenciándose en la aspiración benjamineana del proyecto del Libro de los Pasajes como intento de reconstrucción histórico-filosófica del siglo XIX desde un método ensayístico no sistemático, Pittaluga compone asimismo una suerte de montaje no lineal enhebrando citas en cadenas de sentido que se mostrarán como transversales a las fronteras políticas

… esta producción historiográfica apuesta a un examen de las fuentes documentales que se aparta de un criterio tradicional y predominante por el cual las formaciones de la izquierda son tratadas como tales y separadamente (…) Lo que se intenta seguir son las líneas de tensión que dibujan una suerte de campo magnético de las orientaciones de la izquierda a partir de ciertas problemáticas, y esas líneas no se corresponden con las identidades políticas formales de las particiones de la izquierda (pp. 23/24).

Un análisis en la línea de la semiosis social de Eliseo Verón, donde las ideas de interdiscursividad y diferenciación entre condiciones de producción y de reconocimiento de  los discursos sociales orientan la perspectiva metodológica utilizada.

El primer efecto que se desprende de un tratamiento de este tipo es, como el propio Pittaluga reconoce, “una forma no conclusiva de las problemáticas planteadas”. El libro carece, conscientemente, de esquemas analíticos que aporten síntesis concluyentes en torno al impacto político de la Revolución rusa en la escena nacional, por lo que resulta difícil de interpelar en sus definiciones políticas, de las que deliberadamente prescinde.

 

El Gran Miedo

Desde sus comienzos el libro deja ver la influencia de la Revolución Rusa como hecho conmocionante de la realidad local. Su gravitación se expresó en la proliferación de múltiples ediciones sobre “temas soviéticos” para un público variado, desde ediciones baratas que difundían El Código Bolchevique del matrimonio a un público amplio, pasando por la traducción del libro de Goldschmidt Moscú, diario de un viaje a la Rusia Soviética, difundida entre círculos de la bohemia intelectual. Hasta se rescatará la producción de un joven Borges que, entusiasmado con la Revolución Rusa, le dedicó dos poemas que fueron publicados en 1921 en la revista Cuasimodo: “Rusia” y “Guardia Roja”.

Pero esencialmente porque su impacto, introductor de un nuevo léxico desde el cual será expresada la intensa lucha de clases, fue usado activamente en la confrontación social en la escena local, idea con la que Pittaluga juega en el título, el cual sugiere la presencia de “Soviets en Buenos Aires”. Así, vemos como el diario La Nación, tribuna activa de denuncia a la lucha obrera durante la Semana Trágica de 1919, tildaba a los huelguistas de maximalistas para justificar la represión; el periódico La Unión realizaba Encuestas sobre el maximalismo donde consultaba a intelectuales y políticos cómo influiría la Revolución Rusa en la lucha social en el país; o el diario cordobés Los Principios lanzaba encendidas prédicas llamando a ahogar “la propaganda brutal y antipatriótica del maximalismo” (p. 32). Más allá de cuán intencionalmente exageradas hayan sido estas expresiones “haciendo un uso instrumental de la revolución rusa a fin de legitimar la represión y galvanizar las fuerzas propias”, como plantea Pittaluga, lo cierto es que mostraban el Gran Miedo (término propio del momento jacobino de la Revolución Francesa que instauró el Gran Terror y que Pittaluga recupera del análisis de Georges Lefebvre para apuntar al sistema de creencias de las élites argentinas) de las clases dominantes frente a una perspectiva posible que había que conjurar, en el marco de un ascenso de la lucha de clases especialmente pronunciado entre 1917-1921 y de un movimiento obrero hegemonizado por el anarquismo, el sindicalismo revolucionario y el socialismo. El autor rescata que estas batallas contuvieron una fuerte dimensión simbólica que “atañe directamente a la política, al orden del lenguaje de la política y a las expectativas que ese lenguaje habilita o clausura” (p. 63). Esta cuestión se vio corporizada, por ejemplo, en el intento de radicales y conservadores de promover el desafuero del senador socialista Enrique del Valle Iberlucea para que pudiera ser imputado por un juez por un supuesto “crimen de palabra” cometido en un congreso partidario: “es la palabra comunista, en su sentido profundo, la que entonces se quiere proscribir” (p. 63) y esto pasaba más de 30 años antes de que la proscripción política y la prohibición de pronunciar la palabra peronismo signara la vida política del país, mostrando que conjurar el eco local de una revolución triunfante era un desafío de primer orden para las clases dominantes.

Y es que, sobre todo, esta despertó una gran simpatía de clase entre las organizaciones del movimiento obrero. Múltiples actos, conferencias, campañas de solidaridad, colectas, fueron organizadas por organizaciones obreras, muchas de ellas en el contexto de la hambruna de 1921, producto de la guerra civil. Para Pittaluga estas acciones de solidaridad implicaban una disputa del espacio público “porque cada actividad que difundía y/o instalaba la problemática rusa dándola a publicidad, lo que hacía era redefinir los contornos de lo público” (p. 33), disputa que adquiría ribetes más agudos en el marco del ascenso de la actividad huelguística, el fortalecimiento de la tasa de sindicalización y la amplitud de las exigencias obreras.

 

Texto y contexto

En la primera parte del libro, Pittaluga indagará la dimensión de la Revolución Rusa en tanto hecho que “intervenía en las tensiones constitutivas del universo político y conceptual de la izquierda” (p. 62). Así, resalta que para los socialistas el debate sobre la Revolución Rusa estaba condicionado por la cuestión de la adscripción a la III Internacional, cosa que se resolvió por la negativa en el IV Congreso extraordinario al que sobrevino la expulsión de los “terceristas”. Subraya que el internacionalismo que suponía la adscripción a la III Internacional encendió una tensión ya presente en el PS relativa a las formas de entender la representación política, con el sector dirigente/parlamentario abogando por el espacio representativo como ámbito de realización paulatina del programa socialista, y parte de su base practicando “otras formas” (que no se aclaran) de praxis política en las instancias gremiales, culturales, etc. “La Revolución Rusa, con su léxico y con los comentaros que promueve, pone en crisis esa política que es la política de la representación” (p. 76). Nada se dice sobre cómo operó en el triunfo de la idea juanbejustista de la política de la representación la relación con un régimen político que, desde Yrigoyen, privilegió la negociación y las concesiones a los sectores conciliadores del movimiento obrero como forma de subordinar sus organizaciones al Estado, lo que llevó al PS a profundizar la estrategia parlamentarista.

En cuanto al anarquismo, que en términos generales dejó de apoyar la Revolución rusa desde 1919, plantea que esta fue eminentemente un factor de desafío al monopolio del sentido y del nombre comunismo que hasta ese momento habían ostentado, lo que exigía operaciones discursivas de delimitación en el espacio político de la izquierda. Distinciones entre el comunismo anárquico y el comunismo político aparecieron para darle expresión a la impugnación anarquista de los bolcheviques en tanto portadores de un “carácter político” y, como tal, edificador de una nueva estatalidad basada en la dictadura del proletariado que liquidaría la revolución. Nada se dice tampoco sobre las divergencias de estrategia que, ya desde el s. XIX, con los debates entre Marx y Bakunin, se habían perfilado entre marxistas y anarquistas en torno a las vías para la abolición del Estado y el carácter político de la lucha de clases, ni la realidad local de un anarquismo en retroceso por haberse convertido en el blanco de la política estatal de represión, lo que radicalizó su prédica apolítica y los marginó crecientemente del movimiento obrero.

Respecto al PC, plantea que su ruptura del PS no marcaba la cristalización de una fracción internacionalista sino una expulsión motorizada por la dirección que había logrado desplazar el debate “desde la cuestión del carácter de la guerra y el libre comercio hacia uno que tuvo por eje la legitimidad de la representación parlamentaria” (p.87). Para los expulsados que formaron el PSI y luego el PC, se trató entonces de delimitarse una identidad política donde la Revolución Rusa y la pertenencia a la III Internacional actuó como elemento aglutinador de distintas disidencias con el PS. Si bien la del PC se trató de una ruptura centrista en el sentido de no avanzar a elaborar un programa revolucionario para la Argentina partiendo de la relación con el imperialismo y la estructura de clases, no se puede ignorar que la tendencia al surgimiento de fracciones internacionalistas fue una constante en los partidos socialistas europeos y latinoamericanos como expresión de la disputa de estrategias que abrió el apoyo de la II Internacional a la Primera Guerra y cuya expresión organizativa fue la III Internacional bajo las banderas de la Revolución rusa.

Es que en el análisis de Pittaluga el escenario político-social opera a la manera de mero contexto de reconocimiento, es decir, contexto de recepción/apropiación que posibilita la inteligibilidad de la dimensión semántico-conceptual, metodología subsidiaria de la semiosis social de Eliseo Verón que, por escasamente anclada en el contenido de las disputas político-estratégicas que condicionaron la apropiación que cada corriente hizo de la Revolución rusa, torna excesivamente fragmentaria.

 

Disparo a los relojes

La mayor parte del libro está dedicada, como dijimos, a rastrear la emergencia de diversas significaciones en el océano de producciones sobre la revolución. Entre ellas, destacará entre otras la tematización del tiempo como uno de los terrenos donde se juegan las interpretaciones de la Revolución Rusa, pero más extensivamente como forma de asir el hecho revolucionario en tanto productor de una nueva experiencia del tiempo y de la praxis revolucionaria como intervención en la temporalidad histórica. En este último nivel el análisis de Pittaluga se inscribe en la semiosis del tiempo propuesta por Kosselleck1, quien señaló el carácter eminentemente temporal del concepto de revolución estructurante de la modernidad occidental en tanto redefinición de la relación pasado/presente/futuro a partir de un cambio de las perspectivas sobre el porvenir y de los espacios de experiencias. En efecto, Kosselleck afirma que la temporalización de la Historia es una experiencia propia de la modernidad, en tanto producto de la doble revolución (industrial y francesa) que inauguró la percepción de la experiencia como movimiento, donde el tiempo presente es entendido como transicional, quebrando la historiografía aditiva propia de los anales y crónicas por una historia progresivista donde el tiempo presente aparece como tiempo de paso hacia su superación en el movimiento de la Historia.

Koselleck destacará que la dimensión temporal del concepto de revolución llevará a la emergencia de una política del tiempo en tanto concepción del tiempo histórico presente en la práctica revolucionaria. La conocida anécdota de un Lenin que contaba los días en que la Revolución Rusa lograba mantenerse superando la duración de la Comuna de París, es usada como metáfora de cómo el problema del tiempo era puesto en el primer plano de la lucha por la emancipación

pues en definitiva una revolución que pretendía acabar con un mundo y erigir otro (…) debía también destruir las concepciones del tiempo de la sociedad basada en la explotación (…) (pg. 118).

Será Benjamin, por su parte, quien destaque el contenido simbólico-político de la acción de los revolucionarios que en 1830 disparaban a los relojes, en una abierta disputa de la experiencia de la temporalidad.

A la manera de Tesare, el personaje que en la brillante novela Museo de la Revolución de Martín Kohan reflexiona, a través de los escritos de Trotsky y Lenin, sobre el tiempo como sustancia de la revolución, Pittaluga indaga las visiones de la temporalidad que se pusieron en juego en la apropiación y lectura de la Revolución rusa.

Las lecturas prevalecientes en el ámbito local fueron las que inscribieron la Revolución rusa en una comprensión acontecimental y progresivista de la temporalidad. Entre ellas encontramos la de José Ingenieros (Ciclo de Conferencias publicadas bajo el título Los Tiempos Nuevos en 1921 en Madrid) en la que guerra y revolución son colocadas en lugar de eventos forjadores de una nueva época, inaugurada con el Renacimiento, que avanza hacia la consumación de la Modernidad:

La Revolución Rusa es hoy el exponente simbólico de una alta aspiración humana, tan significativa como pudieron serlo el Cristianismo, el Renacimiento o la Revolución Francesa (p. 132).

En la visión de Ingenieros, donde el tiempo emerge como una “fuerza histórica por derecho propio”, se borran los sujetos en tanto agentes del cambio histórico que le imprimen sus intereses de clase. Pittaluga señalará, en esta lectura, la inscripción de la Revolución rusa en un linaje acumulativo de progreso, pero sin emparentarla con una visión liberal en que la revolución es entendida como democrático-burguesa y asimilada en tanto evolución hacia el bienestar humano, visión de impronta iluminista, propia de la burguesía ascendente, y correlativa a una estrategia de corte reformista en los marcos del régimen económico-social existente.

Este sustrato subyacente es el que permite emparentar asimismo la lectura ingenieriana con la visión del socialista Enrique del Valle Iberlucea, donde la revolución aparecía como síntoma de una tendencia histórica que llevaría inexorablemente al socialismo:

su carácter trascendental reside en que impulsa el desenvolvimiento progresivo de la civilización y asegura el imperio de la libertad (…) cuando la evolución económica y la preparación de los espíritus haya llegado a su término, se realizará esa transformación del régimen social (p. 133);

o las de los comunistas Greco, Penelón y Ghioldi, que entenderán a la Revolución como inscripta en una temporalidad unidireccional y teleológica.

El autor rastreará asimismo una lectura alternativa centrada en una visión discontinua y no acumulativa de la temporalidad que, aunque poco extendida, “emerge fragmentariamente en reflexiones dispersas” (p. 157). Como la del anarquista José Torralvo que desde las páginas de La Protesta tendrá expresiones como “la hora de ahora no tiene igual en el decurso de la historia”, lo que Pittaluga interpreta en los términos benjamineanos de interrupción del continuum temporal a favor de una temporalidad aquí y ahora. Sintonía que emparenta al análisis de Callandrelli, prologuista del Código Bolchevique del Matrimonio que analiza en este cuerpo de leyes que corporizan derechos y prácticas sociales la combinación de temporalidades contradictorias, donde se combinan un ideal socialista con una ley que es “instrumento transitorio de orden entre un régimen viejo no desaparecido completamente y otro no consolidado del todo” (p.156). Esta idea de tiempo como movimiento contradictorio puede articularse con la forma en que Alfonso Goldschmidt, autor de Moscú, diario de un viaje a la Rusia Soviética, analiza la potencia política del sovietismo, en tanto

movimiento de subjetivación enmancipatoria, un movimiento que destituía la anterior partición y división de los roles y propiedades sociales, el antiguo régimen, y lo sustituía por una auto-regulación, una autonomía. (…) Sovietismo como movimiento social de masas, como instancia colectiva autogestionaria, y sovietismo como movimiento desde los previos lugares sociales a espacios inéditos (p. 206).

El soviet emerge aquí como instrumento de este movimiento histórico y de una nueva experiencia de regulación del conjunto de la vida social.

En las antípodas de esta idea positiva del soviet se ubicará la de Juan B. Justo, para quien el protagonismo autónomo de los trabajadores competía y minaba la labor de las organizaciones y las prácticas ya consolidadas del movimiento obrero como lo era la sindical, contraponiendo los soviets a la “‘democracia obrera’, que asociaba con ‘los órganos políticos, electorales y gremiales’” (p. 206). Tampoco se establecerá aquí relación alguna entre esta lectura y la visión representativa del ejercicio de la política subsidiaria de la separación entre economía y política propia del Estado burgués, que el PS (y de conjunto la socialdemocracia europea) expresó como división de tareas entre parlamentarios y sindicalistas. Para una visión de este tipo resulta una amenaza la autoorganización soviética que

significa (…) para las clases trabajadoras, o sea para la inmensa mayoría de la población, una posibilidad efectiva, real, de gozar de las libertades y los derechos democráticos, posibilidad que nunca ha existido, ni siquiera aproximadamente, en las repúblicas burguesas mejores y más democráticas,

como dijo Lenin en sus Tesis sobre la democracia burguesa y la dictadura del proletariado.

Y es que más allá de lo interesantes que resulten los cientos de fragmentos de citas que se entrecruzarán para dar lugar a “puestas en tensión” que recorrerán el lugar de los soviets como forma política de la revolución y su relación con otras formas de representación, la indagación por los sujetos de la revolución, las ideas de vanguardia, la violencia política, el régimen revolucionario y un amplio etc., en su conjunto el libro dejará mucho más sabor a preguntas abiertas que a pretensión de avanzar en hipótesis o respuestas. De los “soviets en Buenos Aires” solo resonarán ecos discursivos.

 

  1. Koselleck, Reinhart (1993), Futuro pasado. Para una semántica de los tiempos históricos, Barcelona, Paidós.

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